Atta
–O h, oh.
—Es un gilipollas.
Emmy le acarició la espalda describiendo círculos.
—Intentamos advertírtelo, cielo.
—No puedo permitirme que me echen del Trinity —se lamentó Atta con un hilo de voz.
La mano de su amiga desapareció, igual que su presencia en el sofá, cuando se levantó para sacar una botellita de whisky barato medio vacía del frigorífico común.
—Bebe y cuéntamelo todo —le dijo, ofreciéndosela.
Atta desenroscó el tapón, sintiéndose inmensamente agradecida por contar con la presencia tranquilizadora de Emmy.
Pero, cuando estaba a punto de dar un trago directamente de la botella, se acordó de la peste y del cuerpo que le había entregado al condenado Hilo Dorado, después de aquel horrible turno en la morgue de los Gallagher.
—¿Me das un vaso?
Emmy dejó escapar una carcajada profunda y ronca, y se levantó; momentos después, regresó con una flauta de champán.
Atta la llenó hasta el borde y se mintió a sí misma, diciéndose que los gérmenes solo estaban en la boca de la botella, que el porcentaje de alcohol impedía que el whisky se contaminara. Dio un buen trago y Emmy le arrebató la copa para hacer lo propio.
—Eso ya está mejor. Ahora desembucha.
—Murdoch me ha dicho que tendré que ir de oyente a sus clases durante un tiempo antes de que me permita hacer fotocopias o prepararle café.
—Menudo payaso —intervino Emmy en una muestra de apoyo antes de beberse la mitad de la copa de whisky de un trago.
—Y entonces lo he llamado gilipollas y me he marchado corriendo.
—No fastidies —dijo la otra con una exclamación ahogada.
—Ya ves.
—Joder, no sé si tu reacción debería llenarme de orgullo u horrorizarme.
Atta se fundió con el sofá, apoyando las manos extendidas sobre las rodillas.
—Diría que las dos cosas.
—Sí, desde luego.
—¿Qué voy a hacer, Emmy? No puedo desperdiciar esta oportunidad. Necesito pagar la matrícula como sea.
Tal vez no debería haber demostrado lo desesperada que estaba, pero ya era demasiado tarde para retractarse.
—Y yo no puedo perder a mi única compañera de residencia. —Emmy le dio un empujoncito en el hombro con el suyo—. Encontraremos una solución.
Se quedaron en silencio un buen rato, mientras se terminaban el whisky y pasaban a beber sidra y picotear patatas fritas Tayto’s. Dony apareció con un grupo de chicos que olían a sudor y a campo de rugby, y que se adueñaron de la sala común sin preocuparse por si molestaban a las dos chicas.
—Qué asco —masculló Emmy, tirando de Atta para que se levantara—. ¿Sabes qué es lo peor? —le dijo mientras se retiraban a su apartamento—. Que es un profesor fantástico.
—¿Quién? —preguntó Atta, demasiado bebida como para procesar la información en condiciones.
—El gilipollas. —Emmy abrió la puerta.
—¿Murdoch?
Emmy echó la llave y puso una tetera a calentar. Por suerte, Gibbs estaba fuera, liado con lo que fuera que lo mantuviera ocupado por las tardes.
—Sí, el doctor Frankenstein. Muchos estudiantes acuden a sus charlas abiertas al público.
—Puso una cazuela al fuego con algo que empezó a oler de maravilla al calentarse—.
Acudí a uno de sus seminarios sobre tragedias griegas y fue…
—Se interrumpió y, al negar con la cabeza, su trenza cobriza se meneó de un lado a otro—.
Se había preparado todo un monólogo sobre Aquiles y su atormentada relación con Patroclo.
No te haces una idea de la forma en que habló del intenso duelo de Aquiles tras la muerte de Patroclo y cómo describió el momento en que pidió que mezclaran sus huesos con los de su amado cuando a él también le llegara su hora.
—Emmy hizo una pausa con la mano en el pecho—. Fue conmovedor. Extraordinario.
Emmy le acercó a Atta una taza con hojas de té y ella la rodeó con ambas manos, pese a que todavía le faltaba el agua caliente.
—Su análisis de las tragedias desde la perspectiva de la anatomía patológica también fue de lo más intenso —concluyó Emmy, dándole vueltas al contenido de la cazuela y apagando el fuego de la tetera.
—¿Por qué no le gusta que lo llamen «doctor»? —preguntó Atta cuando Emmy vertió el agua caliente sobre las hojas de té—. Me lo comentó mi antigua compañera de apartamento.
—Nadie lo sabe. Lo único que he oído es que, el primer día de clase, siempre les dice a sus alumnos que no lo llamen doctor Murdoch, porque todos sus pacientes están muertos.
Atta se echó una cucharadita de azúcar en el té y, mientras los cristalitos se disolvían, se preguntó qué habría llevado a Murdoch a adoptar semejante postura ante el título que tanto esfuerzo le había costado. Supuso que debía de haber una explicación trágica detrás de aquello.
Pasaron el resto de la tarde y buena parte de la noche hablando de temas ajenos a Murdoch y la universidad, bebiendo té y dando cabezadas en la cama de Emmy entre conversación y conversación.
Después de un rato, Atta se despertó sobresaltada. Había estado soñando con unos dientes afilados y los gritos de un hombre al que tenía la sensación de conocer.
Sudorosa, resacosa (una vez más) y desconcertada, Atta regresó a su habitación, pero las pesadillas no hicieron más que empeorar.