Atta
L os estudiantes se movían por el campus de camino a clase o a la actividad que tuvieran programada en aquel momento, emocionados todavía por pasar otro año en el Trinity o por darle el pistoletazo de salida a su carrera académica.
Los novatos resultaban fáciles de identificar.
Durante los primeros días, no había término medio con ellos: se los veía o dando saltitos abrazados a sus libros, presa de una alegría incontenible, o deambulando agotados, envueltos en un oscuro manto de nerviosismo, con los hombros hundidos bajo el peso de la mochila y la mirada desorbitada por la cafeína.
Una espora de origen desconocido.
Había descartado que la espora fuera bacteriana desde el primer momento. Igual que había descartado que en la Casa Aquiles no pensaran lo mismo. De lo contrario, habría cometido un grave error al llevarles el cadáver con el pulmón en flor.
«Xilema».
«Floema».
«Esporofito».
Sus compañeros tenían la cabeza enterrada en sus respectivos cuadernos y garabateaban desenfrenadamente mientras el profesor hablaba con voz monótona sobre las plantas vasculares, sus tejidos y sus fases.
Atta, sin embargo, se limitó a escuchar, confirmando lo que ya sabía desde pequeña, desde que su abuelo se comprometió a instruirla en los entresijos de la botánica, cuando no le estaba enseñando a practicar una autopsia.
Cuando la clase terminó, Atta ya había hecho su propio dibujo de la planta en el libro, así como un diseño de dos páginas en su cuaderno, justo encima de los deberes que les había puesto el profesor: «Redacción de tres mil palabras sobre el ciclo de vida de las plantas vasculares para el 12 de septiembre».
Era un consuelo que al menos una de sus asignaturas le resultara pan comido.
Introducción a la Biodiversidad era una mera clase de iniciación, pero la carrera que había estudiado no tenía nada que ver con el posgrado que estaba cursando, y necesitaba que los créditos de las asignaturas de formación básica constaran en su expediente.
Además, tampoco le venía mal refrescar un poco la memoria, sobre todo teniendo en cuenta que aquella clase estaba directamente relacionada con sus proyectos personales.
Aunque no tenía mucho tiempo para ellos.
Una vez fuera, miró la hora. Su próxima clase no empezaba hasta las dos, así que tenía tiempo de sobra para picar algo e ir a la biblioteca.
Debía entregar dos trabajos a finales de semana y, a juzgar por el estado en el que se encontraba el escritorio de su dormitorio, uno de ellos le estaba dando ciertos problemillas.
A pesar de que el comedor era un edificio de piedra del siglo xviii, donde uno esperaría encontrarse al señor Darcy observando disimuladamente a Lizzie mientras baila, allí solo se servían comidas, y Atta había llegado temprano, a la hora en que un hobbit técnicamente se serviría el segundo desayuno, justo antes del almuerzo y con un buen margen de tiempo para el aperitivo.
Tras decantarse por ir al Buttery, Atta cogió un cuenco de aspecto cutre y se sirvió las miguitas que quedaban de los cereales de plátano que le gustaban y un poquitín de leche, que tenía pinta de estar a punto de cortarse.
Se sentó en el extremo de una de las largas mesas corridas, aunque solo había unos pocos estudiantes repartidos por la cafetería.
Algo olía de maravilla en la sala contigua, y lamentó no haber ido primero a la biblioteca y haber pasado por el comedor después, cuando estuviera abierto.
Tras darles unas cuantas vueltas a sus indeseados cereales, decidió no molestarse en terminárselos e ir a comprobar su casillero.
Después de la primera semana de clases, pasado el aluvión de mensajes de bienvenida y panfletos que animaban a los alumnos a unirse a alguno de los muchos clubs de la universidad, era raro encontrar nada allí, así que solo iba a revisarlo de vez en cuando.
Durante la carrera, su madre había acostumbrado a enviarle paquetes con comida o cosas que necesitara una vez al mes, y Atta, que tenía un poco de morriña, cruzó los dedos para que su madre mantuviera viva la tradición también durante el posgrado.
Para su enorme decepción, solo encontró una octavilla, que anunciaba el estreno de una obra de teatro estudiantil en unas semanas, y un sobre rojo. Lo abrió con curiosidad. Era una citación urgente de su orientadora académica, la señora O’Sullivan.
Atta suspiró y dobló ambos documentos para guardarlos en su cartera. Ya podía ir olvidándose del rato de estudio que tanto necesitaba.
El despacho de la señora O’Sullivan se encontraba en la otra punta del campus.
Por suerte, el tiempo estaba mejorando, y una brisa fresca le revolvía el cabello.
Atta se puso sus cascos y encendió su walkman .
La cinta que ella misma había grabado hizo del paseo una experiencia aún más agradable, y la melodía del Nocturno, Op.
27, nº. 2, de Chopin le dio el empujoncito que necesitaba para poner en orden sus pensamientos con respecto a su investigación.
Iría a ver a su orientadora, tomaría apuntes durante su clase de las dos hasta que se le acalambrara la mano y luego, por fin, examinaría el cadáver que había escondido bajo la morgue de los Gallagher cuando encontrara un hueco durante su turno.
Atta ya casi había llegado a la oficina del estudiante cuando se fijó por primera vez en los nuevos carteles que habían colgado por el campus.
No bajes la guardia. Llama de inmediato al teléfono de emergencia para informar al HPSC si notas cualquier síntoma de la peste.
Negó con la cabeza. Estaría bien que averiguaran cuáles eran esos síntomas exactamente antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando la peste empezó a propagarse, toda Dublín adoptó una peligrosa postura que podría resumirse en un simple: «A mí no me va a tocar».
En su defensa, había que decir que para muchos así había sido.
Pero, en el caso de aquellos a quienes sí les tocó, la enfermedad había llegado cuando menos se lo esperaban, de forma impredecible.
No se extendía entre las personas que vivían en las zonas más pobres o que estaban en contacto directo con un infectado, y aquellos con una tendencia general a enfermar no siempre lo hacían.
Era todo un misterio. Una enfermedad extraña y desconcertante que había nacido de la espora no identificada del paciente cero y que se propagaba como consideraba oportuno, causando molestias leves al principio y desembocando rápidamente en un fallo multiorgánico mortal que dejaba a los infectados con los dientes ennegrecidos por la sangre y la bilis expectorada.
La espora.
La sangre negra.
Aquello era en lo que Atta había centrado su investigación.
—¡Buenos días! —la saludó la alegre mujer de la recepción cuando entró en la oficina de administración del Edificio 5—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Vengo a ver a la señora O’Sullivan.
—Claro, cielo. ¿Nombre?
—Atta… —Se interrumpió—. Perdone, es la costumbre. Ariatne Morrow. Estudiante de posgrado, Botánica.
La vivaracha mujer de cabello castaño levantó el auricular del teléfono; mientras tanto, Atta se volvió para mirar por los ventanales y estudiar a los alumnos que paseaban más abajo, donde el Campanile montaba guardia, con avisos del HPSC en la mano.
Si la Casa Aquiles o alguna otra persona lograra dar con lo que todos los infectados tenían en común, entenderían la enfermedad mucho mejor.
Atta creía que los avisos del HPSC eran en su mayoría patrañas creadas para aplacar a la población y convencerla de que hacían avances en su investigación.
Por desgracia, si estaba en lo cierto, aquello significaba que no habían conseguido nada de nada.
Una idea de lo más deprimente.
—¿Señorita Morrow? —Atta se volvió hacia la secretaria—. La señora O’Sullivan la atenderá enseguida. Su despacho es la tercera puerta a la derecha.
Como ya había estado allí antes, no le costó encontrarlo. Cruzó el umbral mentalizándose para hacer frente a la ingente cantidad de figuritas de gato que abarrotaban el pequeño despacho.
—Me alegro de verte, Ariatne —la saludó su amable, encantadora y corpulenta orientadora—. Siéntate. —La señora O’Sullivan sonrió y señaló la única silla que había en la abarrotada estancia, aparte de la suya.
—Por favor, llámeme Atta —la corrigió ella, evitando establecer contacto visual con los espeluznantes gatitos decorativos. Como buen ratón de biblioteca con tendencia a la reclusión, ella también adoraba a los gatos, pero lo de las figuritas le parecía algo excesivo.
Dejó su cartera en el suelo y se sentó en la silla. No debían de haberle cambiado el tapizado desde principios de los años setenta. Era de un horrible color rosa, y estaba colocada justo delante de la estatua de porcelana de un gato que se lamía una pata.
—Mi abuela es la única que me llama Ariatne, y solo porque me pusieron ese nombre en su honor.
La orientadora abrió el expediente que tenía delante; en la cubierta aparecía el nombre completo de Atta, con la tinta algo corrida en la uve doble de su apellido.
—Mira que yo pensaba que te llamabas así por el personaje de Agatha Christie…
—Ah, no, qué va. Su nombre se escribe con d, no con t. Aun así, si le pregunta a mi abuela, le dirá que Ariadne Oliver también se llamaba así por ella.
La señora O’Sullivan dejó escapar una risita.
—Tu abuela parece una mujer encantadora.
—Lo es. —Atta jugueteó con la uña de su pulgar—. Eh… —Carraspeó y corrigió su postura—. Lo siento mucho, pero no tengo muy claro qué hago aquí.
—¿En el Trinity?
Las cejas de la orientadora se encontraron por encima de sus gafas rojas de ojo de gato. La propia Atta solía vestir con un estilo de lo más anticuado, pero habría apostado lo que fuera a que aquella mujer había comprado aquellas gafas el mismo año que la silla en la que estaba sentada.
—No, en su despacho.