Capítulo 8
En la residencia del conde Sybil se encontraba ordenando a los sirvientes que bajaran sus cosas con cuidado. Aún no había escogido una habitación de la residencia, ese trabajo se lo había encargado a Ming, ya que conocía sus gustos y podría estar pendiente de esas necesidades.
—Milady, este sitio es un verdadero basurero. No hay una sola habitación decente en esta residencia, deberíamos quemarla.
—Qué ocurrente eres, Ming. Es la casa del conde. Me guste o no, es mi nuevo hogar. Te aseguro que será por poco tiempo. Pronto haremos que ese hombre cambie y lo llevaremos a Londres para que sea un caballero imponente.
—¿Le tiene tanta fe? Vi que salió furioso. Si tiene mal carácter, no regresará a esta casa.
—Menos mal que no te escucha para que no le des ideas. Lleva tres años encerrado aquí, ¿crees que tiene otro apoyo o lugar al cual ir? Debe tener enemigos por todos los rincones de este condado, ya que todo parece ser suyo.
—¿Está bien que tenga enemigos? Puede que esté corriendo peligro al ir solo a la vicaría —sopesó Ming.
—El único peligro del condado es él. Tan irresponsable con todo que no puede decir que, si alguien lo mata, no es justicia. No se puede esperar demasiado de un juerguista, libertino, arrogante, insensible e impresentable.
—Era atractivo, milady. Igual con ese polvo que tenía en la cara. Se veía inmaculado. Creo que la blancura lo hace aún más guapo.
—Hazte ver los ojos… ¿Inmaculado? Por favor, el viaje te ha hecho daño. Después de encontrar lo mejor entre lo peor, te dejaré descansar un día entero para que te recuperes y dejes de ver al príncipe como un ser distinto.
—Tiene un aire rebelde que es bastante pegadizo. Huele a libertad, como este lugar.
—¿El olor a libertad huele a rancio y humedad?
Si es así, prefiero no ser libre. Este lugar es tan hostil como un campamento del ejército.
Puede que hasta un catre sea más cómodo que cualquier cama de esta casa.
Me conformaré con lo que hay solo por hoy.
Mañana iremos al pueblo más cercano para pedir muebles nuevos.
Renovaremos toda la propiedad, no quedará nada sin arreglar.
Un príncipe, por más tonto que sea, debe vivir en un lugar acorde a su estatus.
Este castigo es real, puro ensañamiento para dejarlo en una propiedad deteriorada.
Además, no le han dado dinero en mucho tiempo.
Si él no hace que la tierra trabaje, nunca tendrá una sola moneda en el bolsillo.
Para mi sorpresa, no es un tonto de ley, solo que no quiere prosperar por alguna razón.
—¿No cree que quiera vivir de las damas? Existen vividores.
—No es tan calculador. Para ser vividor se requiere de talento y él apenas posee talento de supervivencia. Si él fuese un soldado, ya se hubiese muerto al intentar subir a un caballo.
—No sé si lo defiende o lo entierra, milady. Me confunde.
—Tampoco lo sé con certeza. A fin de cuentas, ¿alguna habitación recomendada?
—Sí. La que se comunica con la del conde. Está un poco sucia, pero es la más espaciosa.
—¿Cómo puede estar sucia?
—Hablé con algunos sirvientes y dijeron que solo pueden pasar sirvientes temporales, es decir, por trabajos variables. Dicen que la situación es apretada y que el conde prioriza la comida para los mozos que trabajan en el arado y para las semillas de las cosechas.
—Al menos tiene sentido de la responsabilidad. Es un hombre de bien a veces. Comienza a intrigarme en qué piensa. No parece encajar en el perfil de un hombre despreocupado y derrochador.
—Tampoco es un santo, porque no responde a los reclamos de los arrendatarios. Los puentes por los que hemos pasado para venir están en condiciones deplorables y él se niega a arreglarlos.
—Eso tampoco encaja con un hombre justo. En verdad, no logro descifrarlo. Sus acciones son contradictorias, no coinciden con nada de lo que se espera de cierto tipo de personas. Tendré tiempo para conocerlo mejor.
Ming limpió los aposentos hasta dejarlos en óptimas condiciones para que su ama pudiese habitar en aquel lugar inmundo. Lo aireó por un par de horas para que los aromas extraños desaparecieran.
—Ming, ve a la cocina, en esta casa al menos debe existir alguien que prepare comida. Si no hay nada, vas al gallinero y matas algo —ordenó la joven sentándose en la cama.
—El príncipe no ha regresado, milady. Han pasado horas desde que se fue. ¿Cree que la vicaría está en otro condado o quizá se escapó?
—Ya te dije que no se escapará. Está protegido por su sirviente, no deberíamos preocuparnos por él, salvo que una turba iracunda de arrendatarios lo ataque. Es improbable, ha sobrevivido mucho tiempo aquí, supongo que conoce cada escondrijo que puede salvarle la vida.
—Le tiene mucha fe o cree que es demasiado inteligente, milady. Iré a cumplir órdenes.
La joven quedó sola en la habitación y se recostó en la cama.
Le parecía bastante dura, llevaba años sin usarse.
Después se puso de pie y fue hacia la puerta de comunicación para asegurarla, pero antes de eso prefirió echar un vistazo a la habitación del conde.
Al entrar ahí no creyó que fuese un lugar digno para él.
Tal vez su pensamiento estaba sesgado porque aquel pertenecía a la familia real.
El armario le dijo más cosas que no había visto.
Las ropas eran pocas y precarias, como si el mismo hombre se estuviese descuidando.
La sencillez de todo aquello la desconcertó.
Su futuro esposo comenzaba a ser una verdadera incógnita para ella.
Decidió que era suficiente para introducirse en la privacidad del conde.
Abandonó el sitio y regresó al suyo para descansar.
Su curiosidad estaba saciada, al menos por el momento.
Solo le quedaba esperar y ver cómo tomaría el conde los cambios al tener una persona más en la casa.
Poniéndose en su lugar, podría ser bastante incómodo.
***
El conde llegó a la sacristía en donde encontró al vicario regando las plantas del jardín. Aquel disfrutaba de esas pequeñas actividades al carecer de esposa.
—¿No tiene sirvientes que hagan eso? —interrogó Reginald al llegar junto a aquel.
—Sí, pero es lo único que me distrae cuando la gente no viene a orar… —alegó el hombre joven.
—¿Está insinuando que no he venido lo suficiente?
—Sí. Además, la asignación de la vicaría está en falta. ¿Quiere agregar algo?
Reginald observó a Andrew y este abrió los ojos con sorpresa.
—Andrew, necesito una explicación —murmuró con los dientes apretados.
—Milord, usted dijo claramente que no creía en Dios y que, si existía, se proveyera solo, ya que siempre dicen que Él proveerá. ¿Acaso lo malentendí?
—¡Por supuesto que me malentendiste! Debí decir esas tonterías en un momento de crisis.
—Estaba recostado bajo el árbol de siempre, por el que no me deja orinar.
—¡Insolente! —espetó avergonzado—. Mi estimado vicario, si me permite pagar mis culpas con una penitencia, se lo agradecería.
—Me gustaría que pagara lo que debe a la vicaría. Si pudiese le negaría la entrada a este recinto sagrado, pero es el dueño de las tierras.
—Por supuesto que esto lo solucionaremos hoy mismo. Andrew, ve a casa a buscar el dinero mientras converso con él.
—¿Qué dinero, si no tenemos?
Reginald le dio un codazo en las costillas para que no dijera eso y encontrara una solución.
—Ya lo recuerdo, milord. Con permiso.
El conde colocó una sonrisa zalamera en el rostro y se acercó al vicario con intención amable.
—Mi estimado vicario, tengo un asunto importante que tratar con usted.
—¿Consiguió esposa? ¿Quién estaría loca para acceder? —curioseó el hombre.
—También me hago la misma pregunta. Mi madre la consiguió, solo el diablo sabrá lo que le ofreció para que aceptara. Este asunto no es mi responsabilidad. Ni siquiera tengo dinero para mantenerla. ¿A usted no le interesaría quedarse con ella? Veo que le falta compañía.
—Oh, milord, no quiera tirarme sus problemas en mi casa. Esta dama debe tener algún problema para haber venido hasta aquí. Tal vez fue engañada.
—El problema es que mi madre debió llenarle la cabeza con pájaros. No hay otra explicación. Quiere que cumpla con este asunto y el único que puede llevarlo a cabo es usted. Tiene que casarme con el demonio que escogieron para mí.
—Podría negarse, milord. ¿No ha pensado en esa opción?
—¿Negarme? Ya lo intenté y me sometió estirándome de la oreja. Esta mujer tiene técnicas de tortura. Tal vez después de recibir la bendición divina pueda librarme de ella. Puedo ser el afortunado hombre que puede terminar siendo viudo en poco tiempo.
—No le daré ni el saludo si está pensando en eliminar a su esposa.
—No, no es mi esposa aún, pero una vez que lo sea, debería acatar mi voluntad y esa es que no viva mucho para molestarme. Soy un alma libre que disfruta de la naturaleza. Ni siquiera me interesa regresar a Londres, con solo pensarlo me deprime.
—No le daré la bendición. Haga un viaje a Gretna Green si quiere hacer tonterías, milord.
—No, no me haga las cosas más difíciles, mi buen vicario. Sea compasivo. ¿Acaso la religión no le enseña a ser gentil con su prójimo?
—Con un prójimo decente, no con uno que piensa matar a su esposa.
—¡Solo fue en un momento de debilidad, vicario!
Dios odia el pecado, no al pecador. Debería ser más abierto con estos asuntos.
Me cayó de sorpresa. ¿Qué quiere que haga o piense?
Estoy entre la espada y la pared, hasta me metí a un ataúd para fingir mi muerte y escapar.
Las circunstancias me obligan a cumplir.
No diga que no he intentado hacer las cosas correctamente. Me está viendo en mi momento más bajo.
El vicario observó al conde, que tenía el rostro desganado.
—Está bien, le creo. Por esta vez intercederé por usted ante Dios para que no arda en el fuego del averno.
—¿Cree que en el infierno estaría mejor que aquí?
—Por supuesto que no. El diablo tiene formas de torturarlo. Si aquí huye de una esposa, en el infierno le darán un harén.
—¡Misericordia! —exclamó el conde con ambas manos en el pecho, mientras veía al vicario asentir con vehemencia.
—El de abajo conoce todos sus miedos y los usará contra usted para hacerle todo el mal posible.
Es mejor quedarse en la tierra y adorar a una sola esposa.
¿No sabe cuánto han sufrido los hombres a lo largo de la historia por tener más de una?
Las intrigas son terribles para los caballeros que somos de fácil andar y con lógica aplastante, no estamos hechos para lidiar con un montón de damas que se quejan al mismo tiempo por tener que compartir el favor.
—En eso tiene razón. Ir al infierno no es una opción. Entonces debo ir al cielo. Necesito hacer buenas obras para eso.
—Exacto. Puede empezar pagando lo que requiere la vicaría. Los deudores van por las escaleras de abajo, milord. No lo olvide. ¿Qué le parece casarlo en tres días?
—¿Tan rápido quiere que ascienda al cielo? Está bien. En tres días es suficiente. Le prometo traer el dinero si usted me promete que iré con Dios.
—¡Qué tramposo! No puedo prometerle eso. Depende de sus acciones y su fe. No me ponga en un aprieto con mi patrón. El de arriba nos está viendo y lo peor es que está anotando que le debe dinero.
—Vicario, es usted codicioso. No se preocupe. Saldaré la cuenta con usted y el Padre celestial. Rece por mí para cubrir sus cuotas de oración por sus benefactores.
—Benefactor sería si me diera el dinero, lord Riverdale. No se haga el tonto.
—Lo tendrá hoy mismo. Enviaré a Andrew a pagar. Es por culpa suya que no tiene lo que requiere. Ese sirviente mío es ineficiente.