Capítulo 7
—Podríamos empezar por no pensar que soy un bandido. Soy una mujer bella, ¿o no?
Reginald la observó con detenimiento y sí, era una dama de gran belleza. Su cabello era marrón y sus ojos ambarinos, casi amarillos. Eso la convertía en algo exótico. Sus facciones eran elegantes, sobrias y quizá un poco frías, porque ella no demostraba sus emociones reales.
—Así es, pero todos saben que es una carnicera. ¿No cree que eso es suficiente para asustar a un joven despreocupado y atractivo como yo?
—No es digno de ser mi esposo si me tiene miedo. Vine aquí con un objetivo, y ese es cambiar su vida le guste o no, esté de acuerdo o no, le agrade yo o no… ¿Entiende? Son órdenes de arriba y usted sabe que él que está arriba no tarda en perjudicar a los de abajo. Es la ley de la vida, milord.
—¿Qué le parece si hacemos un trato que nos favorezca a ambos?
Estoy convencido de que tampoco desea casarse.
Podríamos dejar este incidente en el olvido: usted afirma que fallecí y se libra de un compromiso que no quiere.
Así podrá buscar a algún héroe de guerra que encaje mejor con sus gustos.
Yo no soy más que un estorbo, incapaz de ofrecer nada.
No hace falta que le cuente mi vida; imagino que ya ha escuchado el resumen que mis parientes se han encargado de difundir.
—¿Piensa que perderé mi recompensa por tus tonterías? Usted cumplirá con este matrimonio, pero no piense que podrá tocarme. Hasta que no sea un hombre de bien y más fuerte que yo, nunca compartirá mi cama.
—Eso no me molesta, recipientes en donde descargar mi lujuria hay muchos en este pueblo. No crea que me portaré bien porque usted quiere manipularme con su cuerpo. ¡Tonterías! Hasta puedo convertirme en monje con tal de no hacer lo que quieren que haga.
La paciencia de Sybil se estaba agotando, faltaba poco para que lo cogiera del cuello y lo alzara para después lanzarlo. Se acercó a él y lo cogió de la camisa para acercarlo a su rostro.
—¿Coopera por las buenas o por las malas?
No quiero ser poco educada, pero no me deja opciones.
—Ella lo cogió de la oreja—. Si quiere conservar esta parte de su cuerpo intacta, me hará caso.
Mi misión es convertirlo en un hombre sabio y de bien por medio de la disciplina.
Eso significa que, mientras más coopere, menor será su sufrimiento.
No haga difícil el camino para los dos. Si algo no me gusta, lo quito de mi camino y hoy su oreja me desagrada. ¿Quiere que la quite de mi camino?
—¡Oh, no, no, no! Me gusta mi oreja, milady. Debió decirme la forma en la que quería que colaborara, por supuesto que soy obediente cuando están a punto de cortarme algo que me importa. Su negociación es sencilla.
—Sabía que no era tan tonto. Entonces, ahora podemos conversar mejor sobre su futuro. Como su esposa…
—Aún no estamos casados.
—Estamos a punto, cállese y escuche. Tengo mis propios planes.
Intentaremos respetarnos en la medida de las posibilidades.
Hay cosas que no me agradan de su personalidad, pero las toleraré por cierto tiempo.
Su madre desea que usted regrese alguna vez a Londres y eso solo lo logrará siendo un caballero respetable y responsable.
La escena de hoy solo habla de que no ha madurado y, al parecer, tampoco lo hará ni si lo envían a la luna.
—¿Esas personas que nunca me visitaron quieren que regrese? Milady, la han engañado, le dieron gato por liebre para hacerla sufrir. Ellos solo se quieren a sí mismos. No les importo.
—Tampoco me importa mucho, pero sí lo que yo quiero sacar como beneficio. Usted también saldrá favorecido con esto, recuperará su estatus. No quiero estar casada con alguien que tiene mala fama.
—Entonces no se case. ¿Quién le dijo que quiero volver a Londres? No quiero hacerlo. Aquí vivo mejor…
—¿Mejor? Las ratas de aquí están más gordas que usted. Este sitio se está cayendo a pedazos. ¿Es así donde pretende mantenerme?
—Si no le gusta, conoce la ubicación de la puerta y, si le gustaron mis ratas, puede adoptar a la más gorda, las otras las cocinaré.
Ella apretó con más fuerza la oreja de Reginald y lo acercó a su rostro.
—¿Con qué quiere que se la corte? Puedo hacerlo solo con fuerza bruta o quizá con algún cuchillo sin filo. Si esto no le sirve para escuchar, no la necesita.
Enfurecido, Reginald la empujó y dio un salto como si fuese un gato. Su poca destreza estaba saliendo a relucir.
—Acomódese si quiere. Está en su casa. Iré a la vicaría para arreglar el matrimonio —masculló antes de salir de la residencia a largas zancadas.
Sybil se quedó en el salón, sorprendida por recibir una reacción de ese hombre. Primero pareció ceder ante su dominio, pero después pareció darle rienda suelta a su locura.
—Milady, el príncipe salió muy enfadado de aquí. Una de sus orejas estaba roja. Utilizó la técnica de convertirlo en burro, ¿resultó?
—No. Creo que hablar de su familia es un problema, los odia, le hace sacar una fuerza sobrehumana. Me dio un buen empujón, creo que me dejará un par de moretones en el abdomen.
—¿Se atrevió a golpear a una dama? ¡Deje que me encargue!
—No te conviene meterte con él. Andrew es un guardia preparado, no lo enviarían aquí sin una misión. Si al príncipe le ocurre algo, tú y yo terminaremos en la horca. Debemos tener cuidado. La autorización recibida es solo para que le duela un poco, matarlo no es una opción.
—Entiendo, milady. Si él no quiere cooperar, ¿cuál es la siguiente parte del plan?
—Sacar el ablandador de huesos. Eso le hará recapacitar sobre sus pecados pasados, presentes y futuros. Ahora lo dejaré tranquilo, irá a la vicaría para acordar el matrimonio. Primero daré el paso que me da derecho a convertir su vida en un infierno.
Reginald iba furioso hacia la laguna en la que criaban patos y gansos para quitarse el maquillaje del rostro. No podía continuar con ese veneno en la cara. Además, esa mujer lo había puesto de mal humor.
—¡Su alteza, espere! —exclamó Andrew, persiguiéndolo. Temía que pudiese ahogarse ahí.
El joven se lavó la cara varias veces para limpiarse lo que le molestaba y después se sentó en el suelo con los brazos sobre las rodillas observando la laguna con las aves flotando en él.
—Pensé que quería suicidarse otra vez. No me asuste de esta manera, se lo ruego —habló Andrew, agitado.
—No se me ocurrió, pero me has dado la idea. Pensé que no tenía alternativa.
—Lamento haberle dado una idea. Las cosas no pudieron haber salido tan mal, ¿o sí?
—¿Qué te dice mi oreja? Fue estirada con devoción y violencia. Ahora tendré que estirar la otra para igualarla. Duele, ¿sabes? Esa mujer es el demonio.
—Bueno, su alteza, lo bueno es que no le hincó con la lanza, ¿verdad?
—Todavía puede usarla. Es evidente que está en alguno de los carruajes de su caravana.
—Eso podría solucionarlo yo. Soy hábil para muchas cosas, puedo robarle sus pertenencias a milady.
—¿Harías eso por mí?
—Por supuesto. Me pagan para cuidarlo, aunque compartamos el dinero.
—Sin ti estaría perdido, Andrew.
—Yo con usted estoy por perder la cabeza de manera literal. Si le pasa algo, no la conservaré y solo tengo una. Por favor, príncipe, compadézcase de mí y no haga tonterías que lo empujen a la tumba.
El conde suspiró de cansancio.
—¿Crees que quiero hacer todo esto? Solo quiero paz, pero esa hiena me envió a un verdugo que hasta me amenazó con no intimar conmigo.
¿Así cómo podría alcanzar algo tan efímero como la paz?
Comienzo por creer que es solo producto de mi imaginación y que no existe, que debería resignarme a todo y ser humillado.
—No se deje, alteza. Usted es alguien importante.
No debe ceder ni un poco. No le dé la oportunidad de que lo vean como débil.
Milady es una persona que se alimenta de la debilidad de sus oponentes.
Créame que no lo ve como un esposo, sino como un propósito, una misión, un objetivo, y en ningún momento el corazón está en juego.
—De nuevo he caído con una persona que no me quiere. No es nada nuevo. Primero mis padres y ahora mi futura esposa. ¿Qué viene después? ¿Que mis hijos me odien?
—¿En verdad cree que tendrá hijos con esa mujer? Su alteza, en verdad que sueña en grande.
—Ciertamente tienes razón, no tengo esperanza de tener hijos con ella, pero tampoco es la única mujer en el mundo.
Estoy considerando mis opciones. Si lady Sybil cree que me manejará a su antojo, creo que se quedará con las ganas de hacerlo.
Todavía tengo tiempo de pensar en algo camino a la vicaría.
Voy directamente a una sentencia de muerte, pero tal vez no sea para mí, sino para ella.
—¿Está pensando en acabar con milady?
—¿Por qué no? Quería ver el trato que me daría, quise huir y no lo permitió, ahora tendrá que enfrentar el infierno que causó.
Seré tan implacable como mis padres, la fruta no cae lejos del árbol.
Los sentimientos en esta familia son solo un accesorio valioso que nunca se usa.
Si nunca me lo dieron, significa que no lo poseo.
—Brillante, príncipe. Cuente conmigo para lo que quiera. Ah, ¿vio lo extraña que se veía la doncella de lady Sybil?
—Creo que ella será mi mayor obstáculo para acabarla; sin embargo, si milady es amable conmigo, yo también lo seré.
No soy de los que actúan solo por malicia, es cuestión de devolución de cortesía.
Esa criada no es inglesa, sus rasgos indican que fue traída junto con el té y las sedas desde China.
Debe ser hábil y afilada como una navaja.
No podemos confiarnos ni un minuto bajo ese mismo techo. Si su ama da miedo, ella lo duplica.
—Lo sospechaba. Se ve delgada y ágil, lo que significa que su fortaleza es la anticipación, siempre está alerta, conspirando con el entorno…
—No parezcas paranoico.
—Todas las cosas se parecen a sus dueños. Si me he vuelto paranoico, es por su causa.
—Qué boca tienes. Te atreves a culparme de tu falta de personalidad. Escucha, lo único que debemos hacer es sobrevivir a ellas. ¿Crees que será muy difícil?
—Tal vez lo sea. Ahora que vivirán bajo nuestro techo, las cosas se pondrán tensas. Yo le haré caso a usted porque es mi amo, milady puede hablar al viento, sin una orden suya, no moveré un solo dedo.
—Dudo que te resistas a un par de gritos y torturas de su parte. No digas que de esta agua no has de beber, porque cuando la sed ataca, un charco es igual que el agua de río.
—Es cierto. Creo que me pondré tan razonable como usted con una lanza al cuello o la pistola en la frente. Uno debe escoger qué batallas librar.
—Vas aprendiendo, discípulo. —El conde le tocó el hombro a su sirviente para seguir el camino a la vicaría.
Mientras caminaba con lentitud, pensaba en lo que estaba ocurriendo en su vida.
Un cambio significativo había llegado y no tenía mucho ingenio para afrontar el asunto.
No podía ser impulsivo y ser de los que atacan primero y después preguntan; lo más racional era leer las situaciones para adecuar sus respuestas a los momentos necesarios.
Él no quería ser hostil con nadie, pero si lo obligaban, tampoco sería un dulce al que devorarían de un bocado.
Su prometida primero intentó ser razonable hasta que se dio cuenta de que él estaba fingiendo, por eso lo hizo salir del ataúd.
Era una mujer perspicaz a quien no podría engañar con facilidad. Debía ser cuidadoso con ella.