El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

M ierda, mierda, mierda.

Sabía que podía aprobar.

No se le daba nada bien trabajar bajo presión.

En realidad, lo que llevaba mal era salir de su rutina.

Era una mujer incapaz de improvisar y se consideraba una idiota por ello, una inútil redomada, pero ya había dejado dos trabajos sin entregar por haberse olvidado los libros en el despacho de Murdoch, y ahora se estaba perdiendo una clase entera por haber accedido a hacer aquel estúpido examen.

«Ay, no». ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que su horario se solapaba con el de Murdoch? «Madre mía».

Respiró hondo por la nariz y expulsó el aire lentamente por la boca. Si no conservaba aquel trabajo, tampoco habría clases a las que asistir.

«Céntrate en la tarea que tienes entre manos».

Cuando consiguió tranquilizarse, el examen resultó ser pan comido.

1.

Si un paciente ha muerto a raíz de una hemorragia, ¿qué hay que hacer primero?

B: Documentar el cuerpo fotográficamente antes de proceder al drenaje de la sangre.

2.

El páncreas presenta una serie de marcas oscuras que parecen seguir un patrón. ¿Cuál es la hipótesis correcta?

D: Autolisis.

3.

¿Qué método debería seguirse al diseccionar el corazón si se sospecha que ha sufrido un infarto de miocardio inferior?

C: Retirada de la pared inferior del ventrículo derecho.

Atta respondió al resto de las preguntas a toda velocidad, segura de que había fallado dos de ellas (como mucho), y dejó la hoja sobre el escritorio de Murdoch.

—Quédese cuando acabe la clase —le susurró el profesor sin levantar la vista de su libro. Era el mismo que había estado leyendo en su despacho; Atta volvió a sentir el impulso de averiguar qué obra lo tenía tan cautivado.

Unos instantes más tarde, Murdoch anunció que solo quedaba un minuto para el final del examen.

Cuando el tiempo se agotó, se levantó y recogió todas las hojas, para después tirarlas directamente a la basura.

Todas salvo una, que dejó boca abajo sobre su escritorio.

Luego se dirigió a la clase, compuesta por Atta y quince alumnos confundidos.

—Ya no están en el instituto. El único examen que harán conmigo será el final, que, como bien saben, consiste en una autopsia completa en la que tendrán que ceñirse a los parámetros que yo les indique.

Ahora que hemos cumplido con los prerrequisitos, ha llegado la hora de que nos metamos de verdad en harina.

Un chico pálido de cabello color arena levantó la mano.

—Señor Murphy, ¿levanta usted la mano cuando quiere intervenir en una conversación con sus compañeros?

—No, profesor —dijo el chico, mirándolo estupefacto.

—Pues actuemos de la misma manera aquí. Al fin y al cabo, la idea es que acabemos colaborando como iguales.

—Murdoch se paseó despacio ante la clase, cortando el aire con una mano mientras hablabla—.

Se supone que debemos dedicar las primeras dos semanas a la introducción de la asignatura, la presentación del plan de estudios y otros engorrosos requisitos de la universidad.

Ahora que nos hemos quitado todas esas chorradas de en medio, quiero que esta asignatura sea un ejercicio práctico supervisado, más que un ciclo de charlas.

Cuando no estemos metidos hasta el cuello en los cadáveres, las clases girarán en torno a debates en grupo.

—Dejó de moverse y señaló con la cabeza al chico que había levantado la mano—.

Adelante, señor Murphy. ¿Qué quería decirnos?

Todos se volvieron para mirarlo, y al chico le salieron manchitas rojas en las mejillas.

—Solo quería preguntar para qué hemos hecho el examen si tenía intención de tirar nuestras respuestas a la basura desde el principio.

—Porque en las prácticas seguiremos el orden en que han entregado el examen a la inversa, de manera que los últimos serán los primeros en ensuciarse las manos.

—Los alumnos se miraron entre ellos tímidamente, pero Murdoch siguió hablando—.

Aquellos que han entregado el examen los primeros, movidos por su arrogancia o su exceso de estudio, tienen que aprender que no lo saben todo.

Descubrirán que muchos hallazgos son fruto de la observación y de la paciencia.

—Entrelazó las manos a la espalda y volvió a pasearse de un lado a otro—.

Los que se han tomado su tiempo para responder, porque quizá no estaban familiarizados con el material, son quienes más necesitan entrar en contacto con nuestros sujetos.

Habrá que echarlos a los lobos para curarlos de espanto.

Se produjo un cambio en el ambiente. Ahora se respiraba ese subidón de dopamina que los universitarios suelen experimentar en el momento álgido de sus estudios.

Atta por fin entendía cómo el profesor se las había arreglado para conseguir tanto reconocimiento sin haber cumplido siquiera los cuarenta.

Tenía un don para la enseñanza y era un orador impactante, por mucho que todos sus alumnos le tuvieran pavor.

El profesor Sonder Murdoch era como el acantilado desde el que te aterroriza saltar, el majestuoso lobo que te cautiva, el riesgo que no puedes evitar correr a pesar de que te podría matar.

Murdoch se puso a escribir en la pizarra.

Su letra era una descuidada mezcla entre una cursiva apretada y esos garabatos infantiles que se asocian con una mente brillante o con una psicopatía.

Cuando se apartó, Atta vio que había elaborado una lista de los alumnos en el orden inverso, según suponía por su explicación, en que habían entregado el examen.

Como no era una alumna, ya se había imaginado que su nombre no estaría en la lista. Aun así, no pudo evitar sentir una punzada de decepción.

—Lean los capítulos del 17 al 20. Si tienen algo en contra de las batas de quirófano estándar, les sugiero que se traigan una propia. Y eviten ponerse sus zapatos de domingo. Ahora, largo de aquí.

Los estudiantes fueron saliendo del aula, y Atta se quedó atrás, intentando decidir si permanecer en su pupitre o levantarse. Como la primera opción iba a hacer que se sintiera como una novata asustada, optó por ponerse de pie.

Murdoch se acomodó en la esquina de su escritorio, meciendo un pie mientras revisaba las respuestas de Atta. Se pasó una mano por el mentón cubierto de barba incipiente, y la chica desvió la mirada, tratando de ocultar su nerviosismo.

—Se ha saltado la número 8. —Le dio la sensación de que la voz del profesor se volvía más grave cuando hablaba con ella.

Que perdía parte de su carisma y adoptaba una actitud más cautelosa—.

Las petequias son hemorragias diminutas.

Tras la asfixia, no solo se encuentran en el corazón y otros órganos, sino también en los ojos e incluso en ciertas zonas del cuero cabelludo.

—Le ofreció la hoja—. Pero la condición era que aprobara el examen, y lo ha hecho.

—Entonces, no me limitaré a observar. —Fue una afirmación, no una pregunta—. Le demostraré que puedo serle útil.

Tenían un trato, al fin y al cabo.

—No pondré en peligro la integridad de mi asignatura por su necesidad de intervenir o de demostrarse algo a sí misma.

—Un trato es un trato —le espetó ella.

—Y no pienso retractarme. Solo pretendo dejarle claras las condiciones de este acuerdo. Si se le ocurre interferir, le prohibiré asistir a mis clases. Y no creo que eso le convenga.

Unas horas antes, a Atta le habría parecido un imbécil arrogante por haber dicho algo así, pero ahora entendía que no era más que un profesor tratando de proteger a sus alumnos.

—Profesor Murdoch —imploró con suavidad—, lo último que quiero es poner en peligro la integridad de su asignatura. Solo le pido que me deje participar más. Si prefiere que me limite a prepararle té, me parece bien, pero me gustaría demostrarle que puedo hacer más si me da una oportunidad.

Se encontraba tan cerca de él que su olor a humo y especias volvió a embotarle los sentidos, pero se mantuvo firme mientras el profesor la estudiaba con el ceño fruncido. Era el gesto más expresivo que le había visto hacer desde que se conocían.

Murdoch se levantó de la esquina del escritorio.

—Coja su abrigo.

—¿Perdón?

Él ya se dirigía hacia la puerta, así que Atta se vio obligada a recoger sus cosas apresuradamente.

—Un momento, ¿a dónde vamos? Tengo clase en media hora.

Salió al pasillo detrás de él, acelerando para seguir el ritmo de sus largas y resueltas zancadas.

—Según tengo entendido, si esta colaboración no sale adelante, no tendrá clases a las que asistir, así que no se quede atrás.

Su elección de palabras le resultó extraña, pero Atta concluyó que el profesor tenía razón.

Sus zapatos fueron dejando fugaces estampas sobre los escalones de piedra a medida que descendían más y más por la Facultad de Medicina. Al final, terminaron en las profundidades del edificio, rodeados de piedra y hierro, metal y frío. Parecían haberse adentrado en las mazmorras de un castillo.

Atta nunca había tomado drogas duras, ni siquiera cuando se pusieron de moda en los setenta y los ochenta, pero estaba casi segura de que el subidón que proporcionaban debía de ser similar al que experimentó en aquel momento, al ver la mesa de autopsias de piedra que había en el centro de la estancia, como un altar para sacrificios, masónico y medieval.

Se quedó allí plantada, boquiabierta, mientras Murdoch se acercaba a la pared de cámaras frigoríficas y tiraba de uno de los compartimentos metálicos.

—Ayúdeme a colocar el cuerpo en una camilla.

Aquello sacó a Atta de su ensimismamiento, obligándola a apartar la mirada de la morgue de sus sueños.