El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #2
15%

Atta #2

Al girarse, se encontraron con un chico que tendría más o menos la misma edad que Imogen.

En realidad, tendría la misma edad que cualquier otro estudiante salvo Atta y el hombre de mediana edad matriculado en Geología.

Era un muchacho atractivo de cálida piel oscura, ojos todavía más oscuros enmarcados por unas pestañas envidiables y pelo negro, mucho más brillante que el de Imogen.

Llevaba gafas de pasta gruesa y tenía una silueta algo desgarbada, como si no hubiera terminado de dar el estirón, pese a que Atta le echaba unos veintitrés años.

Vestía vaqueros y una sudadera del Trinity, nada fuera de lo común.

En cuanto Atta le vio lanzar una mirada a Imogen, reprimió una carcajada.

Todo apuntaba a que el chaval ni siquiera se había dado cuenta de que ella también estaba allí.

Al fin y al cabo, no era una rubia de tetas grandes y piernas largas.

La mayoría de los hombres jóvenes aún no eran conscientes del atractivo de las curvas y de los cuerpos con carne a la que agarrarse.

Para la inmensa sorpresa de Atta, Imogen no se puso borde con él.

—Muy amable por tu parte.

Le pasó la caja con el pie y él la recogió del suelo con solo un poquitín menos de esfuerzo que ella.

—No hay problema. Me llamo Bernard Fitzgibbon, pero todo el mundo me llama Gibbs. ¿Te mudas aquí?

—Me mudo yo —respondió Atta, aunque le había hecho la pregunta a Imogen—. Acabo de aceptar un puesto como auxiliar docente. Me llamo Atta, y esta es Imogen.

Cuando Gibbs por fin la miró, la caja que sostenía estuvo a punto de caérsele al suelo, pero la atrapó en el último segundo.

—Disculpa. —Rio incómodo—. O sea, que tú eres la que va a trabajar con el doctor Frankenstein… Eh, perdón, con el profesor Murdoch.

Imogen también se rio mientras se miraba las uñas.

—Te dije que todo el mundo lo llama así.

—Encárgate tú de la puerta, Imogen —le pidió Atta, apretando los dientes y haciendo malabares con la caja que llevaba.

Imogen, que no tenía ninguna prisa por cumplir órdenes, se acercó tranquilamente a la puerta, así que Atta aprovechó para hablar con Gibbs.

—¿Cómo has sabido que voy a trabajar con Murdoch?

—Ah. —Se apoyó la caja en la rodilla para subirse las gafas, que se le habían escurrido por la nariz—. Trabajo para él de vez en cuando. Cositas sin importancia —se encogió de hombros y cambió la caja de posición para sujetarla mejor—, cálculos y cosas así. Por aquí las noticias vuelan.

Gibbs se hizo a un lado para que Atta pasara primero y entraron en la sala común de su nueva residencia, que era mucho más elegante que la anterior y contaba con una mesa de billar, una cocina pequeña y un rincón con una televisión. Imogen fue directa al bien provisto frigorífico y cogió una sidra.

—Por favor, dime que no te he quitado el trabajo —le pidió Atta mientras subían la escalera hasta su piso—. No sabía que Murdoch ya tenía a alguien que le echaba una mano. Cuando me dijo que no me necesitaba, di por hecho que no quería ayuda.

—Ah, no, no. —Gibbs negó con la cabeza y Atta temió que sus gafas salieran volando—. Nada de eso. Por fin vamos a tener a alguien en la habitación vacía de nuestro apartamento.

—Un momento. ¿Por qué hablas en plural? ¿Vamos a vivir juntos?

—Así es.

El chico le dedicó una sonrisa radiante, y Atta decidió que le caía bien. No le vendría mal que le contagiara una pizca de su entusiasmo. También la aliviaba que no hubiera mencionado su edad, aunque saber que acabaría siendo la madre en funciones de la Casa Briseida le resultaba algo deprimente.

—Aquí los apartamentos son distintos a los del resto de las residencias —le explicó Gibbs guiándola por el pasillo—.

Cada uno ocupa una planta entera. Murdoch, Vasilios, Lynch y Kelleher se alojaron en el tercer piso durante sus estudios de posgrado y se convirtió en una especie de cápsula del tiempo, porque sus padres y sus abuelos también vivieron aquí antes que ellos.

Todos los que nos alojamos aquí somos auxiliares docentes.

Los apartamentos están distribuidos en torno a la sala común; hay tres, una por cada planta del edificio.

Únicamente la segunda y la tercera cuentan con dos cuartos de baño, así que has tenido suerte, porque solo te va a tocar compartirlo con uno de nosotros tres.

Entraron en otra sala común que, si bien podría haber pasado por el interior de una elegante estación de esquí francesa, estaba más cerca de ser una acogedora biblioteca o un bar que otra cosa.

La chimenea no estaba encendida, pero a Atta no le costó imaginarse a sí misma acurrucada en uno de los cómodos sofás dispuestos delante de las estanterías, estudiando junto al fuego, cuando llegara el invierno.

Empezaba a pensar que haber renunciado a las preciosas vistas de su otra habitación no sería tan malo como creía.

—Y tú eres el auxiliar de…

—Lynch. Domhnall trabaja con Kelleher, y Emmy, con Vasilios. Pero la habitación reservada para el auxiliar de Murdoch siempre ha estado desocupada. —Gibbs abrió con el pie la puerta del que debía de ser su apartamento y Atta lo siguió—. A lo mejor hay algo de polvo ahí dentro.

Dejó la caja sobre una mesita de café redonda, colocada en medio de una pequeña sala de estar, y señaló una de las cuatro puertas.

Dos de ellas estaban entreabiertas pero vacías.

Una de las habitaciones tenía las paredes de color crema cubiertas de pósteres de grupos de música y estanterías, abarrotadas de baratijas esotéricas, películas y discos de vinilo; la otra era un desastre de ropa tirada por el suelo y por la cama, y su única decoración consistía en un póster que mostraba a una mujer en bikini que Atta no reconoció.

—Esta es la mía. —Gibbs sonrió y se acercó a su puerta para enseñarle su habitación. Tenía las paredes pintadas de gris topo, y contaba con poco más que un pequeño escritorio de madera—. No suelo estar mucho por aquí —explicó con timidez—. Y no soy de los que acumulan cosas.

—Totalmente respetable.

Atta dejó su caja junto a su puerta y estudió las vetas de la madera oscura durante un momento.

—¿Estás bien? —preguntó Gibbs a su espalda.

—¿Alguna vez has tenido la sensación de que tu vida va a dar un giro repentino por haber tomado una decisión insignificante?

—¿Como abrir una puerta, por ejemplo?

—Sí, exacto —dijo Atta, mirando a su nuevo compañero por encima del hombro.

—Me temo que tu vida ya cambió en cuanto accediste a trabajar para el doctor Frankenstein.

Sí, el chaval le caía de maravilla.

—Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien, Gibbs.

—Me alegro. —El chico sonrió—. Bajaré a por más cajas. Tú ve instalándote.

Salió de la habitación con más energía de la que Atta jamás habría soñado tener antes incluso de haber tenido su edad.

La joven tomó una profunda bocanada de aire y agarró el pomo de latón.

Pero entonces un destello le relampagueó detrás de los ojos y estuvo a punto de doblarse por la cintura.

Durante un instante dejó de ser ella misma para transformarse en una hermosísima joven de rizos cobrizos que le caían hasta la cintura.

Abrió aquella misma puerta entre risas; pero la alucinación dio un salto en el tiempo y, como si de un montaje mal hecho se tratara, la mujer se transformó en una versión más mayor de sí misma, tumbada en una cama con un vestido blanco y las venas negras y palpitantes.

Atta se quedó sin aliento y la escena se disipó como la niebla.

—Madre mía —susurró, llevándose una mano al pecho para intentar mantener a raya la ansiedad que solía llegar de la mano de las migrañas. Apretando los labios con fuerza, volvió a agarrar el pomo y lo giró.

El dolor de cabeza quedó olvidado al instante.

La habitación estaba pintada de un verde que recordaba al hierro forjado, como un bosque feérico envuelto en niebla al anochecer.

Una de las paredes estaba revestida de estanterías, tan gastadas como el oscuro suelo de roble con el que iban a juego.

En la pared más alejada de la puerta había un pequeño somier sobre el que descansaba un colchón desnudo.

Junto a él, la ventana daba al jardín de los rosales y a la Facultad de Medicina.

El paisaje, enmarcado por la cantidad justa de árboles, no tendría nada que envidiar a las vistas de su antigua habitación una vez que mudaran las hojas.

Empezaba a sospechar que tal vez no había una sola zona con malas vistas en el Trinity.

Atta pasó los dedos por el escritorio colocado bajo la repisa de la ventana y fantaseó con las horas que pasaría allí, estudiando y bosquejando.

Casi le daban ganas de renunciar a su trabajo en la morgue para poder centrarse por fin en sus estudios.

Pero tenía demasiados compromisos y necesidades y albergaba una oscuridad demasiado profunda en su corazón como para formar parte del mundo académico.

Gibbs regresó cargando torpemente con otra caja y arrastrando una bolsa de ropa tras de sí.

—No he conseguido encontrar a tu amiga. —Recorrió la habitación con la mirada—. ¿Dónde quieres que te deje esto?

—Ahí mismo está bien. —Atta señaló un rincón cubierto de telarañas—. Creo que podemos confirmar que Imogen se ha bajado del carro y no ayudará más.

Gibbs colocó todo donde Atta le había indicado y se sacudió las manos para quitarse el polvo.

—Tengo un par de cosas que hacer después de mi próxima clase, pero, como veo que no tardarás mucho en instalarte, ¿qué te parece si te llevo a conocer a Emmy y a Domhnall más tarde?

Siempre van a un pub cerca de Poolbeg los miércoles por la noche.

Vasilios y Kelleher los matan a trabajar durante la primera mitad de la semana.

—Claro. —Atta sonrió—. Por mí perfecto.