Capítulo 21 #4
—No reciba a esas mujeres. Buscará un problema innecesario. Si milady lo sabe, lo matará con su lanza. Lo empalará.
Reginald movió la mano restándole importancia a las desesperadas palabras de su sirviente.
—No te preocupes, esto es planeado. Lo que quiero es provocar a esa diablesa para que quiera dormir conmigo.
—Lo único que conseguirá es dormir para siempre.
Sea razonable. No es un buen plan, su alteza.
Milady puso sus condiciones para ser un matrimonio real.
Con un ataque de celos no lo conseguirá, además, para que existan celos, deben existir sentimientos, y ella por usted no siente más que interés por una razón. Piénselo.
—El que no arriesga no gana. Da más miedo pasar esta noche sin mi esposa, esto definitivamente puede definir nuestro futuro.
Un matrimonio sin consumar es anulable y, ¿qué pasaría si ella quisiera dejarme después de conseguir el puesto?
Estuve años como un tonto esperando consumar para que después otro la disfrute.
Si me mata esta noche, también estaré agradecido: ambos quedaremos liberados, aunque quizá mi reciente esposa quede triste por no ser comandante.
Eso me pondrá más feliz desde el infierno. Sonreiré como nunca.
—¿Cómo hago para que entienda que está equivocado?
—No te preocupes. No es lo mismo que me muera yo a que mueras tú. Eres importante, Andrew, en cambio, a mí no me quiere ni la yegua que me parió. Si me pasa algo, tú regresarás y seguirás con tu vida. Yo no tengo nada que hacer más que vivir cada día.
—Basta, alteza. Haré pasar al señor Matthews. Si milady se atreve a atacarlo, no me quedará más remedio que dejarlo viudo. Me pagan por mantenerlo con vida. Me matarían si no lo salvo. Con permiso…
—Ah, y no olvides que alguien tiene que darse cuenta… ¿Comprendes? —Él señaló a la habitación contigua. Deseaba que Ming le contara aquello a su esposa.
—Haré lo posible por hacer que su muerte sea lo menos dolorosa posible.
El conde suspiró. Sabía que sus ideas siempre ponían en aprietos a Andrew. Estaba seguro de que algún día le compensaría tantos dolores de cabeza que le daba.
El sirviente regresó a la puerta, la abrió y le indicó al señor Matthews que pasara.
—Jovencitas, Andrew las llevará a los aposentos del conde. Recuerden reír fuerte para que se escuche que la felicidad está en el otro lado de la puerta —dijo Arthur con una sonrisa cómplice.
—Síganme, damas…
El señor se quedó en el salón acomodándose en el sillón para esperar la reacción de la esposa del conde y poder salvar a las mujeres que llevó. Tenían órdenes de no tocar a Reginald, solo debían hacer ruidos para provocar un poco a la vecina reacia.
Mientras subía hacia el ala de las habitaciones, Andrew sentía que desfallecería, puesto que pensaba que el muerto no solo sería el príncipe, sino también él.
La esposa creerá que este estaba alcahueteando a su amo y no le perdonaría la vida de ninguna manera.
Cada escalón era un pensamiento más pesimista que el anterior.
Las damas no dejaban de hacer ruidos mientras se acercaban a los aposentos del conde y eso destrozaba los nervios del sirviente.
Sabía que era parte de un plan, pero no quería que eso significara perder la vida.
En la habitación de Sybil, Ming terminaba de colocarle el camisón cuando sus oídos agudos oyeron sonidos de mujeres provenientes del pasillo. El eco no era algo que pudieran pasar por alto con facilidad.
—Hay visitas, milady —anunció Ming acercándose a la puerta para entreabrirla.
—¿Visitas? ¿Quiénes? —indagó con curiosidad.
—Son mujeres y vienen hacia aquí.
—¿Crees que el conde contrató personal sin consultarme? Si es así, lo regañaré, pero si es para complacerme, lo dejaré pasar.
Ming guardó silencio y le hizo un gesto a su joven ama para que hiciera lo mismo y no dudó en seguir su espionaje.
Vio a Andrew pasando frente a esa puerta con esas dos siguiéndolo.
No quería pensar mal, pero al darse cuenta de dónde se quedaban, su mente hizo lo suyo y golpeó la madera contra el marco.
—Milady, esas mujeres van a la habitación de milord. Andrew las está llevando —comunicó.
—Pareceré ingenua, pero en estos días no ha hecho nada raro. Se ha comportado y, en todo caso, he sido yo quien no lo hizo.
—¿Entiende lo que está pasando? ¡Son prostitutas que acompañarán a su esposo en la noche de bodas! Iban vestidas como lo hacen esas mujeres. El pecho de una de ellas casi entra por mis ojos.
La joven no sabía qué hacer. En lo poco que lo conocía, confiaba en que no sería tan tonto para hacer esto en el primer día de casados. Debía ser un error.
—Déjalo, Ming, no creo que esté haciendo nada malo. Lo más probable es que sean doncellas que irán a… mejor vigilemos desde la puerta de comunicación.
—Es bueno que no sea tonta, milady. Este sinvergüenza mostrará su verdadera cara.
Las dos pegaron la oreja a la puerta en cuestión y esperaron.
Las mujeres entraron a la habitación del conde, sonrientes como el señor Matthews había pedido. Reginald se acercó para conversar sin alzar mucho la voz.
—Sigamos las instrucciones, señoritas. Jugaremos un poco y quiero que hagan un pequeño escándalo. Mi amigo les pagará bastante por este servicio —habló el conde, viendo cómo ellas asentían.
Al poco tiempo comenzó el juego. Reginald se vendó los ojos para buscar a las jóvenes a ciegas.
Así era más divertido. Ellos tres reían y corrían por la habitación esperando una reacción que aún no se manifestaba.
No creía que su esposa estuviese durmiendo, era cuestión de tiempo que el diablo apareciese.