Atta
L idiar con una resaca el mismo día en que empezaba a trabajar como auxiliar del adusto profesor de Anatomía Patológica no era para nada lo ideal.
Y, por si fuera poco, la resaca empeoraba las migrañas.
El cielo se estaba empezando a nublar. Por suerte, el sol seguía brillando sobre el campus y la brisa soplaba fresca, así que pudo disfrutar del breve paseo que separaba la Casa Briseida de la Facultad de Medicina.
—Adelante —dijo él, sin desviar su atención del libro. Parecía tener la manía de no mirar a la gente cuando entraba en una estancia, y eso la ponía de los nervios.
—Sé que llego un poco pronto —se excusó la joven al entrar—, pero la señora O’Sullivan me dijo que lo encontraría aquí antes de clase, y pensé en venir a que me explicara primero qué quiere que haga hoy.
—Un momento —murmuró él, dirigiéndose de nuevo más al libro que a ella.
Estaba tan inmerso en la lectura que Atta no pudo evitar preguntarse de qué trataría el texto.
Cuando el profesor por fin se sacó la mano del bolsillo y pasó la página con reverencia, Atta casi tuvo la sensación de estar interrumpiendo un momento privado, algo especial e íntimo.
Aunque la fascinaba ver a un hombre tan arisco manipulando un libro con tanta delicadeza, pasando las páginas casi con romanticismo…
Murdoch cerró el libro de golpe y Atta dio un respingo; el encanto del momento se disipó en una nube de polvo de hadas.
—Siéntese, señorita Morrow. —El profesor se volvió y señaló una de las dos elegantes butacas de cuero dispuestas ante su escritorio.
Atta dejó su cartera en el suelo y depositó los libros de texto con los que cargaba en una mesita auxiliar. Tras decantarse por la butaca de la izquierda, se alisó la falda de tartán; a decir verdad, era demasiado corta para permanecer sentada sin la protección de una mesa delante.
—Tiene usted un despacho encantador, profesor.
La joven no solía regalar cumplidos vacíos.
El despacho era sinceramente impresionante.
La pared de color carbón que había tras el escritorio de caoba estaba ocupada en su mayor parte por dos estanterías con puertas de cristal, y el hueco que quedaba entre ellas estaba repleto de marcos sencillos que contenían decenas de bocetos, esquemas de distintos sistemas óseos y el diploma de su doctorado.
A la izquierda de Atta había un antiguo aparador sobre el que descansaban uno de aquellos globos terráqueos en tonos sepia, que representaba el viejo mundo, y un hermoso decantador de cristal, con lo que debía de ser un whisky muy caro.
Al otro lado de la estancia estaba la pequeña chimenea, cuyo fuego bañaba el espacio en un cálido resplandor.
Pese al orden que reinaba en el despacho, en especial en las estanterías, el escritorio de Murdoch parecía un campo de batalla.
Había papeles y bolígrafos, una lámpara de gas y unos cuantos libros desperdigados aquí y allá, pero también tres tazas de café (nada de vasos de papel desechables) y una pipa de aspecto ostentoso, colocada sobre un soporte.
Ah, conque eso era. El aroma que acompañaba al del papel, el cuero y el café rancio era el del tabaco de pipa, dulce y ahumado como los libros viejos, las especias y los bosques frondosos.
En vez de responder al cumplido de Atta, el profesor Murdoch se la quedó mirando desde su asiento detrás del escritorio, tan fijamente que la chica estuvo a punto de removerse incómoda. Odiaba que la pusiera tan nerviosa.
—Creo que convendría que me explicara qué quiere que haga, tanto hoy como en las próximas clases —repitió cuando la mirada del profesor se tornó abrumadora. Era evidente que Murdoch no parecía tener problema en mantener el contacto visual mientras permanecía en silencio.
El profesor entrelazó los dedos y apoyó las manos sobre el revoltijo del escritorio, como una caja torácica expuesta sobre pergamino.
—Durante unas semanas, me gustaría que se limitara a observar.
Atta lo miró sorprendida, segura de haber oído mal.
—¿Cómo? ¿Nada más?
—Eso es.
—¿Durante unas semanas? Eso sería más de la mitad de lo que queda de semestre, profesor.
—Lo sé.
Tal vez fuera cosa de la resaca, pero Atta estaba empezando a enfadarse.
—¿Y luego qué?
—Luego barajaremos la posibilidad de que se encargue de las fotocopias o del café, como tan generosamente propuso el otro día.
Pues no. No tenía nada que ver con la resaca.
Atta cambió de postura.
—A ver si me queda claro. ¿Quiere que asista a sus clases sin intervenir antes de permitirme siquiera hacer fotocopias o traerle un mísero café? —Al ver que el profesor no se movía y mucho menos se dignaba a responder, a Atta se le escapó una carcajada amarga—. Increíble.
—¿Sabe qué? —Murdoch se apoyó sobre los codos y deslizó las manos entrelazadas por el escritorio, acercándose más y más a ella—. La mayoría de los alumnos entendería que le estoy ofreciendo una forma fácil de sacarse el curso gratis y no se quejaría.
—Pero yo no soy como la mayoría —replicó Atta, sin ser capaz de contener la rabia pese al rubor que le trepaba por el cuello.
—Nunca ha estado matriculada en ninguna de mis asignaturas, señorita Morrow.
—No me hace falta asistir a sus clases para saber qué hacer cuando me pida fotocopias de la página 45.
—La voz se le agudizó al final de la frase, lo que marcó su acento.
Cuando el profesor enarcó una ceja, Atta respiró hondo—.
Llevo haciendo autopsias desde que era prácticamente una niña.
De hecho, abrí mi primera caja torácica a una edad terriblemente inapropiada.
Llevo seis años estudiando por mi cuenta y, si bien es cierto que no estoy familiarizada con sus clases, le aseguro que, como mínimo, estoy más que cualificada para fotocopiar sus condenados esquemas.
—Eso me han dicho.
Joder, a Atta le entraron ganas de quitarle esa actitud tan taciturna de un bofetón.
—¿Quiere que le enseñe mi currículum?
—Ya lo tengo. Lo que me falta son pruebas que demuestren lo que dice.
—No lo entiendo. ¿He conseguido el puesto o no?
—Sí, pero porque le he hecho un favor a una amiga. Todavía está por ver si resulta de utilidad y acaba ganándoselo de verdad.
El sentido común le pedía a Atta que se contuviera, que tomara el camino fácil, que escuchara al atractivo y exasperante profesor que tenía en las manos su futuro, el mismo que pendía de un hilo.
Pero esas cosas nunca se le habían dado bien.
Además, en el despacho hacía demasiado calor, y el olor del humo de tabaco que impregnaba el aire la abrumaba.
—¿Sabe? Todos sus alumnos lo ven como un hombre temible, pero yo no. A mí solo me parece un gilipollas.
Al profesor se le crispó una de las comisuras de la boca, y Atta se puso de pie, incapaz de permanecer un segundo más allí sentada.
—Será mejor que me vaya —anunció con un hilo de voz, puesto que, de haber hablado por encima del volumen de un susurro, habría acabado gritando.
No se dio cuenta de que se había dejado la cartera, los libros y, seguramente, la suma completa de lo que le quedaba por pagar de la matrícula en aquel despacho hasta que no estuvo a medio camino de la residencia equivocada.
Se sentó en el primer banco que encontró, desfallecida, y se presionó los párpados con la yema de los dedos. El olor a puro y a libros, el olor de Murdoch, todavía le embotaba los sentidos, pues se le había pegado a la ropa.
En aquella ocasión, la migraña que siempre llegaba de todas partes y de ninguna a la vez trajo consigo una canción. Los alumnos que pasaban a su lado desaparecieron y fueron reemplazados por una sinestesia de tonos cálidos, nostalgia y un bosque en pleno invierno.
Dios, era preciosa. Se le humedecieron los ojos, pero Atta no fue capaz de contener las lágrimas.
La niebla tan solo se disipó lo suficiente para que viera unos dedos fuertes y esbeltos deslizándose sobre las teclas de un viejo piano.
La música le inundó el alma, y entonces reparó en que tenía las piernas desnudas dentro de una bañera, cubiertas de espuma, mientras una voz melodiosa le leía cuentos de hadas.
Luego el rojo lo salpicó todo. Heridas desgarradoras cubiertas de sangre negra, notas interrumpidas, un grito que la atravesó de una manera tan violenta que estuvo casi segura de que había sido real, de que lo había oído en el presente.
Todo tembló, el mundo se sacudió y se desmoronó.
Todo se volvió negro y Atta jadeó. Al abrir los ojos, descubrió que algunos estudiantes la miraban desde el césped.
Corrió hasta la Casa Briseida con las lágrimas cayéndole por el rostro y se arrancó la ropa tan pronto como atravesó la puerta del apartamento. Necesitaba quitarse de encima el olor de aquel hombre.
Tras ducharse y cambiarse, Atta se dio cuenta de que tenía que regresar. Se había dejado hasta la última página de su material de estudios en aquel despacho.
No. Iría al día siguiente. Cuando Murdoch estuviera dando clase.