El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Las palabras del señor Matthews eran escuetas como siempre, a Reginald no le sorprendió leer que este estuviese confundido al saber que se casaría, pues uno de sus sirvientes le dijo que había recibido una invitación verbal para el día de mañana.

—Responde a Matthews, soy perezoso para escribir. Dile que lo esperaré para que conozca a mi futura esposa, que la invitación es completamente real.

—Sí, milord. Debemos esperar que el señor se comporte de manera correcta con milady y que no se ponga a coquetear con ella.

—Si a mí me desprecia, a él lo odiará. No me preocupa que le coquetee, sino que quede con vida.

No quisiera dar explicaciones a su familia por un acontecimiento tan lamentable como podría ser la muerte del joven señor de la casa.

Milady no es tolerante con las tonterías; considero que a mí me aprecia un poco y eso me salva de estar entre los muertos o los lisiados. Es una verdadera ventaja.

—Debería ser un poco más serio, milord. Tiene malas amistades.

—No tengo malas amistades, tengo una que es desinteresada. ¿Acaso me has visto darle dinero al señor Matthews o que él me lo pidiera?

—No, no lo vi.

—Entonces no es alguien interesado en mi dinero o prestigio. Sabe que estoy en la ruina y aun así sigue siendo amable y me hace favores.

—Conseguirle mujeres no puede ser un buen favor, milord.

—Debo darle el gusto de aceptar a las damas que trae. Es bienintencionado. Además, viaja mucho por ser comerciante; no está todo el tiempo aquí. Debo aprovechar su buena voluntad y que todo es cubierto por su bolsillo.

—Su alteza, no sé si se le asoma primero la oreja o la cola de rata.

—Esto es vida y valoración personal. Por fin alguien me valora por lo que soy y no por lo que doy.

No soy quién para rechazar el obsequio de un buen amigo.

Cuando estaba en Londres me buscaban porque podía derrochar más que nadie.

Sabía que no tenía amigos, pero fueron descarados al ni siquiera despedirme.

Desde ese momento supe que estaba solo. Tú eres mi bastón, el que me ayuda a caminar cada día.

Vales más que todas esas personas que conocí y fingieron apreciarme.

—Está intentando comprarme con esa frase para que no lo reprenda por gastar mi salario.

—Eres adulto, puedes comprender esa frase como mejor quieras. Ahora ve y responde a mi buen amigo para que no falte.

Andrew asintió y se retiró, dejando al conde leer su libro con tranquilidad.

***

Sybil también regresó a la residencia, pero pidió beber el té en su habitación. Haría algo que no hacía desde hacía tiempo: afilar y pulir sus armas. Llevaban tiempo guardadas.

—Milady, debería dedicarse a hacer cosas que hacen las mujeres casadas —dijo Ming para burlarse de la joven.

—Todavía no estoy casada. Me queda un día de gracia antes de caer en desgracia. La vida es corta para pincharme el dedo siendo una buena esposa. Nunca me ha gustado bordar o tejer. La costura es demasiado monótona.

—Recuerde que debe tener algo con qué compararlo. Ya no sirve en los campamentos y tiene mucho tiempo libre.

—Ese lo usaré para educar a mi esposo. No digas que no tengo nada importante que hacer.

Este hombre requiere de mucha paciencia, por eso iré afilando lo que pueda; verás cómo cambiarán sus pensamientos.

Lo convertiré en alguien que me superará y que recuperará su estatus.

Podré regresar orgullosa con este caballero.

—Se llena la boca hablando de él. Durante un mes lo maldijo en todos los idiomas que conoce por tener que sacrificarse, y en apenas dos días el conde ha conseguido persuadirla; casi parece que le haya borrado las ideas del cerebro, milady.

Es un inútil profesional: los bandidos viven en su propiedad y no mueve un dedo, sus arrendatarios pasan hambre y tampoco interviene. ¿Qué clase de señor es?

—Olvidaste decir que él también pasa hambre.

De no ser por nosotras, el té que está tomando en el salón sería de hojas de rosas y no uno de calidad.

La gente no le ha dado tributos porque la naturaleza no colaboró en el pasado.

En la próxima siembra se espera que eso cambie.

Yo misma gestionaré todo para que milord no termine destruyendo las oportunidades.

Seré la administradora de esta propiedad.

Verás cómo todo este lugar comenzará a prosperar. Me encargaré de todo.

—Entonces su esposo será un holgazán para siempre. Debería darle algo que hacer. La administración de los negocios es para ellos y para usted el de la casa.

—¿Cuánto puede necesitarse para administrar una casa? Es pan comido. Lo único que llevará trabajo será coordinar los trabajos de refacción en esta propiedad. Invertiremos bastante, porque aún no sabemos en qué momento el conde decidirá hacer gala de sus habilidades. Puede tardar meses o años.

—Moriremos en este lugar lleno de naturaleza. Extraño los dulces de Londres, milady. Debería convencerlo para irnos.

—También extraño un poco el ajetreo, pero no me disgusta la naturaleza. Este lugar tiene sus bellos paisajes. Además, milord me dará huevos de gansos para que pueda empezar mi propia parvada y tener carne. La propiedad es enorme y podemos hacer muchas cosas buenas.

—Se está encariñando con este sitio. No tiene nada más interesante que el sonido de los gallos y el insistente canto de los renacuajos. Es tan deprimente y desolador.

—Apuesto a que no has oído el sonido de las ventanas con el viento en una noche de tormenta. Te apuesto lo que quieras a que aúllan de una manera terrorífica. Todavía te queda mucho por experimentar en este pequeño monte. Ve acostumbrándote, pasaremos tiempo aquí.

—Adiós a mis manjares. Tendré que pedirles a los sirvientes de la casa del general que me envíen las recetas para que sean preparadas aquí. No sobreviviré demasiado tiempo.

—No te preocupes, tengo cosas que te gustarán para que no te aburras.

—¿Qué me dará, milady?

—Te dejaré cazar bandidos. Aquí no necesito protección. Tenemos a Andrew y yo también sé defenderme. Lo importante es que podamos mantenernos a salvo de esos delincuentes.

—Por fin algo que hacer. Creo que comenzaré por lo más sencillo: cavar fosas para tirar los cadáveres.

—Es un excelente pasatiempo, Ming. Te felicito por pensar de esa manera tan práctica.

Perder el tiempo no es algo que personas como nosotras quieran hacer.

Bien, deja listo mi ajuar para mañana. Será el día en que me condenaré definitivamente al lado de lord Riverdale. Debo parecer decente y no decadente.

—Es una pena que no pueda casarse con alguien que le agrade de verdad.

—No tenía interés en casarme desde antes. Conocí a muchos y ninguno me gustaba. Lo bueno es que me libré del estorbo que me perseguía. Dudo que ahora, que seré la esposa del conde, venga a desear algo.

—Considero que ese hombre tenía buenos sentimientos hacia usted.

—Pero no era correspondido. La diferencia que tengo es que, pese a que el conde y yo no nos escogimos, tenemos algo en común: no queríamos casarnos el uno con el otro.

Ese puede considerarse un punto a favor nuestro.

Dicen que en los matrimonios es bueno tener algo en común. Al menos el rechazo es algo.

—Qué optimista. Sé que está siendo sarcástica, milady, pero estuve a punto de creer semejante tontería.

—Claro que lo digo de broma, aunque prefiero a este hombre; es de mis males el menor, un buen proyecto que me mantendrá distraída un par de años.

—Usted es mi ídolo, milady. Es capaz de bañarse en barro y salir reluciente.

La joven asintió al cumplido de su doncella. Ya no había mucho que hacer ni que decir; el destino estaba dictado y decidido.

Para la hora de la cena, Reginald esperó a Sybil en el comedor. Esperaba que la vergüenza se le hubiera pasado. Debía intentar no insinuar nada de lo ocurrido la noche anterior, porque si algo se escapaba, tendría pésimo rostro en el día del matrimonio.

—Lady Sybil, pensé que cenaría en su habitación —resaltó el conde.

Ella se acercó para tomar asiento y Andrew le apartó una silla.

—No puedo ser tan descortés. Mañana es nuestro día. Espero que vaya bien vestido y se arregle el cabello.

—¿Qué tiene mi cabello?

—No pido mucho, solo que se lo peine y recoja para no dar la impresión de ser un alcohólico despreocupado.

—Ese fue un golpe bajo, querida mía. No me culpes si respondo con la misma cortesía —advirtió Reginald, sonriente.

—No me atrevería a decirle indirectas, le dije que parece un alcohólico despreocupado. Arréglese.

—Qué cruel es usted. Yo ya imaginaba que podríamos llevarnos bien después de pasar por el altar.

—Este matrimonio es de conveniencia, milord.

—¿Conveniencia para quién? Supongo que para usted, porque yo no gano nada con esto. De hecho, pierdo territorio y libertad.

—Es conveniente para usted, claro. Le doy dinero.

—¡Cómo pude olvidar su generosidad! He sido malagradecido. Merezco un castigo.

—Mañana. Después de casarnos, comenzaremos oficialmente sus estudios.

—No es necesario apresurarse tanto. ¿Qué le parece si usted y yo paseamos por la propiedad en carruaje?

—¿Por qué no a caballo?

—¿Quiere matarme? No me apetece subirme a la espalda de un animal inteligente. Me describo como una persona precavida.

—¿No sabe montar?

—No, ni me interesa. Si quiere matarme, puede poner un caballo frente a mí.

—Hay algo que no entiendo. Puede subir a un árbol, pero no puede hacerlo sobre un caballo.

—¿Acaso los árboles se mueven? Comienzo por dudar de su inteligencia, milady.

—No dé la vuelta a la situación. ¿Acaso cree que podrá escapar? Mi esposo no puede ser un inútil que no sepa montar. La primera lección que tendrá será una de equitación.

—Oh, no, no, no. Olvídelo. Es como llevarme a la tumba. Si lo hace, no tendrá beneficios conmigo enterrado.

—¿Cómo dejaría que fuese el hazmerreír del mundo? No puede ser posible que un hombre de su linaje no pueda montar.

—Tengo el estómago sensible y me mareo con facilidad. Tampoco me gusta mucho el carruaje, pero lo tolero mejor.

—¡Excusas vergonzosas! No se salvará de comenzar con lo básico: alimentar a los caballos.

—No tengo inconveniente. Si puedo criar patos y gansos, por supuesto que puedo alimentar animales más grandes.

—Iremos lento. Tenemos muchos años por delante.

—Qué bien que lo entienda. No hay razón para apresurar el aprendizaje de este conde.

—Pero no se salvará. Le aseguro que lo haré montar como sea.

Andrew miró a su amo esperando una explicación a lo que había dicho.

Por supuesto que no le gustaba montar, pero lo hacía cuando era necesario.

También era un experto en la fisionomía de los caballos.

Era mejor adivinando sus gustos que paseando sobre ellos.

Alimentarlos era algo que no hacía con frecuencia, mas conocía lo que comían.

En este lugar y con pocos recursos económicos para comprar, los caballos se alimentaban de las pasturas y de las frutas y verduras de estación que se cultivaban en la propiedad.

No pasaban hambre jamás. La estrategia de su amo para parecer el más inútil del mundo, para que no le dieran responsabilidades, pronto se daría vuelta hacia él si no hacía algo.

Ocultarse podría salirle muy caro si continuaba mintiendo.

Reginald estaba conforme por el momento.

Esquivó tener que demostrar un talento. Para la próxima vez, fingiría estar enfermo o quizá le haría caso y, para traumarla, se caería a propósito para hacerla sentir muy culpable.

De esa manera no probaría su habilidad. Con los libros podía engañarla; podría darle largas para decirle que aún no comprendía y de vez en cuando darle un poco de su conocimiento para que no terminara frustrada y con ánimos de matarlo con varios latigazos. Debía cuidar su salud.

Después de terminar la cena, se despidieron en aquel lugar. Reginald fue al estudio a beber, mientras que Sybil fue a dormir temprano. Aún no estaba completamente repuesta de haber bebido tanto.