El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
23%

Sonder

–S upuse que volvería a por sus cosas.

—¿Qué lleva ahí dentro si va con todos los libros en la mano?

La chica contempló la cartera, avergonzada, y se le sonrojaron las mejillas salpicadas de pecas.

—No es que sea de su incumbencia, pero tengo muchos apuntes y cuadernos de bocetos y… —la joven se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y apretó los libros contra el pecho— también me gusta leer por placer.

—¿Cuántos libros lleva ahí por placer?

—Dos.

«Mentirosa». Sonder notó que le subía la temperatura y carraspeó.

—¿Va a asistir a la clase esta vez, señorita Morrow?

La chica miró en todas direcciones antes de posar los ojos en él, enfadada, y Sonder supo que quería decirle que no. Sin embargo, lo sorprendió una vez más al asentir con la cabeza.

—Sí, pero no me limitaré a quedarme calladita y escuchar.

Los apuntes y dibujos de la joven le habían demostrado ya que aquello sería una exorbitante pérdida de tiempo e intelecto, pero admitirlo solo complicaría las cosas.

Era una chica lista y no había exagerado en cuanto a sus conocimientos, pero había demostrado ser lo bastante ingenua como para dejar unas notas tan revolucionarias como las suyas durante casi dos días en un despacho ajeno.

Seguro que ni se le había pasado por la cabeza que Sonder no sería lo bastante honrado como para no echarles un vistazo.

Si hubieran sido de cualquier otro alumno, no se habría molestado.

Ni se lo habría planteado. No obstante, Ariatne Morrow era diferente.

Ejercía un efecto distinto sobre él. Desde que había cometido el error de abrir aquel primer cuaderno, no había querido hacer otra cosa que sumergirse en su mente y explorar sus profundidades.

—Muy bien. —A la chica se le iluminó el rostro ante su respuesta. Sonder se recostó en su silla, golpeteando con el extremo de un bolígrafo el escritorio de caoba—. Hará el examen de hoy con el resto de la clase.

Pensaba que aquello le ensombrecería la expresión, pero en los ojos de la joven prendió un destello que demostraba que estaba dispuesta a aceptar el reto. Con emoción, incluso.

—Si aprueba, le permitiré hacer fotocopias.

Cuando vio que la chica ahogaba una risa, tuvo que pedirle a Dios que le diera fuerzas.

—Si apruebo, me dará la oportunidad de demostrarle que sé muy bien lo que me hago.

Sonder se pasó la lengua por uno de los colmillos y ella se enfrentó a su mirada con un rictus desafiante, marcado tanto en la mandíbula como en los labios. El profesor se puso de pie y le tendió una mano.

—Trato hecho.

Habría jurado que la chica se estremeció al estrecharle la mano.