El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

—Qué injusto, su alteza. Su plan es tan cruel… jamás pensé que me usaría de ese modo.

—Es que necesito paz. Desde que pisé estas tierras supe que mi vida cambiaría para bien.

¿Quién en su sano juicio iría a la ciudad para vivir como alguien a quien deben ordenarle todo?

La última cosa a la que mis padres pueden obligarme es a este matrimonio con lady Sybil.

Después no quedará nada. Si esta mujer quiere quedarse, que lo haga, yo continuaré con mi idea de ser libre.

Nada me hará volver o me atará a Londres.

—Mmm… Milady pertenece a un peón de la princesa, no debería conservarla.

—Mataron a los bandidos, matarla es casi imposible. Lo mejor sería hacer que pase a ser nuestro peón, ¿no te parece?

—Eso es algo que veo casi imposible, alteza. ¿Cómo piensa lograrlo?

—Mira este cuerpo, esta carita y lo que tengo entre las piernas.

Nada puede ser más tentador que yo. Tengo la confianza suficiente para que ella haga todo lo que le pida.

¿No has visto cómo cede? Nos da dinero y hace cosas que nadie le ha pedido.

Parece que está tomando el control, pero me está haciendo un gran favor al sacarme las cargas que no necesito.

Todo esto lo conseguí hablando con la verdad.

No he dicho una sola mentira, ni engañé sobre mi situación.

La tengo bajo mi influencia, aunque aún necesito que se empape conmigo.

—Me sorprende cómo piensa. En un solo día aceptó su desgracia e hizo un plan de respaldo. Lo subestimé, su alteza. Ahora lo considero más que inteligente, es audaz.

—Me sobra tiempo, algo debería sacar de eso, ¿o no? Aceptar el destino no es fácil, me falta saber cómo afrontar los futuros castigos que tendré. Esos baúles no son un chiste. En algún momento pondré a prueba a milady para saber hasta dónde podría llegar para controlarme.

—Debemos esperar a que regrese para saber qué ha estado haciendo en el pueblo. Puede que eso lo use para intentar manipularlo.

—¿Con qué podría manipularme? No tiene nada de valor que me interese, salvo el dinero que ha traído.

La convertiremos en una gran inversionista, o, mejor dicho, una gran pagadora de nuestros gastos.

Al cielo hay que agradecerle las bendiciones.

Ordena a la cocina que cacen algo. Quisiera pastel de carne para la cena.

Espero que eso le guste a milady. No quisiera perder a mi financiadora por un pequeño error de menú.

—Sí, me encargaré de eso. Con permiso.

Durante el resto del día, Reginald se centró en no hacer algo útil.

Después del desayuno se entregó a los placeres de la naturaleza junto a su árbol favorito.

No almorzó por dormir en las ramas, mientras observaba el cielo azul imaginando formas en las nubes.

No estaba interesado en ser un gran pensador, se conformaba con poco en la vida.

Conoció la abundancia de dinero, pero la carencia de cariño y personas verdaderas.

Prefería las praderas verdes en primavera y el frío que calaba los huesos en invierno.

Las hojas caídas en otoño eran representantes de la pureza del ocaso de otra estación.

El tiempo pasaba de manera diferente y lo disfrutaba más que compartir la cama con una mujer.

Durante la hora del té comenzó a preguntarse si lady Sybil prefirió regresar, pero un sirviente le confirmó que ella misma había previsto que estaría en la propiedad entrando la noche por todas las actividades que debía hacer.

Cuando la vio regresar con los sirvientes llenos de compras a sus espaldas, entendió que aquella fue a derrochar una gran fortuna. Abrió las cortinas para observar el carro que estaba afuera lleno de más cosas.

—Disculpe que recién le saludé, milady. Estuve durmiendo cuando salió —dijo Reginald desde la ventana.

—Buenas noches, príncipe. Fui a comprar muchas cosas. Después de la cena espero que vaya a su habitación para que pueda enseñarle lo que he comprado para usted.

El joven conde abrió los ojos con sorpresa y sonrió.

—¿Me ha comprado algo? —preguntó y se acercó con rapidez.

—Sí, un par de cosas que espero sean de su agrado.

—No podré comer si no sé de qué se trata.

—Lo sabrá pronto, no coma ansias, son cosas para el matrimonio.

Él alzó la ceja pensando en qué podría interesarle de lo que ella llevara.

—Ah, entonces puede que quede decepcionado. No sé qué podría traer que me agrade y que sea para un matrimonio que no queremos.

—No todo puede ser malo. Le aseguro que quedará feliz, puedo apostar mi vida a ello.

Sybil estaba más que segura de que con un poco de whisky y ropa decente podría tratar con él y convencerlo de que se convirtiera en un hombre de verdad.

Debía probar todo tipo de señuelo con el que pudiese pescar al caballero para que se hiciera príncipe otra vez y le diera su puesto, que sentía merecer.

La joven fue a cambiarse en su habitación, mientras Ming guardaba el ajuar que compró para ser una novia decente en un lugar que no lo era tanto.

—¿Cree que con esto podrá ganarse al príncipe? Él debe estar acostumbrado a cosas imponentes, milady.

—Mira cómo vive y dime qué cosas imponentes ves.

Ahora que dice amar el campo y la naturaleza, disfruta de la sencillez, por eso preferirá el whisky y una ropa que le quede bien.

Un príncipe no debe vestir como un pordiosero por más que le seduzca la idea de ser un campesino.

Por más que cierre los ojos, su estatus es el de un caballero de la realeza, no puede huir de su cuna, solo puede hacer la vista gorda por un rato.

—Usted tiene razón con frecuencia. Terminaré de prepararla para que cene y pueda descansar lo más pronto posible. Después debe enseñarle al príncipe lo que ha traído para él. Estaré pendiente de sus teorías de convencimiento.

—Por supuesto. Este conde caerá en mis manos y pronto podré manejarlo y convencerlo de que vaya conmigo a Londres para que cada uno tome el lugar que le corresponde.

Durante la cena, el conde esperaba a Sybil para que se uniera a él. No fue suficiente con lo que comió en la hora del té, por eso deseaba la cena, había esperado un día por un pastel de carne.

—Disculpe la tardanza, alteza —dijo Sybil para disculparse.

—No se preocupe, milady. Estuvo a punto de conversar con mi estómago. Espero que no le moleste el menú que escogí para esta noche. Es un pastel de carne, una de mis comidas favoritas.

—Es de mi agrado. Lo pedía con frecuencia en casa de mi padre. Tenemos el mismo gusto en las comidas.

—Eso es algo muy bueno, milady. ¿Prefiere el vino o el whisky?

—El vino para la cena y el whisky para despejar la mente.

—¡Usted es la compañera ideal! —alegó el conde que acercó su mano a la de ella sobre la mesa—. Pensamos igual. No pensé que tuviésemos tanto en común.

—Al menos en el estómago sí tenemos mucho en común, alteza —afirmó la joven dejándose llevar por el tono juguetón de Reginald.

—No he dejado de pensar en lo que tiene para mí en la habitación…

—Es algo que quizá necesite, pero lo veremos después. También he dejado obsequios en su despacho para que pueda deleitarse un poco mientras trabaja…

Aquel no podía evitar pensar en qué podría ser lo que ella estaba intentando decirle. Daba demasiadas vueltas sobre el mismo tema y él comenzaba a ponerse ansioso.

—¿No me lo dirá? —cuestionó el conde haciendo un puchero.

—Después de la cena y en su habitación —insistió la joven con una sonrisa de suficiencia en el rostro.

—¡Sirvan la cena de una vez! —ordenó Reginald sobándose las manos a la vez que sonreía pensando en lo que le darían.

Por primera vez no pensaba que sería algo malo.

Por lo que ella le había dicho, al menos debía ser un objeto que lo compensara de alguna manera.

Se sentía entusiasmado por saber lo que le darían.

Un obsequio sin interés oculto era algo que apreciaba con inocencia.

Durante la cena, Sybil observaba el comportamiento de Reginald.

Aquel parecía apurado para terminar su cena, daba bocados enormes para acabarlos más rápido.

Luego él la miraba, esperando que ella también apresurara el paso.

Era como un niño que no podía con la emoción de algo nuevo.

Esa sensación era cálida y bienvenida en su pecho.

Al terminar, Reginald retiró la silla de Sybil para que pudiesen ir hacia las habitaciones.

Andrew no podía creer lo que veía. El conde se comportaba como un verdadero caballero, eso no era propio de él, pero dejaba en evidencia su interés por lo que aquella dama le ofrecía. No lo había visto así en años.

—Suba, milady, su paso es tan lento como el de una mula golpeada.

—¿Me llama mula golpeada? —interrogó dejando de subir las escaleras.

—Si me hubiese dado más detalles del presente, no necesitaría apresurar su paso.

—Si sigue por ese camino, tenga cuidado, alteza, porque no será gracioso… —advirtió con una mirada capaz de cortar el cielo.

—Disculpe mi insensatez, no estoy acostumbrado a la caballerosidad. Ha visto este lugar y puede darse cuenta de que no se necesita mucha para sobrevivir.

—No debe sobrevivir, lord Riverdale, sino que debe vivir.

—Es fácil para usted decirlo, pero no mucho es hacerlo. Es un lugar hermoso, pero el problema nunca es el sitio en donde nos encontramos, sino cómo nos sentimos. Si es un paraíso y no existe ánimo de disfrutarlo nada alrededor importa.

—Al menos intente no cometer suicidio antes de casarnos, necesito ganarme un puesto importante. Solo le pido eso.

El conde sonrió y, cuando llegaron al umbral de la puerta de su habitación, la abrió para que pudieran entrar. Él se hizo a un lado y le indicó a Sybil que entrara.

—Aquí están sus obsequios… —señaló Sybil hacia la cama.

La habitación estaba más iluminada que de costumbre. Era evidente que alguien hizo un par de cambios sorpresa bastante rápidos para que él no se diese cuenta. Reginald caminó hasta la cama y acarició la ropa. Era más de lo que había visto en un par de años.

—¿Insinúa que me visto mal? —curioseó socarrón.

—¿Se viste bien? Creo que su ropa no está en óptimas condiciones y no solo lo digo porque necesita buenas prendas para contraer nupcias, sino también porque es una persona con un estatus respetable.

—Ah, estatus respetable —repitió—. Milady, lo que más quiero es olvidar eso que usted menciona.

¿Sabe la razón? No aporta nada, nunca lo hizo ni lo hará.

Esta es la forma más sencilla de vivir la vida tranquilamente.

No hacen falta reverencias y fingimientos.

¿Para eso quiero un estatus respetable? Si es así, no me interesa.

—¿Al menos consideraría no hacerme pasar vergüenza con sus ropas ajadas? Usted sabe que vengo de la ciudad y me importan un poco las apariencias porque mi familia tiene una reputación que mantener. Si nos unimos, somos como familia, ¿entiende mi punto?

—Lo comprendo, no soy tan tonto como piensa. Me agrada que piense en negociar antes de atravesarme con algún arma. Eso me tranquiliza mucho. Le agradezco el detalle. Llevo años sin recibir algo bueno de nadie y me sorprende que esto venga de alguien a quien le temo por su fama.

—Ya hablamos de la reputación, no siempre es lo que se dice. Ciertamente, el pasado nos condena con sus cadenas de malas decisiones que hemos tomado. No podemos hacer nada más que continuar escuchando cómo los perros ladran detrás de nosotros.

—Eso me agrada. Es una dama con una visión interesante. Estaré presentable el día de nuestro matrimonio.

—Le agradezco su buena predisposición, príncipe. Ah, es cierto, tengo un presente más para usted y está en su despacho. Considero que, conociéndolo tan poco, sé que será de su agrado, más que estas prendas.