El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

—Interesante introspección, príncipe —dijo Sybil llevando la copa de vino a sus labios—. Parece que la vida lo está tratando bien en lugar de castigarlo en este lugar.

—Tal vez sea así. Mis padres han querido castigarme desde que nací, pero aún no han encontrado la forma de hacerme la vida imposible.

En donde sea que esté, me adapto. Es de sabios saber hacerlo.

Por más que usted sea un peón que están usando para sus estratagemas, las cosas seguirán sin salirles bien a esas hienas.

—¿De qué está hablando?

—¿No es evidente? Usted está aquí no porque quiera o porque ganará algo relevante.

Vino porque ellos quieren que le dé una solución al problema que yo represento y eso solo se solucionaría convirtiéndome en otra persona; sin embargo, no crea que sus intenciones son reformarme, porque no es posible, sino que la idea es continuar con el linaje, solo sirvo para eso.

Ahora debería entender la razón por la que fue seleccionada por la princesa.

Su sangre guerrera quiere mezclarla con la realeza para que tengamos hijos que puedan moldear a su antojo.

Sybil había considerado lo que el conde le estaba diciendo en ese momento.

No era nada descabellado, sino que tenía mucho sentido.

Este hombre sabía leer a su familia mejor que nadie.

Se estaba sintiendo como una tonta al venderse por un puesto de comandante cuando lo más importante ni siquiera lo había comprendido.

Era solo una pieza en el tablero de ajedrez de la familia real.

—Supongamos que lo que dice es cierto, milord. De todas maneras, tengo que cumplir con ciertas cosas porque deseo conseguir un puesto como guerrera. Los hijos no son necesarios si no los queremos. Además, hemos acordado no tener una vida marital real.

—¿Hemos acordado? No recuerdo haberlo conversado con nadie. Usted, en un acto despótico, fue quien lo decidió. Créame que el menor de sus problemas es tener un cargo en el ejército o algo similar, sino que la verdadera guerra la librará por cartas, cuando comiencen a llegar las exigencias.

—Usted parece un experto con las cartas. Dígame, ¿qué se debería hacer para ganar esa guerra? —curioseó con sarcasmo. Le gustaba escuchar las teorías de conspiración del conde.

—Ignórelas. Es la mejor manera de sobrevivir. Si le da respuestas, las exigencias nunca terminarán. Es mejor que la crea incompetente.

Estaba impresionada con las respuestas de ese hombre.

Este no andaba con rodeos cuando trataba de defender lo que le interesaba.

La princesa le comentó que él no respondía sus cartas, sino que lo hacía Andrew, el sirviente.

En ese instante comprendía que el conde tenía su propia estrategia para vivir en paz, solo que no sabía qué táctica podría usar contra ella.

Ignorarla no era tan recomendable y por eso suponía que podría tener otras ideas que lo ayudaran a tolerar su presencia, pues ante sus ojos, ella era la secuaz de su familia.

Ella estaba parada sobre hielo muy fino, si daba un paso en falso, las cosas podrían complicarse mucho con su futuro esposo.

—¿No cree que la falta de respuesta a una simple carta acrecienta la distancia emocional con ellos?

—Eso es exactamente lo que quiero. La distancia física no es suficiente para lidiar con ellos, también necesito de la emocional.

Son personas despreciables que no merecen tener un hijo y mucho menos un nieto.

Si no me criaron bien, ¿cree que podrían ser diferentes con un hijo mío?

No creo en cuentos ni en promesas. Desde que estoy aquí veo la vida de otra manera y disfruto de ella.

Londres solo me mostró vicios y soledad.

Aquí solo quiero vivir en paz y armonía con lo que me rodea.

Las oportunidades las aprovecho. Me siento como un verdadero nómada espiritual —confesó con una media sonrisa.

No sabía la razón por la que parloteaba sin parar mientras comía, solo tenía a alguien que cuestionaba sus andanzas y no buscaba aconsejarlo como Andrew, sino que quería escuchar su punto de vista, sus razones y delirios.

Era refrescante poder conversar con una dama a la que no podía llevarse a la cama, al menos no por un tiempo.

—No pensé que alguien pudiese renegar tanto de su propia sangre, pero asumo que ha sido por sus obras pasadas.

En Londres se habló mucho sobre usted y sus escándalos.

Nadie le ponía un alto hasta que, de un día al otro, desapareció del ojo público…

—sopesó Sybil que observaba el vino que hacía girar en su copa.

—Mis obras anteriores son dignas de ser comparadas con las de un perro que vivía atado y un día se descuidaron y se escapó para hacer desmanes.

No era vida. Admito que disfruté de los placeres mundanos por unos seis años, pero cada vez se hacía más vacío.

Si hoy me pregunta si quiero regresar a eso, le diría que no, no porque quiera congraciarme con alguien, es porque estoy cansado, no me interesa.

Me siento fatigado la mayor parte del tiempo.

Mis ganas de vivir se han extinguido con lentitud y ahora solo quiero esperar a que el tiempo pase para que en algún momento pueda disfrutar del premio de fallecer en paz.

—Príncipe, no entiendo, si es feliz aquí, ¿por qué le interesa morir? Hasta tiene un ataúd listo. Eso no es convencional. Ni siquiera los que van a la guerra tienen reservado uno, y ellos tienen más posibilidades de morir que cualquiera de los que no tienen esa obligación.

—Una espada o un arma da más valor a la vida. Se lucha por algo, por los ideales o el bien común. Cuando la vida carece de razones, es más pesada, se siente como arrastrar un gran arado. Es cansador y una rutina interminable para, al fin de cuentas, no cosechar nada de utilidad.

Las palabras del conde rompían las barreras de la joven. Le parecían confesiones ocultas en grandes ladrillos de comentarios. Entendía el mensaje final: no tenía razones válidas para vivir.

Ming también escuchó lo que el conde quería decir.

La misión de su ama parecía más difícil que antes, porque aquel no pretendía luchar contra nada, actuaba como alguien que llevaba tiempo derrotado y rendido en un rincón.

La resignación en cada frase que decía delataba su anhelo de ser querido alguna vez.

Su mundo estaba vacío, sin nadie que lo llenara de alegría y le diera lo que esperaba.

—Bien, milady. Iré a mi habitación a descansar. Mañana pensaremos en los preparativos de la boda. Ya que usted es la del dinero, puede pensar en lo que más le guste —declaró el conde poniéndose de pie y haciendo una inclinación de cabeza para despedirse de la joven.

—Está bien, lo tendré en cuenta… —Ella lo despidió con el mismo gesto que él.

Una vez que el conde se perdió en el pasillo, Ming se acercó a su ama.

—Milady, este hombre tiene un fuerte deseo de dejar de pertenecer a los vivos —alegó la doncella.

—Lo sé, pero es cobarde, no se atreverá a suicidarse.

Las veces anteriores fueron accidentes. No creo que no alcance a ver la luz al final del túnel.

Me parece que es demasiado inteligente para menospreciar su vida de verdad.

Una cosa es decirla de boca para afuera mil veces y otra, cumplir la amenaza de una vez.

No es un suicida real, es un chantajista emocional peligroso.

—Sí que se está esforzando por conocer a su futuro esposo. Pensé que llegaría y comenzaría a repartir latigazos por todas partes, pero al parecer me equivoqué.

—Son tus deseos egoístas los que hicieron que pienses tonterías.

Jamás haría algo semejante. Él no me está provocando, además, creo que después de que le estiré una oreja, creo que se ha corregido.

No es alguien tan difícil. Vine armada hasta los dientes para nada.

Milord es solo un hombre desafortunado con poco que hacer, salvo recordar lo vil que ha sido la vida con él.

—Ahora lo defiende y no deja de sonreírle a este sinvergüenza que, quizá, le esté intentando vender una historia lacrimógena para salvarse de ser castigado. Quiere que usted sea flexible, se lo aseguro.

—No lo defiendo. Tal vez solo lo justifique; sin embargo, no escapará de las garras de la disciplina.

Si quiero que este esposo que tomaré sea un hombre decente, debo esforzarme más que nunca para llevarlo por el buen camino y erradicar su pereza.

Él no está interesado en ser un príncipe de nuevo, pero eso me resulta inconveniente para mis planes, necesito que lo reconsidere a la brevedad para que pueda comandar.

—Debería preocuparse por comandar su casa en primer lugar, milady. Ese príncipe solo le ha mostrado un colmillo, pero recuerde que tiene muchos dientes en ese hocico.

Las dos mujeres continuaron debatiendo hasta entrar en la habitación de la joven para que ella pudiera descansar después de un arduo día.

***

En el aposento de al lado, el conde estaba sentado en la silla de su habitación con el poco whisky que quedaba en una botella.

Pensaba en lo que había ocurrido durante el día y en que debía tomar una posición.

No estaba interesado en recibir educación tardía y menos por parte de la mujer que sería su esposa. Sus mañas no se las quitaría nadie.

—Por fin regresas… —expresó el conde al ver a Andrew que pasaba por el umbral de la puerta de su habitación.

—El vicario me dio un sermón muy largo por su culpa, su alteza. Usted no aprende. Al menos podrá casarse en tres días, que es lo importante. Ha salvado su pellejo.

—El vicario hace mucho ruido, pero sé que lo encontraré en el infierno por extorsionarme con la palabra de Dios, créeme, él está más cerca del averno que yo.

—Después de oírlo tan elocuente, no sé si sea cierto, pero por lo general a usted le falta criterio, aunque sabe juzgar a las personas.

El día que estemos muertos comprobaremos si lo que dice es cierto.

Sé que iré con usted hasta los confines del infierno, soy su sirviente, y nosotros siempre vamos con nuestros amos.

—No permitiré que molestes mi paz infernal. Vete al cielo.

—¿Quién lo defenderá de su esposa? Ella, sin duda, los verá ahí abajo, alteza. Milady no es un terrón de azúcar. Es como tomar un té de arsénico puro y pretender sobrevivir a eso.

—Creo que juzgas mal a milady. Ha sido comprensiva conmigo durante el día.

—¿En verdad? Si es así, me alegraré; sin embargo, le recuerdo que fue usted quien no ha dejado de satanizarla desde que se enteró del compromiso.

—Pero no me equivoqué. Lo dije, es comprensiva; no obstante, sé que intentará corregirme, tiene ambiciones en Londres y eso no coincide con lo que yo espero.

Creo que pronto me quedaré sin esposa. Tal vez me use como una cortina para lo que ella realmente desea.

Si me complace, no la molestaré, pero yo no regresaré a donde no me quieren.

La hipocresía la he dejado en un baúl de mi habitación en la ciudad, aquí puedo ser yo mismo con las únicas restricciones básicas de no matar y no cometer actos violentos contra las damas, el resto está permitido.

Si tienes suerte, milady te devolverá tu puesto.

—No me iré sin usted. Mi deber es estar a su lado. Aquí sabe que no es seguro, jamás podría dejarlo a su suerte. ¿Quién lo recogerá cuando se cae de un árbol?

—¿Crees que a los cincuenta años podré continuar haciendo eso?

—Tampoco podré incorporarme otra vez a los cincuenta, alteza.

—No tenemos remedio. Si no quieres probar suerte, permanece aquí, a mi lado, sin percibir tu salario por muchos años más.

—Sea comprensivo y deje unas monedas. No tenemos ropa para vestir. Están desgastadas.

—No te preocupes. Milady trajo dinero. Muchos de nuestros problemas se solucionarán, ella es quien nos mantendrá. He nacido para la vida de vago mantenido. Qué encantador.