El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Se despertó la fiera? —indagó Reginald bajando las escaleras para desayunar.

—Milady no ha bajado, pero su doncella le ha llevado alimentos. Es probable que se quede ahí durante todo el día. Me ha dejado lidiando con las personas que ha contratado para la boda. Les dije que comiencen a bajar lo que han traído y a arreglar el jardín para la boda de mañana.

—Pobre de ti, te ha caído del cielo más trabajo adicional. Te compadezco.

—Solo esto me faltaba, pero bueno, es solo por esta ocasión, más adelante tendré menos que hacer con milady en esta casa. Se ocupará de todo lo relacionado con el hogar, y no es poco trabajo. Por fin podré tomar un par de días libres.

—¿Qué es eso de días libres? ¿Piensas dejarme con la fiera y la fierecilla bajo el mismo techo? Cuando regreses, solo encontrarás mis huesos. Qué injusticia, eres un hombre vil y despiadado.

—No tengo descanso desde hace años, vivo peor que un esclavo. Tenga piedad de mí. No me iré lejos, solo reduciré mi carga y beberé más, buscaré un par de mujeres, tendré aventuras de una noche y nada más.

—Tienes muchas ambiciones, Andrew, pero no está mal tenerlas. Eso es bueno para seguir viviendo. Sin ambiciones la vida no parece tan buena.

—Usted no tiene ambiciones, milord.

—¿Quién dice que no? La paz es una ambición poderosa, pero la gente que me rodea hace que la ansíe de cualquier forma: en la vida o en la muerte. ¿Hay algo malo en eso? La ambición no es el problema, son las personas que lo impiden.

—Palabras razonables, milord. Debería escribir versos letales como este. Es tan vivaz y a la vez luctuoso.

—Eso sería anclarme a algo y yo solo quiero ser libre como el viento. Ni escribir un libro podría alejarme de la libertad.

—Lo único que es usted es perezoso. No le gusta hacer nada. Solo falta que lo bañe y con eso todo sería más fácil.

—No es una mala idea. Siento impurezas en mi espalda. Hace falta alguien que la frote.

—¡Alteza!

—Era una broma. Pensaré en ese asunto de escribir frases. Puedo ocupar mi tiempo en eso cuando me siento frustrado por no tener algo que hacer.

Andrew chirrió los dientes con fuerza, quería azotar al conde, pero eso podría considerarse suicidio. Solo podía esperar a que sus sueños de un poco de descanso se cumplieran, al menos en parte, y con eso sería más que feliz.

Una hora después del desayuno, el conde fue a su despacho con Andrew, pero no para trabajar en algo útil, sino para dibujar.

Le gustaba hacer bocetos de paisajes, eso no le parecía un trabajo pesado, le deleitaba poder practicar esa habilidad más que las otras que tenía de manera forzada.

Sus padres lo habían instruido con todo lo que podían, como si él no tuviese vida para gastar en algo bueno, solo para estudiar.

A eso siguió su rebelión, era una forma de mostrar su hartazgo y desacuerdo con lo impuesto.

Ir contra la corriente se convirtió en su forma de vivir la realidad y en todo el tiempo que le quitaron.

Quizá fuese inmaduro, pero su mente estaba cansada de todo y por ese motivo intentaba evitar cualquier esfuerzo mental.

***

Una vez recuperada, Sybil bajó a hurtadillas para encargarse de las cosas del matrimonio.

No podía dejar que sus ideas fuesen pisoteadas por el sirviente del conde.

No había bajado antes porque sentía mucha vergüenza después de lo que había hecho la noche anterior.

No podía creer que fuera tan atrevida. Quiso tomar ventaja y lo único que terminó ocurriendo fue que aterrorizó a su futuro esposo por unos largos y eternos minutos al querer sacarle ventaja a la situación.

Se dejó nublar completamente por la pasión y un efecto carnal desatado por el beso.

La verdad era que no se animaba a mirar a Reginald a la cara.

No solo demostró que su virtud era una cosa dudosa, sino que también mostró que era una pésima perdedora.

—Mira a través de la ventana, Andrew. Alguien decidió dejar de ser un animal de la oscuridad. La fiera está en el jardín corrigiendo tus instrucciones… —comentó Reginald con una sonrisa ladina en el rostro mientras ajustaba la imagen de su boceto.

—Ya era hora de que milady se hiciera cargo de sus problemas.

Suficiente tengo con lo que usted me da.

Gracias a Dios no hemos tenido que desembolsar nada para la boda, de lo contrario, nada de lo que ella hace podríamos llevarlo a cabo.

Creo que antes del atardecer ella pedirá a los sirvientes que vayan a cazar, pues ayer no trajo carne, supongo que porque pensó que podría descomponerse y desea la carne fresca de algún venado o jabalí.

Debo preguntar en la cocina qué es lo que se preparará.

—Ve y averigua todo lo que puedas sobre mañana, hasta quiénes serán los invitados. No quiero pecar de tonto sin conocer a la gente.

—Sí, milord.

Andrew fue a la cocina a curiosear. La cocinera que había llevado lady Sybil no escatimó en contarle todo lo que harían y para cuántas personas sería el banquete. Al saberlo, el sirviente regresó un poco más pálido que de costumbre junto a Reginal.

—¡Alteza, Alteza! —vociferó colocándose a su lado.

—¿Qué quieres? ¿Tanto alboroto por un menú de matrimonio?

—Ese no es el problema, sino la cantidad de personas y de dónde son.

—Estoy seguro de que serán pocos. No tengo muchos amigos en este lugar. Puedo contarlos con la mitad de una mano y me sobrarían dedos.

—Sé que no tiene amigos, pero sí tiene enemigos, personas que lo odian. Los sirvientes de milady invitaron a sus arrendatarios iracundos. Ya no podrá seguir escondiéndose de ellos. Su tiempo de gracia al parecer acabó, alteza. Se viene un día muy difícil para usted si debe tratar con ellos.

—Qué alharaca. No se atreverán a nada el día del matrimonio, te apuesto una de mis botellas de buen whisky que me obsequió mi prometida.

—Parece que tendré una botella para mí solo. Creo que lo van a desollar. Debería conversar con milady sobre este problema. Quizá ella quiera lidiar con estas personas.

—Esa es la idea. Dejar que mi querida esposa lidie con esos parásitos mientras tú y yo recorremos la propiedad para despejar nuestras mentes de los años difíciles que tuvimos.

Hemos salido ganadores gracias a la poca astucia de mis padres.

Tendremos a una mujer que nos mantenga y haga todo el trabajo sucio por nosotros.

Ahora comprendo que desde un principio tuviste razón.

No todo en esto podía ser malo, que algo bueno podía salir y qué mejor que esto.

—No cante victoria, porque usted solo está pensando en un lado de la cuestión y ha olvidado que existe el otro y puede llegar a ser bastante hostil.

No crea que podrá aprovecharse de milady, es inteligente, tal vez solo le siga el juego por un rato para después sacarle hasta el aliento con órdenes dadas a diestra y siniestra.

Confiarse es dormirse en los laureles y eso podría resultar contraproducente. Todo debe ser lento.

—Definitivamente te ascenderé a consejero.

—Milord, soy todo, incluso su consejero desde hace años, solo que no me ha dado una buena oportunidad para aconsejarlo correctamente.

Siempre está persiguiendo el mal y eso es difícil de cambiar para cualquiera, y más para mí, que tengo muchas funciones que cumplir. No siempre estoy en todo lo que hace.

—Lo sé, pero, aunque esté equivocado, tú me apoyas y me consuelas cuando todo sale mal. Eso no lo haría cualquiera. Cuando nuestra suerte cambie, te premiaré generosamente con medio día libre.

—No se le vaya a quebrar la bolsa de generosidad que tiene con eso que me ofrece. De hecho, desearía que lo reconsiderara por algo que no parezca venir del hombre más tacaño de Inglaterra. Usted no es un contador, milord.

—Pero sé las mañas de todos esos. Me faltó poco para dominar las artes de un letrado, puedo defenderme bien. Creo que para ese punto ya me sentía cansado y decidí no prestar atención, pero podría defenderme de cualquier acusación con mucha inteligencia.

—Entiende a lo que me refiero. Debe ser más generoso.

—Para ser generosos hay que tener algo que dar y yo como mucho tengo sueño y pereza.

Puedo darte cualquiera como compensación, pero dinero no me saca nadie ni si me pones cabeza abajo, de hecho, los ayudaría a buscar dinero por si se enconde de mí.

En este tiempo no me sorprendería que hasta el dinero decidiera huir.

Mis bolsillos están llenos de polillas. Lo bueno es que milady ha sido generosa y me ha obsequiado ropa.

Creo que vio que me encuentro pasando momentos de necesidad.

—Lleva años de momentos de necesidad. Hasta lo surtió con alcohol. Sí que es generosa para hacerlo más vago de lo que ya era.

—Exageras. ¿No tienes algo que hacer con las finanzas de este lugar?

Puedes pedirle a mi prometida que nos dé una financiación.

No tenemos una moneda después de la compra de granos para la siembra.

Dentro de varios meses volveremos a ver vestigios de ese dinero si es que los arrendatarios juegan a nuestro favor.

—Lo dudo mucho, milord. Esas personas quieren su cabeza, no se haga muchas ilusiones.

—Si quieren esos granos cooperarán. No hay magia ni maña, es cuestión de inteligencia y necesidad. Pueden crucificarme, pero no significa que comerán en el futuro, solo soy humano, no Dios.

—Me pondré a trabajar en algo útil mientras usted se divierte.

—Me cansé de hacer bocetos, iré a incomodar a lady Sybil. Me está evitando como si fuese algo en mal estado. Solo daré un par de vueltas por el jardín.

—No se exceda escandalizando a milady. Recuerde que ella casi lo somete y termina abusado, de no haber tenido suerte cuando aquella se quedó dormida.

—Me resistí por mi espíritu virginal. Tuve un ataque de virtud.

Reginald fue hacia el jardín y solo hizo lo que mejor sabía: pasear de forma despreocupada por su propiedad, aunque muy cerca de la joven para alertarla de su presencia.

—Milady, es el conde. Está recorriendo y la observa…

Sybil miró a su alrededor con cierto temor y vergüenza.

Cuando las imágenes de la noche anterior invadían su mente, no sabía en qué lugar meter la cabeza.

Fue una locura lo que hizo. Nunca pensó que se dejaría llevar.

Desde ese día cada vez que viera al conde su rostro se teñiría de rojo.

Ni siquiera se animaba a levantar la cara, por eso fingiría dirigir a los trabajadores.

Con el rostro de sinvergüenza que utilizaba en todas las ocasiones en las que quería lograr algo, se acercó a la joven a hurtadillas…

—¡Buenas tardes! —exclamó Reginald, que cogió a la joven de la cintura.

—¡Alteza! —expresó escandalizada al sentir las manos de ese hombre en su cuerpo.

—Mi amada, desde ayer la veo con otros ojos. La veo cansada, ¿no le apetece un paseo conmigo?

—Estoy ocupada, milord, mañana es el matrimonio y el tiempo apremia. Debería ir a conversar con el vicario.

—Él ya sabe lo que tiene que hacer. Solo faltamos usted y yo. Oí que invitó a mis arrendatarios. Quería preguntarle si esto es un complot para que me maten. Usted sabe que ellos no me tienen en alta estima.

—Es corto de miras, milord. Los invito para que no crean que usted los odia. Este es un favor. Además, sé que ya ha comprado las semillas para plantar, se lo contaremos mañana y lo verán con otros ojos.

—Puedo ser corto de miras, pero jamás ingenuo.

Le digo que con eso no los complacerá. Son vagos y solo quieren dinero, no están dispuestos a trabajar como usted cree que lo harán.

Llevo tres años aquí y hemos tenido problemas con las cosechas.

La naturaleza ha sido dura, desde sequías crueles hasta lluvias abundantes.

Se les han dado las herramientas, pero ellos quieren mucho más.

No he recibido dinero de venta de grano en este tiempo.