El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Un mes después…

Sybil, Ming y el séquito de sirvientes de la joven se dirigían en caravana a la propiedad del conde de Riverdale.

Ella no esperaba nada del hombre, ni siquiera una recepción decente; sabía que iba a tierras hostiles y no pensaba hacer nada extraño para congraciarse; si no le gustaba lo que veía, simplemente desempolvaría el látigo y lo usaría para hacerlo entrar en razón.

Si arbustos han dado frutos con esa herramienta, una persona podría cambiar sus pensamientos de forma drástica y definitiva. Tenía claras las técnicas que usaría.

—Milady, ¿está nerviosa? ¿Cómo cree que será todo? —curioseó Ming.

—Será una escena dantesca. Ese hombre intentará huir o me atacará con mal comportamiento y palabras soeces. ¿Qué puedes esperar de un inadaptado que ha sido expulsado de la familia más noble de este país?

—Creí que tendría un poco de fe en su prometido.

—No lo conozco, pero él ha dejado que sus acciones pasadas definan su futuro.

Su reputación debe estar jugando ajedrez con los demonios.

Está enterrada en el infierno, pero si pone de su parte, podremos ayudar a que las cosas cambien.

Primero seré una buena samaritana y le propondré que se someta por las buenas a la disciplina con palabras; si eso falla, será por las malas e iremos a los golpes.

No me gustaría hacer eso con un príncipe, podrían cortarme la cabeza, pero tengo permiso de su madre para educarlo, entonces me arriesgaré a que no me vuelva a crecer otra.

Jugaré mis mejores cartas por esta oportunidad.

—Él no parece ser un blanco fácil, milady, no creo que ceda con facilidad, ni tampoco con torturas. Ha soportado mucho y en estos tres años no ha pedido piedad ni dinero a la familia real; eso habla de lo determinado que es.

—Eso es porque el capricho es como un escudo. Veremos cómo lo rompo. Todavía no lo conocemos, aunque es importante estudiar al enemigo.

—No es su enemigo, es su prometido, su futuro esposo.

—Ese es un detalle insignificante a la hora de calcular la mejor forma de educar a alguien que nunca fue educado como se debería.

De hecho, debió tener formación en el ejército; si así hubiese sido, las cosas serían distintas.

Tendría a un prometido excepcional, un colaborador de peso, alguien que reparte la sopa, pero ¿qué tengo ahora?

¿Un bebé al que debo darle la comida hecha papilla?

Por algo debo empezar. Lo que no hicieron sus padres tengo que hacerlo yo.

No me quejo, es como un pasatiempo para mí.

Es mejor esto que estar en casa aburrida intentando leer un libro que me cuesta comprender y al que debo dedicarle más tiempo del debido.

—Considero que su prometido le dará tanta diversión que terminará queriendo matarlo. Ese caballero no será fácil.

—¿Qué es la vida sin una dificultad? Solo un camino sin emociones.

—Las emociones que mejor conocerá serán la rabia e impaciencia, milady. Mi presentimiento nunca se equivoca, tendrá dificultades con este discípulo.

—No hay nadie que pueda resistirse a mis métodos. Puedo ablandar hasta un jade con la mirada.

Ming asintió ante la confianza de su señora. No sería capaz de desanimarla, porque ella en realidad era capaz de muchas cosas.

Durante el camino se quedaron varias veces para estirar las piernas.

El paisaje era hermoso. Sybil vio tantas aves volando, al igual que otros animales que salían a la vera del camino.

El encanto de la naturaleza le hacía pensar que no todo era tan malo, que la vida le tenía deparada una sorpresa interesante.

En el fondo de su pecho albergaba la esperanza de que su prometido no fuese lo que la mayoría llamaba: un caso perdido.

Por más que todo indicara lo contrario. Esperaba lo mejor de las personas y no podía evitar darle un mínimo de fe a ese hombre descarriado.

El descanso lo realizaron en varias posadas, pues no llevaban prisa por llegar.

Ella pasó la mayor parte del tiempo bebiendo vino y comiendo quesos.

No quería arriesgar su salud en un viaje tan largo.

Con lo que tardaban, podía decir que el príncipe estaba aislado en un rincón alejado, como para que no hiciera daño a nadie.

Su situación era comparable a la de un animal peligroso en una jaula.

Lo más temible era que podría ser liberado y causar mucho alboroto.

***

En casa del conde, el ataúd ya estaba preparado en el medio del salón. El ambiente era lúgubre; solo sus sirvientes estaban ahí, todos pendientes de lo que ocurriría. Cerca de la entrada a la propiedad tenía un espía que le serviría como alerta para meterse al cajón.

—Llevamos dos días esperando… —masculló Reginald, molesto. Cada día se coloca el mismo atuendo mortuorio—. Estoy cansado de ser un cadáver. Qué mujer más irresponsable. Está llegando tarde a su viudez.

—Deje de quejarse, su alteza. Este es su plan. Todas las tonterías derivadas debería tolerarlas.

—Lo sé, pero ya quiero representar mi papel del novio cadáver. Ya llevo poniéndome este polvo blanco por dos días.

—Ese polvo tiene plomo, no debería arriesgar su salud con ese veneno.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Lo hubiese usado desde que llegué aquí. Qué sufrimiento innecesario vivir tanto tiempo solo para este día.

—¡Milord! ¡Milord!

Un sirviente irrumpió en el salón asustando a los presentes.

—¡Demonios! ¿Quieres matarme? Esto es un juego —espetó Reginald con las manos en el pecho. Su corazón estaba a punto de estallar por el susto.

—Lo siento, milord. Una caravana de carruajes de lujo se acerca. Es evidente que vienen desde Londres. Debe ser milady que ya viene a tomarlo como esposo.

—¡Ya llegó! A sus posiciones. Pongan cara de que me he muerto, pero no se alegren, no es verdad. Andrew, ayúdame a subir a mi ataúd. No queremos que nos pille con las manos en la masa.

—Sí, alteza. Procure no moverse mucho; de esto depende su futuro.

El conde tenía los ojos cerrados dentro del ataúd. Evitaba sonreír, porque la situación le causaba gracia. No podría ver el rostro de su prometida y eso era lo único que podía lamentar.

Andrew corrió hacia la ventana para ver la llegada de la mujer. Ella venía con una comitiva inmensa y eso lo puso bastante tenso. Cuando la vio poner un pie fuera del carruaje y observar la casa, distinguió su porte y se encogió como si aquel ser afuera pudiese considerarse superior a cualquiera.

—Estamos muertos si descubre esta farsa —murmuró para sí mismo—. Ustedes, pellizquen sus brazos para parecer tristes. Debemos fingir bien o terminaremos muy mal con esta fiera.

Los sirvientes tomaron sus posiciones alrededor del féretro y esperaron a que apareciera la dama en cuestión.

Fuera de la residencia, Sybil y Ming observaban con recelo la fachada del sitio. Se veía descuidado y el jardín estaba muerto, quizá por el invierno que pasó.

—Esto será difícil, milady. Mire el lugar al que llegamos…

—No importa, Ming, los campamentos solo tienen la luz de la luna y las estrellas como techo; aquí al menos tenemos algo.

—Qué optimista. Si fuese usted, mi primera reacción sería regresar al carruaje.

—Entraré rápido antes de que me convenzas.

La joven apresuró el paso y golpeó la puerta con firmeza.

Dentro de la casa, los dientes de los sirvientes castañeaban de miedo al oír semejante golpe que retumbaba por los rincones. El mismo Reginald abrió los ojos con sorpresa y el temor lo recorrió por completo; si no moría de verdad, ella haría que eso se convirtiera en realidad.

Después de respirar apresuradamente e intentar calmarse, Andrew fue a abrir la puerta.

—¿Por qué tardó tanto? Qué sirviente más inútil. Tener a milady golpeando la puerta como si fuese un toro… —gruñó Ming con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Ming, no seas hostil. Este debe ser Andrew, el perro leal del príncipe —habló Sybil mirando a Andrew de pies a cabeza.

Andrew quería quejarse por lo que había dicho la dama, pues reprendió a la criada que lo ofendió, para poder hacerlo ella.

—Disculpen la demora, pero ha ocurrido una desgracia. Pasen, por favor…

Sybil entró a la residencia, que era tan deprimente como el jardín.

Ese sitio carecía de cosas de valor. No era un lugar digno para un príncipe.

En verdad, sus padres sí estaban decididos a castigarlo.

Al ver el ataúd en el centro del salón, supo que algo no estaba bien.

¿Por qué el príncipe estaba muerto? La princesa le había dicho que él tenía tendencia a quitarse la vida; sin embargo, no lo había logrado, era inútil hasta para eso.

—¿El príncipe ha muerto? —preguntó Sybil con verdadera sorpresa.

—Sí, milady. Ingirió veneno mientras nadie lo veía. Ha estado inestable durante los últimos años y creo que este asunto de la boda solo precipitó lo inevitable —respondió Andrew en tono abatido. Se sentía como un verdadero actor.

Ella no podía creer tanta coincidencia, por lo que caminó hacia el ataúd y miró dentro de él.

Los sirvientes de Reginald solo podían tragar saliva de forma sonora, si eran descubiertos, tendrían problemas con la nueva señora de la casa.

Cuando la joven se asomó, notó las diferencias de color entre el rostro y el cuello, además, los ojos del supuesto cadáver iban de un lugar al otro mientras estaban cerrados. Ese era el muerto más vivo que había visto. Su prometido estaba actuando, por eso ella estaba decidida a darle una lección.

—¡Oh, mi amado príncipe! ¡Qué triste final ha tenido! —exclamó con falsa vehemencia.

Ming no comprendía lo que ocurría, ¿su ama había enloquecido?

—¿Cuánto tiempo lleva muerto mi queridísimo prometido? —continuó.

—Dos días, milady —respondió Andrew con un poco de temor.

—¡Con razón ya tiene olor! —vociferó alejándose, fingiendo llorar.

El conde abrió los ojos como platos y comenzó a olerse.

—¡Que alguien le dé un momento digno! No puedo ver que se pudra un hombre tan atractivo. Traigan clavos y un martillo. No puede continuar expuesto o su belleza se perderá. ¡Oh, las moscas están comenzando a bajar en su cuerpo! Pondrán sus larvas y lo devorarán con lentitud. ¡Traigan lo que pedí!

El sirviente de Reginald no sabía qué hacer. No podía dejar que ella sellara el ataúd, el conde no soportaría estar tanto tiempo encerrado.

Dentro del féretro, Reginald no podía creer que su prometida dijera todas esas cosas. Quería enterrarlo vivo.

—¿Por qué nadie hace lo que dice milady? ¡Muévanse para cumplir con la orden! —Ming sacó una pistola y los amenazó. Todos comenzaron a correr hasta que uno llevó lo que había solicitado Sybil.

La joven sonrió al tener los clavos y martillos en su poder. Ese sería el momento en que sabría qué tan muerto estaba el príncipe. Con un gesto de la cabeza hizo que Ming cogiera la tapa para comenzar a sellar el ataúd.

—¡Oye! ¡Basta de esta tontería! ¡Me descubrió! No estoy muerto —dijo Reginald saliendo del féretro.

—Lo suponía, la única forma de hacerlo salir era asustándolo con enterrarlo vivo.

Mi técnica es buena… —La joven miró al caballero alto y de cabellera rubia por debajo del hombro.

Con todo y esa cara blanca por el maquillaje, era atractivo.

Sus peculiares ojos verdes resaltaban entre tanta blancura.

Él no se quedó atrás para apreciar a Sybil. Definitivamente, era la digna hija de un general. Su aura era impresionante, porque con solo verla daban ganas de agachar la cabeza.

—Retírense todos, hablaré con milady… —ordenó el conde que fue a sentarse en uno de los sillones del salón.

La servidumbre se retiró incluyendo a Ming para que ambos pudiesen conversar.

—Quiero escuchar las razones por las que ha fingido su muerte, su alteza.

—Soy milord, milady. He perdido mi título de príncipe. Si se queda aquí lo mejor que puede hacer es acostumbrarse a lo que ve y tiene aquí. Londres no existe, esta es tierra sin dueño.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Por qué fingió su muerte?

—¿Y qué más podría hacer? ¿Qué haría usted si le dicen que se casará con un bandido? Considere sus opciones.