Atta
En vez de desnudarse, optó por meterse en la ducha todavía vestida, para dejar que el agua caliente se llevara consigo una buena parte del barro y la suciedad que se adhería a su ropa.
El agua quemaba, pero la sensación era deliciosa después de haber acabado calada por la lluvia.
Aunque todavía estaban en verano, el frío del otoño ya empezaba a hacerse notar.
—No te preocupes, que soy yo —canturreó Imogen.
—Has madrugado —dijo, aunque enseguida se dio cuenta de que era un comentario un poco tonto. Imogen casi nunca se levantaba antes de las diez y, como podía elegir su propio horario, era raro que tuviera clase antes de las once.
—He trasnochado —respondió la otra, arrastrando un poco las palabras. Seguro que llevaba hablando así desde la noche anterior.
—Ah.
Como no oía ni el agua del lavabo ni el golpeteo de los cajones, Atta imaginó que Imogen se estaba cambiando.
O haciendo pis. Suspiró. No le hacía ninguna gracia tener que compartir apartamento.
Como después de la carrera había vuelto a casa de sus padres, en realidad nunca había vivido sola, pero no necesitaba experimentarlo para saber que era preferible a tener que compartir el cuarto de baño.
Soltó un gritito cuando Imogen descorrió la cortina de la ducha de golpe y una ráfaga de aire frío le azotó el cuerpo.
—¡Oye!
—¿Se nota mucho? —le preguntó la chica, haciendo caso omiso de la queja de Atta, al tiempo que se señalaba la llamativa marca con forma de labios que tenía en el cuello y que había empezado a ponérsele morada.
—Bastante. —Atta volvió a cerrar la cortina y se acurrucó bajo el agua caliente, no sin antes fijarse en lo que su compañera llevaba puesto—. Deberías dejar de salir de fiesta.
—Tonterías. No hay restricciones al respecto.
Atta cerró el grifo, se envolvió en su toalla y salió a la mullida alfombrilla de baño, que ella misma había comprado después de que uno de los amigotes de Colin vomitara sobre la que tenían antes. Solía preguntarse con frecuencia si sus compañeros de piso realmente pretendían sacarse el posgrado.
Suponía que Colin estaba intentando volver a ganarse el respeto de su padre, así como el acceso a su cuenta bancaria. Con Imogen tenía sus dudas. A lo mejor lo que le pasaba era que le daba miedo salir al mundo real.
Después de terminar la carrera, Atta había pasado seis años fuera de la burbuja universitaria y podía confirmar que, con peste o sin ella, la vida adulta no era como la pintaban.
Imogen se estaba examinando el chupetón.
—¿Me prestas uno de tus anticuados jerséis de cuello vuelto para cubrirme esto?
—le preguntó mirándola en el espejo. No tenía ni un solo pelo de su melena dorada fuera de sitio, pero se le había corrido todo el maquillaje después de haber pasado la noche haciendo cosas en las que Atta prefería no pensar.
—Mis jerséis no son anticuados.
—Lo que tú digas —resopló Imogen.
Atta lo pasó por alto y volvió al tema, más serio, que Imogen había decidido ignorar:
—Puede que no haya ninguna norma que prohíba las fiestas, pero salir de noche y mezclarte con cientos de personas mientras seguimos intentando entender la peste no deja de ser una irresponsabilidad.
—Eres una aguafiestas. Además, te recuerdo que han dicho que ni siquiera se transmite así.
Imogen puso los ojos en blanco y empezó a quitarse la blusa con movimientos tan torpes que quedó claro que seguía un poco borracha.
Aunque no se equivocaba. El Centro de Vigilancia para la Protección Sanitaria había encargado a varias ramas de su organización, entre las que se encontraba la Casa Aquiles, que estudiaran la peste después de que el primer infectado sucumbiera a aquella extraña dolencia.
Todas ellas informaban al HPSC de sus avances, aunque muchas trabajaban en la sombra y una buena parte de la población desconocía su existencia.
De hecho, que Atta hubiera oído hablar de la Casa Aquiles era un milagro.
A pesar de que se habían establecido ciertas medidas de prevención en Dublín, el HPSC había dejado claro que la peste no se transmitía como una enfermedad contagiosa al uso.
Aquella era la única información que habían compartido con la población en los últimos seis años.
Sin embargo, si habían descubierto lo de la vegetación que crecía dentro de los infectados, Atta sospechaba que eso no tardaría en cambiar.
—Imogen —insistió, desviando la mirada del reflejo de los pechos desnudos de su compañera—.
Lo de la peste no va a hacer más que empeorar.
No puedes seguir poniéndonos a todos en peligro.
Es cierto que no se propaga como un virus, pero corremos un riesgo muy grande si intercambias fluidos corporales con personas que no conoces y luego bebes directamente del cartón de leche.
Odiaba con toda su alma que Imogen hiciera eso. Era como una niña pequeña.
—¿Y tú cómo sabes que la cosa se va a poner peor? —preguntó la chica, arrugando la nariz y mirándola en el espejo.
Atta pensó en la extraña flor que había escondido en el cajón de su escritorio; era como si le hubiera inyectado una melodía en las venas y la instara a estudiarla bajo el microscopio.
—Tú frena un poco con lo de salir de fiesta. Piensa que estás aquí para estudiar.
Imogen gruñó y se volvió hacia Atta, que seguía goteando sobre la alfombrilla de baño.
—Dime que eras un poco más enrollada cuando estudiabas la carrera y eras joven.
Puso una de esas caras tontas reservadas para las pijas del sur de Dublín y para las niñas ricas cegadas por el dinero de papá. Resultaba gracioso, porque Imogen solo fingía entrar dentro de una de esas dos categorías. Aunque a veces se le solapaban.
—Anda, fíjate —respondió Atta con voz monótona—, has estado a puntito de conseguir pasar veinticuatro horas sin llamarme vieja.
Imogen dejó escapar una risita y Atta salió del cuarto de baño antes de tener que verla con menos ropa todavía.
Por suerte, no se había vuelto a ver obligada a compartir habitación desde segundo de carrera, pero sus nuevos compañeros le habían enseñado por las malas a tomarse la molestia de echar siempre el pestillo de su dormitorio.
La primera noche que habían pasado los tres en el apartamento, Colin, recién llegado de alguna fiesta de bienvenida, había abierto la puerta de Atta y la había pillado cambiándose de ropa.
Todavía no estaba segura de si iba borracho, si se había confundido de habitación o si había llegado a la conclusión de que podría utilizar cualquiera de esas dos excusas para colarse en su dormitorio.
La cuestión es que había encontrado a Atta con solo un sujetador y unas medias negras (irónicamente, lo mismo que llevaba puesto en aquel momento), y ella le había asestado un rodillazo en la entrepierna y lo había echado a gritos y empujones al pasillo.
A partir de entonces, el pestillo se había convertido en su mejor aliado.
En cuanto a Colin, el chaval no había vuelto a dirigirle la palabra hasta hacía una semana; aunque no había sido una gran pérdida, porque tampoco daba muy buena conversación.
Lo único que hacía que mereciera la pena tolerar a sus insolentes compañeros eran las vistas que tenía su dormitorio.
Tras enfundarse en una falda de tartán marrón y gris topo, Atta se abrochó los botones de carey mientras miraba más allá de los árboles, en dirección a Front Square, con sus edificios góticos y su orgulloso campanario.
Se acordó de cuando cruzó ceremoniosamente los arcos del Campanile la primera vez que se graduó en el Trinity, en 1987, acompañada de la brillante sonrisa de su padre y de los ruiditos de la cámara de fotos de su madre.
Aquello fue antes del accidente de su padre. Antes de que se propagara la peste. Antes de que la necesitaran de vuelta en Galway.
Atta salió de su ensimismamiento y apartó la mirada de las vistas para posarla en el trabajo que tenía empezado sobre el escritorio, así como en las numerosas bolas de papel arrugado que daban fe de sus intentos por reescribirlo.
En realidad, no había razón para pensar en aquella redacción hasta después de las clases y de su turno en la morgue de los Gallagher.
No la llevaba nada bien, pero al menos había compilado un precioso herbario.
Acarició con cariño una flor púrpura prensada, que, en su exánime belleza, se conservaría para siempre junto a su descripción escrita a mano.
Mordiéndose el labio inferior, Atta abrió el cajón del escritorio y sacó la flor cubierta de sangre negra y enferma.
Retiró con suma delicadeza la capa superior del papel encerado, irrevocablemente manchado, y se preguntó si le daría tiempo a limpiar la flor y prensarla.
Le bastó con echar un rápido vistazo al antiguo reloj que descansaba sobre el escritorio para descartar la idea.
A regañadientes, devolvió la flor a su escondite; ya se ocuparía de ella más tarde.
Dejó escapar una exhalación y terminó de vestirse completando su atuendo con el jersey de cuello vuelto más suave que tenía, su americana de tweed favorita y sus zapatos Oxford negros más cómodos.
Se puso su delgado reloj de muñeca negándose a mirar la hora de nuevo porque sabía que iba con el tiempo justo.
Tendría que conformarse con pasarse un poco el cepillo por el pelo todavía húmedo.
Seguía lloviznando, así que tampoco le serviría de mucho secárselo.
Tras meter los libros de cualquier manera en su cartera de cuero, Atta pescó el paraguas de Imogen del perchero situado junto a la puerta del apartamento y bajó corriendo la escalera del edificio, saludando a uno de sus vecinos por el camino.