Atta
Era un espacio pequeño, de proporciones similares a las de la mayoría de las aulas en el Trinity, pero seguía siendo más grande que las de la Facultad de Botánica.
—¿Va a entrar o se va a quedar ahí acechando? —le preguntó él sin levantar la vista de su trabajo.
—Sí, claro —respondió ella, consciente de que le había dicho algo similar al tipo raro que la había estado acechando la noche anterior.
Sin embargo, todo pensamiento racional abandonó su mente cuando el profesor levantó la mirada. Un rizo le cayó sobre la frente al quitarse las gafas redondas y de montura metálica para estudiarla con desinterés.
Atta recorrió la breve distancia hasta él, dejando atrás las filas de pupitres, mientras el profesor se incorporaba y rodeaba el escritorio para saludarla.
Cuando se obligó a levantar la vista para mirarlo a la cara, él frunció el ceño durante una fracción de segundo.
Un destello que Atta no alcanzó a identificar le iluminó los ojos color avellana antes de que su expresión volviera a convertirse en una máscara de indiferencia.
—Imagino que es usted Ariatne Morrow.
—Sí, señor.
Atta se pasó los libros con los que cargaba a un brazo para ofrecerle un apretón y él se sacó la mano derecha del bolsillo y le aceptó el saludo con firmeza.
El muy avinagrado ganó un punto por ello.
En realidad, aquel hombre tenía algo que a Atta le resultaba familiar, pero que no lograba identificar.
—Por favor, llámeme Atta.
Murdoch asintió una sola vez y se sentó en el borde de su escritorio, con los brazos cruzados a la altura del pecho.
«Jesusito de mi vida» . No le extrañaba que Imogen lo hubiera descrito con tanto descaro.
Atta no era de las que se distraían al ver una cara bonita, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para no perderse en los detalles de sus rasgos.
La fotografía del catálogo no le hacía justicia al bueno del doctor.
Lucía la cantidad justa de barba, y unas arruguitas alrededor de los ojos que daban a entender que no siempre había sido tan serio como su reputación lo pintaba.
Como se le ocurriera sonreír, Atta estaba segura de que le flaquearían las piernas.
«Bueno, ya está bien, haz el favor de espabilar. Que eres la puta Lizzie, no Jane Bennet, joder. Y este tío no le llega a Darcy ni a la suela de los zapatos».
—Atta —repitió el profesor, con el mismo aburrimiento que permeaba su gélido semblante—. No necesito una auxiliar.
Su tonto enamoramiento se esfumó y el alma se le cayó a los pies, al tiempo que la sangre empezaba a hervirle de rabia. Aunque, antes de que pudiera decir nada, Murdoch añadió:
—Pero Mariana O’Sullivan es una vieja amiga mía y me ha dicho que tiene usted mucho talento.
¿Qué se suponía que debía responder a eso? ¿Un «Pues sí, para dar y regalar»?
—Si no me equivoco, no está matriculada en ninguna de mis clases y estudia en la Facultad de Botánica —añadió él, entornando los ojos en un gesto que Atta interpretó como una muestra de desagrado. Tuvo que morderse la lengua para no plantarle cara y ponerlo de vuelta y media.
—Eso es, pero me he criado en una morgue y llevo trabajando en el campo de la medicina forense desde que cumplí la edad legal para hacerlo.
En realidad, empecé mucho antes, pero ya sabe cómo se ponen las autoridades con el trabajo infantil y todo eso…
—Se interrumpió con una risita nerviosa y Murdoch se la quedó mirando, inmóvil como el héroe de una tragedia griega inmortalizado en mármol.
Atta se estaba empezando a hartar de cargar con los libros y de esforzarse en no sonar como una idiota balbuceante, así que los dejó en el pupitre más cercano.
—Tengo experiencia de sobra en las ciencias post mortem; si no me equivoco, es en lo que se centran sus clases, ¿no es así?
—El profesor le dedicó un asentimiento indiferente, casi imperceptible—.
Bien. Le garantizo que podré seguirle el ritmo siempre que requiera mi ayuda.
Lo poco que sé de patología lo he estudiado por mi cuenta, pero aprendo rápido.
Además, estoy segura de que podré ayudarlo a revisar trabajos, calificar exámenes o hacer fotocopias.
—Se apartó el pelo de la cara—. También podré traerle café y…
—¿Ha estudiado patología por su cuenta?
—Bueno, yo… Eh, sí. Insisto en que no sé mucho, pero trabajar en una morgue mientras una enfermedad mortal que nadie entiende campa a sus anchas… Bueno, despertó mi curiosidad.
«Dios bendito, que alguien me tape esta bocaza para que deje de parlotear».
—¿Por qué? —insistió él.
Un diminuto escalofrío de emoción le trepó a Atta por la nuca; parecía que la conversación ya no lo estaba aburriendo tanto como antes. Tal vez el profesor terminara alegrándose de su decisión. Aquello le proporcionó una minúscula dosis de valor y Atta empezó a sentirse un poco mejor.
—«Tic, tac, prende ya. El reloj y la vela avanzan al compás». —Atta recitó un fragmento de una vieja rima popular—. Dice así, ¿no?
El profesor volvió a fruncir el ceño, pero en aquella ocasión no se molestó en ocultarlo.
—Sí, me suena que sí.
—Bueno… —Atta encogió un hombro—, la cuestión es que no quiero contagiarme.
Murdoch la miró con tal intensidad que estuvo a punto de removerse incómoda, pero entonces oyeron un «¡Hola hola!» proveniente del pasillo.
—¡Hola hola! Por fin os encuentro. —La señora O’Sullivan les sonrió desde el umbral, y los saludó con un movimiento tan amplio de la mano que parecía estar intentando aterrizar un avión—.
Maravilloso, maravilloso —repitió, marcando el ritmo de sus pasos mientras bajaba los escalones con sus tacones peligrosamente altos.
Cuando llegó a la parte delantera del aula, Murdoch ya había vuelto a colocarse detrás del escritorio y se estaba quitando la chaqueta.
—No te andes por las ramas, Mariana. Mi clase está a punto de empezar.
Como si sus palabras la hubieran invocado, una estudiante excepcionalmente puntual llegó al aula y se sentó en una de las últimas filas.
—Le prometo que no volveré a morderla, señorita Murray. Puede usted sentarse en su sitio de siempre —dijo Murdoch en voz alta, sin levantar la vista de los papeles que estaba revolviendo.
—¡Sonder! —lo reprendió la señora O’Sullivan en un susurro—. No deberías decirles esas cosas a tus alumnos. Se te podría malinterpretar.
—Pues quien lo haga es imbécil. No seas así, Mariana. La semana pasada la chica respondió a una de mis preguntas con una tontería y ahora me tiene miedo. Fuiste tú quien me pidió que fuera más amable.
—Y está claro que no sabes serlo.
—Me temo que soy una causa perdida.
Atta estaba segura de que se habían olvidado de ella. La tal señorita Murray había recogido sus cosas despacio y se había cambiado a uno de los pupitres de la segunda fila con cierta vacilación.
Atta notó que una mano fría le rodeaba la muñeca y apartó la vista de la pobre chica para posarla en los ojos embadurnados de máscara de pestañas de la señora O’Sullivan.
—Ven conmigo, querida. Te he traído la llave de tu nuevo alojamiento. —Le echó un vistazo a Murdoch por encima del hombro, pero el profesor se había puesto a escribir en la pizarra y les daba la espalda—. Si a los dos os parece bien seguir adelante, claro está.
Él no se molestó en volverse o en darle una respuesta directa.
—La espero para mi próxima clase de las diez, señorita Morrow.
La señora O’Sullivan tiró de Atta antes de que ella tuviera oportunidad de preguntar qué día era la clase y de qué asignatura se trataba. ¿Y si se le solapaba con las suyas? Menudo desastre.
—Un momento, me he dejado mis libros.
Se liberó del agarre implacable de la señora O’Sullivan antes de subir la escalera y fue a por ellos.
Una vez en el pasillo, Atta le preguntó a la otra mujer qué día tenía lugar la clase de las diez que el profesor había mencionado.
—No sabría decirte, querida. Lo consultaré y te llamaré para confirmártelo.
—Se sacó una llave del bolsillo de la americana, que le quedaba pequeña—.
Estarás en la habitación 4 del tercer piso de la Casa Briseida.
No está muy lejos de la residencia en la que vives actualmente, así que confío en que la mudanza no te suponga un gran quebradero de cabeza.
—Dejó una hoja doblada sobre la llave que había depositado en la palma de la mano de Atta—.
Te he señalado la Casa Briseida en este mapa, pero está a tiro de piedra. Cuando salgamos te indicaré dónde está.
Fuera, el campus estaba abarrotado de estudiantes. El otoño empezaba a hacerse notar en el viento y revolvía las hojas que pronto perderían su clorofila y le mostrarían al mundo la belleza de la muerte.
***
Pese a su majestuosidad, el edificio de estilo gótico de la Casa Briseida no distaba mucho de aquel en el que había estado viviendo con Imogen y Colin, aunque todavía le molestaba perder las vistas de su antigua habitación.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó Imogen, que soltó sin ningún cuidado la caja que había sacado del coche de Atta. Debería haberle dado una de las bolsas de ropa.
—Ya no puedo echarme atrás. Todo está en marcha.
—Te has cavado tu propia tumba —le respondió la otra encogiéndose de hombros.
—Gracias por los ánimos, Imogen.
La chica se agachó para levantar la caja que había dejado caer, pero lo hizo como una aficionada, doblándose por la cintura en vez de flexionando las piernas.
Claro que la mayor preocupación de Imogen consistía en mantener su melena brillante y perfecta, y no en aprender a cargar con un peso muerto.
—Permíteme que te ayude con eso.