El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—¿Qué podría ocultarte a ti si me has visto sin ropa?

—Su alteza, ser su protector implica que debo saber sobre los peligros que puede correr. Si habla de facciones, se refiere al gobierno.

—Llevo tres años aquí y no sé nada de lo que ocurre en Londres, salvo por pequeñeces que llegan a mis oídos por el señor Matthews. Mientras más alejados estemos de esas personas de la capital, más seguros estaremos. Créeme, se acercan tiempos difíciles para algunos.

Con lo que el conde decía, Andrew sospechaba que algo pasaba y lo averiguaría por intermedio de una carta a la princesa.

Necesitaba la verdad sobre el príncipe. Eran cuidadosos con el asunto y no parecían soltar la lengua.

Quizá fuese bueno que hablara de un supuesto peligro o contara sobre los bandidos para sacar algo de información que le permitiera proteger mejor a su amo.

Comenzaba a no creer en el asunto del exilio, de la pereza y el libertinaje, algo no cuadraba.

Cuando Reginald terminó su desayuno, fue a la biblioteca. Su esposa lo esperaba sentada en la mesa de lectura con los libros contables.

—Vaya sorpresa que me llevo, lord Riverdale. Ni las ratas tienen para comer en esta propiedad —masculló Sybil cerrando uno de los libros con fuerza.

—¿Acaso le oculté algo? Siempre dije que estaba en la ruina. Mis ratas están tan arruinadas como yo. ¿Qué quería? ¿Pretendía que les robara o que ellas robaran para mí? —Él hizo un ademán para restarle importancia al asunto.

—Con lo poco que he visto, se necesita mucho dinero. Mi padre puede darnos más, no solo para remodelar la casa, sino para comprar más animales para el arado.

Él se sentó de manera perezosa en una silla y asintió.

—Este lugar es tuyo. Haz lo que te plazca, querida.

Capítulo 25

—Es demasiado despreocupado, milord. Este asunto requiere de su interés —lo reprochó buscando que tomara conciencia de la situación.

—Usted y Andrew son capaces de resolver todo. Me rodeo solo de gente capaz. Solucione como mejor le venga en gana. Aprobaré lo que diga milady, no tengo dinero para negarme y tampoco para apoyar.

—Debe darse cuenta de que esto no puede continuar así. El dinero que traje tarde o temprano se acabará y debemos vivir de algo. Esta propiedad debe ser rentable.

—Por supuesto que lo es. Lo veremos después de esta siembra.

El asunto de las cosechas no siempre es rápido.

He pensado en cultivos de temporada, es decir, criar plantas resistentes al invierno.

Además de diversificar los productos de la finca, que no se base solo en vender granos, sino también en hacer alcohol.

Tuve un tutor escocés, muy entusiasta del whisky, lo era tanto que me mostró cómo destilaba el propio.

Es cuestión de que busque un artesano y le dé ciertas instrucciones, me daría dolor de cabeza tener que pensar en hacerlo solo.

Sybil lo miró con interés. Ese cerebro al menos funcionaba para pensar en una idea de negocio. El whisky era consumido por todos en ese país, el mercado era amplio.

—No puedo creer que se le ocurriera semejante idea…

—Es que me ilumino después de una noche apasionada. ¿Quién no lo haría con semejante compañía tan inspiradora? —cuestionó acercándose de manera coqueta a ella.

—No puede estar hablando en serio. Es un hombre sin honor al mencionar algo tan bochornoso.

—¿Bochornoso? No lo veo así, querida, pero no puedo cambiar el pensamiento de una persona tan rígida.

—Acomódese para leer un libro, mientras pienso en su idea y en otras más para poder tener ingresos. Como esposo, debe preocuparse por proveer para su familia.

—Y usted debe preocuparse por darme un heredero. Si vamos por lo que nos corresponde, lo mejor es que no nos hagamos los tontos o solo busquemos nuestra conveniencia. ¿Con qué libro me abanicaré?

—Uno de política…

—Le mostraré cómo se usan. Al menos le daré la forma de sacarle el mayor provecho posible a algo tan inútil.

El conde se agachó a recoger un libro del suelo.

—Este sirve para calzar un lado de la mesa. Lo llamo equilibrio político.

—Lord Riverdale, ese libro es valioso. Es uno de los que traje para que lea. En ese escrito se basa toda la política del país.

—Por supuesto, no discuto que sirva, pero es mejor usarlo para calzar una mesa o pisapapeles.

La joven, indignada, negó con la cabeza. Ese hombre no tenía remedio y mucho menos salvación. No sabía en qué lugar se había metido. Tendría que comenzar a usar los métodos no convencionales para educar a este conde.

—Por un segundo creí que podría tratarse de un genio, pero cada vez que me convence, hace o dice una tontería soberana.

—Esposa mía, te quiebras por cualquier cosa. El asunto es vivir un poco mejor y, si nos aburrimos, quizá morir sea una buena idea. Si nada nos motiva, ¿para qué seguir robando aire a seres que sí desean seguir adelante?

—Evitaré escucharlo por un tiempo. Ahora concéntrese en leer ese libro que, para mi sorpresa, usted ya tenía.

—¿Qué quiere que le diga sobre ese libro? Es aburrido. Lo leí cuando tenía doce años. No hay mucho que resaltar.

Ella rio con burla al oírlo decir eso. Ni siquiera en su próxima vida podría leer ese libro a esa edad que dijo. Quería librarse de leer y eso era todo.

—Ajá. ¿Piensa que le voy a creer? No nací ayer, milord.

—Apostemos… —propuso con una sonrisa socarrona.

—Apostar, ¿qué?

—Volverá a complacerme en la cama si sé con exactitud la página que dices.

Sybil achicó los ojos con sospecha. Este hombre se atrevía a apostar con tal de ganar tiempo para vagar. No sabía si alguien así tendría salvación. Era más fácil hacer que un ladrillo hablara antes de que ese conde pudiera ceder.

—Si yo gano, usted no dejará de estudiar por un año entero.

—¡Hecho! —aceptó el conde, entusiasmado—. Nunca he tenido una noche de placer por una apuesta. Estaré perfumado para servirle como un verdadero semental.

Aquella se cubrió el rostro ante las tonterías que decía Reginald.

Solo hacía esto para recordarle que se convirtió en su mujer y humillarla de esa manera.

Por eso buscaría una hoja, la más difícil, y lo haría recitar de memoria sin que pudiese salvarse.

Ella cogió el libro que él tenía en la mano y lo abrió en una página al azar.

—Página cincuenta y cinco. No debe equivocarse en ninguna palabra.

—Eso suena sucio, pero nunca es más sucio que yo… Escuche y abra esos ojos como una vaca…

El conde comenzó a citar parte por parte y con precisión lo que decía esa hoja. Su tutor fue implacable con él, pues si no lo sabía hubiese sufrido más de lo debido. Sus tiempos de buen pupilo no se olvidaban tan fácilmente.

Los ojos de Sybil recorrían con sorpresa párrafos del libro. Cuando su esposo terminó de recitar esa página, pasó a la siguiente para poder terminar el tema.

—¿Cómo lo hice? ¿Puedes decir que tuve un error, esposa? Lo dudo, pero lo dejaré a tu criterio. Sabiendo que eres deshonesta, te doy esa vía de escape. Eres la peor perdedora de este mundo.

—Lo hizo bien, lord Riverdale. Puede irse a vagar por hoy…

—dijo para poder tener un instante a solas para poder lamentar su pésima fortuna.

Pensar que arrasaría con ese hombre al llegar ahí a terminar como una furcia por su causa era demasiada presión para su ego. Apenas podía fingir calma frente a él.

—Qué generosa, milady. ¿Qué lección me tocará mañana? Me gustan los números, libro que ponga frente a mí, será uno que sabré.

—No sé y tampoco quiero saber, solo necesito que se vaya por hoy para que pueda trabajar tranquila en estos papeles.

—Está bien. La veré en el almuerzo. Iré a pasear lejos de la residencia. Le diré a Andrew que esté atento a tus dudas…

Ella le hizo un gesto con la mano para que se fuera.

Apenas podía soportar su orgullo herido.

Una vez que vio al conde salir de la biblioteca, escondió su cara entre sus brazos sobre el libro de cuentas.

Todavía le dolía el cuerpo y ya tenía que volver a cumplir por una estúpida apuesta.

Debía aprender que apostar con su esposo era una pérdida segura.

No volvería a hacerlo. Necesitaba ser más inteligente que este hombre.

Ni siquiera podía concentrarse en lo que quería. Las cosas le salían mal a ella y a él bien, llegó para torturarlo y la torturada terminaba siendo la misma Sybil. Luego de unos minutos de lamento, Andrew entró a la biblioteca para buscar al conde.

—¿Y milord? Debería estar aquí estudiando con usted —comentó el sirviente.

—Le di el día libre… —replicó molesta.

—Por eso estaba tan feliz. Si él no está, entonces le hablaré sobre un asunto. Las semillas debemos entregarlas mañana. Los otros sirvientes las han separado en bolsas para que cada arrendatario se las lleve a sembrar.

—Está bien. Lo tienes todo controlado, Andrew. Dime… este hombre, ¿es o no un tonto?

—¿Me pregunta porque se ha dado cuenta o porque lo duda?

—No sé. Creo que es una pesadilla en donde él siempre gana.

—Milord es un poco estrambótico. Tiene ideas que no rozan las comunes. Es alguien para tener cuidado. Si nadie lo molesta, es tan suave y fresco como la seda, pero si alguien llegara a molestarlo, sería terrible, porque encontrará la forma de fastidiar a su oponente.

—Eso explica muchas cosas. Me fastidió, pero con justa causa. Llevo días intentando humillarlo, aunque la humillada he sido yo.

—Con el tiempo aprenderá a manejarlo. Ni siquiera yo logro descifrar lo que pasa por su cabeza, por más horas que comparta con él. Es un enigma absoluto, una mente imposible de leer

.

—Algo no tiene sentido. Vine aquí para reformar a un libertino ignorante, pero terminó recitando una página entera sin errores y sin haber visto nada minutos antes. Este asunto no es simple. Hay algo que no sé, que todos estamos ignorando.

—También sospecho eso. Creo que milord considera que nuestra ignorancia es nuestra mejor arma y virtud. Hace poco supe que es un verdadero genio. Que no le sorprenda que pueda recitarle cualquier cosa que esté aquí. Esos libros que trajo son como un terrón de azúcar para él.