El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

—Lynch me ha pedido que te traiga esto —dijo Gibbs, que había entrado con una carpeta marrón sellada en la mano.

—¿Qué pasa?

—Tu nueva auxiliar.

—Utiliza frases completas —lo instó, impaciente. Gibbs arrastró las deportivas por la alfombra y se puso a toquetear el decantador de whisky de vidrio soplado—. Deja eso.

Pero solo consiguió que el muchacho llevara las manazas, irónicamente ociosas, hasta sus estanterías de caoba pulida. Sonder se quitó las gafas y lo estudió con atención.

—¿Qué haces todavía aquí? —Al ver que Gibbs ponía los dedazos en su antiquísima edición encuadernada en cuero de La Ilíada , se levantó de un salto—. ¡Deja de toquetearlo todo! —Gibbs retiró las manos con la mirada desorbitada, como si se hubiera quemado—. ¿Qué narices quieres?

—L-la chica. La que… —Se interrumpió y lanzó una mirada rápida hacia la puerta abierta antes de continuar en voz más baja—. La que nos vende cadáveres. Es tu nueva auxiliar.

—Dios santo. —Sonder se pellizcó el puente de la nariz—. ¿Fumas?

—Eh, en el pub, supongo.

Sonder se levantó y se abrochó el botón central de la chaqueta.

—Cierra la puerta.

Gibbs hizo lo que le había pedido y Sonder se acercó al apa­rador.

—Entiendo, entonces, que ya has conocido oficialmente a la señorita Morrow —dijo, sirviendo dos vasos con un dedo de whisky.

—Sí, señor. Se va a alojar con nosotros en el tercer piso de la Briseida.

Sonder se detuvo en seco, con el decantador en el aire.

—¿En la habitación verde?

—Sí, señor.

Sonder suspiró.

—Para ya con la tontería de llamarme «señor».

—Perdón.

Sonder le pasó el vaso de whisky.

—Eres muy nervioso, ¿no? —le preguntó.

—Eh…, es que es la una de la tarde —respondió Gibbs, clavando la mirada en el líquido ambarino.

—¿Y? No es tu primera vez en la universidad. Vive un poco, hombre.

El chico se encogió de hombros y dio un trago. Sonder intentó contener la risa al verlo resollar.

—Uff, cómo quema.

—Este whisky conseguiría revivir hasta a uno de los infectados por la peste.

Sonder le dio un manotazo en la espalda, sacó una caja de puros del cajón del aparador y animó a Gibbs a que cogiera uno.

—¿Por qué son marrones esos cigarrillos?

—Son puritos —explicó Sonder, tratando de disimular su horror ante la ignorancia del chaval. Le pasó uno y él se quedó con otro—. Puros más finos.

Resultaba evidente que nunca había probado uno.

Y, aunque Sonder estuvo a punto de ofrecerle una pipa para ver qué hacía, terminó sacándose una caja de cerillas del bolsillo del pantalón para encender los puritos sin darle ninguna indicación.

Se podría decir que era un experimento. Una forma de saciar su curiosidad.

A la primera calada, Gibbs se puso a toser y a golpearse el pecho con el puño.

—Joder —jadeó.

—La idea es que eches el humo, no que te lo tragues —le dijo Sonder con tranquilidad, señalando la jarra de agua que descansaba sobre el aparador.

Gibbs se sirvió un vaso y regresó a su asiento con los ojos llorosos.

—¿Cómo se fuma, entonces?

—No te rindes. Eso te honra.

Sonder se desabrochó la chaqueta y se sentó a su lado para enseñarle a fumar el purito como es debido. De hecho, por pura deformación profesional, incluso le mostró cómo usar la pipa, acompañando cada calada con un sorbito de whisky.

—¿Estamos estrechando lazos? —preguntó Gibbs, como un idiota, cuando por fin le pilló el tranquillo a lo de fumar.

—Dios. —Sonder suspiró, soltando todo el aire por la nariz antes de terminarse el purito y dejar la colilla en un cenicero de cristal—.

Por favor, no me obligues a partirte la boca.

—Se reclinó contra el respaldo de la butaca de cuero, amoldada perfectamente a su cuerpo—.

Has venido a hablar de la señorita Morrow.

—Va a hospedarse en la habitación que hay frente a la mía.

Una quemazón despiadada le prendió el pecho a Sonder. Le había sentado fatal que aquel hubiera sido el primer comentario del chico. Que aquel cerebro de mosquito infantiloide fuera a tener acceso diario al dormitorio de Atta despertaba en él una peculiar irritación.

«Me cago en la leche». ¿En qué estaba pensando? Sonder se tragó aquella emoción tan absurda.

—¿Y?

—Ah, es que… Bueno, ¿no era esa…?

—Echa el freno —lo interrumpió—. Eso a ti no te incumbe. Ahora, si no te importa, escupe lo que tengas que decirme para que pueda terminar de corregir, marcharme de aquí y continuar con mis obligaciones.

Gibbs golpeteó el purito contra el cenicero, pero lo hizo mal y la ceniza voló por el aire. Como diera otra calada, ya no le sabría igual.

—De acuerdo. Es que no quiero cagarla.

—¿A qué te refieres?

—Que me da miedo que digamos o hagamos algo y se dé cuenta de quiénes somos, de que formamos parte de la Sociedad.

—La chica es lista, Gibbs, pero no tiene motivos para atar cabos. Si mantienes las distancias con ella, no debería haber ningún problema.

—Ah. —Bajó la vista a su vaso—. Es que… es bastante simpática, y muy guapa…

—Ni se te ocurra. —Incluso el propio Sonder se sorprendió al oír el veneno que destilaba su voz.

Gibbs dejó el vaso y se puso de pie apresuradamente, con la incomodidad que había mantenido a raya hasta ese momento grabada de nuevo en su rostro.

—Sí, claro. Será mejor que me marche.

La puerta se cerró tras de sí con un chasquido, y Sonder dejó caer la cabeza contra el respaldo de la butaca mientras se aflojaba la corbata.

Había pasado demasiado tiempo tratando de averiguar si Ariatne Morrow y sus conocimientos sobre las ciencias post mortem y la botánica lo ayudarían o lo joderían vivo.

Concluyó que lo descubriría a la mañana siguiente.