El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

En los pasillos de la corte se oían los pasos de lady Sybil Whitcombe.

Nadie se atrevía a cruzarse en su camino; hasta los guardias del palacio le rendían culto.

No querían enemistarse con una mujer con grandes habilidades.

La mayoría estaban seguros de que una dama así podría echar por tierra el mismo imperio.

—He venido a una audiencia con la princesa —dijo al llegar hasta la gran puerta que daba a la habitación de la mujer de la realeza.

—¡Oh, por supuesto, milady! La princesa está ansiosa por verla —alegó uno de los consejeros.

—¿Puede anticipar lo que su alteza quiere hablar conmigo?

—No me atrevo, milady. Solo tengo una cabeza y no quiero perderla. No podemos comentar lo que sale de la boca de su alteza sin que ella lo autorice. Este es un asunto muy importante que atañe a la familia real.

—Entiendo. Debe ser sobre el hijo inútil que tiene.

El hombre apenas asintió un poco para darle la razón.

—Pase, milady. Ayudaré a Ming a llevar sus recompensas al carruaje.

—¿Qué recompensas? No hice nada en estos últimos meses… —musitó la joven con una sonrisa nerviosa.

—Usted ordene, milady. Ming se encargará —dijo su sirvienta. Ming era un tributo de China por haber salvado a uno de sus enviados durante una emboscada. Era una experta en kung fu que le asignaron como su seguridad desde hacía cinco años. Ambas eran inseparables.

Sybil era la hija del general Whitcombe, que sirvió durante años al imperio.

Eran una familia de soldados y desde que tenía memoria ella había crecido en los campamentos pese a la negativa de sus padres y hermanos; sin embargo, la joven nunca se resignó a ser una joven convencional.

No le gustaban las mujeres débiles que pudieran convertirse en un punto en contra de su propia estirpe.

Desde pequeña obtuvo reconocimientos por su forma de luchar.

Fue educada por los mejores comandantes y expertos del reino solo por diversión, pero terminó convirtiéndose casi en un miembro más de la milicia.

Sybil entró a la amplia habitación de la princesa.

Aquel lugar tenía una sala de recepción bastante extensa, la alcoba era algo imposible de ver, pues ese lugar tenía tantas dependencias que solo la llamaban «la habitación».

El té humeaba frente a la elegante y refinada dama frente a ella, que llevaba puesto un vestido color burdeos con bordados dorados, dignos de su posición como hermana del soberano.

—Lady Sybil… me honra tenerla en mi humilde morada —habló la princesa.

—Su alteza, el honor es mío. —Sybil hizo una reverencia estudiada y elegante. Sabía cómo comportarse en la corte, pues ella no solo había crecido en los campamentos, sino también en esos pasillos. Conocía a todos más que el mismo soberano.

—La mandé llamar, porque tengo una misión especial para usted. Es un enemigo terrible…

Eso llamó la atención de la joven. Parecía ser un asunto de gran importancia.

—La escucho, alteza, ¿quién es el enemigo?

—La pereza de mi hijo, lady Sybil. Usted es mi última esperanza para salvarlo de sí mismo. Necesito que lo eduque.

Ella suspiró al darse cuenta de que esa misión rivalizaba con meter la cabeza en estiércol de caballo: pura porquería, pero como era una princesa, no podía negarse con vehemencia como deseaba hacer.

—¿Cómo podría ayudarla esta humilde servidora?

—Casándose con él.

—¿Casarme? —interrogó sin poder ocultar su sorpresa.

—Sí. Te aseguro que no sufrirás. No tendrás que poner dote; nosotros te daremos una y será generosa. También te daremos el título de princesa, porque Reginald, a fin de cuentas, es un príncipe, por más que esté castigado y fue degradado.

—Con sinceridad, creo que es una trampa mortal. Su hijo es conocido en la ciudad por sus tonterías pasadas.

—Es comprensible que piense bien las cosas antes de aceptar.

—Entonces, la recompensa de la que habló el consejero era algo que tiene que ver con esto.

—Sí. Quería persuadirla para que lo considerara con cuidado.

—Mi respuesta es no. No me interesa ser una princesa. Ese título no está hecho para mí. Me forjé en el ejército; para mí lo que significa ser una dama carece de sentido.

—Preví este escenario, querida. Le ofrezco el puesto de comandante de la guardia real si logra que mi hijo se convierta en un ser de luz.

—¿La guardia imperial?

—Sí, es mucha responsabilidad. Sabe que en este mundo abundan los traidores.

Usted goza de la máxima confianza; sin embargo, no la ayuda, que es mujer.

Conoce los prejuicios contra nosotras. Si le ofrezco esto es porque lo he conversado con mi hermano.

No le estoy ofreciendo castillos de humo.

Nos interesa revitalizar la imagen de la familia real y su personalidad encaja con lo que Reginald necesita.

Los recientes informes de Andrew son tan deprimentes.

En los últimos años hasta ha intentado suicidarse tres veces.

Si voy a verlo, estoy segura de que no podré resistir y lo traeré conmigo.

Sería un error de mi parte. Quiero que aprenda de la vida, que ayude en esa propiedad, pero hasta el momento solo come, bebe, duerme y se pelea con sus arrendatarios.

La situación cada vez es más lamentable. Incluso le roba la paga a su guardián.

—El príncipe es un vándalo. Ser libertino es mejor que delincuente. ¿Puedo enviarle mi respuesta por carta? Tengo que considerarlo seriamente. Me interesa el puesto de comandante de la guardia.

—Por supuesto. A mi hijo solo le dije que estaba buscando esposa; no sabe cuándo le llegará su ángel salvador.

Por cortesía, Sybil se quedó más tiempo para enterarse de más cosas sobre el príncipe.

A medida que la escuchaba, se daba cuenta de que era una verdadera lacra, un insecto chupasangre y un debilucho de primera.

No tenía nada que ver con lo que era ella.

La verdad era que solo lo había visto de lejos una vez y no estaba en buen estado; su borrachera no la dejó distinguir si era o no atractivo, solo que no tenía un ápice de virtud.

Al salir del lugar de la princesa, Sybil salió cabizbaja y haciendo gestos con los ojos y la boca.

Estaba entre aceptar y no hacerlo, la tentación por un puesto que siempre había ocupado un caballero era difícil de resistir.

Ser una princesa llena de joyas y dinero no le importaba.

Para esas cosas tan ordinarias tenía a su padre, que no escatimaba en nada para darle todo lo que ella pedía.

—¿Qué pasó dentro, milady? Disculpe mi curiosidad —habló Ming, que subió al carruaje detrás de ella.

—Me temo que sí me habló de su hijo inútil. No me molesta que me hable de él, pero ella desea que me case con ese hombre. Es una verdadera locura, pero hay recompensa y es muy buena.

—En el carruaje hay mucho oro, milady. Eso puede tentar a cualquiera.

—Es cierto que puede, pero no soy cualquiera, por eso no me dejo tentar por el dinero. Me ofende que me ofrezcan el título vacío de princesa por matrimonio…

—¡Princesa! Milady, debería considerarlo.

¿Qué es para usted un hombre inútil de la realeza?

No es nada para su disciplina. Podrá dominarlo.

Además, si se convierte en princesa, eso no solo será un privilegio, será poder.

Me parece que no está viendo el panorama completo, mi señora.

Ming sí puede ver más allá de un título vacío.

—Oh, Ming, tienes razón. Una princesa no es del todo un título vacío. Aparte, puedo usar el nombre del príncipe para actuar; sin embargo, eso será cuando me toque pulir sus nulas habilidades. Debo convertir a un tonto en una persona pensante. ¿Crees que los manzanos darán peras?

—Con su disciplina hasta los naranjos darán peras, milady, y no lo digo para congraciarme, estoy muy segura de sus capacidades.

—Para mí no existen los árboles torcidos; donde veo uno, lo pongo recto.

La joven se sentía bastante orgullosa de su educación.

Recibió lo mejor de ambos mundos. Por un lado, era una dama refinada y, por el otro, era un general con falda.

No le gustaban las tonterías, aunque siempre intentaba ver talento donde no existía.

Esperaba que el príncipe fuese lo suficientemente capaz para mostrar algún talento oculto.

Se aferraría a lo primero que podía ver en él para revitalizar su imagen.

Si sabía montar a caballo, ella haría creer al resto que era el mejor jinete del país; si le gustaba martillar, diría que era un experto forjador de espadas antiguas y muy probablemente lo convertiría en eso.

Ese caballero no se escaparía de su telaraña de control.

Una vez que llegó a la residencia de su padre, este se encontraba en el salón con el rostro aburrido.

—¿Cómo te fue? —indagó dando un salto desde el sillón.

—Relativamente mal, o quizá bien. No estoy del todo segura de la situación —respondió cogiendo a su padre del brazo.

—¿Es alguna misión arriesgada? Sybil, déjate de esas cosas que no son para damas. Me tienes rezando todos los días para que no se te ocurra alguna nueva hazaña a llevar a cabo.

—Qué desconfianza, padre. La princesa quiere que me case con su hijo y que lo convierta en… ¿Cómo dijo? Ah, cierto: un ser de luz.

—Querida, el sol no sale por el oeste.

—Insisto. Qué poca confianza, padre. Esta hija suya incluso ha obligado a un arbusto a dar frutos. ¿Cree que no puedo con un libertino deplorable?

—No es eso. Los libertinos pueden reformarse, pero los que carecen de aptitudes, no. Este príncipe tiene opio en el cerebro y más experiencia en su entrepierna que copiando un manuscrito.

—Espero que no esté intentando desanimarme, padre. Aún no le hablé de las recompensas.

—¡Recompensas! La familia real es muy generosa con eso. Siéntate y cuéntale a tu querido padre lo que te ofrecieron por este sacrificio.

—Me dieron oro solo por conversar hoy. Su alteza me ofreció pagarnos la dote y no pagar nosotros, el título de princesa y la jefatura de la guardia real.

—Las primeras recompensas es como tocar el cielo con las manos, pero ¿jefatura? No dudo de tu capacidad, Sybil; no obstante, este es un mundo dominado por los hombres, es inconveniente que pienses en algo así.

—Lo sé, es un riesgo, pero Ming me convenció de que el título de princesa es mejor, pues puedo usar al príncipe como una marioneta para conseguir lo que deseo.

—¡Esa china es inteligente! Estás bien protegida y asesorada.

—Por supuesto. Solo puedo rodearme de gente capaz. Espero que el príncipe pueda cumplir con lo mínimo. Necesito arreglar su estatus o nos arrastrará. Es una misión que no puedo fallar. En el riesgo está la ganancia. Hay mucho que ganar y también que perder.

—Esa es mi hija. Eres una estratega nata. No sé qué hice bien en esta vida para merecer un premio como tú.

—Tal vez ese príncipe me vea como un premio y quiera cambiar de vida. Será mucho mejor si no se resiste, porque si lo hace, le dolerán los huesos. Si los perros entienden, él también debería.

El general asentía con vehemencia, orgulloso de su hija.

Cuando deseaba, era la niña más adorable, pero apenas necesitaba ser diferente, no dudaba en actuar.

Pese a ser un motivo de orgullo, también representaba un dolor de cabeza.

Él prefería que no se involucrara en el mundo de las guerras, deseaba que viviera en un hogar pacífico, disfrutando de una tarde de té con su familia, cosas de las que aquel se había perdido durante años por cuidar del país.

Sabía que su hija lo admiraba y quería imitarlo, mas era inapropiado para una joven estar entre tantos hombres; su reputación podría verse manchada por las murmuraciones ajenas.

Sybil decía que eso carecía de importancia; sin embargo, cuando ya no pudiera luchar por alguna razón, se daría cuenta de que desperdició su vida.

La joven no era un soldado más, era la esperanza fuera de la batalla.