El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1)
© inepub.com
Atta
a rrastrar un cadáver bajo la lluvia es una tarea exigente y resbaladiza.
—Acababa de estrenar las botas, cabronazo —rezongó entre dientes al depositar el cadáver sobre la parte trasera de su coche, sujetándolo con la cadera.
En el fondo sabía que el pobre hombre no tenía culpa de nada. Los muertos no controlan el tiempo atmosférico.
No era su primera experiencia con un cadáver. No, el primer contacto lo tuvo a los tres añitos, veinticinco años atrás. Lo de escabullirse en plena noche cargando con un muerto tampoco era una novedad. Aunque lo normal sería que contara con una camilla para transportarlo.
Aquella no estaba siendo su mejor noche. Nada había salido según el plan. Pero Atta era una mujer de recursos.
De pronto, se le nubló la vista y un embotamiento que conocía muy bien se adueñó de ella.
Al encogerse de dolor, el cadáver se le derrumbó sobre el hombro y Atta tuvo que dar un paso atrás para mantener el equilibrio.
Dejó escapar un gruñido y se concentró en desterrar el intenso pinchazo que le atravesaba la cabeza, así como las espantosas alucinaciones que siempre lo acompañaban.
Por suerte, en aquella ocasión logró mantenerlas a raya.
Sin embargo, el cuerpo se le resbaló y cayó al asfalto con un golpe sordo.
Atta murmuró una palabrota. Aunque agradecía que las farolas fundidas y las siniestras nubes que cubrían el cielo ocultaran tanto el aparcamiento como sus fechorías bajo un manto de oscuridad, sabía que, si seguía así, no llegaría ni en broma a la Casa Aquiles antes del amanecer.
Debería haber esperado a una noche despejada (o, para el caso, a la mañana), pero aquel cadáver sin nombre era tan suculento que no había podido dejarlo escapar.
Se dobló por la cintura, rodeó el torso del muerto torpemente con ambos brazos para levantarlo del suelo y lo aupó entre gruñidos, utilizando su propio pecho como punto de apoyo.
Su madre le habría limpiado la boca con jabón si hubiera oído la retahíla de palabrotas que soltó mientras sus músculos aullaban al borde del colapso.
Quizá debería apuntarse a un gimnasio.
La idea era tan absurda que tuvo que ahogar una carcajada y por poco volvió a dejar caer el cuerpo, pero se las arregló para seguir adelante.
—Ya casi lo tienes —se dijo a sí misma para darse ánimos.
Por algún motivo, el sonido de los talones del cadáver arrastrándose por el asfalto le estaba revolviendo el estómago.
Los cientos de vísceras y huesos que habían pasado por su bisturí y su sierra quirúrgica jamás le habían arrancado reacción alguna, pero aquello era diferente.
No debería poder oír aquel espeluznante susurro por encima del golpeteo de la lluvia, pero el aguacero por fin empezaba a aplacarse, y el roce de la piel al despellejarse contra la calzada resultaba demasiado humano.
Aunque ya no quedaba ni rastro de humanidad en aquel hombre. Ya no. Su alma se había marchado dondequiera que vayan las almas tras la muerte, ya fuera a sufrir o a descansar.
Atta se las arregló para encajar los hombros del cadáver dentro del maletero, pero se le volvió a escurrir y la joven reprimió un bramido de frustración.
Ahora solo chispeaba, y la luna llena, que se había abierto paso entre las nubes, derramaba la suficiente luz como para permitirle distinguir aquel cuerpo desmadejado y completamente desnudo, con el pecho cerrado con unos puntos de sutura rápidos y descuidados.
Era otro «Fallecido No Identificado». Otro cuerpo que añadir a la pila que se amontonaba en la morgue abarrotada.
Atta se había encargado de recibirlo, identificarlo con su correspondiente etiqueta y llevar a cabo los procedimientos preliminares dispuestos por el protocolo.
Al principio, su intención había sido dejarlo con el resto de los cadáveres para que los sepultureros se lo llevaran a primera hora de la mañana al crematorio.
Aquello era lo que se esperaba de ella. Sin embargo, a la hora de cierre, cuando todo el mundo se había ido ya a casa, Atta había sentido la imperiosa necesidad de investigar más a fondo los entresijos del nuevo desconocido.
Apenas había sido capaz de resistir la tentación de estudiarlo.
Por eso se lo había llevado a escondidas al improvisado laboratorio secreto que había montado bajo la morgue de los Gallagher, equipado con los utensilios viejos que la Casa Aquiles le había ofrecido como pago por sus servicios.
Una vez allí, dio comienzo a su investigación con un torrente de euforia corriéndole por las venas.
Al abrirle la cavidad torácica, no encontró nada fuera de lo común, al menos a simple vista. La peste le había ennegrecido la sangre y la infección le había causado un fallo multiorgánico.
Fue entonces cuando lo vio.
Había una flor creciendo entre sus pulmones.
Y no eran imaginaciones suyas o un efecto de la luz. Ni siquiera se trataba de un bulto extraño con forma de bulbo que pudiera pasar por alguna especie de tumor. No, era una planta macabra de origen desconocido, que había echado raíces en uno de los pulmones y había dado flores.
La lluvia resbalaba por el rostro de Atta, goteando desde sus pestañas.
Apartó la vista del pecho mojado y recién cosido del cadáver mientras se decía que no debía sacarse la flor del bolsillo.
No era el momento. Además, seguro que ya estaba empapada.
En parte se arrepentía de habérsela extirpado, pero nunca había visto un espécimen igual, y eso que conocía miles de especies gracias a sus libros de botánica y a los años que había pasado con la nariz metida en los diarios de su abuelo.
En cualquier caso, lo hecho hecho estaba.
Incapaz de contemplar el cadáver un segundo más, Atta se lio a sacudidas, tirones y empujones con él, y por fin lo metió en el maletero.
Luego, como si de una maleta llena se tratara, apoyó todo su peso sobre el portón hasta oír el chasquido del cerrojo.
Se sentó al volante respirando con dificultad, preguntándose si aquello le provocaría agujetas.
Le llevó tres intentos arrancar el coche.
Al menos después de tanto esfuerzo ya no tenía frío.
Aun así, puso la calefacción al máximo con la esperanza de que el calor le secara un poco las botas.
Pero los conductos de ventilación dejaron escapar un horrible siseo, como si se rieran de ella, y le escupieron una bocanada de aire frío.
Atta le asestó un puñetazo al salpicadero y el sistema de climatización dejó de funcionar de golpe.
—Maldita tartana —masculló, al tiempo que metía la marcha atrás.
El reloj que parpadeaba en el salpicadero del quisquilloso coche marcaba las 5:42, y, aunque todavía estaba oscuro, pronto empezaría a haber luz.
Mientras conducía, Atta se imaginó el cadáver bamboleándose en el maletero cada vez que pasaba por un bache de la carretera, pero no podía desperdiciar ni un solo segundo en pensar en el sacrilegio que estaba cometiendo.
Ahogó una carcajada. Ya era demasiado tarde para preocuparse por esas cosas.
Cuando estaba a punto de llegar a su destino, Atta apagó las luces del coche y se adentró en un camino de gravilla oculto tras un grupo de alisos.
La primera vez que había hecho aquel trayecto se había tomado la presencia de esos árboles de hojas dentadas, autóctonos de Irlanda, como un buen presagio. Una señal de que había hecho bien al tomar aquella decisión.
En aquel momento, tenía la sensación de que se reían de ella.
Les devolvió la mueca burlona con la que se imaginaba que la miraban y condujo hasta la parte trasera de la Casa Aquiles, con sus imponentes arcos, sus bóvedas de crucería, sus sillares toscos e irregulares y sus ventanales con parteluz.
Aunque le pusiera los pelos de punta, no podía negar que el edificio era precioso.
Atta se bajó del coche sin molestarse en cerrar la puerta y abrió el maletero.
Había aparcado de tal manera que quien la recibiera obtendría unas buenas vistas del cadáver, así que apartó la lona con la que lo había cubierto, como si fuera un regalo.
Satisfecha, se acercó a la puerta de estilo gótico, idéntica a la entrada principal que daba a Merrion Square. Aunque ni ella ni nadie accedía a aquella casa por otro camino que no fuera el que permanecía oculto en la parte trasera del edificio.
Atta agarró la aldaba en forma de gárgola con las fauces abiertas y golpeó la madera negra, gruesa y pulida de la puerta de la Casa Aquiles.
Pasaron unos cuantos minutos antes de que oyera el roce de la tapa de la mirilla contra la superficie veteada, pero la pieza volvió enseguida a su lugar y la puerta se abrió con un chirrido para dar paso a una de las máscaras a las que Atta estaba empezando a acostumbrarse.
Todos los integrantes de la Casa Aquiles utilizaban las mismas máscaras que llevaban los médicos de la peste negra, lo cual era un claro indicador de que pertenecían a una de las sociedades secretas del Trinity College.
Sin embargo, aquel anatomista llevaba una variación del clásico pico de cuero con anteojos de protección: su máscara estaba cosida con hilo rojo en vez de negro.
Atta también había visto alguna que otra máscara con costuras blancas, por lo que suponía que debía de ser una forma de identificar a los miembros según el rango.
Aunque la luz cálida del interior bañaba la figura del anatomista en oro, la sangre negra que le salpicaba el delantal de cuero parecía tan espesa como el alquitrán.
No dijo nada. El brillo de las lámparas de gas que flanqueaban la puerta se reflejaba en sus anteojos metálicos y redondos como si estuviera parpadeando.
Cuando levantó la barbilla, la piel oscura de su cuello quedó al descubierto.
—¿Sí? —La máscara amortiguaba el sonido de su voz, pero habló lo bastante alto como para que Atta lo oyera bien.
—Traigo otro cadáver.
—Le pediré a alguien que salga a recogerlo. —Aquel Hilo Rojo no se andaba con rodeos. Ninguno lo hacía—. Te pagaremos la tarifa habitual.