El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

En casa de Sybil, la joven practicaba un poco de esgrima con Ming.

Sabía que no era rival para alguien como ella que había nacido con habilidades.

Era la única persona más fuerte, por eso la protegía.

Nadie había podido ganarle a su doncella.

Quien quisiera pasarse de listo con la hija del general terminaba muerto.

—Milady, ha llegado una carta de la princesa para usted —comunicó uno de los sirvientes de la mansión del general.

Sybil y Ming se detuvieron durante la práctica. Ella se quitó el protector del pecho y dejó su espada a un lado.

—Puedo adivinar lo que dice ahí —afirmó la joven con seguridad—. Revísalo por mí, Ming.

—Sí, milady.

La doncella cogió la carta para leerla.

—¿Qué dice? —curioseó Sybil, que se sirvió una taza de té.

—Dice que dentro de un mes debe ir a la propiedad del conde de Riverdale.

—Ajá. Iré a casarme a un condado. Vaya sacrificio que hago para ser reconocida entre los hombres.

Todavía faltan un par de días para empacar las cosas.

Debo comunicarle a mi hermano que me casaré.

No estará feliz al saber que será con un vago inútil.

A mí tampoco me hace mucha gracia, pero me aguanto por un bien mayor.

—Al menos sabe que no será del todo un sacrificio. Muchos hablan del atractivo del hijo de la princesa.

—No importa. No pienso tocarle un pelo. Si él no es capaz de ser un hombre útil, que ni intente compartir mi cama. No mezclaré mi sangre con un tonto. Imagina tener un hijo inepto. Debe ser horrible, por eso la princesa debe hasta escogerle una buena esposa.

—¿Qué cree que pensará el conde cuando la vea?

—Lo más probable es que se orine en los pantalones.

Debe ser un cobarde, un tipo de medio pelo incapaz de hacer algo distinto que follarse a mujeres de dudosa reputación.

Nada es imposible para mí, lo reformaré y traeré a Londres para poder tomar posesión del cargo.

Después decidiré si vale la pena continuar casada o matarlo, porque me pedirán tener hijos.

Para mí no es prioridad, pero el duque y la princesa no lo verán de esa manera.

—Es cierto. La descendencia es importante y más para las personas de la realeza y, pese a que el conde es nefasto, igual querrán tener algo de él.

—Sí, pero que no piense en tenerlos conmigo si no da la talla.

Un hombre debe conocer sus virtudes y explotarlas para que una mujer lo admire y respete.

Su belleza se marchitará con el tiempo, por eso no puede medirse el atractivo para determinar el afecto; sin embargo, un caballero honesto, trabajador y de moral alta es digno de respeto y admiración.

Estas dos cosas mantienen viva la llama en el corazón de una mujer.

—Es usted tan erudita, milady. Dudo que ese caballero esté a su altura; ni siquiera habrá tomado en serio los estudios.

—Tal vez. Solo esperemos que no sea un caso perdido y que nos haga más fácil el camino a la obediencia. Si no es así, lo castigaré demasiado, tanto que quebraré hasta sus cimientos.

Ming asintió y dobló la carta para entregársela a su ama. Pronto tendrían que prepararse para un viaje a lo desconocido. El hijo de la princesa debería prepararse para lo que se acercaba.

Después de tomar el té, fue a la biblioteca para escribirle una carta a su hermano que estaba viviendo en un condado vecino.

A él le gustaba la tranquilidad de una propiedad rural.

Ya tenía treinta años y apenas el año pasado había contraído matrimonio con la hija de otro general; aunque ella nunca fue al campo de batalla, se había criado con la disciplina del ejército por su padre.

No eran personas a las que les gustaran las tonterías, eran de mecha corta y pistola rápida.

Su buen hermano había hallado a la mujer ideal para unirse a la familia; solo Sybil se casaría con alguien que no encajaba en nada.

Pasaría vergüenza en las reuniones familiares con un esposo que no servía para mucho.

Si le encontraba alguna utilidad, sería un milagro.

Al acabar su carta, la dejó secar y se puso a buscar un buen libro que la ayudara con su falta de entusiasmo de las últimas.

La tensión por casarse le hacía pensar sobre lo mismo al menos mil veces.

Confiaba en sus habilidades de tortura para conseguir lo que deseaba, pero esperaba que el conde no pusiera demasiada resistencia.

Era sabido que cualquier hombre se negaría a que una mujer lo manejara a su antojo.

Su intención no era que él se convirtiera en un títere, sino que fuera útil y respetado por todos; no deseaba un esposo inepto, ambos se avergonzarían si eso ocurría.

—Milady, lo busca el marqués de Dublín. No tiene buen semblante —anunció Ming, que entró a la biblioteca.

—¿Me interrumpiste en esta aventura de buscar a un libro por ese meloso? ¿Qué hice en mi otra vida para merecer esto? Supongo que no será elegante que la hija del general Whitcombe le dé una patada en la espalda para mandarlo a su casa o un latigazo que lo deje en la acera.

—Sí, sería mal visto, pero su imagen no decaería tanto. La gente sabe que a usted le encanta poner en su lugar a los ineptos. No sería nuevo, e incluso me atrevo a decir que conseguiría más adeptos que estén de acuerdo con su postura.

—Me halagas, Ming. Cualquiera con buen criterio sabría que este marqués es una alimaña mal disimulada.

Ha estado detrás de mí por más de un año.

Hoy le daré la estocada final para que se aleje definitivamente.

No soportará saber que estoy comprometida y menos con el príncipe exiliado.

Sería un golpe terrible para su ego. Es de los que no tolera la humillación, pero tendrá que tragársela porque este matrimonio fue orquestado por la familia real y eso no admite discusión.

Un tonto sirve para repeler a otro. ¿Premio o castigo?

Al bajar las escaleras para ir a atender a la visita no deseada, lo vio con una caja de terciopelo, lo que indicaba que era una joya. Se giró sobre sus talones para regresar arriba, pero su doncella se lo impidió devolviéndola a su sitio.

—Odio estos presentes, hacen que parezca que le estoy dando esperanzas. Qué repugnante —masculló entre dientes—. ¿Por qué mejor no le dices que estoy indispuesta?

—Porque esa excusa la ha usado demasiadas veces, milady. Se ha quedado sin ideas para evitarlo.

—Es más persistente que una mosca en un corral. Mi compromiso con el conde debe ser la forma perfecta para deshacerme de este hombre que me harta.

La joven infló el pecho para infundirse más paciencia que valor. Debía recordar que, pese a todo, era una dama de la élite de Londres, no podía comportarse como una dama neandertal.

Al verla entrar, el marqués se acercó a ella con los ojos brillando de admiración. Para él su belleza y porte eran cegadores. No era como otros caballeros que pretendían correr de ella por ser un tanto ruda. Aquel veía cierto encanto salvaje en su rudeza.

—Su señoría, ¿qué lo trae por aquí? —saludó con una reverencia que él correspondió de inmediato. Aquel era un caballero joven de unos veinticuatro años, de buen ver, pero intenso a su manera. No terminaba de agradarle.

—Milady, disculpe la molestia. Es solo que vi una joya y pensé en usted…

—Por favor, evite los obsequios. No quiero que los demás piensen que soy una criatura codiciosa y que me aprovecho de las personas.

—Lo que más deseo es que se aproveche de mi persona, milady. Eso sería interesante.

—Ya me dio el obsequio. Me disculpo, tengo cosas que hacer.

—¿Puedo acompañarla?

—No, lo que tengo que hacer requiere silencio. Sé que usted estará deseando conversar conmigo y yo no podré corresponderle de la misma manera.

—¿Qué hará?

—Plantaré flores en el jardín antes de irme de Londres.

—¿Irse de Londres? ¿A dónde? —interrogó con presteza.

—A casarme en un condado…

—¿Casarse? ¡Casarse! —vociferó el marqués.

—Sí, me casaré con el príncipe, el hijo de la princesa y del duque.

El joven marqués se sintió mareado al instante.

Esa era una noticia incapaz de digerir. Un inútil no podía compararse con él, que era atractivo, un genio estratega, hábil en los negocios y la literatura.

Aquel hombre era la descripción de despojo humano.

Era increíble que la dama más talentosa terminara en las garras de un descarado incapaz de ser útil al menos para trancar una puerta.

Su cuerpo no podía tolerar semejante locura.

—¿El conde de Riverdale? Imposible… es un castigo del cielo y una bendición del infierno… no puede ser. ¡Es inaudito! —espetó cargado de molestia, tanta que su cara se había puesto roja y también comenzó a temblar.

Sybil lo miró con precaución y se alejó un poco. No sabía en qué terminaría el ataque de locura de este hombre, aunque después de unos instantes lo supo; este se desmayó en su salón.

—¡Su señoría! ¡Su señoría! ¡No puede morir en mi salón! ¡Ming, saca el cadáver a la acera! —exclamó la joven que se agachó para verlo mejor.

La doncella corrió al escuchar el tumulto, al igual que el general Whitcombe.

—¿Lo golpeó, milady? —curioseó la doncella que se acercó al cuerpo tendido para colocarle el dedo en la nariz y saber si respiraba—. No está muerto. Podemos decir que se quiso propasar, ¿o no?

—¡Jovencita! ¿Qué te he dicho de golpear a los candidatos? No querrás enemistarte con el duque de Lockwood. Ese es su hijo más querido —la reprendió su padre.

—¿Pueden escucharme? ¡Él se desmayó sin que moviera un dedo!

¿Por qué dudan? Este es el momento perfecto para colocarlo en la acera y que no estorbe en el salón.

Pensé que me libraba de él al decirle con quién me casaría, ¿cómo sabría yo que no soportaría la noticia?

No soy adivina. Creí que contarle que me casaba con el príncipe sería algo bueno, pero no pensé que tanto.

—No te burles, Sybil. ¿Qué haremos con este hombre? Ahora debemos atenderlo.

—Padre, solo hay que abrir la puerta y darle un par de empujoncitos para que se vaya. No volverá jamás.

—Milady, su padre está hablando en serio. Excelencia, ¿traigo a los sirvientes para subirlo a una habitación? —indagó la doncella.

—Primero debemos despertarlo con unas sales. Después, subirlo.

—¡Familia! ¡Hemos llegado! —exclamó Alexander, el hermano mayor de Sybil.

—¿Qué está pasando? —preguntó Olive, su cuñada.

—Querida, ¿no ves que están jugando a sacar la basura por la puerta principal? Eso lo aprendió de mí —dijo Alexander con una sonrisa satisfecha en el rostro.

—Alexander, esto no es un juego, este hombre se desmayó —replicó su padre.

—Es un inútil. ¿Por qué se desmayó? Sé que Sybil es encantadora, pero no creo que sea para perder el conocimiento —afirmó su hermano.

—Ella le dijo que se casaría con el príncipe, el hijo libertino de la princesa…

—Ese es un buen engaño para librarse de él. Tuviste una gran idea, hermana. Te admiro. Cualquiera se caería de espaldas con una noticia como esa. Menos mal que es un invento…

—No es un invento, hermano. Hoy te escribí una carta para contarte esto. —Ella sonrió nerviosa al ver la palidez en el rostro de su hermano y la incredulidad en la de su cuñada.

—Para mi buena fortuna, el marqués me dejó espacio en el suelo para hacerle compañía… —habló Alexander antes de seguir el ejemplo del desmayado.

—¡Querido! —gritó Olive arrodillándose junto a él.

—¡Hermano, lo siento! ¡Despierta! ¡Las sales, las sales!

El asunto se complicaba con dos desmayados de ira. En verdad que el príncipe se había ganado muchos detractores en sus años anteriores; por eso no podían aceptar que se casara con alguien tan valiosa como ella. En el futuro tendría que ser inteligente para mediar los conflictos que surgirían.