El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

Levantó una esquina a regañadientes y, cuando estaba a punto de abrirla de par en par, cambió de idea y tiró el condenado expediente a la papelera. Si Mariana no había hecho una copia de los documentos antes de darle la puta carpeta, era problema suyo.

Desvió la mirada hacia el cadáver que yacía con el pecho abierto al otro lado del laboratorio y se sirvió otra copa de la botella más cara que tenía en la Casa Aquiles. Era una de las tres que su padre había estado reservando para una ocasión especial que nunca llegó a disfrutar.

Gracias al cadáver en estadio iii , se encontraba un paso más cerca de confirmar su hipótesis.

Al retirar los torpes puntos de sutura, se había topado justo con lo que aquella chica tan mona había mencionado la noche anterior: había signos de floración tanto en los pulmones como en el corazón.

Le dio vueltas al líquido ambarino del vaso y se acercó al cuerpo para asomarse al interior de su cavidad torácica.

Había localizado el punto exacto en el que la chica había extraído apresuradamente un pedacito de la planta.

En vez de arrancarla de raíz, había desgarrado el tallo como quien corta sin cuidado un eléboro del jardín.

La joven no había mencionado el corazón, y el capullo que Sonder había localizado allí todavía tenía un aspecto tan fresco, tan reciente, que sospechaba que debía de haber brotado después de que ella hubiera examinado el cuerpo.

Una parte de él esperaba verlo crecer ante sus propios ojos.

De hecho, si daba con las condiciones adecuadas, tal vez consiguiera hacerla prosperar.

Sonder se asomó a la ventana al oír el sonido de unos neumáticos contra la gravilla del camino, aunque lo hizo discretamente para no tener que ponerse aquella máscara infernal.

Reconoció el coche desde detrás de la cortina.

Era de los setenta, del mismo tono marrón que sus zapatos favoritos.

Su mente conjuró el rostro de la chica sin previo aviso, antes siquiera de que saliera del asiento del conductor, vestida con una falda de tartán.

«Por el amor de Dios». Para su desgracia, Sonder no pudo evitar fijarse en la forma en que la prenda se le ajustaba a las caderas.

La chica se acercó a la puerta trasera de la casa y echó mano de la aldaba.

Sonder no alcanzaba a ver su expresión desde el piso de arriba, pero golpeó la puerta con tantas ganas que el estrépito reverberó dentro y fuera del edificio, al otro lado de la ventana.

Sonder sintió una punzada de envidia al reparar en el maletín médico que sostenía, una belleza de los años cincuenta.

Sin duda alguna, debía de contener el instrumental que le había exigido que devolviera.

La chica levantó la cabeza de improviso y clavó la mirada en su ventana, por lo que Sonder retrocedió para ir en busca de su máscara.