El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

—¿Entonces ahora iremos al estudio? No me emocione tanto, me siento como un duende al final del arcoíris con un montón de oro en un baúl. Qué fortuna la mía.

Él no dudó en salir con más ahínco de la habitación. Sybil negó con la cabeza y lo siguió. En esta ocasión no tuvo tiempo de decirle ni una sola palabra porque aquel ya fue a buscar lo que no se le había perdido.

El conde llegó hasta el umbral del despacho y abrió la puerta para esperar que Sybil hiciera su entrada para mostrarle lo que había comprado para él.

No podía quitarle el mérito de emocionarlo, se había esforzado por llevarse bien con un desconocido y Reginald no tenía intención de llevarle la contraria.

Estaba cómodo con este arreglo que tenían.

La joven dio unos pasos en el despacho y abrió uno de los muebles del lugar. Ahí estaban unas cinco botellas del mejor whisky que se podría encontrar en ese lugar.

El príncipe corrió hacia el mueble y sacó una de las botellas. Abrazó con fuerza aquel vidrio con la bebida dentro. Sentía que nadie se había preocupado tanto por mantenerlo feliz, solo una extraña.

—¡Oh, cariño mío! —exclamó con los ojos cerrados.

—Milord, es una botella inerte, ¿está seguro de sentir algo? Quizá sea una sobria ignorante que no entiende de sentimientos de un alcohólico —opinó Sybil alzando una ceja.

—¿Quién dijo que estaba hablando de la botella? ¡Estoy hablando sobre la mujer que el diablo me envió y que el cielo bendijo! Usted, milady, es mi verdadero amor, me entiende como nadie. Pida lo que quiera y, si es algo mortal que no implique dinero, puedo cumplirlo.

Solo unas botellas de whisky lograron borrar cualquier voluntad del conde. No sabía si eso era bueno o malo, porque no podía colocarle una botella en la cara cada vez que necesitaba ordenarle algo, pero le daba a entender que tenía predisposición y quería cosas sencillas.

—¿Qué opina de estudiar y con el tiempo regresar a Londres?

—No me molesta estudiar, pero a Londres no vuelvo, salvo cuando la hierba en las tumbas de mis padres esté muy alta.

—Entonces no cumple con lo que dice.

—Dije que puedo estudiar, aunque no lo necesite. Tengo veinticinco años, sé muchas cosas, no soy un ignorante.

—Ah, ¿sí? Entonces, cuénteme lo que sabe…

—Si se sentara a beber conmigo, se lo diré. Sé que no es apropiado que una dama beba algo tan fuerte, pero imagino que usted sí sabe beber whisky.

—No se equivoca en su apreciación, milord. Es cierto que sé el arte de beber este líquido tan solemne.

—Entonces no escatimaré en servirle mientras conversamos.

Él sirvió dos copas y le indicó a la joven que se sentara, aunque Reginald prefirió sentarse en la alfombra del suelo junto a las piernas de Sybil antes que en un sillón.

—Debería sentarse como lo haría un caballero, milord —lo reprendió Sybil.

—Estoy en mi casa, ¿para quién debo guardar las apariencias? Usted es mi futura esposa, conocerá no solo mis malos hábitos, sino también mi figura mejor que nadie. No me interesa impresionar y menos a personas inexistentes, salvo que tengamos fantasmas entre estas cuatro paredes.

—Puede no seguir las reglas aquí, pero debería cuidar sus modales. Llevo un día aquí y usted ya habla de intimidad.

—Soy consciente de lo que dijo sobre eso, pero cambiará de opinión muy pronto. Soy todo lo que una dama puede desear.

—Ni siquiera le dio un sorbo a su copa para ponerse a desvariar, milord. Se tiene mucha confianza.

—¿Y si hacemos una apuesta?

—Es un asunto vidrioso, pero no significa que sea prohibido.

—Apuesto a que puedo hacer que duerma en mi cama esta misma noche…

Sybil que había tomado un sorbo de whisky lo escupió al instante y comenzó a reír.

—Esta apuesta la tengo ganada. Por confiado tendrá que someterse a mí. Mi misión será mucho más fácil de lo que pensaba.

—No sé quién de nosotros tiene demasiada confianza, pero puedo asegurar lo que digo.

—Acepto. Apuesto a que no terminaré en su cama y que usted será más obediente que un perro.

Su mayor secreto era que ninguna bebida era capaz de hacerle perder el conocimiento, ni siquiera una botella del mejor whisky, por eso tarde o temprano ella caería primero en la borrachera. Era ingenua por confiar en un rufián en recuperación.

—Ahora dígame, ¿con qué me sorprenderá sobre el estudio? —indagó la joven.

—Sé jugar ajedrez, soy un prodigio.

—¿Un juego de tácticas y estrategias? Imposible —declaró incrédula—. Le aseguro que no puede superarme.

—Siento que, si apuesto, la dejaré en la ruina moral y no podrá levantarse.

—Entonces no apostemos, solo juguemos. ¿Qué le parece?

—Acepto el desafío, pero para jugar tendrá que sentarse en el suelo a disfrutar de la tranquilidad de la libertad física.

—Es su casa y son sus reglas.

—Traeré el tablero. —El conde se levantó y fue hacia el cajón del escritorio. Ahí tenía un tablero de cristal, uno que se había negado a vender en un momento de necesidad porque le gustaba demasiado para deshacerse de él.

—Un poco excéntrico. Clásico de un príncipe… —declaró Sybil al verlo ubicando las piezas en el tablero.

—Es una de las pocas cosas que conservo de mi vida anterior. El resto sirvió como comida y salarios.

La joven se ubicó para comenzar el juego, y mientras lo hacía, sorbía de su copa con tranquilidad. No confiaba en que el conde pudiese ganarle. La gente decía que era un tonto, eso debía asegurarle una victoria sin mucho esfuerzo.

Durante los primeros movimientos, Sybil se confió más de la cuenta pensando en que lidiaba con un principiante, pero a medida que el juego avanzaba y la copa se vaciaba, entendió que había caído en una trampa perfecta tendida por un estratega del ajedrez.

Ese juego ella lo dominaba, aunque al parecer no lo suficiente como ese hombre.

—Jaque mate, milady.

—¡No puede ser! ¡Cómo lo hizo!

—Su idiosincrasia me dio la victoria. Si no hubiese creído en mi mala reputación, no estaría tan desprevenida.

—No es posible. Soy una excelente jugadora. Me enfrenté a toda la corte desde que nací. ¿Cómo ocurrió esto?

—Milady, los mejores talentos no siempre están en la corte.

Muchos pusieron en jaque mis habilidades en las tabernas y burdeles.

No toda experiencia es mala. Aprendí sobre todo.

No crea que en esos lugares no existían eruditos y otros literatos.

La política abundaba y los estrategas militares se colgaban por los salones.

No crea todo lo que dicen de una persona.

—Es una grata sorpresa saber que es bueno en este juego; sin embargo, exijo una revancha. Puedo ganarle sin los prejuicios anteriores. Ahora ya sé a qué atenerme.

—Le daré otra oportunidad para humillarse…

El entrecejo de la joven se frunció ante lo que este hombre decía. Sí que en esa estancia se llevaba a cabo una gran guerra de egos, pero ella no estaba dispuesta a ceder un solo paso.

Para mala fortuna de Sybil, el segundo juego terminó igual que el primero, aunque con el agravante de que bebió más de lo debido.

—¡Es injusto! ¡Lo mataré! —vociferó poniéndose de pie.

—¡No me mate! Tenemos que casarnos, no puede ser viuda antes de eso.

La dama quiso golpearlo, mas antes de hacerle daño terminó cayendo en sus brazos. Estaba demasiado mareada para comandar su propio cuerpo. Reginald no pensaba soltarla, la tenía en un buen lugar, dejarla ir sería una tontería. Llevaba tiempo sin estar con una mujer en ningún aspecto.

—Usted no puede estar de pie y quiere matarme, es ridículo, milady.

—Quite sus sucias garras tramposas de mí. No debí darle ningún obsequio.

—No sabía que tenían una contraindicación, de haberlo sabido, no los aceptaba de tan buen grado. Espero que en verdad no se arrepienta de lo que me dio, porque me ha encantado… —Él cogió el mentón de Sybil y llevó su boca hacia los labios de esta—. Veremos si es más dulzura o más veneno, milady.

Antes de que Sybil tuviese tiempo de negarse, el conde se apoderó de ella con un beso suave y tibio. No tenía otras pretensiones más que no desaprovechar algunas oportunidades que daba la vida, un acercamiento tan inocente no le hacía daño a ninguno de ellos.

Ella estaba tan atontada por la bebida que apenas percibía correctamente lo que ocurría a su alrededor.

Sabía que estaba con el conde, jugando y bebiendo, pero la rabia por haber perdido dos juegos la cegó.

No estaba acostumbrada a perder y por eso perdió los estribos.

Estar en sus brazos primero la molestaba, mas cuando este se acercó demasiado, no pudo negarse porque ni siquiera comandaba su propio cuerpo.

Su boca se movía al mismo ritmo que el de Reginald.

Nunca la habían besado y la sensación que recorría su cuerpo ni siquiera una fuerte borrachera podría hacerla olvidar.

Era demasiado placentero, por esa razón respondió con más ahínco a las intenciones de su prometido.

Cuando Reginald sintió que el beso se profundizaba más y que una de las manos de la joven escalaba por su pecho, se detuvo para alejarse un poco, pero ella no lo dejó escapar ni un centímetro. Lo sujetó con fuerza y lo llevó de nuevo hacia su rostro.

—¿No dice que es bastante macho, príncipe? Veamos qué tiene para ofrecer…

Después de decir esa frase, sintió que la otra mano de la joven bajó hasta su entrepierna, lo que hizo que Reginald diese un salto como una jovenzuela aterrorizada.

—¡Milady! —exclamó escandalizado por su actitud. Pese a no ser virgen, no estaba acostumbrado a que las damas tomaran la iniciativa.

—Lo que decían los soldados sobre el tamaño puede ser cierto. Siempre los oía decir que esa era la mayor virtud de un verdadero hombre… Vamos a comprobarlo hoy mismo.

—¡Oiga, oiga! —Él corrió hacia el otro extremo del despacho—. ¡Faltan dos días para nuestra boda! ¿Olvidó sus propias palabras? Usted dijo que no me tocaría.

—Pero yo no lo toqué, usted se ofreció. —Ella caminó tambaleante hacia él con una sonrisa ladina en el rostro—. Espero disculpe mis modales, crecer en el ejército tiene sus desventajas.

—Por supuesto que la disculpo, milady, es solo que… ¡Milady! —gritó al ver que ella se arrojó sobre él hasta echarlo al suelo e intentó quitarle la ropa—. ¡Soy inocente!

—¿Inocente? No le creo mucho, pero por si lo fuera, me gustan los inocentes y, si no lo es, me gustan los sinvergüenzas.

Ni siquiera la misma Sybil sabía de dónde sacaba el valor para perseguir a un caballero. Solo sabía que esa persecución era excitante y que esa sensación de quemazón en su cuerpo solo se sofocaría con el cuerpo de Reginald.

—¡Ayuda! —vociferó esperando que alguien lo salvara, pero ella le dio una ligera bofetada para que guardara silencio.

—No hace honor a su nombre, príncipe. ¿No era usted un libertino?

Me vendieron gato por liebre. Ahora me di cuenta de que me dejé engañar terriblemente.

Primero me gana en el ajedrez, después resulta no ser un tonto y ahora me dice que es un hombre virginal y no un libertino con el miembro agusanado.

Ya no sé qué creer —dijo burlona. Su sonrisa borracha la hacía parecer delirante.

—¡No se me agusanó nada! —refutó indignado llevándose ambas manos a la entrepierna para taparse. Se sentía juzgado.

—¡Eso debo comprobarlo!

La dama intentaba bajarle el pantalón a cualquier precio, mientras que él trataba de no ser violento con ella y huir con la mayor dignidad posible, pero las cosas no estaban resultando así, entonces la empujó a un lado, intentó incorporarse del suelo; sin embargo, aquella lo cogió de su bota y lo arrastró hacia ella con poco esfuerzo.

Suponía que debería alimentarse mejor si una mujer pudiese con tanta fuerza someterlo.

—¡Andrew!

—Qué grito, milord. Es demasiado cobarde, ¿qué le parece si se queda quieto? —preguntó Sybil, que le colocó una daga en el cuello al príncipe.