Atta
L a mayoría de la gente no es consciente de lo difícil que resulta cerrarle los ojos a un muerto. No tiene nada que ver con lo que ocurre en las películas. Con frecuencia se les abren de golpe en cuanto les sueltas los párpados.
Cerrarle los ojos a un infectado resultaba todavía más inquietante.
Todavía le quedaba la posibilidad de entregarles el que tenía en el sótano, pero ya llevaba unas cuantas horas fuera de la cámara frigorífica.
No era una opción viable. De hecho, como no se diera prisa, era muy probable que el cadáver hubiera empezado ya a descomponerse cuando Siobhan y Seamus se marcharan a casa.
Sacó la cabeza por la puerta y oyó el rumor de la sierra de Seamus proveniente de la sala de autopsias que había al otro lado del pasillo, así como el eco de la voz de Siobhan, que hablaba con alguien en recepción.
Debía de ser algún familiar o, tal vez, un abogado. No alcanzaba a captar la conversación.
Atta se retiró sigilosamente a la parte de atrás de la morgue y bajó los escalones que conducían al sótano de dos en dos, tan rápido que estuvo a punto de tropezarse y partirse el cuello.
—Hola, guapo —le susurró al cadáver que la esperaba en el almacén convertido en laboratorio.
Había escogido aquel cuerpo por sus ojos. El color gris que habían adoptado las venillas de la esclerótica la tenía intrigada. Era algo que no había visto antes en otros infectados.
Atta encendió la luz, y el zumbido del fluorescente inundó la pequeña estancia. Luego se colocó en la cabeza su linterna frontal. Era un cachivache feísimo, pero ¿cómo iba a ver en aquel cuartucho oscuro si no?
Con su palidez calcárea y su mirada ausente, el cuerpo postrado ante ella no llamaba la atención a simple vista; pero Atta sabía que, debajo de su piel, encontraría más indicios de la peste.
Cogió un bisturí, lo colocó justo bajo la clavícula del cadáver y cortó hasta el esternón, abriendo una delgada incisión a su paso.
Entonces se detuvo y se inclinó para inspeccionarlo de cerca…
Tenía algo en el cuello.
—Madre mía —exclamó soltando aire.
El cadáver tenía las venas negras. No resultaba muy evidente, pero le dibujaban una telaraña cerca de la yugular, similar al micelio de un hongo.
Si bien era comprensible que hubieran adoptado ese color, debido al oscurecimiento de la sangre, Atta nunca se había topado con venas tan visibles desde fuera.
De hecho, en algunas zonas, la piel casi parecía traslúcida.
Se le aceleró el corazón ante la posibilidad de encontrarse a las puertas de un hallazgo importante. Hizo una segunda incisión en dirección a la primera desde el otro hombro con una precisión excepcional y luego deslizó el bisturí hacia la pelvis del difunto.
—¡Atta! —La voz de Siobhan resonó por el sótano, y a la joven se le resbaló el bisturí—. ¿Estás ahí abajo, cielo?
—¡Sí! —Atta salió de su escondrijo como una araña asustada—. ¡Estoy aquí!
—¡Tienes una llamada! Creo que es uno de los idiotas con los que vives.
Atta tosió para disimular una risita. A lo mejor se había pasado contándoles detalles de su vida a sus jefes.
Se limpió la sangre negra de las manos lo mejor que pudo, pero se le había metido bajo las uñas.
A pesar de que trabajar sin guantes era una imprudencia, no le preocupaba contagiarse porque no se habían dado casos de transmisión entre el cadáver de un infectado muerto hacía días y una persona viva.
En cualquier caso, debería cuidar más su higiene y asegurarse de que nadie destapaba los trapicheos (posiblemente) ilegales que se traía entre manos bajo la morgue.
A veces resultaba necesario desdibujar un poco la línea entre la legalidad y la normalidad. En su caso, como era evidente, con un poquito de sangre negra.
—¿Diga? —contestó entre jadeos cuando llegó arriba—. ¿Imogen?
—Soy Colin.
Atta se mordió los labios. Se había confundido de idiota.
—Dime.
—Te ha llamado tu orientadora. Ha dicho que necesita hablar contigo de un asunto importante.
—Vale, gracias. ¿Te ha dejado algún número para devolverle la llamada?
—¿Tienes donde apuntar? Pero que sea para hoy.
—Eres un cielo, ¿lo sabías?
—Vete a la mierda.
—Espera. Sí, tengo un papel aquí.
Era mentira. Colin recitó el número una sola vez y colgó. Por suerte, Atta tenía buena memoria. Le echó un vistazo al reloj. Eran las cuatro menos cinco. La oficina del estudiante cerraría de un momento a otro.
Marcó rápidamente el número que Colin le había dado e intentó quitarse la sangre seca de las uñas mientras esperaba a que contestaran.
—Oficina del estudiante del Trinity, ¿en qué puedo ayudarle? —respondió una voz alegre.
—Hola, soy Atta Morrow. Quería hablar con la señora O’Sullivan.
—Un momentito, por favor.
Atta se puso a dar golpecitos con el pie contra el suelo de linóleo mientras retorcía el cable espiral del teléfono con el dedo. Siobhan apareció detrás de ella hablando en voz alta, pero bajó el volumen en cuanto reparó en que Atta tenía el auricular sujeto entre el hombro y la oreja.
—Nos vamos ya, cielo. ¿Te importa cerrar después de que pase la furgoneta de los CPI?
Atta asintió y les deseó a sus jefes una buena tarde.
—¡Atta! —La señora O’Sullivan la saludó con efusividad desde el otro lado de la línea, y la chica dio un respingo—. Tengo buenas noticias.
La orientadora le indicó a toda velocidad el nombre del profesor al que ayudaría, el aula y la facultad en la que daba clase y la hora a la que tendría que reunirse con él. También le pidió que fuera a verla a su despacho en unos días para que pudiera darle las llaves de su nuevo apartamento.
—Los auxiliares docentes viven en las residencias de sus respectivas facultades, cerca del despacho del profesor con el que colaboran. Es por si tenéis que quedaros hasta última hora corrigiendo y esas cosas.
Un mapa algo vago del campus se dibujó en la mente de Atta mientras trataba de descifrar cómo se las arreglaría para ir a clase a la Facultad de Botánica trabajando y viviendo en la zona de Medicina. A lo mejor no la estaba ubicando bien.
—El profesor Murdoch no suele quedarse hasta muy tarde en el campus, así que no creo que te haga falta vivir cerca de la facultad, pero el alojamiento que se ofrece con el puesto solo incluye las residencias de los AD. La tuya se llama Casa Briseida.
Atta se distrajo un momento con aquel nombre tan interesante, pero la señora O’Sullivan mencionó otro edificio y otra dirección, y la joven miró a su alrededor, desesperada por encontrar papel y boli.
Le estaba bien empleado por ser una idiota y haberle mentido a Colin al decirle que tenía algo donde apuntar.
—Gracias, señora O’Sullivan. No sé cómo agradecérselo.
—Tú sigue sacando buenas notas y no te dejes comer por Murdoch.
¿Cómo que no se dejara comer? Alguien tocó el claxon ante la puerta trasera de la morgue y Atta dio un respingo.
—Sí, eso está hecho, señora O’Sullivan. —Echó un vistazo por encima del hombro—. He de irme.
—Ya nos veremos, querida.
Atta colgó el teléfono justo cuando una manaza llamaba a la puerta trasera con tanta fuerza que estuvo a punto de desencajarla de sus bisagras.
—¡Traed vuestros muertos! ¡Traed vuestros muertos!
La voz llegaba amortiguada y, a pesar de que el hombre hacía la misma bromita de mal gusto citando a los Monty Python cada noche, siempre conseguía hacer reír a Atta. Los caballeros de la mesa cuadrada era una de sus películas favoritas de la infancia.
—¿Cómo es posible que me siga haciendo tanta gracia como el primer día? —le dijo a Carl a modo de saludo.
—Ya ves. —El hombretón sonrió de oreja a oreja, entró con torpeza en la morgue y examinó la lista de cadáveres que Atta le entregó—. ¿Qué me ofreces hoy? ¿Solo dos CPI? —Atta asintió mientras empujaba una de las camillas hacia él—. ¿Crees que la peste está empezando a remitir?
—Me temo que no —dijo ella con delicadeza.
Carl había perdido a su hermana por culpa de la peste un par de años antes y por eso había decidido ponerse a trabajar para el servicio de incineración de cadáveres.
Le había contado a Atta la historia de su vida durante su primer turno en la morgue, antes de que empezara el curso.
Aunque era un hombre muy dulce y no quería hacerlo sentir mal, Atta tampoco le veía sentido a ocultarle la verdad.
Las mentiras eran una valiosa moneda de cambio reservada para mantener las narices de la Garda, los políticos y los imbéciles como Colin fuera de sus asuntos…
, pero había que saber muy bien cómo manejarlas.
Al menos, aquello era lo que su abuela le había enseñado.
—Me cago en la puta que me parió.
Menuda boquita tenía el bueno de Carl. Empujó la camilla del primer cuerpo hasta su furgoneta mientras Atta lo seguía con la segunda.
En cuanto los faros traseros del vehículo desaparecieron en la niebla, a la vuelta de una esquina rodeada de sombras, Atta cerró la morgue a cal y canto y bajó a reunirse con el desconocido que la esperaba en el sótano.
Terminó la incisión que había empezado un rato antes; pero, al coger el costótomo para partirle las costillas, tuvo que enfrentarse a dos incómodas verdades: por un lado, no tenía un cadáver que llevar a la Casa Aquiles y, por otro, la iban a obligar a devolver el instrumento que blandía en aquel preciso momento.
Después de haber abierto el cadáver, que además ya estaba a las puertas de la descomposición, no le ofrecerían mucho dinero por él.
Pero al menos, en esta ocasión, contaba con una camilla para llevarlo.
Sintiéndose más apesadumbrada de lo debido o de lo razonable, Atta inspeccionó el perímetro de la morgue y empujó la camilla con el cadáver y su maletín repleto de valioso instrumental médico hasta el maletero de su coche.