El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

A la mañana siguiente, Sybil despertó antes que los sirvientes y fue hacia el salón principal. El lugar estaba vacío. Su esposo no parecía oír a los múltiples gallos que tenía en el gallinero. Bien podría hacerse pasar por sordo, porque ningún alma decente podría dormir con tanto escándalo.

—Mataré a alguien si no puedo salir de esta casa —farfulló Sybil mirando a Ming, que estaba de pie junto a ella, cerrando los ojos como si estuviese buscando dormir.

—Milady, podríamos hacer una construcción más lejana de la casa.

—A esos gallos los escucharemos incluso si nos vamos a otro condado. El eco se extiende tanto que es como si los tuviésemos durmiendo al lado.

—No sé cómo su alteza y el resto pueden dormir.

—Debieron sufrir un poco. Espero superar esta prueba para poder sobrevivir.

Despierta al cochero para que nos lleve al pueblo.

Tengo que ver un par de cosas para el matrimonio.

Debo tener alguna ropa más elegante para ese día, aunque debería preocuparme más por el conde, que no tiene nada en su armario.

Es un pobre diablo. Le compraremos algo decente y lo arreglaremos nosotras, aunque la costura no sea lo nuestro.

Nadie notará un par de imperfecciones. Mejor una mala costura que presentarse como un indigente en su propia boda.

Por una carta diremos que Andrew invite a los arrendatarios para compartir este momento, así podré escucharlos mejor para saber la situación real de esta propiedad en ruinas.

Debe existir una razón aparte de una mala administración para que este sitio no prospere.

—Por supuesto que tiene una explicación: la pereza.

—Ciertamente así es; sin embargo, todo tiene solución en la vida, excepto la muerte. Solucionar los problemas sociales del conde puede llegar a ser algo muy sencillo.

—Esperemos que así sea y que no tengamos mayores inconvenientes en el futuro al educarlo.

Ming fue a despertar al cochero para que pudiesen partir sin demora rumbo al pueblo.

Esperaban regresar para la hora del té o para la cena.

También llevarían una carreta aparte para regresar con las provisiones que comprarían a lo largo del día.

No sería una tarea sencilla lo que estaban a punto de emprender.

Durante el camino, la joven y Ming durmieron debido al sueño y no exactamente a la comodidad del carruaje, pues aquel se balanceaba demasiado por el camino en mal estado después de que la nieve se derritiera.

Mientras descansaban, el carruaje se detuvo con brusquedad, lo que hizo que ambas despertaran y se miraran sabiendo lo que estaba ocurriendo.

—Bandidos, aunque es temprano, esta gente sabe en qué horarios puede robar mejor —dijo Ming, que se fijó a través de la ventanilla del carruaje.

—El príncipe no ha hecho nada para erradicarlos de aquí. Aún no hemos salido de su propiedad y nos atacan, este es un verdadero flagelo social. La gente podría decir que están confabulados.

—Pero usted y yo sabemos que eso no es así, de lo contrario, al príncipe le sobraría dinero y no parecería atacado por las polillas.

—Eso solo lo sabemos nosotras, pero los demás imaginan lo peor. Esto puede llevar a ataques en su contra si se llegara a saber.

—¿Qué hacemos, milady?

—Matarlos a todos, ¿qué otra opción tenemos?

Al terminar de oír la frase, Ming salió disparada por la portezuela, el resto solo era el sonido de gritos de aquellos que eran asesinados por la doncella de Sybil. Aquella cumplía con las órdenes a cabalidad. Cuando aquella regresó, la dama se tapó la nariz con su pañuelo.

—¿Por qué escogiste un arma corta como la daga para matar? La sangre se te ha pegado a la ropa. Con razón no escuché disparos, solo gritos de desesperación. ¿Al menos dieron batalla?

—No tuvieron tiempo de disparar, milady. Estaban asustados. Eran cobardes, solo saben aprovecharse de los débiles, no merecen la compasión de nadie.

—Regresa a cambiarte y te espero en el pueblo. Iremos lento.

—Sí, milady.

Sybil tendría que continuar el camino sola, al menos hasta el pueblo, en donde pediría un poco de ayuda para que la guiaran sobre lo que debería comprar.

Por supuesto que buscaría la manera de tener un buen festín, si en tres días sería la boda, la carne no podía ser de un animal muerto, por eso compraría un par listo para la faena.

Además, buscaría adquirir mucho alcohol para mantener a todos felices.

Según inspeccionó en la residencia, el conde ya ni siquiera contaba con reservas de vino o whisky.

Estaba quebrado en todos los aspectos posibles y aun así justificaba su felicidad diciendo que estaba mejor ahí que en Londres junto a su familia.

Una vez en el pueblo, fue primero a los lugares en los que más tardaría: en elegir ropa.

Lo que era para ella no sería un mayor problema, pero lo que necesitaba para su futuro esposo sí.

Necesitaba buscar a alguien que se pareciera a su complexión física, para ser más exactos y evitar desastres con la ropa.

Los vestidos del pueblo no eran tan actuales como los que se vendían en la capital, pero tenían su encanto.

Pese a no tener muchas clientas de alto perfil contaban con telas de excelente calidad que ofrecer.

Escogió uno de color marfil con guantes por encima del codo.

También un par de zapatos que no fuesen sus botas de comodidad, ese día quería parecer una verdadera dama y no una tirana por más que lo fuese.

En la tienda para comprar la ropa para el conde, tuvo dificultades propias de no entender las proporciones masculinas y tuvo que ir a la calle, pagar a un joven parecido físicamente al príncipe y hacer que se probara al menos siete prendas masculinas para sacar las medidas exactas.

Era un verdadero trabajo exhaustivo, mientras ese holgazán descansaba sin vergüenza alguna.

Él sí que sabía recostarse en su esposa como un verdadero apoyo.

***

Andrew tuvo que sacar al conde de su cama, durmió como un verdadero tronco. Por un minuto creyó que había fallecido y que no volvería a despertar; sin embargo, con un vaso de agua en la cara pudo solucionar el problema.

—¿Cuál es la necesidad de levantarse temprano? No tenemos nada que hacer… —comentó el conde, que estaba sentado en la cama mirando hacia un rincón.

—Milady ya fue al pueblo muy temprano en la mañana. Uno de los centinelas de la propiedad vio que su carruaje desaparecía en el paisaje.

—Creí que regresaría a Londres. Me ha decepcionado, aunque nos conviene más que esté aquí para mantenernos.

—No le he contado todo, alteza. Unos bandidos atacaron el carruaje.

—¿Cómo están los bandidos? No me preocupo por ella, sabe defenderse. Me dan lástima esos incautos que no sabían a quién ofendían.

—Tiene razón. Están muertos.

—Ahora entiendes que este asunto del matrimonio es un arma de doble filo. Hay que saber cuándo ceder ante la presión. No será fácil llevar nuestro mismo estilo de vida de antes.

—Dios nos libre de tenerlo. El hambre nos acecha siempre.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no disfrutas de la libertad? Este lugar no huele a estiércol de caballo todo el tiempo.

—¿Libertad? Usted me ha esclavizado. De ser un súbdito del ejército, pasé a ser su niñera, administrador, protector y salvador. Lo que me pagan no es suficiente.

—Estás en lo cierto. Debes pedir que nos aumenten el salario. No nos alcanza.

—A mí no me alcanza por su causa.

—Te dije que, si querías regresar, lo hicieras de la mano de milady. Yo no necesito gente ingrata a mi lado. Si no te agrado es mejor que regrese a donde eres feliz. Me moriré aquí sin ti. Espero que eso quede en tu conciencia.

—Su alteza, me hace sufrir con esas acusaciones. Sabe que no puedo dejarlo, si del dinero dependiera, usted hubiese estado solo aquí desde el día uno.

—Te aceptaré la explicación por esta vez solo porque eres un sirviente leal y cariñoso. No sabría qué hacer sin ti.

—Por supuesto que no sabría qué hacer sin mi dinero, alteza.

—Suficiente con eso. Ahora debemos esperar que mi futura esposa regrese. Tardará bastante. ¿Crees que puedo entrar a observar su habitación?

—Eso no es correcto. ¿Y si ella se entera?

—¿Quién se lo contará? ¿Tú? Vive bajo mi techo, nada escapa de mi ojo crítico.

—No me meta en esos asuntos turbios. Hágalo solo, yo cuidaré la retaguardia.

—Cobarde…

Después de terminar de decir eso, Reginald fue hacia la puerta de comunicación, pero estaba cerrada con llave. Se atrevió a mirar por la cerradura y no vio la llave del otro lado, lo que le indicaba que podía hacer una pequeña jugada.

—¿Cree que puede evitar que entre? ¡Ja! Es mi casa y todas son mis puertas, no hay ninguna que no pueda traspasar.

Reginald fue hacia una de las cajas de metal que estaba dentro de su armario. De ahí sacó una llave.

—¿Tiene la llave? —preguntó Andrew, sorprendido.

—Claro. El anterior dueño era un experto en guardar un montón de llaves.

¿Recuerdas que gasté un día entero abriendo puertas?

Pues pude identificarlas sin mayor problema, probando uno por uno.

Parecía un violador de puertas, pero obtuve mi recompensa.

Ella no sabe que tengo esto. Si un día se me sube la temperatura, podré bajarla con una llave para entrar junto al agua que apagará mi calor.

—No esperaba menos de un antiguo libertino. Usted es mi ídolo. —Andrew aplaudió como si fuese un niño pequeño.

El conde probó la llave y se abrió la puerta de comunicación. Una vez dentro, percibía el aroma de un perfume caro, digno de una mujer de clase alta.

—¡Se me romperá el pantalón, Andrew! Qué aroma tan excitante. Soy capaz de esperarla sin ropa en la cama. Sí que es una mujer seductora —alegó Reginald sobándose las manos con rapidez.

—No me meta en esos asuntos escabrosos, alteza. Si milady sabe que entró, lo matará.

—Es cierto. Debo encontrar sus elementos de tortura. Estoy seguro de que los tiene.

Él comenzó a buscar por toda la habitación, pero se detenía ante cada vestido colgado y su enagua que estaba sobre el biombo. A ese último lo tenía pegado a la nariz, absorbiendo la fragancia femenina que emanaba de aquel.

Cuando encontró dos baúles en un rincón, pensaba que aún le faltaba sacar más ropa elegante y costosa; no obstante, lo que encontró era lo que temía: un par de elementos de tortura, desde fustas hasta látigos de largo alcance.

En el otro tenía más libros que una biblioteca y todos eran sobre filosofía, política y un manuscrito de alguna persona adicta a estudiar la economía de mercado.

Nada de lo que decía ahí le resultaba ajeno, pero se daba cuenta de que Sybil no estaba ahí para jugar a la casita feliz, sino para colocarlo en cintura para conseguir sus propios objetivos.

—No sabes qué tesoro de pesadilla encontré aquí, Andrew.

—¡Ya vi que tiene la enagua de milady! Parece un pervertido con eso pegado al cuello, oliéndolo a cada paso.

—¿Quién dice que no soy un pervertido?

—Ven a ver esto. Está muy cerca de todo lo malo que hemos imaginado.

Tentado por la curiosidad, Andrew entró y se asomó a observar en los baúles.

—Libros… ¿Ella cree que usted no sabe nada?

—Sí, piensa que de verdad soy un inútil. Le puedo recitar estos libros de memoria. Cuando me ponga a prueba, le daré una paliza por incrédula. No sé qué mentiras cree sobre mí, pero todas quedarán sepultadas.

—¿Me dice que demostrará ser un hombre intachable?

—No, no pienses eso de mí. Si creen que soy capaz, me llevarán a Londres. ¿Entiendes mi estrategia? Mientras más tonto me crean, me dejarán de lado. Nadie quiere a un inútil. La capacidad solo sirve para que te den más responsabilidades, y tú eres el mejor ejemplo de eso.