Sonder
—Gibbs —le dijo a su compañero a modo de saludo cuando llegó a su tranquilo rincón de la Casa Aquiles—, ¿has estado intercambiando cadáveres por instrumental médico?
—Ajá… —Gibbs se atrevió a lanzarle una rápida mirada asustada antes de volver a centrarse en el escritorio y encorvarse sobre un libro de cuentas.
Las gafas se le escurrieron por la nariz—.
¿Lo dices por esa chica tan mona y macabra?
Me pidió instrumentos en vez de dinero y pensé que nos vendría bien ahorrar un poco —balbuceó.
—Ya sabes que todo lo que sale de esta casa debe hacerlo según el protocolo.
—Ya me voy —susurró Gibbs con voz temblorosa—, pero suéltame, por favor, ¡que me estás pringando de sangre!
El chico lo siguió escaleras abajo.
—He dejado a medias un cadáver en perfectas condiciones para salvarte el culo —masculló Sonder, echando la vista atrás—, así que no te atrevas a quejarte por un par de manchas de nada.
—Se apresuró a retirar el cerrojo de la puerta principal, que daba a Merrion Street, y abrió de golpe—.
Ve por el parque —le indicó con una voz tan agotada como su paciencia—.
Así tardarás menos en perderte de vista.
Si alguien pregunta, te encontrabas mal y te marchaste pronto a casa. Yo llevo sin verte desde la medianoche.
Gibbs salió a la calle, pero Sonder lo volvió a meter dentro de un tirón, para después coger una máscara de costuras blancas del perchero que había junto a la puerta y estampársela contra el pecho.
—Ponte esto, pedazo de zoquete, que ya casi ha amanecido.
El chico obedeció y se encaminó hacia el parque, pero se dio la vuelta al tiempo que se recolocaba las gafas bajo la máscara para que le encajara bien.
—¿Por qué me ayudas? Pensaba que odiabas a todo el mundo.
Sonder se planteó contarle lo que le pasaría si alguien lo delataba, pero no tenía mucha relación con Gibbs, y tampoco le apetecía complicar más las cosas.
—Y no te equivocas. —Le dio un manotazo en el hombro—. Pero llevo muy mal lo de las cuentas y, si te pongo de patitas en la calle, tendría que encargarme yo de ellas. Ahora lárgate de una vez.
Odió la expresión agradecida que apareció en el rostro del chico. Era demasiado intensa, como si nadie lo hubiera apoyado antes. Y ahora iba a pensar que podría contar con él cuando lo necesitara.
Una vez que hubo conseguido ponerse bien la máscara, Gibbs asintió y cruzó la calle para adentrarse en el parque de Merrion Square.
A juzgar por sus andares, no debía de haber echado una sola carrera en su vida.
Sonder todavía distinguía su silueta cuando el chaval se tropezó con un parterre de tulipanes.
Regresó al interior de la Casa Aquiles con una mueca.
—Doctor Murdoch —lo llamó el doctor Lynch justo cuando cerraba la enorme puerta de roble. Sonder se esforzó en no apretar los dientes al ver que lo estudiaba con atención, desde su delantal sucio hasta su expresión—. ¿Qué tal va esa autopsia?
El muy cabrón del inversor no solía visitarlos con frecuencia, y mucho menos de madrugada, cuando ya casi había amanecido.
Sonder había odiado a Finneas Lynch desde el momento en que se habían visto obligados a convivir en la Casa Briseida durante el doctorado, igual que sus padres y sus abuelos antes de ellos.
Sonder se metió las manos en los bolsillos.
—El cadáver en el que estoy trabajando está en una fase de descomposición demasiado avanzada y no nos servirá de mucho.
«Al menos aquí».
Al doctor Lynch se le crispó el bigote, pero asintió igualmente.
—¿Algo que destacar?
«Muchas cosas».
—Nada de nada —mintió sin despeinarse—. Podría tratarse de cualquiera de los últimos infectados que he estudiado.
—¡Arriba esos ánimos, Murdoch! —dijo Lynch con tanta efusividad que Sonder se descubrió apretando los dientes pese a haberse esforzado en evitarlo—.
Seguro que das con las respuestas que buscamos muy pronto.
—Se alejó arrastrando los tacones de los zapatos por el parqué y, por encima del hombro, añadió—: ¡La peste no ganará siempre!
No, no si Sonder Murdoch podía evitarlo. Aunque quería examinar el nuevo cadáver, ese que tanto había impactado a aquella chica. Lo intrigaba mucho que ella misma lo hubiera diseccionado.
—Doctor —llamó a Lynch, que ya iba de camino a reunirse con el topo que estuviera recabando información para él en aquella ocasión.
El hombre se detuvo—. Te agradecería que no distrajeras a mis anatomistas.
Están demasiado ocupados como para tener que lidiar con los putos tejemanejes del lacayo de la Sociedad de Agamenón.
—Claro, claro. —Lynch agitó la mano como para quitarle hierro al asunto—. Será un visto y no visto, compañero.
Sonder le dedicó una peineta a su espalda.
Subió los escalones de dos en dos hasta el piso de arriba y, cuando llegó al rellano, se frotó las manos con una blasfema sonrisa de oreja a oreja, como un auténtico científico loco.
Al detenerse ante el cadáver abierto sobre la mesa de autopsias, no pudo evitar que se le acelerara el pulso.
¿Cómo no iba a tener esa reacción al contemplar las enredaderas que crecían en torno a la columna vertebral de aquel hombre?
Sí, enredaderas. Enredaderas que trepaban hacia el corazón.
Una de ellas incluso se extendía hacia el órgano, como si hubiera estado a puntito de alcanzarlo antes de que muriera.
—Me parece que te vas a venir conmigo a casa esta noche, amigo.
Aun así, mientras preparaba el cadáver para el trayecto hasta la mansión Murdoch, una vocecilla en el fondo de su mente no dejó de recordarle el cuerpo que les había entregado la chica.
Su maldita curiosidad e impaciencia no iban a dejarle pegar ojo hasta que no le echara un vistazo; así que salió de la sala que tenía reservada en la Casa Aquiles y bajó a hurtadillas a la cámara frigorífica donde guardaban los cadáveres.
Había pasado una media hora larga desde que la chica se había marchado, tiempo de sobra para que Walsh, de Registros, hubiera inscrito el nuevo cadáver en sus archivos.
Con un poco de suerte, tal vez incluso se hubiera marchado ya a su casa.
Efectivamente: el cuerpo estaba en el compartimento central, el más próximo a la puerta.
Sonder se sorprendió al descubrir que la chica no había sido tan descuidada con su autopsia como él había esperado.
La incisión no era tan precisa como la de un miembro de la Casa Aquiles, pero tampoco había hecho ningún estropicio.
La técnica de sus puntos de sutura, eso sí, era una casi obsoleta. Apresurada.
Sonder estudió el cuerpo desde distintos ángulos, tomando notas mentales del mayor número de detalles posible, antes de detenerse a leer la tarjeta identificativa que le colgaba del dedo gordo del pie. Walsh la había rellenado hacía tan poco tiempo que la tinta todavía estaba húmeda.
Varón desconocido n. o 452, muestra indicios de infección en estadio iii
Un suave silbido creció en el pecho de Sonder hasta que por fin lo soltó. «Estadio iii ». Eso significaba que presentaba flora en su interior.
Una sonrisa se adueñó de sus labios, tan retorcida que su madre se habría revuelto en su tumba.