Atta #2
—¡Ah! —La mujer se removió incómoda—. Sí, claro. Bueno, querida. —Entrelazó los dedos y apoyó las manos sobre el expediente de Atta antes de mirarla con una expresión que solo podía ser de lástima—. Me temo que no tengo buenas noticias.
Una avalancha de posibilidades cayó sobre Atta. Su padre había sufrido otro accidente. Su madre había muerto. Iban a cerrar la universidad por culpa de la peste…
—Te han denegado la mayor parte de tu financiación.
Atta descruzó las piernas e inclinó el cuerpo hacia delante.
—¿Cómo dice?
La señora O’Sullivan levantó una mano para tranquilizarla.
—No toda, pero una parte más sustanciosa de lo que esperábamos. No te han concedido ninguna de las becas que solicitaste.
—P-pero… no lo entiendo. —A Atta se le entrecortó la voz, como si se le hubiera escapado una de esas carcajadas convulsas que acompañan a una noticia terrible porque el cerebro cortocircuita y queda presa del delirio—. Saqué notas altísimas durante toda la carrera.
—Sí, Ariatne, pero…
—Atta —la interrumpió—. Por favor.
—Sí, claro. Por supuesto. Atta. Tu trayectoria es excelente, pero esas calificaciones son de hace seis años.
—¿Y? —Joder, estaba siendo una maleducada—. Perdón. —Se retorció en su asiento—. Lo siento mucho. Es que no lo entiendo.
La orientadora la miró con mucha más lástima que antes.
—Hay muchos jóvenes compitiendo por esas becas, Atta. ¿Qué has estado haciendo tú en estos últimos seis años? Tu documentación dice que has estado trabajando en una morgue y que ahora ostentas el mismo puesto en Dublín.
—Es…, es el negocio familiar —tartamudeó, sintiéndose algo mareada.
—Vale, bueno, pero no tiene nada que ver ni con tu carrera ni con los estudios en los que te has matriculado ahora. —Bajó la vista para comprobar el expediente y luego miró a Atta por encima de sus gafas—. Aquí dice que te graduaste en Folclore con especialización en Religión, ¿es correcto?
Atta tenía la boca demasiado seca como para contestar, pero se las arregló para asentir ligeramente.
—Eso hace pensar que tu decisión de matricularte en el posgrado de Botánica es más lúdica que vocacional. ¿Lo entiendes?
Lo único que Atta entendía era que se moría de ganas por darle un puñetazo en toda la tráquea a la señora O’Sullivan.
—La cuestión —continuó la mujer— es que no da buena imagen a ojos de los que toman estas decisiones. Por eso te han denegado la beca.
—¿No hace calor aquí? —dijo Atta, tirándose del cuello del jersey y mirando a su alrededor en busca de… Ni siquiera estaba segura de qué buscaba. ¿Una ventana desde la que tirarse, tal vez?
La señora O’Sullivan se puso de pie, cogió una jarra decorada con gatitos negros de una esquina y sirvió un vaso de agua que luego le pasó a Atta por encima del escritorio.
—Pero no todo está perdido.
—¿No? —Atta rodeó el vaso con ambas manos solo para que le refrescara las palmas.
—Siempre podrías considerar la posibilidad de pedir un préstamo.
Atta resopló antes de poder contenerse y un chorrito de agua se le escapó de entre los labios, le cayó sobre las medias y se filtró hasta mojarle el muslo.
—No gano lo suficiente como para que me concedan uno.
—¿Y qué hay de tus padres? A lo mejor ellos pueden ayudarte. ¿No has dicho que tienen un negocio?
Atta se quedó mirando a la mujer; aunque intentaba ayudarla con toda la buena intención del mundo, estaba claro que no había crecido teniendo que hacer frente a ese tipo de problemas.
Teniendo que apretarse el cinturón para llegar a fin de mes y preguntándose dónde conseguir su próxima comida caliente.
—Cuidar de los muertos no da mucho dinero. —Atta clavó la vista en el vaso de agua, prestando atención a las ondas que seguían el ritmo de su pulso—. Creo que lo confunde con el negocio de las funerarias.
«Esas se lucran a costa de las personas que acaban de perder a un ser querido». Por suerte, Atta prefirió callarse esa última parte.
—Entiendo. —La señora O’Sullivan frunció los labios rosados mientras pensaba—.
Se me ocurre una última cosa. —A Atta se le iluminó el rostro, y la mujer levantó las manos para que no se adelantara—.
Hace ya unas semanas que las clases han empezado, así que no sé si lo que te voy a proponer será posible, pero puedo averiguarlo.
—Lo que sea. Haré lo que sea con tal de seguir estudiando.
Con tal de permanecer en aquel templo de conocimiento, libros e información. El lugar que le permitiría sacar adelante su investigación.
La señora O’Sullivan suspiró.
—Ofrecemos puestos de trabajo en el campus.
—Pero yo ya tengo un trabajo.
Un trabajo al que no podía renunciar. Se estaría tirando piedras contra su propio tejado en lo tocante a su objetivo. Para empezar, se quedaría sin acceso a los instrumentos que necesitaba.
—¿Y ganas lo suficiente como para costearte la matrícula? —En la expresión de la señora O’Sullivan ya no había ni rastro de indulgencia.
—No, tiene razón. Continúe, por favor.
—La universidad oferta algunos puestos de auxiliar docente que, como pago, proporcionan un considerable descuento en la matrícula, además de alojamiento y tres comidas calientes y tres comidas frías a la semana en el comedor o en el Buttery.
El ritmo cardiaco de Atta comenzó a ralentizarse. No sabía cómo se las iba a arreglar para compaginar los estudios con dos trabajos, pero tendría que apañárselas. Todavía había esperanza para ella.
—No cubrirá la matrícula completa, pero te ahorrará un buen pellizco.
—Sí, por supuesto. —Atta se sentó al borde del asiento—. Lo haré.
—No sé si hay algún puesto disponible, pero pagaste un anticipo al matricularte —comprobó el expediente para localizar la cifra que Atta se sabía de memoria, pues equivalía a todos sus ahorros— y estarás cubierta durante unas cuantas semanas.
—La mujer la miró con solemnidad—. Vuelve a clase. Veré qué puedo hacer.
Atta salió del Edificio 5 aturdida y volvió a cruzar el campus sin prestar mucha atención a dónde iba.
Si seguía trabajando en la morgue y robando algún que otro cuerpo para la Casa Aquiles, lo que ganara bastaría para pagar la parte de la matrícula que la plaza de auxiliar docente no pudiera cubrir.
Eso si la señora O’Sullivan conseguía encontrarle un puesto disponible, claro.