Capítulo 9
Andrew regresó solo a la residencia y comenzó a buscar dinero en cada rincón donde pudiese haber, pero halló muy poco y no alcanzaba a cubrir lo que le debían al vicario.
Aquel solo pensaba que el conde le arrancaría la cabeza, aunque no fuese su culpa.
Como administraba lo poco que ingresaba a las arcas, no podía permitirse que faltara comida en la casa y el pago a los sirvientes. Todo era un verdadero desastre.
—¿Ya tienes el dinero? Si lo tienes, ve a pagarle al vicario —ordenó Reginald, que se sentó en el sillón del estudio.
—Su alteza, las ratas tienen más dinero que usted. No hay nada para pagarle —respondió Andrew agachando la cabeza.
—Qué contratiempo. No podré casarme. Le diré a milady que no podemos contraer nupcias porque no puedo pagarle al vicario.
Sin dudas, huirá despavorida. La solución a mis problemas es darle problemas a ella, entonces, no lo tolerará, extrañará su vida en Londres y simplemente subirá a su carruaje para partir.
—Es un plan perfecto, pero encuentro una falla…
—No hay fallas…
—Sí la hay, porque todavía le deberá dinero al vicario, lo que significa que la comunidad se quedará sin recibir la palabra. Se libra de un problema y se queda con otro.
—Prefiero problemas de dinero a los problemas de libertad. Créeme, el dinero es común, un día lo pierdes, otro día lo ganas. En cambio, si te casas, no dejas de perder.
—Tiene lógica, su alteza. Pruebe suerte. Milady está en el comedor. Ha pedido que le cocinen un pato.
—¡Uno de mis patos! Cómo se atreve. Ellos son mis amigos.
—Pero usted también come patos.
—¡Pero los silvestres! No los míos. ¡Mi pato! ¡Mujer descarada!
El conde fue hasta el comedor y encontró a su Sybil con un libro en la mano, esperando que le sirvieran.
—¿Qué está haciendo aquí, milady? —cuestionó molesto.
—Esperando por un poco de comida. Su alteza no tiene nada para comer bajo este techo.
—¿Se atrevió a tocar a uno de mis patos? Si lo hizo, más vale que se atenga a las consecuencias.
—¿Sus patos? Son comida, príncipe, pero no se preocupe. Sus sirvientes prefirieron salir a cazar antes que tocar a un animal emplumado de su propiedad. Alguien cazó un faisán, no debería preocuparse por unos patitos.
—Qué alivio. Si quiere comer pato, iré de cacería para usted, pero los que están en el estanque son mis compañeros. Los crío desde que llegué aquí.
—¿Qué le parece si me da unos huevos de pato y yo los coloco bajo una gallina y los crío en otra parte de la propiedad para el consumo? Cazar a veces es difícil y más dependiendo de la época del año. Podríamos tener carne siempre. ¿No le parece razonable?
El joven la miró con detenimiento al ver que ella ni siquiera titubeaba en su idea y no discutía de manera irracional para quedarse con los que él había criado. Respetaba su cultura, por eso él también la respetaría.
—Sí, es razonable. Les daré todas de esta temporada. Mientras no conozca a esos patos, podré comérmelos.
Por alguna extraña razón, Sybil comprendió la última frase que el joven había dicho.
Hablaba de esas aves como si fuesen una familia.
Ella siempre recibió afecto familiar, pero, al parecer, el príncipe no lo había hecho, por ese motivo unos simples animales eran valiosos para él.
No quería que se le ablandara el corazón, mas saber que podía ser tan noble le daba algo que no conocía.
—Siéntese a comer. Pronto traerán algo —mandó Sybil—. He tomado las decisiones en la casa porque usted no se encontraba, espero que esto no le moleste ni lo tome como una invasión.
—Le agradezco que lo hiciera. Es usted hábil y prudente.
—¿Cómo le fue con el vicario? —curioseó Sybil. Esperaba una respuesta rápida, pero aquel parecía estar pensándolo con detenimiento. Eso no podía ser nada bueno.
El príncipe quería que la tierra se lo tragara.
Se sentía como una bestia después de haber hablado mal de ella frente al vicario y también por no saber cómo decirle que no tendrían boda, sabiendo lo que consideraba que había sido Sybil con sus animales.
Tendría que decirle la verdad. No había otra salida.
—La verdad es que le debo dinero a la vicaría. El vicario dice que, si no pago, no nos casará.
Ming que estaba de pie un poco alejada de su ama, se acercó a Sybil para susurrarle algo en el oído.
—Milady, este es el momento de irnos. Dios le da una oportunidad de recapacitar. Puede devolver todos los presentes, no tiene razones para vivir en un lugar tan alejado. Aproveche y haga como las aves: agite las alas y vuele.
Ella le hizo un gesto a Ming para que se alejara.
Entendía que aquella tuviese buenas intenciones, pero tampoco podían irse después de que estuviese sellado el trato.
Era un joven un poco desorientado y, pese a que había ido ahí con ánimos de disciplinarlo a golpes, eso estaba en entredicho debido a que era una persona sensible.
—No es un problema. He traído mucho dinero porque estoy enterada de la situación. Estoy aquí no solo para casarme y llevarlo por el buen camino, sino también para solucionar los problemas de la propiedad. No soy una simple torturadora como la gente le ha hecho creer.
—La gente no me hizo creer eso, sé cómo es. Tuve que estirarme la otra oreja para igualarla. Qué crueldad.
—Me lo hubiese pedido y de un tirón quedaría en su lugar. Aprenda a pedir, su alteza.
—Milord, por favor, he perdido el título de príncipe. Ser conde es más relajado. Nadie me hace caso y hasta el vicario se burla de mí. Sentirme tan normal no sería posible con una posición tan alta.
—¿Por qué le gusta ser normal? Usted no puede ocultar lo que es ni de dónde viene. No veo una sola ventaja en este mundo de pobreza.
—Al parecer, milady no sabe que la pobreza se lleva en el alma. De nada sirve adornar el cuerpo con joyas cuando el corazón está podrido. Es incapaz de disfrazar el aroma a putrefacción.
—La pobreza se lleva en el alma… —repitió la joven—. No puedo creer que unas palabras tan célebres salgan de la boca de alguien con su reputación.
—Entonces sabrá entender que no todo lo que se dice de uno es real.
—Lo mismo le digo. Me juzga como si fuese una simple matona, pero soy más que eso.
—Estoy de acuerdo con esa afirmación. Usted es mucho más que una simple matona, es una asesina despiadada, pero no ahondaremos en ese tema. Considero que encontré cierto equilibrio para lidiar con su persona en este primer día. No puedo hablar de los siguientes, pero al menos hoy tendremos paz.
—Me complace saberlo. Le comento que ocupé la habitación contigua a la suya. Tenía mayor espacio. La hemos limpiado y aireado.
—Puede ocupar el sitio de su preferencia. Esta casa no es tan amplia y es antigua. Con suerte podremos pasar el próximo invierno junto a las chimeneas.
—Ciertamente, esta residencia necesita algunas reparaciones, en especial en el techo. Mañana me pondré a por ello. Hoy envié a un par de sirvientes a comprar muebles nuevos para mi habitación.
—¿No le desagrada vivir en un lugar tan tosco como este?
—No. He ido a los campamentos militares, alteza.
Este lugar es un paraíso comparado con acampar al aire libre durante las noches frías.
Considero que solo falta cariño para el techo y la fachada, pero eso puede dejarlo a mi cargo.
También cubriré los gastos. La princesa me ha dado recursos para gastar en la propiedad y en el matrimonio.
Y en lugar de que mi familia pagase una dote, fueron sus parientes quienes pactaron para darme una, así que el dinero no es un problema para nosotros.
¿Nosotros? Se preguntó Reginald. Escuchaba a esa joven dispuesta a compartir sus ganancias por un matrimonio concertado con el que veían como un inútil total. No le sorprendía que el sacrificio resultara tan vano. Casarse con él debería redituar en algo, al menos ella se llenó los bolsillos.
—Ha sido la gran ganadora. A mí ni siquiera me pasan una moneda. Debieron estar ahorrando mi estipendio para dárselo como dote. Ahora le debo incluso a Dios. ¿Puedo ser más desvergonzado que esto?
—Dígale a su sirviente que vaya junto a Ming y ella le dará el dinero para que lo lleve a la vicaría.
Le aseguro que con eso ganará un lugar directo al cielo —alegó Sybil con una sonrisa de suficiencia.
Estaba destruyendo la imagen de inútil completo que tenía su futuro esposo y construiría otra que lo representara más fielmente.
No era tonto, sino que le gustaba más la libertad, tampoco era ciego, pues sabía los problemas, solo que actuar le daba pereza.
Se daba cuenta de que lo único que su futuro esposo tenía de malo era su holgazanería.
—Estupendo. Estaré esperando que me avisen cuándo puedo ascender gracias a la generosidad de lady Sybil. Andrew… —llamó a su sirviente.
—Diga, alteza… —respondió este.
—La sirvienta de milady te dará el dinero para ir a pagar al vicario. De esta manera dejará de decir que le debemos a Dios. A veces dudo para quién trabaja ese hombre, si para el de arriba o el de abajo. Esperemos que no te cobre como si fuese un préstamo usurero.
—Un vicario no haría eso, alteza. Es un hombre de principios… —replicó Andrew.
—De principios de cobrador de prestamistas. Está a punto de volverse un facineroso por cómo pide las cosas. Me ha puesto esta deuda como condición para el matrimonio. Ni siquiera milady se ha puesto tan exigente como él. Ve y mete el dinero por sus ojos.
—Sí, alteza.
—¡Milord, milord! No es tan difícil llamarme por el título que tengo, Andrew. Te cambiaré el nombre si vuelves a decirme de esa manera.
El sirviente se retiró para cumplir con lo que pidió el conde.
Sybil intentaba no reírse de él. Aquel era bastante gracioso cuando se enfadaba. Eso al menos le daba certeza de que no se aburriría demasiado en ese lugar.
Los dos se quedaron en un largo silencio esperando la comida. Ella miraba el libro y de reojo observaba a Reginald mientras este se escudriñaba las uñas y cambiaba de posición en la silla incómoda.
Una de las doncellas de la casa apareció con una bandeja con el faisán servido en él, mientras que otros llevaban patatas hervidas, queso y pan.
—Menos mal, me estaba muriendo de hambre… —musitó el conde, que movió su cuello haciendo que sus huesos crujieran.
Ese ruido hizo que Sybil se estremeciera.
Odiaba el sonido de los huesos crujiendo en cualquier persona.
No los toleraba, al igual que el ruido del tenedor con los dientes o sorber la sopa.
Tuvo que armarse de valor y soportar. El conde no sabía que esas cosas le desagradaban, pero pronto se lo haría saber.
—Lord Riverdale… —pronunció la joven con cuidado, no quería que le cambiaran el nombre por no respetar sus preferencias, porque suponía que ese sería motivo de conflicto—. Ese sonido de los huesos es un poco molesto.
—Lo siento, milady. Crujo con frecuencia.
Andrew dice que se debe a que me falta entrenamiento.
Tal vez sea cierto. Llevo muchos años sin mover el cuerpo más que de una silla a la otra.
Este lugar es incitador al ocio. Ver el día pasar frente a nuestros ojos es algo que no todos pueden disfrutar, al igual que empaparse del encanto de la naturaleza; es un arte que libera.
—Lo felicito por justificar su inactividad, milord. Es coherente. No sabía que ser ocioso pudiese darle profundidad a la vida… —admitió con un poco de sarcasmo.
—Para eso es el tiempo perdido. ¿Por qué preocuparme por cosas que otros pueden resolver?
Para eso están a mi servicio. Mientras ellos trabajan, yo pienso en la inmortalidad del cangrejo y en que prefiero ser cabeza de ratón que cola de león.
Debería probar un día dejar todo de lado y verá cómo cambiará la perspectiva de su vida.