El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

En la habitación contigua, Sybil se sentó en su cama a duras penas. No sabía que consumar en el matrimonio pudiera considerarse de alto riesgo para su salud física, sería difícil moverse con dignidad mañana para enfrentar el día.

—Milady, ¿logró darle una lección al conde? —preguntó Ming, que entró a la habitación para atenderla.

—No quiero hablar de eso. ¿En dónde estabas tú que no impediste que cometiera una estupidez galopante?

—Estaba peleando con el sirviente de milord. El objetivo era traer al señor Matthews, pero se escapó porque perdí mucho tiempo tratando de salir del pasillo. Andrew es hábil.

—Es evidente que, si custodia a un príncipe, no iban a mandar a un pelagatos cualquiera.

Debiste cuidarme, Ming. Ahora he perdido mi pureza, me convertí en la mujer de este rufián.

No tengo palabras para describir lo que significa no tener dignidad.

Pisoteé cada uno de mis pensamientos que tenía antes de venir aquí.

—Entonces lo que escuchamos no era una pelea a muerte, sino usted intimando con el conde…

—Calla, no digas esa palabra. No imaginas los remordimientos que tengo. Si alguien me hubiera detenido, no estaría en esta situación tan precaria. Mi reputación se ha perdido para siempre.

—Milady, creo que está abusando. Es su esposa, esto, tarde o temprano, debía ocurrir…

—¡Pero no tan temprano! Nos casamos hoy y ya hemos hecho esto. Ahora no puede repudiarme y, para colmo, puedo quedar embarazada.

—Ese sí es un problema, milady, pero no creo que un pequeño príncipe lo sea para sus aspiraciones.

—No quiero hablar. Necesito whisky y que cierres esa puerta con llave, no volveré a cruzar el umbral en lo que me quede de vida. Trataré de hacer como si esto nunca hubiese pasado.

—Sí, milady. Esperemos que milord no se lo recuerde mañana.

Ming hizo todo lo que le había pedido su ama y después la sola para irse a dormir.

Sybil no podía cerrar los ojos reprochándose por lo que había hecho; sin embargo, también recordaba lo placentero que fue pasar ese tiempo con él.

Si obviaba los defectos que tenía, sería el esposo perfecto, ese que cualquier dama desearía como compañero, mas por el momento dudaba que lo fuera.

Era un vago soñador, casi un verdadero consumidor de opio a tiempo completo.

Sus ideas eran las de un literato, un erudito que vivía de sueños y poesía inspirada por el alcohol.

Eso no era lo que imaginaba, de hecho, ni siquiera se imaginaba casada.

De a poco, sus ideas se iban desvaneciendo como sus sueños entrañables.

¿Este sería siempre el destino de una mujer?

Vivir subyugada a su esposo no era lo que esperaba de la vida, sino poder y libertad.

Por la mañana, ella despertó con el ánimo renovado y una dignidad artificial que haría sonrojar al más digno ser humano. Se aguantaba la incomodidad física y no dejaba ver ningún tipo de fragilidad.

Cuando llegó al comedor y vio a Reginald sentado en la cabecera de la cama, sintió que sus piernas podían ceder ante la presión de distinguir a ese caballero con el que estuvo anoche.

Se sonrojó al poco tiempo y casi perdió la compostura deseando salir corriendo de ahí, pero no le daría el gusto de verla pasar vergüenza.

Reginald sonrió con sinceridad y dejó su asiento para invitarla a sentarse a su lado como un verdadero caballero haría.

Por supuesto que estaba feliz y encantado después de la noche que habían pasado.

Tenía que ganarse su confianza para que cambiara sus ideas dominantes por otras más elocuentes y realistas.

—Milady, por favor, siéntese aquí, junto a este servidor… ¿Cómo ha dormido? —curioseó con amabilidad, invitándola con un gesto de la mano.

Ella se acercó y tomó asiento antes de responder.

—Buen día, he dormido bien. El día de hoy empezaremos con las lecturas que seleccioné para usted según los intereses del país…

—Es muy temprano para que me hable de eso. —Él cogió la mano de la joven y la besó con suavidad—. Podríamos salir a pasear, le mostraré los lugares más hermosos de la propiedad, verá que este lugar es un verdadero sueño.

La joven miró su mano después de que el conde dejara un beso en ella. El calor recorría sus mejillas como no lo había hecho antes. Este hombre tenía malas intenciones, era evidente que quería vagar.

—No sea indecente al tomarme la mano. Podemos pasear por la propiedad, pero lo haremos a caballo.

—Ay, no, milady, qué pereza me dan los caballos. ¿No cree que deben soportar demasiado peso?

—Son puro músculo, han sido usados desde la antigüedad y seguirán vigentes por siempre. Siendo usted un hombre de campo, como se describe, debería saber que necesita de estos animales para moverse.

—Para eso está el carruaje. No niego que los necesite, claro que sí, pero les hago un favor cuando me arrastran.

—Con usted no se puede hablar en serio, lord Riverdale.

—Puede llamarme Reginald.

—No lo llamaré así ni en otra vida. Procure mantener la distancia. Ya que no saldremos a pasear bajo mis condiciones, estudiará y no saldrá por ningún motivo.

—¿Me está prohibiendo ser libre bajo mi propio techo? Qué malo es dejar suelta a la cabra cerca del huerto.

—No me hable con paralelismos. Hará lo que le digo y punto. Hoy empezará su verdadera vida. Se convertirá en un hombre útil.

—Quería vivir mucho, pero parece que usted quiere enviudar pronto. No sabe lo que pide. Estudiemos para que entienda el peligro en el que nos pondremos, solo que para eso debería gastar recursos en buenos lacayos armados.

—¿Solo por estudiar piensa que será una tragedia?

—Me compadezco de usted… —dijo el conde en tono de burla ladeando la cabeza—.

Soy excéntrico porque necesito, no porque lo quiera.

Entenderá esto cuando deje de vivir en la nube que le vendieron.

Este acuerdo no es solo para corregir mi comportamiento, es una unión de intereses que no muchos querían.

¿De qué estaba hablando el conde? ¿Por qué no era claro en lo que decía?

Cada día salía con alguna pista o excusa, no sabía qué creer.

Por lo que alegaba, ella estaba siendo utilizada por los padres del príncipe con intenciones ocultas.

Se cuestionaba si eso era posible, aunque a lo largo de la historia, la realeza nunca ha sido inocente y libre de todo mal, por eso no era descabellado creer en las ideas de su esposo.

Él conocía mejor su origen y no solo parecía querer plantar la semilla de duda en ella para mantenerla tranquila, sino para que considerara sus opciones.

No quería pecar de ingenua ante él ni tampoco desechar sus ideas.

Ella tenía una misión que le encomendaron, le dieron dinero y promesas por eso.

Su padre tampoco cuestionó el asunto con el ahínco que debería, el único que tuvo una pésima reacción fue el marqués que la pretendía.

¿Por qué él se había desmayado al saber que se casaría? ¿Qué sabía ese hombre?

Después de estar pensando en silencio, se dedicó a desayunar sin dirigirle la palabra al conde.

Este parecía distendido ante ella, mientras que aquella se arremolinaba en las ideas que le venían a la mente como si fuesen gotas de lluvia.

La claridad mental que la acompañaba no era normal, pues ella creía que las órdenes se seguían y que las cosas eran blancas o negras. No había más que escoger.

—¿Está segura de querer torturarme con el estudio? Eso es aburrido. Podríamos ir a alimentar a los patos y gansos. Ah, le pedí a Andrew que separara a una pareja con sus huevos para que comience con su cría, Sybil.

—No puedo reprender a un príncipe por llamarme por mi nombre, pero yo no lo llamaré por el suyo. Quiero mantener la mayor distancia posible con usted. Acepto lo que me da, esos animales serán buena carne.

—Qué pena que los vea así, pero si yo no los conozco, no lo sentiré, ¿verdad? La condición es matar a las crías, no a los padres, a esos sí los conozco.

—No soy tan tonta, sé a quién conservar… Termine el desayuno e iremos a la biblioteca. Andrew, baja el baúl verde de mi habitación y llévalo ahí. Eres más fuerte que Ming, por eso te lo pido.

—Sí, milady —acató Andrew sabiendo que comenzaría el espectáculo.

—Ming, ve a traer todos los papeles que Andrew ha dejado listos sobre el escritorio del despacho. Milady estará deseando ver la situación de la propiedad para empezar. Los dos estaremos ocupados.

Los ojos de Sybil se dirigieron al rostro de su esposo, que tenía una sonrisa de suficiencia que quería borrar con un golpe, pero no podía hacerlo. Ella necesitaba ver los papeles que tenían en esa casa para poder estar al tanto de todo.

—Está bien, nadie estará molestando al otro, milord. Lo esperaré en la biblioteca.

El conde asintió al ver que la joven se retiraba. Tendría un día interesante. Una vez que Andrew regresó, exhausto, se colocó a su lado.

—¿Todo está listo? —indagó el conde.

—Sí. Usted tiene todos esos libros en la biblioteca. He dispuesto lo que pidió. Esperemos a ver su rostro.

—Estoy ansioso por ver cómo toma mi gran interés por el estudio. Será un día esplendido.

—Alteza, cuídese que no le salgan mal las cosas.

—Ya nada puede salir mal, salvo que alguien delate en dónde me encuentre y vengan a matarme en un gran número de personas. No ha pasado en tres años y dudo que ocurra…

—Mmm… La noche pasada, la doncella de milady me contó que un marqués la pretendía.

—¿Quién es?

—Algo así como el hijo del duque de Lockwood…

—Ah, el marqués de Dublín. Comprendo. No sé de qué facción es, pero si no le sentó bien que se casara conmigo, debe ser del lado de los enemigos de este caballero.

Lo malo es que, siendo así, es peligroso.

Es un estratega mucho mejor que yo, porque no he dedicado suficiente tiempo a eso. Espero que se mantenga alejado de mí.

—¿De qué facciones habla?

—Tonterías mías, Andrew. No debemos preocuparnos por el pastel que los demás se reparten. No hemos sido invitados a comer para pensar en él.

—¿Por qué comienzo a desconfiar de todo lo que me dice? ¿Qué oculta usted?