Sonder
–¿P or qué le cortaron la lengua durante la autopsia?
—Para examinar la cavidad bucal más a fondo.
Walsh era el único que no se achantaba ante él. El chaval era insoportable, pero no podía decir que no se hubiera estudiado los apuntes.
—¿Documentar nuestros hallazgos? —propuso una chica tímida de la primera fila.
El número de alumnos por clase en el Trinity era bastante reducido, lo cual venía bien a la hora de enseñar, pero implicaba una indeseada cercanía con los estudiantes.
Sonder habría preferido que aquella ratoncilla de rostro dulce y ojos grandes se sentara en la última fila, porque estaba claro que le tenía pavor.
Se preguntó cómo había acabado cursando aquella asignatura, y vaticinó que sería la primera en vomitar cuando se enfrentaran a cadáveres de verdad.
Se le crisparon los dedos; no veía la hora de dar por concluidas las clases y regresar a la Casa Aquiles.
De retomar el estudio del cuerpo que lo esperaba allí.
Un infectado en estadio iii . Un escalofrío de expectación le recorrió la columna.
Estaba muy cerca. Si pudiera arreglárselas para que la infección avanzara y pasara al estadio iv de alguna manera…
—Buscar anomalías. —La voz de otro alumno lo sacó de su ensimismamiento.
—Correcto. ¿Qué más? —Sonder paseó la mirada por el rostro de sus alumnos, sin fijarse de verdad en ninguno de ellos.
—Tomar muestras de tejido para analizarlo.
«Maldito Walsh».
—Bien. —Sonder se acercó a su mesa, se puso sus gafas de montura metálica y estudió sus notas, perdidas en un mar de papeles—. Lean los capítulos del siete al diez; quiero una redacción de cuatro mil palabras para el martes.
Los alumnos gruñeron al unísono, pero a Sonder no le importó. El trabajo fácil era para los débiles de mente, y él no daba clase a cabezas huecas.
Lo cual le recordó que tenía que comprobar si el lío que Gibbs había montado se había solucionado y la chica del cadáver había devuelto el material tal y como le había pedido.
—Muy bien, lárguense de aquí.
Los despachó con un gesto de la mano y dejó las gafas sobre el desorden de papeles del escritorio; después se despojó de la chaqueta de tweed y se remangó la camisa hasta los codos.
Los alumnos se marcharon refunfuñando. Tan pronto como el último hubo salido del aula, Sonder echó a andar por los gloriosos y místicos pasillos de la Facultad de Medicina en dirección a la sala de profesores.
El olor a café quemado le dio la bienvenida.
Cogió una rosquilla seca con la idea de comérsela pese a su repugnante sabor, pero se replanteó la profanación de sus papilas gustativas y, como ya la había tocado, acabó tirándola a la papelera.
Resultaba imposible dedicarse a abrir cadáveres sin que la perturbadora transmisión de bacterias cambiara por completo tu percepción del mundo.
Al menos no había nadie más en la sala.
Sonder se estaba sirviendo en uno de esos engorrosos vasos de papel el engrudo que algún becario o auxiliar docente había preparado unas horas antes cuando oyó el molesto golpeteo de unos tacones altos contra el suelo del pasillo.
Como era de esperar, el sonido aumentó hasta que tuvo a la intrusa encima.
—¡Ahí estás!
Sonder se volvió y se topó con Mariana O’Sullivan en el umbral de la puerta. Su amplio pecho subía y bajaba trabajosamente.
—Te resultaría mucho más fácil recorrer el campus si no te pusieras esas cosas —le dijo, señalando sus estrafalarios tacones rosas con un dedo de la mano con la que sostenía el café. Le dio un trago y se arrepintió enseguida.
—Es usted un encanto, profesor Murdoch. —Mariana frunció los labios—. Te he estado buscando porque tengo una propuesta que hacerte.
—De verdad, te he dicho ya un millón de veces que no voy a acostarme contigo.
—¿Quieres cerrar el pico y sentarte?
La mujer habló con tono autoritario, aunque se puso colorada.
Al menos Mariana no le tenía miedo. Había sido su orientadora, si bien novata, cuando Sonder se estaba sacando el doctorado.
De hecho, era una de las pocas personas que lo habían conocido de verdad antes de que ocurriera todo y con las que aún tenía relación.
Obedeció de mala gana y se dejó caer sobre una de las butacas de cuero que había junto a la chimenea, cruzando una de sus largas piernas sobre la otra.
—¿Te importaría ser breve?
—¿Sabes una cosa? —Mariana se sentó en la butaca opuesta a la suya—. Ya eres mayorcito para comportarte con tanta insolencia. Que tienes una edad, por el amor de Dios, Sonder. —Se inclinó hacia delante y le inspeccionó el mentón—. Te han salido canas en la barba y todo.
—Cuidadito con lo que dices —la advirtió él con los dientes apretados.
—Yo solo te digo que te vendría bien tomarte la vida con un poco más de alegría. Tus alumnos te ven como si fueras el mismísimo Dullahan, cabalgando por ahí con tu cabeza cercenada bajo el brazo.
Sonder resopló divertido.
—Puede que corte alguna que otra cabeza por razones científicas de vez en cuando, pero la mía sigue intacta sobre mis hombros.
—Tomó otro trago del amargo café y esbozó una mueca antes de abandonar el vaso en la mesita auxiliar.
Ninguna persona con un mínimo de dignidad debería beber de un vaso de papel—.
Además, tener que cargar con mi propia cabeza de aquí para allá sería una auténtica lata, y la última vez que monté a caballo todavía era un niño.
Mientras Mariana soltaba aire por la nariz, exasperada, Sonder reparó en la carpeta que sostenía en las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalándola; empezaba a arrepentirse de haberse sentado a hablar.
Ella se apoyó la carpeta sobre el regazo, constreñido en la apretada falda de tubo que llevaba. Al colocar la mano encima del archivo, su anillo de casada emitió un destello bajo la luz del fuego.
—Este es el expediente de una alumna que, en mi opinión, debería ser tu auxiliar.
Lo había pillado por sorpresa, eso no se lo iba a negar.
—Creo que me confundes con otro.
—Tú escucha lo que…
—No necesito una AD.
—Está haciendo un posgrado, no en Medicina, pero te prometo que tiene una mente brillante y…
Sonder se levantó de repente.
—Joder, Mariana. ¿Para qué voy a querer yo una AD que ni siquiera está especializada en mi área de estudio? —Le dio la espalda a la chimenea—. ¿Ha asistido a alguna de mis clases siquiera?
Verla retorcerse en su asiento fue toda la respuesta que necesitó.
—No, pero está muy familiarizada con las ciencias post mortem .
Sonder arqueó una ceja.
—¿Y qué está estudiando, entonces?
—Botánica.
El hombre dejó escapar una risotada y Mariana esbozó una mueca.
—Dime que estás de broma.
—No lo estoy. Se llama Ariatne Morrow y tiene un gran talento. —Tiró el expediente sobre la mesita donde Sonder había abandonado su café—. Échale un ojo. Se ha criado en la morgue de sus padres y ha estado trabajando allí a tiempo completo desde que se graduó hace seis años.
Sonder estudió la carpeta con los ojos entornados antes de clavarlos en Mariana. Al menos la chica no era tan joven como la mayoría.
—No necesito ayuda.
La mujer ladeó la cabeza.
—Pues limítate a pedirle que te haga fotocopias y te prepare café.
Así ella podrá costearse la matrícula y tú te pondrás una medallita por llevar a cabo una buena acción.
—Cuando Sonder la fulminó con la mirada, añadió—: Ahora que está en Dublín, sigue trabajando en una morgue de aquí para cubrirse los gastos.
Eso sí que era interesante… Sonder trató de mantener una expresión indescifrable, pero, a juzgar por la vacilación en el rostro de Mariana, mucho se temía que la mujer estaba empezando a tenerle tanto miedo como el resto del mundo.
—Una estudiante de Botánica con conocimientos post mortem .
Mariana asintió bruscamente y entrelazó los dedos sobre el regazo. Sonder se volvió para contemplar el fuego y apoyó una mano sobre la repisa de la chimenea al tiempo que caía en la cuenta de algo. Se giró despacio hacia Mariana.
—¿Sabe qué, señora O’Sullivan? Me parece que podemos llegar a un acuerdo.
—¡Fantástico! —exclamó ella con una sonrisa de oreja a oreja.