El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

A penas tardó nada en colocar sus pertenencias en su nueva habitación.

En tan solo un par de horas, lo había organizado todo a su gusto.

En las casillas del escritorio desgastado había dejado el microscopio dorado de su abuelo, sus lupas y sus rollos de papel encerado, sujetos con un pedacito de cordel para poder admirarlos cuando quisiera.

También había colocado allí unos cuantos manojos secos de sus flores favoritas y algunos frasquitos con alfileres, cerillas y marcadores.

La colección de obras de ficción que se había traído consigo a Dublín estaba flanqueada por una estatuilla de la Venus itálica y un busto de Elizabeth Barrett Browning.

Sus antiguos lomos de cuero con letras doradas hacían juego con el viejo reloj de su abuelo y con el candelabro dorado de su abuela.

Lo último que le quedaba por colocar después de sus preciados libros y sus materiales de investigación era su limitado fondo de armario, compuesto por prendas en colores neutros de tweed y tartán, de lana y pana.

Lo guardó todo en un armarito y, como sus libros tan solo ocupaban una tercera parte de las estanterías, acabó utilizando uno de los estantes inferiores para los zapatos, y otro para los jerséis y los chalecos.

También fue dejando aquí y allá su curiosa colección de cachivaches: un busto de Marie Curie; unas cuantas velas por si en algún momento se iba la luz; una calavera que había conseguido rescatar (¿o debería decir «robar»?) de la morgue de sus padres cuando les pidieron que recogieran unos restos que habían aparecido en un solar, y su primer cuaderno de campo botánico, el que había elaborado con la ayuda de su abuelo.

A lo mejor todo aquello no salía tan mal como había esperado en un principio. Supuso que lo descubriría a la mañana siguiente, cuando empezara a trabajar de verdad para el profesor Murdoch.

Pensar en él y en las autopsias le recordó que tenía la flor pulmonar guardada en el cajón del escritorio, así que se aventuró a comprobar en qué estado se encontraba.

En aquella ocasión, le ardieron las fosas nasales nada más retirar el papel encerado, y el aroma, empalagoso como la miel, le embargó los sentidos.

Un segundo más tarde, el dolor la atravesó, como si le estuvieran partiendo el cerebro en dos.

Unos puntitos negros le salpicaron el campo de visión antes de desaparecer bajo un estallido de luz, que pasó del blanco al verde intenso, acompañado de los gritos de un hombre moribundo.

Atta soltó la flor y dio un paso atrás. En cuanto el dolor y las alucinaciones se atenuaron, respiró hondo para tratar de mantener el control.

¿Qué pasaría si intentaba estudiar la planta bajo una lupa? Tenía que averiguarlo. Asintió para sus adentros, resolutiva; luego cogió la lente de mayor aumento que tenía y la colocó sobre la flor, con cuidado de no tocarla directamente.

Bajo la potente lupa Hastings, la flor le recordó mucho a la cicuta, aunque cada uno de sus diminutos pétalos presentaba una serie de marcas que le hacían pensar en un millar de polillas del boj, cuyas alas, negras en la punta, se fundían en un tono tostado hasta dar paso a un puntito carmesí.

Aquello explicaba que, desde lejos, la flor adquiriera un tono granate apagado.

Mordisqueándose el labio, Atta sacó el diario de campo donde anotaba todo lo que tenía que ver con la peste y dejó constancia de lo que había observado.

Con ayuda del papel encerado y unas pinzas, pegó la flor en el cuaderno sin tocarla directamente con el objetivo de preservarla.

Tras volver a guardar todo al fondo del cajón, echó un vistazo a su reloj de muñeca y dio un respingo.

Tenía veinte minutos para cruzar el campus.

Cogió su cartera, su abrigo largo y los dos libros que necesitaría para su clase de Introducción a la Ecología y salió tan apresuradamente que estuvo a punto de olvidarse de cerrar con llave la puerta de su nuevo apartamento.

***

Atta se fue directa a estudiar a la biblioteca después de clase. Cuando salió de allí, el sol ya se había escondido tras el horizonte y Gibbs la estaba esperando en la puerta del apartamento.

—Dony y Emmy ya están en el pub —le explicó de carrerilla—. ¡Vamos!

El entusiasmo de Gibbs era contagioso, así que Atta no pudo evitar sentirse más liviana en su compañía.

Resultó que el pub donde el grupo solía reunirse era uno de los favoritos de Atta cuando estudiaba la carrera, el Mulligan’s, justo al lado del campus.

Atta y Gibbs charlaron durante el breve pero encantador paseo hasta allí y, cuando llegaron, las dos personas que los esperaban con sendas copas los saludaron efusivamente.

—¡Una chica! —exclamó la joven, que se levantó de un salto para abrazar a Atta—. ¡Gracias a Dios! A nuestra residencia no llegan más que tíos asquerosos —dijo arrugando la nariz.

A Atta le cayó bien enseguida, igual que le había pasado con Gibbs. La chica, que era guapísima y tenía el cabello rojo y brillante y unos resplandecientes ojos azules, le tendió una mano.

—Emmaline Quinn, a tu servicio.

Atta se rio entre dientes y le estrechó la mano.

—Ariatne Morrow, pero puedes llamarme Atta.

—Pues entonces tú puedes llamarme Emmy. —Las pecas que le salpicaban el rostro acentuaban su sonrisa.

—Es un placer conocerte, Atta —dijo el chico atlético que la acompañaba, con una enorme y cálida sonrisa—. Yo soy Dony.

Tan pronto como dejaron a un lado las formalidades y Gibbs y Atta pidieron algo de beber, la conversación fluyó con mucha más naturalidad de la que Atta había esperado.

—Ya pensaba que esa habitación iba a quedarse vacía para siempre —dijo Dony entre trago y trago de su Guinness.

—Yo también —coincidió Emmy, metiéndose un puñado de cacahuetes en la boca—. Jamás habría esperado que el doctor Frankenstein estuviera dispuesto a contratar a una auxiliar. —Miró a Atta con un gesto de disculpa—. Sin ánimo de ofender ni nada.

—No te preocupes. —Atta pasó un dedo por el borde de su vaso—. Es bastante huraño y su reputación lo precede, pero creo que nos las apañaremos bien.

—Es un imbécil —dijo Dony, aunque su comentario cayó en saco roto.

—No es tan malo. —Para sorpresa de todos, Gibbs salió en defensa de Murdoch antes de bajar la mirada y clavarla en la mesa llena de marcas—. O sea, no es la mejor persona del mundo, pero no seáis tan duros con él.

Dony masculló algo ininteligible, puesto que ya empezaba a arrastrar las palabras por culpa del alcohol. Emmy se echó la melena hacia atrás y se escapó para pedir otra ronda, sin hacerle caso alguno a Gibbs.

—Entonces, ¿conocéis bien a los profesores? —preguntó Atta cuando Emmy regresó a la mesa.

—Yo no diría tanto —respondió ella, dándole las gracias con una sonrisa al camarero que les había preparado las bebidas—. Conocemos algunos detalles sobre ellos; una versión caricaturizada de su personalidad, supongo.

—Sabemos que les gusta explotarnos —refunfuñó Dony contra su vaso.

Gibbs lo miró con mala cara y se volvió hacia Atta.

—Nosotros somos sus ayudantes y hacemos las tareas que nos corresponden. Lynch es el decano de la Facultad de Ciencias de la Salud, así que me tiene bastante ocupado en ese campo, pero también imparte Ciencias Sociales Aplicadas, que es lo que yo estoy estudiando.

—La doctora Marguerite Vasilios es profesora de Psicología y Salud Mental —anunció Emy con actitud regia, antes de darse un golpecito en el pecho para ahogar un eructo—. Uy, perdón. Dony, te toca.

Todos los ojos se posaron en él.

—Eres muy guapa, Atta —farfulló, y Emmy le dio un suave puñetazo en el brazo.

—Se vuelve gilipollas cuando se pasa con la bebida —explicó Gibbs a modo de disculpa—. Es el auxiliar del profesor Kelleher, que da clase en Farmacia.

Atta asintió, sintiéndose algo fuera de lugar.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Emmy sin previo aviso, aunque no había ni rastro de maldad o juicio en su voz—.

Yo pasé unos cuantos años alejada del mundo académico —añadió antes de que Atta pudiera responder—, así que todo el mundo es más joven que yo.

Tú pareces más o menos de mi edad. —Sonrió con los labios en forma de corazón pegados a la copa—. Tengo veintiséis.

Un soplo de alivio atravesó a Atta al descubrir que iba a compartir apartamento con una chica que no solo era amable y hospitalaria, sino que además estaba más cerca de su edad que de la del resto de sus compañeros.

—Yo tengo veintiocho.

—¡Lo sabía! —Emmy brindó contra el vaso de Atta, generando un maremoto de Guinness y whisky—. Va a ser genial tenerte por aquí.

Pasaron las siguientes horas bebiendo y conociéndose más hasta que Gibbs, como la única persona responsable del grupo, pidió comida y café para que se les pasara la borrachera antes de que los cuatro regresaran juntos a la Casa Briseida.

Gibbs y Domhnall decidieron echar unas partidas en la consola de la sala común, mientras que Emmy siguió a Atta hasta su habitación para admirar sus libros y singulares objetos de deco­ración.

—Eres una mujer de lo más fascinante, Atta —le dijo, dedicándole una sonrisa por encima del hombro mientras inspeccionaba su colección de polillas—. Y que sepas que ese es uno de los mejores cumplidos que podría hacerte.

—Te lo agradezco. Nunca he sido capaz de encajar del todo en ningún sitio, así que suelo pasar la mayor parte del tiempo sola.

Emmy se dejó caer sobre la cama de Atta y se recostó contra sus cojines.

—Lo de encajar es todo fachada. Mi lema es que la calidad en las amistades siempre supera a la cantidad. Yo también soy bastante reservada, pero tú me has caído bien.

Atta se rio y se sentó en la silla del escritorio.

—Tú también me has caído bien.

—¿Estás preparada para lo de mañana?

—No sé qué esperar —admitió Atta, encogiéndose de hombros—, pero estoy segura de que irá bien.

Emmy asintió, pensativa.

—Tú asegúrate de ponerte algo sexi.

Atta miró a su nueva compañera y frunció el ceño.

—Quiero hacerme respetar.

—Exacto —coincidió Emmy, chasqueando los dedos y señalándola al tiempo que le guiñaba un ojo.

—Por eso no tengo intención de ponerme ropa provocativa —explicó Atta, despacio.

Emmy puso los ojos en blanco y se incorporó en la cama.

—No te he dicho que te vistas como un putón o que intentes follarte al profesor.

Es más, mi sugerencia no tiene nada que ver con él.

Te lo digo por ella, por la mujer que ocupará el escenario.

Cuando una mujer se siente atractiva, gana confianza y toma las riendas de la situación.

Deja a los hombres hechizados. La clave aquí no es la connotación sexual, sino el poder.

Tu imagen es otra arma más dentro de tu arsenal de mujer.

—Se recostó de nuevo, apoyándose sobre los codos—.

Está claro que inteligencia no te falta, así que solo necesitas conseguir que los demás te presten atención.

Atta se detuvo a considerar el argumento de Emmy durante un segundo y comprendió que lo último que su nueva amiga intentaba era animarla a arrastrarse por el respeto de un hombre.

—Coger la sartén por el mango sin pronunciar una sola palabra —reflexionó.

Emmy aulló.

—¡Eso es justo lo que quiero decir! Esto no va de escotazos, Ariatne Morrow, sino de tu aura, de tu presencia. Que es una puta maravilla.

Cuando Emmy le guiñó un ojo, una parte de Atta se enamoró un poquito de ella.

Nunca había tenido una amiga con la que compartir una verdadera relación de sororidad.

Una mujer que le ofreciera un apoyo sincero en vez de una chica insegura que, movida por la envidia, esperara con ansia la oportunidad de hacerle la vida imposible.

—Eres muy sabia para tu edad, Emmaline.

Su nueva compañera batió las pestañas, coqueta, entrelazando los dedos y apoyando la barbilla sobre ellos.

—Ahora enséñame tu mejor modelito de bibliotecaria sexi.

Después de tres copas de vino, demasiados cambios de ropa y un montón de agujetas de tanto reír, Atta se miró al espejo del armario con una sonrisa de oreja a oreja.

Se habían decantado por una falda de tartán marrón chocolate, lo bastante corta como para resaltar sus piernas torneadas, combinada con un chaleco de punto y una blusa con un pronunciado escote en canal.

Para acabar, se había puesto su americana favorita (de lana verde bosque), unos zapatos Oxford de (ligerísimo) tacón y calcetines con estampado Argyle.

Atta no creía que hubiera alguien capaz de describir su atuendo con la palabra «sexi», pero ella se sentía imparable.

—Creo que lo tenemos.

—Totalmente de acuerdo —dijo Emmy con entusiasmo—. Si fueras mi bibliotecaria, me tendrías babeando por ti. ¡Chicos! —Dony y Gibbs acudieron a su llamada medio dormidos—. ¿Qué os parece el modelito de Atta?

—Ah…, pues es… —balbuceó Gibbs, que se espabiló de golpe al fijarse en la chica y abrió los ojos de par en par tras las gafas.

—Te queda… Estás… —Domhnall se puso rojo como un tomate— espectacular…

—Vale, con eso basta. Fuera de aquí. —Emmy los echó de la habitación—. Prueba A: una mujer segura de sí misma desarma a los niñatos e infunde respeto en los hombres.

Lo cierto era que Atta se sentía de maravilla. Aunque cabía la posibilidad de que fuera obra del vino.