El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

A Sybil comenzaban a chirriarle los dientes al oír las risas y gritos en esa habitación. Estaba cansada de ser una mera espectadora de las acciones de su esposo indecente.

—Suficiente… ¿Dónde está mi látigo? —preguntó alejándose de la puerta.

—Esperaba que dijera eso —replicó Ming corriendo hacia uno de los baúles. Ella tenía ubicado a la perfección cada cosa de su ama.

—Le haré ver las estrellas, y esos gritos que está dando no serán de placer, sino de dolor.

—¿Le importa mucho el conde, milady?

—Me importa mi buen nombre, ¿qué esposa permitiría semejante ofensa? Un burdel es el lugar adecuado para esta bajeza, no la habitación marital. Haré que se arrepienta de haber tomado la decisión de jugar con fuego.

Ming se sobaba la mano como una mosca al encontrar el látigo. Quería ver cómo dejaban en carne viva a ese infiel.

Una vez que cogió su látigo que le entregó su doncella, giró la llave para abrir la puerta. No sabía con qué se encontraría, pero estaba segura de que no sería agradable. Pateó con fuerza la abertura y encontró a su esposo con los ojos vendados intentando alcanzar a dos mujeres de pechos generosos.

Al oír el fuerte golpe que venía de la puerta de comunicación, el conde supo que su esposa ya estaba lista para matarlo.

Solo debía preocuparse por salvar a las mujeres y después ver cómo conservar la vida propia.

Él se quitó la venda y corrió hacia la puerta para abrirla y que las jóvenes escaparan.

—¡Lord Riverdale! ¡Sinvergüenza! Te daré una visita con el Diablo —masculló Sybil dando un latigazo al suelo.

Reginald saltó por el susto. Definitivamente, no sabía cómo apaciguar a esa fiera. Debía calmarse o terminaría como una cebra llena de rayas.

—¡Milady! ¡Todo en esta vida tiene una explicación lógica! —expresó retrocediendo.

—Puede conversar con lógica, pero hable a mi látigo.

—Amor mío, no estaba haciendo nada malo, solo jugaba un poco con el obsequio del señor Matthews.

—Ah, ese hombre… Ming, cógelo y tráelo ante mí. Ajustaré cuentas primero con este caballero que me debe respeto y después con él.

—Sí, milady… —replicó Ming yendo a buscar al señor.

—¡Andrew, cuida de Arthur! —gritó Reginald para que la doncella de su esposa no hiciera alguna locura.

—Preocúpese por usted, lord Riverdale. Mejor que su sirviente venga a cuidarlo, porque cuando lo atrape, su vida terminará.

Estaba a punto de creer que solo era un hombre que ocultaba sus talentos, pero veo que me equivoqué.

Es el peor sinvergüenza que ha pisado esta tierra.

Haré que se arrepienta de todos sus pecados pasados, presentes y futuros…

—Ella dirigió el látigo hacia el conde, pero este lo esquivó no solo una vez, sino muchas veces más, corriendo y saltando por toda la habitación como un conejo.

El conde solo podía correr y evitar los latigazos solo por un rato; no era una solución a largo plazo.

O luchaba o se dejaba matar de una manera absurda.

Decidió que lucharía y conseguiría que Sybil entrara en razón.

Se quedó quieto en un lugar y esperó que ella intentara golpearlo.

Cuando la joven lo hizo, este cogió la punta del látigo con fuerza y lo estiró hacia él.

—No podrá matarme con este látigo, milady. ¿Por qué mejor no conversamos sobre este asunto? Aquí hay un malentendido.

—¿Malentendido? Eran prostitutas en la habitación de un hombre recién casado en su noche de bodas, ¿cuál es el malentendido?

—Se lo explicaré con una simple pregunta: ¿en dónde está la esposa que debería estar en la noche de bodas? No me culpe por estar distraído con algún obsequio que me dieron…

—¿Me está culpando de su infidelidad?

—¿Cuál infidelidad? ¿Me vio haciendo algo indebido?

Para ese momento, Sybil estaba indignada hasta la coronilla.

Luchaba con el látigo para que este lo soltara y pudiese matarlo a gusto, pero no cedía.

Tenía mucha fuerza para luchar contra ella con firmeza, entonces se decidió a soltar el objeto y comenzar a darle golpes de puño.

Para su mala suerte, no logró golpearlo ni una sola vez.

El conde era ágil para escapar de ese tipo de ataque.

—Milady, sea razonable. ¿Me vio en la cama con alguna? —preguntó con insistencia.

—¡Estaban en su habitación y eso es suficiente! Quédese para que pueda acabar con usted, nadie escapará de mi furia.

—No quiero que se haga daño. Confesaré mis pecados, ¿está bien?

Amor mío, he sido cruel… Yo planeé esto como venganza a lo que dijo usted desde que llegó: que no compartiríamos cama hasta que me convirtiera en alguien útil.

Me temo que no puedo esperar un tiempo tan incierto y quise provocarla.

Le pedí a mi buen amigo que me trajera a dos mujeres con ese fin.

Ni siquiera las pagaré, no tengo dinero para tontear. Fue solo para atraerla aquí…

Sybil guardó silencio y lo miró con verdadera duda de su salud mental.

—¿Me está diciendo que esto es un brillante plan suyo, milord? —curioseó burlona.

—Sí, uno ingenuo quizá, pero con la mejor intención del mundo de obtener la atención de mi esposa.

Hace un tiempo comprobamos que usted es capaz de ser apasionada, aunque sin un arma es mucho mejor.

—Él se arriesgó a coger a la joven de la mano para intentar convencerla—.

Es que quisiera estar más cerca de usted, tocar su piel y probar su cuerpo.

¿Está mal que un esposo quiera intimidad con su esposa?

—¡Libertino, sinvergüenza, indecente! —exaltó la joven, escandalizada.

—No hace falta dejarme sordo. Milady, venga a sentarse conmigo en mi cama. —Este la estiró y la llevó para que se sentara a su lado—. Deme esta noche y seré como un dulce sabueso. La escucharé con más frecuencia.

—Ni lo sueñe. He dicho que, una vez que usted se convierta en el hombre que quiero, podremos ser un matrimonio real, pero pide y pide y no da nada de su parte. Si usted no me deja ser comandante, yo no lo dejaré tocarme más allá de las manos.

—Eso es injusto, milady. ¿Ser obediente no es suficiente para usted? No quiero ser el mismo príncipe de antes, no era feliz. Mis ambiciones están aquí; no en ser alguien, no me interesa.

—Nuestras ambiciones no concuerdan, pero estoy aquí por una misión y mi beneficio. Me dijeron que eduque al príncipe caído para que regrese y así lo haré. Si quiere ser mi esposo, hará lo que debe. Este atajo lo ha llevado por un camino más largo. No conseguirá nada conmigo.

—Entonces no debimos casarnos. Dos personas incapaces de coincidir en lo más sencillo ni siquiera deberían estar juntas bajo un mismo techo. Fui iluso al creer que algunas diferencias eran salvables, pero veo que es imposible convencerla de algo cuando es necia por naturaleza.

—¿Necia? Sus ambiciones de vago soñador son más necias que yo, que persigo algo que ninguna otra mujer puede tener: un poco de poder.

—Está bien, pero a mi costa no conseguirá ser comandante, al menos no hasta que me convenza de que lo merece.

¿Por qué piensa que le daré algo sin recibir nada a cambio?

Quiere ser comandante y yo quiero una esposa con la cual acostarme y vivir en paz.

Todos ganamos. ¿Por qué debo ceder a sus ridiculeces?

Una dama obedece a su marido, sea este inteligente o un gran tonto.

Las reglas son así y no cambiarán. Vivir en paz conmigo es mejor que armar una guerra inconveniente.

Las personas que la usaron para traerla aquí la desecharán apenas el objetivo esté cumplido.

Míreme, llevo la sangre de ellos y aun así me desecharon, ¿tendrá un mejor destino que yo?

—Acepté todo lo que me dieron y debo pagar por ello; si eso implica que me engañen, al menos que gane algo.

—No, no ha ganado, sepa que perdió su libertad y estará atado al lado de un hombre que no tolera. Dígame, ¿es eso digno de mención como ganancia? Le haría un favor si la repudiara ahora mismo.

—Milord, ahora es una situación poco prudente para conversar. Me voy… —Sybil se puso de pie para irse, pero el conde la cogió de la muñeca para evitar que se fuera.

—Usted no irá a ninguna parte, milady. —Él también se paró y la acercó a su cuerpo—. El asunto del matrimonio lo trataremos hoy, no otro día.

—Suélteme, indecente —masculló, pero el conde acercó su rostro al de ella y levantó su mentón. Sybil se dio cuenta de que estaba perdida. Ebria tenía más probabilidades de ganarle al conde que sobria. Con ese aspecto desaliñado y su respiración agitada, era difícil tomar una decisión firme.

—Indecente es mi apellido, milady. Me gusta que se resista un poco, le da más emoción a esto. Es tan bella, ¿por qué tengo que sufrir en la habitación contigua? Llevo mucho tiempo solo. Este matrimonio es mejor aprovecharlo. Pronto perderemos nuestra juventud y atractivo. Un beso no nos hará daño.

—¿Quién quiere sus sucios besos, lord Riverdale? —La joven comenzaba a respirar con agitación al tenerlo casi sobre sus labios. Esa cercanía la ponía nerviosa. El beso de la última vez todavía seguía rondando su mente.

—Le aseguro que lo desea tanto como yo, ¿para qué resistirnos?

Después de decir esas palabras, Reginald besó a Sybil con más violencia que la primera vez, porque ella se resistía. Era cuestión de ser paciente para que cediera ante lo que los dos deseaban.

Ella fue cediendo con lentitud al sentir que la lengua de él entraba a su boca sin ninguna vergüenza.

La sensación que le daba era de un ardor que le nublaba los sentidos y le quemaba la pelvis.

El aliento caliente de las respiraciones entrelazadas producía un disfrute único y desconocido.

Sybil no sabía cómo sus piernas perdían la firmeza ante ese contacto.

Definitivamente, el alcohol de días atrás no la iba a ayudar a disfrutar de lo que estaba viviendo en ese instante.

En esa oportunidad hizo sufrir al hombre, pero en esta vuelta él le estaba dando un placer indescriptible.

Su cuerpo primitivo sabía lo que tenía que hacer para calmar las sensaciones propias del goce.

En esta ocasión, Reginald no tenía la intención de ceder territorio, llegaría hasta donde tuviese que hacerlo con tal de ese día consumar su matrimonio y después jugar al tira y afloja con Sybil para saber quién de ellos terminaría cediendo ante las ambiciones del otro.

Él recostó a su esposa en la cama para comenzar a besarle el cuello. Quería mantenerla cautiva del deseo para que no escapara, porque al volver a tener claridad mental, le daría una patada que lo haría llegar a su casa en Londres.

Ella estaba cegada por el placer, ni siquiera podía abrir los ojos ante lo que sentía, pues si lo hacía, eso que estaba viviendo podría desaparecer y, pese a que no quería ceder, tampoco quería perder la oportunidad.

No pasó mucho tiempo para que la mano traviesa de Reginald se paseara bajo el camisón de Sybil y pudiese tener un contacto indecoroso con su piel suave y blanca como la porcelana.

Para la nueva esposa escandalizarse no era un gran negocio. Disfrutaba de cada toque y caricia que le deparaban las acciones de Reginald. Era evidente que se trataba de un libertino, su experiencia era interesante y para ella significaba ponerse en manos de un conocedor de placer.

Lord Riverdale intentaba no perder un segundo a Sybil para poder quitarse toda la ropa que comenzaba a molestarle.

Necesitaba ambas manos para eso, pero también para mantenerla cautiva de su pasión.

Estaba seguro de que ella no se estaba dando cuenta de que él se había quitado cada pedazo de tela que lo cubría porque no abría los ojos, se dedicaba a sentir, por eso, cogió una de las manos de la joven e hizo que esta se deslizara por su torso para que aquella pudiese experimentar el roce de piel a piel.

Su esposa gimió como si tocara el cielo al hacerlo.

Estaba lista para recibirlo y consumar el matrimonio.