El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #2
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Atta #2

Se dispuso a cerrar la puerta, pero Atta se lo impidió y, con el gesto, descubrió que otro enmascarado se había unido a ellos en el recibidor. No alcanzaba a distinguir el color de sus costuras, pero no eran ni rojas ni negras ni blancas. Qué curioso.

—Este infectado es distinto —se apresuró a decir Atta—. Tiene indicios de… —Se interrumpió al darse cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cómo explicar lo que había visto—. Tenía algo creciéndole en el pulmón. Algo de origen vegetal.

Se produjo un cambio en la actitud estoica del hombre que esperaba tras el Hilo Rojo.

Atta apreció en sus hombros un movimiento que no supo identificar, similar a la primera sacudida de un caballo asustado.

Sin embargo, corrigió su postura tan rápido que la joven se preguntó si se lo habría imaginado.

El hombre pidió al Hilo Rojo que se retirara y se acercó hasta ella, deteniéndose en el umbral.

Dorado. Su máscara estaba cosida con un resplandeciente hilo dorado.

—Menudo disparate —dijo. Su voz era grave e intimidante a la par que comedida y rítmica, típica de las familias adineradas de Irlanda.

Atta respiró hondo y contó hasta diez para no saltar ante la insinuación que tantos otros le habían hecho en sus veintiocho años de vida.

—No… No estoy loca si es lo que está pensando . Sé muy bien lo que he visto.

Pero ¿estaba segura de ello? Se metió la mano en el bolsillo del abrigo empapado y notó el tacto de la flor. Era real.

En aquella ocasión, el dolor le estalló en la sien como un golpe sordo al que le crecieran unos colmillos afilados, por lo que tuvo que dejar que la flor volviera a perderse en las profundidades de su bolsillo.

El Hilo Dorado salió a los escalones de la entrada, cerró la puerta a su espalda y contempló el cadáver que yacía en el maletero del coche por encima del hombro de Atta.

—¿Cómo se te ha ocurrido abrirlo? No vamos a pagarte por un cuerpo profanado.

La agitación de Atta comenzó a hervirle en las venas hasta convertirse en algo más volátil.

—No lo he profanado. Domino a la perfección el arte de la autopsia y los procedimientos post mortem .

Por eso puedo ayudarlos. —Se puso más recta cuando el hombre la miró por encima del pico torcido de su máscara—.

Utilizo los instrumentos que la propia Casa Aquiles me ha proporcionado, y mi único objetivo es desentrañar el misterio de la peste.

Como me imagino que también será su caso.

—Levantó la barbilla y, para rematar la frase, añadió—: Doctor.

—¿De qué instrumentos hablas? —siseó el Hilo Dorado con un tono pastoso en el que se retorcía una emoción velada.

—De los que yo misma he pedido. Me resultan más útiles que los pagos en metálico —explicó Atta con sencillez.

—¿A quién se los has pedido?

No conocía el nombre de ninguno de los miembros de la sociedad con los que había tratado.

De hecho, ni siquiera les había visto la cara.

Lo único que podía decirle era que se trataba de un Hilo Blanco, aunque a saber cuántos formaban parte de la Casa Aquiles.

Atta no tenía la más mínima intención de delatar a nadie, pero su silencio fue suficiente.

Hasta entonces, solo había hablado con el hombre que le había abierto la puerta aquella noche y con el Hilo Blanco de aspecto desgarbado.

—Ya veo —dijo despacio el Hilo Dorado, al comprender que no iba a responder—. No recibirás ningún pago por este cadáver y tendrás que devolver todos los instrumentos que tengas en tu poder de inmediato.

A Atta se le aceleró el pulso en el hueco de la garganta y tuvo que esforzarse por reprimir el impulso de escupir sus siguientes palabras:

—Con el debido respeto, ahora son míos. Fueron el pago que recibí a cambio de mis servicios.

Casi había dejado de llover, pero era consciente de que todavía parecía una rata mojada y de que la imagen que daba no la estaba ayudando mucho.

El doctor de la Casa Aquiles dio un paso hacia ella y Atta apretó los puños a ambos lados de su cuerpo.

El hombre era mucho más alto que ella, pero, si se dejaba amedrentar, perdería el único acceso que tenía a los instrumentos que necesitaba.

Por desgracia, su madre no le enviaba materiales de disección con sus paquetes de ropa y comida, y Atta tampoco podía robarlos del trabajo.

En la morgue de los Gallagher había una cantidad ingente de cadáveres no identificados que le permitía llevarse algún que otro cuerpo sin que nadie reparara en su ausencia, pero los instrumentos estaban contados.

—Si no los devuelves, me aseguraré de que te los confisquen. —Atta tuvo que levantar la mirada para encontrar la del hombre—. Y creo que no nos conviene que el rector del Trinity se entere de que una de sus alumnas más aplicadas está abriendo cadáveres de forma ilegal, ¿no te parece?

Atta apretó los dientes. ¿Cómo sabía que estudiaba en la universidad? A lo mejor había sido un golpe de suerte.

—¿Y a mí qué me importa que hable con el rector?

El Hilo Dorado se recostó contra el marco de la puerta y aquel gesto tan despreocupado hizo que Atta lo detestara todavía más.

—He visto los libros que tienes en el asiento delantero de tu coche.

—Señaló con la cabeza la puerta que, como una tonta, había dejado abierta.

La luz del techo iluminaba los seis libros de texto que había sobre el asiento del copiloto—.

Pareces mayorcita para estar en secundaria e incluso para estar todavía con la carrera.

—Ladeó la cabeza como un pájaro, en un gesto inquietante—.

Así que deduzco que debes de ser una alumna de posgrado.

—Coge el cadáver y págame de una vez —le espetó ella, tuteándolo al perder la paciencia.

El Hilo Dorado se dio la vuelta, entró en el edificio y le cerró la puerta en las narices.

Atta se permitió el lujo de desquitarse con una pequeña rabieta, gruñendo a la gárgola de la aldaba y propinándole una patada a la gravilla.

Ya se encaminaba hacia el coche cuando un Hilo Negro salió por una puerta lateral, empujando una camilla.

Mientras que las de los Gallagher eran de metal y vinilo, las camillas mortuorias de la Casa Aquiles eran antiquísimas, como si las hubieran robado de un manicomio abandonado en 1893.

En lo que el Hilo Negro cargaba el cuerpo en la camilla, el Hilo Rojo regresó para ofrecerle su pago a Atta.

—Vaya, el cascarrabias ha cambiado de idea, ¿eh?

El Hilo Rojo giró sobre sus talones y regresó al interior de la casa sin molestarse en responder. En apenas unos instantes, Atta había vuelto a quedarse sola bajo la fría llovizna.

Un torrente de inquietud le recorrió las venas mientras pensaba en lo que le pasaría al desgarbado Hilo Blanco si sus com­pañeros ataban cabos y descubrían que era él quien solía salir a pagarle.

Pero no era asunto suyo.

Atta regresó a su coche, presa del frío, el cansancio y la irritación. Una vez dentro, abrió uno de sus libros de texto y escondió el dinero junto a la representación de la morfología externa e interna del Hyacinthus orientalis o jacinto negro.

—El dinero nunca viene mal —se dijo a sí misma mientras conducía en dirección al campus.

Le sacaría provecho, por supuesto; pero también necesitaba los utensilios que le habían estado procurando para llevar a cabo sus autopsias. Aquellos instrumentos eran como viejos amigos que la ayudaban a llevar a cabo su investigación.

Nunca había contado con sus propios materiales, ni siquiera cuando volvió a Dublín después de haber vivido en Gal­way.

Siempre había usado los del tanatorio de su familia y, cuando su padre se había cobrado un favor para conseguirle el trabajo en la morgue de los Gallagher, había pasado a utilizar los de ellos.

Unos días después de regresar a Dublín y empezar a trabajar para los Gallagher, Atta había escuchado a un par de transportistas hablando sobre el secretísimo epicentro del estudio sobre la peste, al que la gente de a pie se refería como «la Sociedad».

Según los transportistas, habían abierto una nueva rama centrada en encontrar una cura y necesitaban más especímenes para su investigación.

Ahí vio su oportunidad.

La primera vez que la puerta de la Casa Aquiles se abrió ante ella, un hombre enmascarado que sostenía una sierra quirúrgica diseñada para partir esternones le preguntó cuánto pedía por el cadáver que había robado del montón para el crematorio; así que Atta decidió llevar su plan un poco más lejos e hizo un trato con él.

Renunciar a sus instrumentos iba a doler, pero no podía permitirse acabar expulsada o entre rejas.

Tendría que hacer de tripas corazón. Ahorrar todo lo que pudiera de su humilde salario y comprarse sus propios instrumentos.

O quedarse en la morgue después del cierre para tomar prestados los de los Gallagher.

Su idea inicial consistía en ahorrar y mudarse a un piso fuera del campus para no tener que preocuparse por si Siobhan o Seamus Gallagher entraban a husmear en su laboratorio improvisado, situado en el almacén del sótano.

No era un objetivo fácil con toda la carga lectiva a la que tenía que hacer frente, pero el dinero extra que ganaba robando para la Casa Aquiles al menos le daba una mínima posibilidad de alcanzarlo.

Solo llevaban dos semanas de semestre y Atta ya se estaba empezando a quedar atrás en sus estudios. A la larga, tal vez le fuera útil tener contentos al Hilo Dorado y a sus anatomistas.