Capítulo 16
—Eso explica que viva en la extrema pobreza —resaltó la dama.
—Sí, pero no creo que sea lo que dice. Soy sencillamente pobre, pero honesto.
—Le creeré, pero con todo lo que me ha dicho, me caigo en cuenta de que le faltan políticas a su propiedad. Usted gasta en granos y no recibe nada.
—Es cierto…
—Aun así, exigen que usted haga múltiples cosas.
—Nadie me ha entendido tanto como usted, mi amada. Quieren que arregle un puente… ¿con qué dinero? ¿Del mío, del de ellos o de otros? Porque aquí si algo escasea es el valiosísimo dinero.
—No se preocupe, me encargaré de usar la disciplina, no solo con usted, sino con esos arrendatarios que tiene. Si escucho que le reprochan algo, sabrán a qué atenerse.
—Por eso la adoro. Ay, milady. Confieso que pensé que venía a despellejarme como a una gallina, pero veo que lo único que quiere es apoyar a este servidor. Es inteligente al estar del lado ganador.
Ella lo miró como si estuviese borracho, pero comenzaba a no sorprenderle las locuras de este caballero. Con suerte, seguía con un hilo de cordura que aún no se había perdido.
—No se haga ilusiones, no es el lado ganador ni el lado justo, es razonable y nada más. Mi látigo es de la justicia y no de la injusticia, milord.
—He considerado cosas pecaminosas con el látigo, milady. Creo que es mejor que una daga. Deberíamos practicar con ella mañana después del banquete.
—¡Atrevido! Sabía que no se quedaría quieto y aprovecharía un error de juicio.
—Su juicio es muy errático según mi percepción, pero solo dije esto para romper la rigidez entre nosotros. Seremos esposos, encuentros como los de ayer son comunes entre personas casadas.
—Lo dijo bien: entre personas casadas. Para eso falta un día.
—Es un poco de nada, ¿verdad? A nosotros, los jóvenes, nos importan poco los convencionalismos.
—Hable por usted. Milord, tengo muchas cosas que hacer y no puedo lidiar con sus provocaciones.
—Si me da un beso, desapareceré como un relámpago, ni siquiera recordará que estuve aquí. Mientras más lo piense, más tiempo me quedaré.
—No le daré nada. Ming, trae mi látigo, haré que el conde reconsidere sus actos.
—¡Oh, no, no, no! Ay, no quiero aparecer golpeado frente a los invitados, eso me quitará autoridad. Dejaré que tampoco tenga callos en las manos, ¿no le parece una oferta generosa?
—Lárguese.
—Por supuesto. Hasta la cena, amada.
El conde se retiró con presteza, espantado al pensar en enfrentarse al látigo.
Era mejor ser un cobarde que un héroe. Estos últimos yacen en las tumbas, mientras que los primeros dominan el mundo.
Probar los límites de la persona que compartiría su vida en el futuro parecía mucho a una aventura extrema.
Sospechaba que no todos los días tendría al sol alumbrándole la cara, pero era cuestión de tolerarlo.
Él continuó su camino hacia el bosquecillo que siempre frecuentaba. Desde ahí solo se recostó en su rama para admirar el cielo. Los días en que no estaba nublado debía aprovechar para deleitarse. Cada día ofrecía algo distinto a su manera.
Después de que Sybil fuese provocada, intentó calmarse hasta lograrlo. Amedrentar al conde fue exitoso, su carácter parecía más dócil que cuando llegó, ya estaba resignado a casarse al igual que ella.
—Milady, hemos terminado. ¿Qué haremos ahora?
—Podríamos descansar, ¿no te parece una idea divertida?
—Tal vez, aunque al parecer está imitando a su futuro esposo, el haragán.
—Habla con más respeto de tu futuro amo.
Es todo un rufián de medio pelo, pero no por eso podemos pecar.
La princesa tiene gran debilidad por su hijo, pese a que este la considera más cruel que un pinchazo a un recién nacido.
No tiene en buen concepto a sus padres. Entiendo que al duque no lo tenga en cuenta; sin embargo, su progenitora se preocupa por él.
—Mmm… ¿usted no cree que le preocupe más su imagen que su retoño de veinticinco años? ¿Por qué les importa después de tanto tiempo?
—No lo sé, no estamos en sus cabezas para saber sus motivos, pero si la teoría de la conspiración es correcta, se trataría de algún interés, algo que tiene que ver con la corona.
—¿No cree que alguno esté tramando eliminar al monarca?
—No lo sé. No me atrevo a pensarlo. Las intrigas en los pasillos de la corte siempre han existido, las he oído desde pequeña, pero aprendí que no todo es cierto.
Hay muchas cosas que no son reales y que los chismes hacen que se conviertan en una verdad absoluta.
Los rumores más horribles salen de esos escondrijos oscuros del palacio.
No solo me crie con la sabiduría de muchos prodigios, sino que comprendí cómo defenderme.
Ellos me ven como algo admirable, aunque también como un peligro latente.
—Entonces, quizá quieran sacarla a usted del camino. El puesto en la guardia real puede ser la zanahoria para mover al caballo y que el jinete vaya con él a una muerte segura.
—Tu apología al desastre me hace temer que la demencia del conde esté pasando hacia ti.
Sé que este sitio es un poco deprimente, pero no es suficiente para enloquecer a alguien, al menos no con los dos días que llevamos aquí.
Andrew tampoco ha enloquecido en tres años, lo que significa que podremos soportar cualquier cosa.
—El sirviente del marqués es tan bestia como él. Ataca a traición, es sucio como un mendigo.
—No te cansas de insultar. Recuerda que los perros no ladran a su amo. Hablar mal del perro ajeno puede traerte problemas.
—Pues no me importa. Es cobarde y, si tuviese la oportunidad, lo cortaría en pedacitos y se lo dejaría a los lobos en las profundidades del bosque. Desde ayer se convirtió en mi enemigo mortal.
Durante el recorrido hacia el bosquecillo cercano, Sybil observó hacia la arriba y en uno de los árboles estaba el conde, recostado, con las piernas cruzadas y los brazos detrás de la cabeza. Parecía tan desinteresado y relajado. Los nobles no solían disfrutar de algo tan sencillo.
—En este lugar existen pájaros extraños que se posan en las ramas de los árboles… —comentó Sybil, burlona.
Al oír la voz de su prometida, él sonrió, pero no dejó de mirar hacia el cielo.
—Ayer casi conoció a la especie de pájaro que habita en esta propiedad, por poco y lo convierte en extinto. Milady, qué descaro.
Ella se sonrojó al instante. Él solo podía decir semejante cosa para lograr avergonzarla.
—Un caballero no tiene memoria, milord —le recordó la joven para que intentaran olvidar el exabrupto de la noche pasada.
—¿Quién le dijo que era un caballero? Estoy aquí por una razón, justamente porque no soy uno.
—El conde es bastante lógico, milady —lo apoyó Ming asintiendo con vehemencia.
—Solo le pido que no lo esté recordando y publicando a cada paso como si fuera digno de la columna de chismes.
—Es cierto. Le debo esa honorabilidad a mi futura esposa. Olvidemos el pasado y pensemos en el presente que nos espera. ¿Cómo ve su vida de aquí a cinco años?
—Una pregunta digna de considerarla, milord —replicó sorprendida, pero de buena manera—. Me veo como comandante de la guardia real, rodeada de gente capaz e inteligente.
—Baje de ese burro, puede golpearse más la cabeza. Le han vendido una tontería. Es una dama, no siga por ese camino. No tiene futuro —dijo el conde con determinación.
—Es lo acordado.
—Lo acordado sí cumple su cometido, pero ¿y si las circunstancias cambian y no puede lograrlo?
—Tengo en mi mente la firmeza de que, si un árbol está torcido, yo lo enderezaré como sea.
—Es un buen lema, pero no es real. El mal se corrige sacando la raíz.
Usted solo ve la planta por fuera. Imagine que cuando ese mismo árbol que ve hubiese tenido un palo en el brote, sería uno recto; sin embargo, dejaron que se torciera por años sin hacer nada.
Ahora no se puede corregir porque está viejo y duro.
Quizá lo que dice le funcione con una pequeña mata, mas no con algo que tiene décadas.
Mire aquí en este bosque tan diverso. Solo algunos, de cierta especie, son rectos, otros han crecido como quisieron. No todos son iguales.
Sybil observó a su alrededor y comprendió el punto del conde.
No imaginaba la profundidad de sus pensamientos.
Siempre parecía despreocupado y hasta incapaz, pero lo que decía no podía salir de alguien que no entendiera el funcionamiento del mundo.
Definitivamente, la habían engañado al decirle que se casaba con un tonto.
—Es probable que tenga razón —concedió.
—Usted es cuadrada de mente, como toda persona del ejército, y no la culpo. Seguir órdenes e instrucciones es lo mejor que saben hacer.
—No es motivo de vergüenza, ¿o sí?
—Por supuesto que no, pero es limitante no poder pensar por sí mismo.
Me ha pasado durante los primeros años de mi vida.
Después, cuando quise hacerlo, me di cuenta de que estaba equivocado, no entendía el camino del pensamiento.
Ahora puedo hacerlo con solo mirar el cielo.
Mi mente está tan iluminada como el firmamento.
—Creo que tiene una labia envidiable, milord. No considero que se trate de gran inteligencia o entendimiento, es solo manipulador.
—Todo lo que dice puede ser correcto, pero no dude que estoy un paso más adelante. Cuando seamos esposos, me conocerá mejor. Quería preguntarle algo, ¿dormirá conmigo mañana o sigue pensando que no me corresponderá como esposa?
—No cambiaré lo que dije. Para compartir más que un apellido o título, mi esposo debe superarme en todo, solo así conseguirá mi respeto.
—Qué mala suerte tengo. No sé manejar la lanza. He perdido mi tiempo, pero no se preocupe, si mi cama está fría, siempre habrá alguien que desee calentarla.
—Creo que ya escuché esa amenaza. Sería algo a lo que podría temer si tuviese interés en su persona, milord, pero no es el caso.
—Entiendo, pero no se queje de los sonidos de la habitación contigua.
—Ming, sigamos el camino. Los pájaros de esta zona son demasiado habladores y son mal augurio.
Él vio a su prometida y a la doncella seguir el camino.
Se sintió tan rechazado como un buitre. Su esposa podía ser una gran guerrera, pero no era muy lúcida.
Parecía vivir en una burbuja al creer que todo se solucionaba con disciplina y golpes.
Tampoco estaba del todo equivocada, mas eso era aplicable a niños, no a personas de edad más avanzada o de objetivos claros.
De no ser así, el mundo estaría lleno de personas cobardes que deseaban la paz más que el avance hacia la verdadera civilización.
El mundo lo hacían los rebeldes dispuestos a dar su vida por sus metas.
Una vez que bajó del árbol, regresó a su residencia para beber té con tranquilidad.
A veces lo prefería sin masas, solo el líquido.
El sabor honesto le resultaba cálido y reconfortante.
Cogió el libro que dejaba en el salón del té para leer.
En cada lugar de la casa dejaba alguna lectura por si le apetecía, tenía distintos gustos y sus pasatiempos eran limitados. No existía nada mejor que la paz.
—Alteza, el señor Matthews le ha enviado una carta —comunicó Andrew, que entró al salón del té para entregarle la misiva.
—¿Matthews? Ha regresado. ¿Qué querrá?
—No lo sé, milord, pero hasta donde tengo entendido es una mala influencia para usted.
—Nadie puede ser una mala influencia para un maestro en ese arte como soy yo. Él es quien debería mantener distancia.
Él rompió el sello para leer la misiva de una de las personas que conocía en la región. El señor Matthews solo lo superaba por unos cuatro años. Era un adinerado terrateniente de la zona, siempre buscaba la forma de meterse en problemas. Era un inocente.