Atta
S u estado de ánimo ya había empeorado considerablemente cuando llegó a la Casa Aquiles.
Sacó el pesado maletín del asiento del copiloto, se acercó sin prisa a la puerta trasera y, tras agarrar la aldaba en forma de gárgola, la golpeó contra la madera con toda la fuerza de su cólera.
Una cortina se movió en una de las ventanas del piso de arriba, y su mirada voló hasta ella justo en el momento en que alguien desaparecía entre las sombras.
—Toma. —Le estampó el maletín contra el pecho con tal fuerza que le arrancó un resoplido—. El maletín es mío, así que lo quiero de vuelta. Y tengo un cadáver en el maletero.
El Hilo Negro se limitó a girar sobre los talones y regresar dentro, sin decir nada. Atta esperó con los brazos cruzados y la vista clavada en la ventana por la que alguien había estado espiándola. Era tarde y tenía frío, así que esperaba que se dieran prisa.
Unos instantes más tarde, el silencioso Hilo Negro volvió y le tendió sin contemplaciones el viejo maletín de su abuelo.
Atta abrió el maletero y tiró el maletín en el asiento del copiloto mientras el tipo de la Sociedad cargaba con el cuerpo y lo depositaba sobre una camilla que había sacado por la puerta lateral a su espalda.
Provocó tal estruendo al arrastrarla por la grava que Atta se preguntó qué pensarían los transeúntes del trajín de cuerpos que entraban y salían de la Casa Aquiles a todas horas si los árboles no ocultaran la vista desde Merrion Square.
Atta se apoyó en el capó del coche, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y el abrigo bien cerrado en torno al cuerpo mientras esperaba con nerviosismo a que salieran a pagarle, rezando para que el capullo del Hilo Dorado no le prohibiera volver después de haberles entregado dos cadáveres abiertos.
En realidad, como no les había extraído ningún órgano vital, les había hecho un favor adelantándoles el trabajo.
El Hilo Blanco larguirucho salió para entregarle un sobre. Atta no tardó en abrirlo y echar un vistazo a su contenido.
—Esto es la mitad de lo que deberíais pagarme —le dijo al muchacho, que ya había empezado a alejarse.
Él se volvió y se encogió de hombros.
—Estaba abierto y manipulado. Ese no era el trato.
—El trato es que os traigo cadáveres.
El Hilo Blanco se encogió de hombros por segunda vez, regresó dentro sin decir una sola palabra más y cerró de un portazo a su espalda.
Atta apretó los dientes con fuerza y se metió el dinero en el bolsillo de la americana.
Cuando se disponía a abrir la puerta del conductor, un movimiento tras el capó la sobresaltó.
Era el Hilo Dorado, con el mismo aspecto amenazador de la otra vez, vestido de negro de pies a cabeza y con el rostro oculto tras la máscara de médico de la peste.
—¡Joder! —masculló Atta, llevándose una mano al pecho.
—Eres la chica a la que parece gustarle traerme cuerpos abiertos.
—Soy la mujer que os está ayudando con vuestros avances científicos.
«Capullo».
Al ver que el hombre rodeaba el coche para acercarse a ella, Atta retrocedió y sujetó las llaves tal y como su padre le había enseñado, con las puntas sobresaliendo entre sus dedos.
El Hilo Dorado se metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza, como si se hubiera fijado en su arma improvisada. Luego soltó una risita grave, similar al restallido de un trueno en la lejanía.
—No voy a hacerte daño.
Aquello era precisamente lo que un pirado habría dicho.
—¿Qué quieres? —escupió ella.
—Necesito un cadáver.
Atta resopló.
—Estoy segura de que acabas de verme traer uno mientras acechabas entre los árboles como un asesino en serie.
El hombre volvió a reírse, y el sonido trepó como una lengua por el cuello de la joven.
—Necesito otro.
—Ni siquiera me habéis pagado lo que me corresponde por este. Os traeré más cuando toque.
—Los abres. —Como fue más una afirmación que una pregunta, Atta no respondió—. Tu técnica es algo tosca, pero los abres igualmente.
—Mis métodos no son de tu puñetera incumbencia.
Atta dio otro paso atrás cuando él dio otro adelante.
—Te pagaré bien.
Estaba bastante segura de que su expresión delataba lo mucho que necesitaba el dinero, y se la llevaban los demonios por ello.
Habría dado lo que fuera por decirle que no, por no ceder ante la presión, pero todavía tenía que cubrir el resto de la matrícula y no sabía si lo del puesto como auxiliar docente saldría adelante.
—¿Dónde está el truco?
El Hilo Dorado se encogió de hombros. Tenía una espalda amplia y bien definida, pero Atta sacudió la cabeza para volver a poner los pies en la tierra.
—No hay truco.
—No te creo —respondió ella levantando el mentón. Algo le decía que el tipo escondía una sonrisilla astuta tras la máscara.
—Como quieras. Necesito otro cadáver como el que me trajiste ayer. Uno con signos de vegetación.
A Atta le tronaba el pulso en los oídos, porque aquello le había dejado una cosa clara: ya no era prescindible.
—Entonces quiero que me devuelvas mis instrumentos.
A la luz de las lámparas de la Sociedad, Atta reparó en la uve de piel desnuda que el cuello de la camisa le dejaba al descubierto al Hilo Dorado. Lo vio tragar saliva antes de hablar:
—Tráeme lo que necesito y te conseguiré los mejores instrumentos que el dinero pueda comprar.
***
Joder, estaba molida. Y eso que aún no había empezado a estudiar o a trabajar en su puesto como auxiliar.
¿Cuánto hacía que no comía? Recordaba haber picoteado un cuenco de cereales machacados, pero no sabría decir si había sido aquel día o el anterior. Y todavía le quedaba la reunión con su nuevo profesor-jefe en menos de diez horas.
Atta aparcó con un gruñido. A lo mejor a Imogen le había sobrado algo de la cena, algo que pudiera gorronearle. Tras dejar el maletín vacío en el suelo del coche, se colgó su pesada cartera al hombro y subió los tres tramos de escaleras hasta su apartamento.
A medio camino, se dio cuenta de que también iba a tener que mudarse.
Por si no se le hubieran acumulado ya bastantes cosas que hacer, ahora iba a verse obligada a buscar unas cuantas cajas, recoger sus cosas y renunciar a las preciosas vistas de su residencia.
Atta apoyó la cartera en un escalón y dejó caer la cabeza.
—Respira hondo.
Subió el tramo de escalera que le quedaba arrastrando la cartera tras de sí, pues estaba demasiado cansada como para seguir llevándola al hombro.
En la sala común había dos chicos con camisetas de grupos de música, sentados uno a cada lado de una chica muy mona con estética punk (claramente fan de Kurt Cobain), viendo una película de terror.
Uno de ellos saludó a Atta con la mano, pero ella no le hizo caso.
Le había pedido salir ya dos veces desde que había empezado el curso, y Atta ni siquiera se acordaba de su nombre.
Era Chad, o Brad, o algo por el estilo. Por mucho que a ella también le encantara Nirvana, la obsesión por el grunge del chico y su carita imberbe no surtían ningún efecto en ella.
La verdad era que nunca se había sentido atraída por los chicos de su edad, así que cualquier pretendiente que no llevara más de un par de años considerándose adulto quedaba prácticamente descartado.
Cuando abrió la puerta y entró en su apartamento, Atta se encontró a Imogen comiendo queso y galletitas saladas ante la diminuta isla que separaba su pequeña cocina de la sala de estar.
—¿Has cenado ya? —le preguntó Atta mientras dejaba en la entrada su cartera, sus zapatos Oxford y el paraguas que le había robado a su compañera aquella mañana.
Imogen señaló el picoteo versión estudiante sin blanca que se había preparado.
—Esto es lo único que tengo. Colin ha engatusado a una pobre incauta para que le preparara espaguetis y ha dejado las sobras en el frigo si estás dispuesta a enfrentarte a su ira.
Atta cogió una galletita salada y se la metió en la boca.
—No, gracias. Ya he tenido Colin de sobra para toda una vida.
Imogen se rio entre dientes y cogió un pedacito de Cheddar con dos dedos.
—Oye, ¿sabes algo de un tal profesor Murdoch?
Imogen se terminó el vino que estaba bebiendo; tenía un ligero tinte violáceo en los labios cuando respondió.
—¿Te refieres al doctor Frankenstein?
Atta sacó una copa limpia, de esas tan elegantes que los padres de Colin le habían comprado antes de retirarle la palabra.
—¿Es así como lo llamas?
Imogen le arrebató la botella de vino y se sirvió otra copa.
—Todo el mundo lo hace, cariño.
—¿Y eso?
—Es que… —Imogen se estremeció— da yuyu.
Atta observó a su compañera con cautela y le quitó la botella para servirse lo poco que quedaba (que no era mucho) en la copa.
—¿Sabías que nunca ha habido un profesor tan joven y con tantos premios como él en el Trinity?
Creo que entró en plantilla al poco de que tú te graduaras, así que no lleva mucho tiempo dando clase, pero —Imogen agitó la mano como si fuera un pescado muerto— hizo un descubrimiento en eso de las autopsias que puso a los de la comisión académica como locos.
—¿Cómo que en eso de las autopsias?
—Sí, da clases en una de esas áreas de estudio tan grotescas.
Atta se mordió el labio y apoyó la cadera contra la encimera, preguntándose cómo era posible que Imogen hubiera recibido todas las becas que había solicitado y ella tuviera que estar dejándose la piel para pagar la matrícula.
—Vas a tener que ser un poco más específica.
Imogen resopló y le dedicó una expresión molesta, como si hubiera agotado sus reservas de camaradería.
—Yo no sé nada de esas asquerosidades. Son tu especialidad, no la mía.
Atta no entendía por qué el Trinity la había contratado para ejercer de auxiliar docente en un campo de estudio que no tenía nada que ver con el suyo, y menos después de que le hubieran denegado cualquier tipo de ayuda por algo similar.
Sin embargo, no pensaba mirarle el diente al caballo que le había regalado la serendipia, o la buena fortuna.
A ella la suerte siempre le sonreía así: de pura casualidad.
—En fin —continuó Imogen, masticando un pedazo de queso Coolea y añadiendo un higo seco a la mezcla que tenía en la boca—, supongo que todos esos avances y descubrimientos los hizo antes de la peste. Es una especie de doctor, pero resulta que se cabrea cuando lo llaman así.
—¿Así cómo? ¿Doctor Frankenstein?
Imogen siguió masticando su comida de una forma tan desagradable que a Atta le dieron ganas de obligarla a escupirla de un bofetón.
—No, basta con que lo llames «doctor» para que se enfade.
—Qué raro —murmuró Atta—. Lo normal es que ocurra al revés. A los doctores les encanta que les laman el culo.
Su compañera se encogió de hombros.
—No sé. Ahora vive en la mansión Murdoch, un casoplón espeluznante a las afueras de Dublín, igualito que Boo Radley.
—Imogen ganó puntos a ojos de Atta por aquella referencia a Matar a un ruiseñor —.
Es curioso, porque es misterioso y sombrío, y tiene ese aire académico que lo hace superfollable, pero nadie quiere acercarse a él ni con un palo.
—Imogen se estremeció de nuevo—. Al menos, no en ese sentido. Da demasiado…
—¿Yuyu? —terminó Atta, con un tono sarcástico que Imogen pasó totalmente por alto.
—Eso. Yuyu —confirmó señalándola con una de sus uñas rosadas, como si fuera la primera vez que utilizaban esa expresión para describir al profesor.
Atta se anotó mentalmente la tarea de husmear en el catálogo de la oferta académica para ver si descubría algo más acerca del profesor Murdoch antes de reunirse con él por la mañana. Aquel día había sido ya lo bastante largo y frenético, y todavía tenía deberes por terminar.
—Me voy a la cama.
—Dulces pesadillas, bicho raro.
Atta no se molestó en responder. El comentario de Imogen tampoco estaba tan fuera de lugar.
Cogió un último pedazo de Coolea y un racimo de uvas para el eterno camino hasta su habitación, le dedicó un saludo militar a su compañera y salió de la cocina.
Antes de ponerse a trabajar, Atta sacó la pequeña flor marchita que había guardado en su escritorio y encontró el catálogo que buscaba en el fondo del último cajón.
Le dio vueltas al tallo partido de la extraña flor pulmonar, aliviada por que no le hubiera causado otra migraña.
Luego se tumbó en la cama y hojeó el índice de profesores.
Ahí estaba:
«Doctor Sonder Murdoch».
Imogen tenía razón: el profesor Murdoch era terriblemente guapo, y su atractivo, como bien había dicho, de lo más académico.
Tenía la mirada penetrante, la mandíbula cubierta de barba incipiente y una mata de cabello castaño tan ordenadamente desordenada que pedía a gritos que alguien se la peinara con los dedos.
Había algo extraño y misterioso en él, lo cual, ahora que caía en la cuenta, era un detalle que tanto Imogen como la señora O’Sullivan habían mencionado.
Sin embargo, lo más alarmante era que a Atta aquello le resultaba más interesante que otra cosa.
Intentó desechar aquellos pensamientos tan inoportunos e inapropiados leyendo el resto de la descripción que acompañaba a su foto:
Doctor en Medicina, rama de Patología Titulado por el Trinity College de Dublín en Anatomía Patológica y Estudios Helénicos, promoción de 1977; Especialización en Histopatología y Anatomía Patológica, promoción de 1983 Profesor de Anatomía Patológica, Patología y Necropsia
Lo único que Atta sabía sobre patología era lo que había aprendido por su cuenta, movida por la curiosidad que le había despertado la peste, pero esperaba que fuera suficiente para ayudarla a calificar trabajos, organizar documentos o hacer fotocopias…
, cualesquiera que fueran sus tareas como auxiliar.