Capítulo 3
Reginald siguió tranquilo por un par de semanas hasta terminar el invierno; las noticias más terribles estaban a poco de llegar hasta él, porque después de que Andrew respondiese la carta por el conde, él sabía que su paz tenía fecha de caducidad y esa sería cuando llegara la correspondencia.
Por más que se negara a abrir el sobre, las cosas no cambiarían.
Estaba condenado a un matrimonio y no tenía dudas de con quién sería.
Había visto a Sybil un par de veces en el palacio y siempre le pareció rígida y temperamental.
Nadie querría una mujer así en su vida. Imaginaba que sería frígida en la cama y que sería mejor copular con un cadáver que con ella; le pondría más emoción.
Aquella era la pesadilla de todo caballero; era bonita, pero la tentación no era suficiente para vivir bajo la mirada de una mujer castradora capaz de darle una patada que lo haría aterrizar en el condado vecino.
—Ya he pagado el salario a la gente de la finca, su alteza…
—Dime, milord Andrew. Me pones de malhumor —dijo Reginald con el rostro serio—.
Nadie quiere ser su alteza; no quiero que la gente sepa que soy un príncipe caído en desgracia y exiliado.
¿No es eso tan humillante? Para colmo, pronto vendrá esta mujer y me arrastrará por el condado.
Mi vergüenza se duplicará y moriré por exceso de humillación. Qué futuro tan miserable.
—Usted antes era un hombre libre y feliz, ahora solo habla de desgracias.
—Fui libre y feliz hasta que quisieron casarme.
Puedo lidiar con bandidos, arrendatarios iracundos, recaudadores de impuestos, niños pequeños y mascotas, pero ¿una esposa?
Al menos me alegraría si fuese una con modales suficientes para no comer con el pie; sin embargo, me enviarán a un águila, que me verá como un ratón.
¿Qué clase de fortuna tengo? Un ciego, sordo, manco o cojo vive mejor que yo.
—Milord, no quiero que se ahogue en la miseria. Refexione. No es seguro lo que piensa. Tal vez no es lady Sybil. Oiga, considere algo importante. ¿Cree que milady querrá venir aquí? Dudo que aceptara.
—Ese podría ser un pensamiento válido, que ella hubiese vivido en la ciudad, pero siempre rondaba los campamentos y conocía las penurias. ¡Dios, me aspará con su lanza!
—No piense así. Escuche esta otra opción. Ella no vendría aquí salvo que le ofrecieran algo. Usted sabe que no hay mujeres en el ejército, por eso no es un incentivo. A milady no le interesan los hombres como pareja; para ella, quienes no luchan ni asumen trabajos duros son basura.
—¡Es cierto! ¡Mis nalgas están salvadas! Lady Sybil se ahoga en dinero, no hay incentivo suficiente y yo no soy tentación ni para el mismo diablo. ¡Eso es tener un plan de salida!
Andrew asentía con vehemencia. También quería creer en lo que él mismo decía.
Quizá se hiciera realidad, porque si esa mujer llegara a pisar esas tierras, viviría peor que un esclavo.
Al menos viviendo con el conde tenía un poco de libertad, aunque se quedara pobre todos los meses.
No quería trabajar más de lo que ya lo hacía, pues cumplía con todo lo que el propietario debería hacer; aquel solo firmaba y sellaba documentos.
Escasamente se involucraba en los asuntos, solo opinaba a grandes rasgos, dando de vez en cuando alguna idea buena.
No era tonto, era un hombre preparado, pero que no usaba sus conocimientos para nada útil.
—Milord, han llegado las nuevas semillas para este año. Las guardaremos en los graneros para cuando empiece la época de siembra. Debemos pagar los granos…
—Pagar los granos… si lo hacemos, no quedará nada para que tome alcohol de buena calidad. Bien, mejor uno de mala calidad que nada. Paga y no molestes. Seguiré leyendo un poco más.
—¿Usted leyendo? Estaba durmiendo cuando vine, su alteza. Su cara es más dura que una piedra —se quejó Andrew saliendo de la biblioteca.
El conde bostezó y colocó el libro sobre su rostro para tapar la poca luz que entraba por la ventana. Se quedó dormido al poco tiempo.
—¡Su alteza, su alteza! —gritó su sirviente.
El joven amo tiró el libro y cayó del sillón en el que estuvo durmiendo en una posición incómoda.
—¡Qué demonios! Si no es el apocalipsis, no molestes, Andrew —espetó molesto.
—¡Es una carta del palacio! Aquí es probable que diga el nombre de la novia y cuándo llegará.
Reginald negaba con la cabeza. Estaba a punto de desternillarse por eso. No quería leer la carta, no deseaba casarse, tampoco deseaba seguir viviendo si fuera torturado como si estuviese en el infierno.
—Abre esa porquería. Al mal paso, darle prisa. Las noticias no cambiarán de ninguna manera. Si nos negamos, solo alargamos el sufrimiento que de por sí ya es un problema. No tengo salvación, salvo que por algún milagro se pudiese retroceder el tiempo.
El sirviente suspiró antes de abrir la carta. Temía lo que pudiese decir ahí.
Querido hijo mío,
Tu nula cortesía me deja perpleja. Dejas que Andrew responda tu correspondencia. Usas a ese sirviente como un lacayo; si sigues así, te lo quitaré y no tendrás a nadie con inteligencia para que te ayude.
Por otro lado, he conseguido a la esposa ideal para ti.
Lady Sybil Whitcombe está dispuesta a tomar el riesgo de casarse contigo.
Sé que quizá esta noticia te deje un poco sorprendido, pero ella es una dama con un estatus ideal para ti.
Es alguien que te dará una mano en todo lo que necesites, la aliada ideal para todos.
Recuerda que es preciosa y talentosa, no encontrarás a nadie con su encanto.
Es multifacética e inteligente, es la compañera ideal para que crezcas de mente.
Ella viajará en un mes y se casarán en la vicaría de la propiedad. Te enviaré mucho dinero para que hagas una boda decente. No querrás ofender al general Whitcombe dándole a su pequeña una fiesta decadente.
Te quiere,
Tu madre.
—¿Su encanto? Un minotauro tiene más encanto que esa mujer. ¿En qué está pensando esa yegua que me parió? ¿Por qué mejor no me arroja de un acantilado si quiere matarme dolorosamente? ¿Por qué casarme con una bruja? Es inhumano.
—Su alteza, tenga más respeto, su madre es la princesa.
—Princesa… Tonterías, soy un príncipe y aquí estoy.
Cualquiera puede estar en la cima un día y después caer del nido a la realidad más aterradora, por ejemplo: que tu madre quiera casarte con un gladiador.
Vamos, soy un poco tonto, pero conozco mis limitaciones.
Por más varonil que pueda ser con esa mujer, no me atrevo ni siquiera a quitarme la ropa.
Ella podría abusar de mi cuerpo virginal.
—¿Cuál abuso y cuál cuerpo virginal, su alteza? Es temprano para que beba.
—Lo que importa es el alma. Esa sí es virgen. Vendrá en un mes. Lo mejor que puedo hacer ahora es ahogarme en una letrina. No tengo salvación, ni esperanza. Lo sabía desde un principio; el mal presentimiento es como un don horrible. Es como si todas las flechas solo dieran en un solo punto.
—Lamento haber creído que teníamos una esperanza. Ahora no podremos hacer nada más que obedecer o nos irá mal.
—Sí, pero no tengo muchas ganas de cumplir. Buscaré una manera de negarme, aunque dudo que resulte. Quizá deberíamos buscar alguna cueva en la cual vivir, abandonar todo esto no parece algo tan malo comparándolo con un matrimonio.
—Podríamos vivir como arrendatarios en alguna otra propiedad…
—Nos pedirán trabajar y nosotros no sabemos cómo labrar la tierra. Olvídalo. Somos inútiles.
—Puedo trabajar como administrador para sobrevivir, su alteza. Llevo mucho tiempo haciendo de todo; incluso puedo convertirme en mercenario si es necesario.
—Eso es peligroso. Los atacados siempre buscan venganza. Debemos buscar otra forma de vida. En fin, mejor quedémonos.
—Pero milady me hará trabajar más de lo que ya trabajo, su alteza. Usted me explota y sé que es buena persona; imagine a alguien que es muy exigente.
—Tienes un salvoconducto: mi madre. Te adora, puedes irte con ella y dejarme aquí solo, esperando a que me lleve la muerte.
Andrew cerró los ojos sabiendo que la culpa lo golpearía como si él fuera una almohada de plumas. No podría escapar porque su amo era el príncipe, por más que la princesa pagara su sueldo. Tendría que estar con él en las buenas y en las malas.
—Su alteza, está siendo cruel. No puedo dejarlo solo, moriré con usted si hace falta. Ese es el destino de un sirviente leal…
—Sí, es cierto. No llores, Andrew, pensaremos en algo para sobrevivir. Se me está ocurriendo una buena idea para que no tengamos que soportar a lady Sybil, aunque puede alejarnos de todo lo que conocemos.
—¿Cuál?
—¿Recuerdas que me dijiste que tenemos un ataúd?
El sirviente miró el rostro de su amo con desconfianza.
—Así es, pero ¿para qué lo usaría?
—Voy a fingir mi muerte y desapareceremos.
Seremos como nómadas en este país. Un tiempo podríamos vivir de la naturaleza y después tú puedes trabajar para mantenerme.
Venderemos todo objeto de valor de esta casa y será de mucha ayuda.
Entonces, el día en que llegará Sybil, aquí no habrá una fiesta de bienvenida, sino el velorio de su querido prometido desconocido. ¿Qué opinas de mi idea?
—Suena muy bien, pero conociendo a milady tal vez quiera revisar el ataúd.
—Sí, pero estaré ahí, fingiendo. Por supuesto que habrá un cuerpo. No sería tan tonto para que se dude de mí. Este plan tiene pocas fallas.
—¿Y si nos descubre?
—Diremos que reviví de manera repentina y que soy un milagro del cielo o que fui poseído y soy inconveniente para el matrimonio.
—Su mente funciona bien para la malicia, su alteza. Si pensara así para solucionar los problemas de sus arrendatarios, sería maravilloso.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada, lo estoy afirmando. Es malicioso y poco generoso.
El conde hizo un mohín y curvó su boca hacia abajo.
Sabía de sus defectos, pero su subordinado no estaba tranquilo hasta decirle de qué se iba a morir.
Siempre lo perseguía con la idea de que era un vago perezoso.
Tampoco quería restarles credibilidad a sus palabras, pero no tenía ganas de poner a trabajar a su intelecto para mejorar un castigo.
Nadie creía en él y eso no lo motivaba a querer hacer algo distinto.
—Quizá, solo quizá, tengas razón, pero tú me conoces.
Llevas muchos años conmigo y sabemos que no me gusta que me tomen por tonto.
No tengo razones para demostrar mi valía, no me interesa.
Muchas personas demuestran día a día lo que valen, pero ¿han cambiado su situación?
Lo dudo, entonces, ¿para qué esforzarse?
¿Quién lo valorará? La hiena que me abandonó aquí sigue haciendo de las suyas, solo que ahora sacó todo el arsenal del baúl.
Apostó por el matrimonio, que es la mejor arma para controlar a un hombre sin control propio.
Solo que omitió que yo no me dejaré tan fácilmente.
—Lo apoyaré en todo, pero lo único que no deseo es que milady nos castigue a ambos.
—Sin duda eso ocurrirá. Jugaremos la primera carta. Si ella cree que estoy muerto, se irá y nosotros buscaremos un nuevo rumbo.
Dentro de la delirante idea de Reginald, confiaba en que podría tener posibilidades de buen resultado.
Era eso o resignarse como si nada. Nadie le preguntó si quería o estaba listo.
Una vez no respetaron su voluntad y lo aceptó, pero ya no estaba dispuesto a ser lo que otros querían.
Se convirtió en un verdadero rebelde que no quería respetar a sus padres y su familia.
Prefería vivir la vida con la sencillez de la libertad.
Sus parientes debían pensar que él deseaba volver a la jaula gigante a la que llamaban palacio, mas al conde no le interesaba ser parte del juego de ajedrez que siempre representaba vivir bajo el techo de los poderosos.
El pueblo, dentro de sus limitaciones, era más feliz que cualquier pasillo de la casa que habitó durante años.