El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

–¿ Q uieres prestarme atención de una puta vez?

—Te vas tanto por las ramas que había dejado de escuchar.

A Kelleher se le dilataron las fosas nasales.

Pese a haber compartido apartamento en la Briseida durante casi seis años hacía una década, nunca habían llegado a ser amigos.

Resultaba fascinante lo mucho que podían esconder unas paredes cuando nadie se molestaba en hacer un esfuerzo por prestar atención.

—Rochford quiere resultados lo antes posible. Se está empezando a impacientar, y nos está apretando las tuercas a Lynch y a mí para que te metamos presión.

—¿Qué tal te va siendo el perrito faldero de Rochford? ¿Te rasca detrás de las orejas y te da premios cuando te portas bien?

Sonder reprimió una sonrisa al ver que a Kelleher se le enrojecían las susodichas orejas.

—Que la Casa Aquiles aceptara tu propuesta en vez de la mía no te hace mejor que yo, Sonder Murdoch.

—Venga, venga, no te pongas así, hombre. —Sonder se puso de pie, rodeó el escritorio y, sin quererlo, se vio atraído por las pertenencias de la señorita Morrow—. Mensaje captado.

Movió la mano en un gesto intencionadamente insolente y descortés, invitando a Kelleher a marcharse, y este obedeció con un resoplido.

Sonder cerró la puerta, echó el cerrojo y volvió a detenerse delante de la cartera que su nueva auxiliar había dejado atrás. Tras observarla largo rato, la abrió y sacó un cuaderno tras otro.

Dedicó a la tarea una hora y dos vasos de whisky antes de reparar en lo absorto que se había quedado.

Ariatne Morrow no era ninguna tonta. Sus notas eran minuciosas; sus bocetos, limpios, y sus ideas, únicas.

Para su sorpresa, descubrió que sus páginas favoritas eran aquellas que la chica había garabateado con dibujos de criaturas de cuento, seguramente por estar distraída o aburrida en clase, cuando el temario, según suponía, se quedaba corto para sus conocimientos.

Fuegos fatuos, hadas, gárgolas y dragones.

Uno de los cuadernos estaba lleno de ideas abstractas sobre los cadáveres de la peste a los que había hecho autopsias, de lo que Sonder estaba al tanto sin que ella lo supiera. Sus observaciones eran perspicaces y certeras, pero era una inconsciente por llevar algo así encima a todas horas…

Cuando volvió en sí, Sonder lo guardó todo de nuevo, pero se detuvo a husmear entre los títulos que la chica llevaba en la cartera y se rio para sus adentros al darse cuenta de que no eran libros de texto, sino obras de ficción.

La Ilíada, Al faro, La feria de las vanidades y una novela más moderna: El secreto , de Donna Tartt.

El único que él no había leído era El fantasma de Canterville , de Oscar Wilde.

Sonder apuntó el título en su planificador de sobremesa y se marchó para pasar una noche más en la Casa Aquiles.