El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El día de la boda…

Andrew despertó temprano al conde para prepararlo. El pedido especial del vicario era tener al hombre antes de la ceremonia para acordar los últimos ajustes, no quería decir que deseaba evitar que el novio se diera a la fuga.

Reginald estaba sentado en la cama, bostezando y cerrando los ojos como si hubiese madrugado; sin embargo, solo se había despertado un poco antes de lo habitual, y para él eso era peor que haber trasnochado.

—El vicario sabe que no tengo a dónde escapar. No hay razón para ir tan temprano a sufrir. Ese falso hombre de Dios debería sentir compasión por este caballero que se unirá a una mujer que quiere matarlo a toda costa.

—Alteza, tenga cuidado con su boca. Usted mismo se pone en aprietos desafiando a milady. Ella es decidida. Ahora no se dará por vencida con el asunto del caballo.

—Ay, ya he pensado en varias soluciones.

—Son parches, alteza, no podrá inventar nada que la haga dejar de pensar en subirlo a un caballo.

—Qué difícil es llevar una vida relajada.

A toda costa alguien quiere hacerme trabajar o pensar.

¿Acaso yo los molesto, por eso se ensañan conmigo?

Solo quiero vivir tranquilo y no me dejan.

Aténganse a las consecuencias cuando pierda la paciencia, perderla es malo para la salud ajena porque sabrán de lo que soy capaz con tal de mantener mi estilo de vida de mendicidad.

—No puedo hacerlo cambiar de opinión en nada, me rindo con usted. Es un hueso duro de roer.

—Bien, hoy termina mi soltería. Tampoco me ha servido de mucho, ni siquiera para mantener la paz por más de tres años. Los problemas me buscan; ahora, con forma de mujer, no hay escapatoria. Es cuestión de aprender a lidiar y que me quite la menor libertad posible.

Una vez que terminaron de prepararse, el conde desayunó solo en la habitación.

Después él salió en el carruaje con Andrew rumbo a la vicaría.

Para su buena suerte, su futura esposa tenía su propio coche para llevarla hasta el altar.

Lastimosamente, ella tampoco faltaría al evento que los uniría hasta que la muerte los separara.

Al llegar a la sacristía, el vicario estaba vestido con sus mejores galas y el lugar decorado con elegancia.

—Veo que el dinero sí alcanzó para algo decente. Pensé que el vicario sería rencoroso y me dejaría mal parado —habló Reginald haciendo una inclinación de cabeza para saludar al hombre.

—Buen día, lord Riverdale. Es bueno tenerlo aquí. El dinero ha alcanzado de maravilla. Estoy invitado al banquete después de la boda. Qué afortunado, milord. Recuerdo que se quejó de su futura esposa.

—Sí, me quejé, pero nunca dije que fuese tacaña. Es una dama generosa.

—Esa es la actitud para un matrimonio duradero. Es bueno que esté sentando la cabeza y dejara el mundo de pecado y concupiscencia en el que vivía…

—¡Reginald! ¡Reginald! —exclamó una voz conocida.

Tanto el conde como el vicario lo oyeron y vieron al señor Matthews acercándose con presteza.

—¡Sube al caballo y huye! No estás seguro de desear este matrimonio, lo mejor es no cometer errores…

—Señor Matthews, usted no echará a perder este matrimonio. Ya han pagado por él. Usted es un rufián de poca monta que intenta llevar al conde por el camino de la perdición —lo acusó el vicario.

—¿Cuál perdición? Intento que no cometa un suicidio. Vamos, amigo, puedes quedarte en mi propiedad, nadie puede obligarte a esto.

—Oye, Arthur, sé que te preocupas por mí, pero me casaré. Es un hecho casi consumado —intentó calmarlo Reginald.

—¡Oh, no! ¿Qué te han hecho? Te prometo que nadie te hará daño en mi casa, vivirás mejor que un rey si me escuchas.

—Mi buen amigo, estoy bien. Me casaré con una fiera, pero no es un inconveniente mayor.

—Oiga, usted, señor Matthews… —El vicario lo cogió de una oreja—.

No intente ensuciar la honra de este futuro hombre.

Debería estar considerando seguir su camino.

Además, ¿dónde está la donación que me prometió?

Lleva meses desaparecido. Siendo un gran terrateniente y un hábil comerciante, se atreve a estar a Dios.

—¡Por supuesto que no, vicario! Estuve fuera por negocios, pero mi asistente le traerá el doble del dinero acordado. No puede cerrar mi camino al cielo por estar trabajando.

—Usted no irá al cielo ni si me soborna con todo el oro del mundo. Debería ser consciente de sus limitaciones. Es un libertino sin calzón alguno, un desvergonzado.

—No peleen, Arthur, vicario. Hoy es mi matrimonio. Si no estoy lamentando este asunto, nadie debería hacer un escándalo. Es un día de cristiana resignación. No hay mucho que hacer ni que decir. Al condenado hay que darle su última comida y bebida.

—Soy tu solución; si coges mi mano, nos iremos a otro condado y nadie te obligará a nada —insistió su amigo.

—Es inútil. No puedo humillar a una dama del rango de milady. Es peor que un sabueso; me rastreará, matará y devorará mi carne. Es mejor intentar llevarse lo mejor posible con ella.

—Reginald, ven, necesito hacerte unas preguntas… —pidió Arthur que lo cogió del antebrazo para llevarlo detrás de la vicaría. Una vez lejos, continuó—. ¿Por qué aceptas?

—No me queda otra. Es una orden de arriba. Ya intenté hacerme pasar por muerto. Estuve a punto de ser enterrado vivo. Esa mujer sabe muchos trucos. No es muy inteligente insistir al saber que es una batalla perdida. Es cuestión de saber escoger qué batallas librar.

—Si no puedo convencerte, al menos te desearé suerte en la noche de bodas.

—Eso no existe en su vocabulario. Me ha dejado claro que no permitirá que la toque si no mejoro mis aptitudes.

—¿Eso dijo? ¿Quién se cree? No te preocupes. Te enviaré esta noche a dos mujeres hermosas para que no te sientas solo.

—Esa es una buena idea para enviarme más rápido a la muerte.

—Quizá le dé envidia que otras te complazcan. Es un plan de doble filo, puede salir tan bien como mal, amigo.

—La idea de matarme es solemne, pero creo que conseguiré algo con tu plan. Envía a las damas esta noche. Veremos qué es capaz de hacer esa mujer si intentan tocar a su esposo —alegó el conde con una sonrisa burlona.

***

En la residencia de Reginald, Sybil se preparaba para lo que sería el día de su boda.

Ming se esforzó para que ella pareciera una dama más femenina que de costumbre, pues le colocó flores en el cabello, al igual que las joyas que eran herencia materna, eran muy valiosas y su padre se las había entregado para esa ocasión, porque ella no acostumbraba a usarlas debido a que eran ostentosas y no concordaban con la imagen de mujer ruda que quería proyectar.

No usaba pantalones para no provocar la ira de su padre, pero sus vestidos estaban diseñados para que pudiese moverse sin soltura por las costuras en la entrepierna, haciendo que nada pudiese verse al hacer movimientos bruscos.

Tuvo que hacer muchos trucos para proteger el honor familiar.

El matrimonio era la última forma de cumplir con todos los requisitos para ser considerada una dama y darle orgullo al gran general.

—Usted no parece la de siempre, milady —comentó Ming, halagando la belleza de Sybil.

—Es que debo arreglarme más por ser un día distinto. Una mujer solo se casa una vez.

—¿No le parece triste no poder escoger a un hombre que le agrade?

—¿Crees que una mujer puede escoger lo que desea?

Muchas no, pero yo sí pude. Tengo intereses aquí.

El caballero no es exactamente el premio mayor, sino su estatus y lo que puedo ganar a través de él.

El conde es quien no pudo escoger. Sé que jamás me hubiese escogido de tener la oportunidad para hacerlo.

Soy como un castigo divino que acepta porque no tiene nada mejor que hacer.

Para este hombre solo soy una molestia, en cambio, para mí, representa mis ambiciones inalcanzables. Juntos podríamos conseguir mucho.

—Él no parece querer conseguir demasiado. Debe convencerlo de que se suba a su barco, milady, o este matrimonio solo será un calvario para usted al no poder regresar a Londres.

—Es cierto, pero esto recién empieza. Asustarlo el primer día solo resultó en rechazo. Es mejor encontrar un punto en el cual presionar antes de intentar matar a lo loco.

—La estrategia es su fuerte, milady. Iré a averiguar cómo hacer la logística para ir a la vicaría.

Mientras Ming se retiraba, Sybil se observó en el espejo y apenas se reconoció.

Parecía una joven que jamás conoció las peripecias de los enfrentamientos armados, pero al mirar sus manos sin haberse puesto los guantes, podía notar los callos de su entrenamiento duro.

Los demás no se esforzaban tanto como ella, que, por ser mujer, debía hacer el doble para sobresalir.

—Milady, el conde y su ayuda de cámara ya se han ido. Dicen que usted puede ir en su carruaje. ¿No cree que el conde pudo haber escapado?

—No, le gusta el dinero, le faltan recursos y no quiere ensuciar su, de por sí, paupérrima reputación.

—Confía demasiado en él. Yo no, porque la emborrachó para aprovecharse.

—Ya te dije que él no tiene la culpa de nada. Fui yo quien bebió más de lo debido.

—Hoy tal vez quiera volver a aprovecharse de usted.

—Él sabe las condiciones para que pueda calentar mi cama. No tiene posibilidad alguna. Es alguien que ni siquiera intentaría proponer algo así. Es consciente de sus limitaciones.

—Con usted no se puede hablar mal de él, lo defiende por cualquier motivo. Es injusto, milady. Prefiero que lo atraviese con su lanza para que no la haga infeliz.

—Para mí educarlo será un pasatiempo. Con tal de no hacer cosas convencionales de las damas, puedo pelear con él por muchos años. Vámonos, es momento de dar este paso antes de arrepentirnos.

Sybil fue hasta el carruaje que la esperaba para llevarla a la vicaría.

Subió con tranquilidad, esta situación no le generaba nerviosismo, pues ya había abierto su mente a lo que viniera.

Todo sería por superar las barreras para su ascenso a lo que deseaba: ser alguien importante.

Este era un escalón necesario, educar a su esposo para recuperar su título era el siguiente que debía subir.

Los invitados llegaban a la vicaría. Los terratenientes de la zona fueron a curiosear, mientras que los arrendatarios miraban con desagrado a Reginald.

Andrew hacía el trabajo de recibir a la gente, al igual que el señor Matthews, mientras el conde se escondía detrás de la compañía del sacerdote.

Si llegaba a poner un paso fuera de ese lugar, era probable que lo linchara.

Su oportunidad de supervivencia era la futura condesa.

Su carácter podría servirle para mantener a raya a sus detractores.

—¡Llega la dama! —anunció uno de los sirvientes de la sacristía.

—Es el momento de conocer a la futura condesa. Veré qué clase de mujer es para que usted le tenga cierto temor —habló el vicario en tono burlón.

Reginald imaginaba que no iría a ese lugar con la rudeza con la que estaba acostumbrada a ir por la vida, sino que parecería una verdadera dama. Quedaría en ridículo y lo sabía. El vicario se burlaría por levantar falsos contra una dama como Sybil.

Una vez que la vio entrar con una caminata tranquila, se sorprendió al verla más bella que en todos esos días que llevaban conviviendo.

Sabía que tenía gran belleza, pero en esa oportunidad estaba arrebatadora.

Todo lo que llevaba puesto hablaba de delicadeza.

Lo hacía olvidar por un segundo que esa era la misma mujer que casi le arrancó una oreja y que intentó desvestirlo con una daga. En verdad no parecían la misma persona.

Cuando Sybil entró y vio a tantos desconocidos, sintió nervios por primera vez.

La única figura reconfortante era el conde, que estaba al lado de un hombre de unos treinta años con porte serio, ese debía ser el vicario.

Su futuro esposo estaba vestido con gracia y elegancia y su cabello estaba arreglado. Por fin parecía un príncipe.