El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 1
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El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1)

El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1)

Por Laura A. Lopez

© inepub.com

Capítulo 1

Reginald Talbot, conde de Riverdale, estaba acostado bajo un árbol con un pequeño palillo mascando en su boca.

Sus piernas cruzadas decían que estaba feliz en esa nueva vida.

Después de años de haber dejado su vida placentera y despreocupada en Londres, fue castigado por su tío, el rey.

Era hijo de la princesa, hermana de su majestad y del duque de Clarence, era un príncipe, pero fue degradado a conde por vivir como un libertino derrochador e irresponsable.

Ni su madre ni su padre hicieron nada por salvarlo de la caída; perdió todos sus privilegios y lo enviaron a vivir en el rincón más alejado y problemático que pudieron haber encontrado.

—Su alteza, sus arrendatarios han venido a quejarse de los puentes en mal estado. La última lluvia fue devastadora. No han quedado caminos y…

—Qué fastidio. ¿Quién les dijo que nacieran en el campo como campesinos miserables? Deberían hacerme un favor e irse. Estoy cansado de sus quejas. En los últimos tres años no han parado de zumbar como moscas en mis oídos. Es agotador —se quejó Reginald con molestia.

—Su alteza, sea razonable —pidió Andrew, su sirviente.

—No me llames su alteza. Soy un príncipe caído en desgracia. Con milord es suficiente miseria para mí.

—Usted no está haciendo ningún mérito para regresar a su posición anterior. Su madre, la princesa, está muy enfadada con usted desde que lo vieron sin ropa en la calle. Fue lo último para ella. Debería comprender la humillación pública para la familia real.

—¿Quién dice que quiero recuperar mi antigua posición?

Hoy soy libre, no tengo a nadie que me controle y vivo feliz, quizá con pocos recursos, pero estoy mucho mejor que cuando vivía en el lujo de la gran ciudad.

Aquí la vida es más tranquila, ¿o no lo crees?

Las campesinas son bonitas y dispuestas a calentar mi cama por un par de palabras endulzadas.

Antes debía rodar como un tierno gatito para conseguir algo, aquí se me abalanzan con la intención de ser la próxima condesa.

Nunca me casaré, no quiero molestias a mi lado.

La vida de un pobre diablo es mejor que la riqueza de un niño mimado.

—Todo lo que dice suena bien; sin embargo, no ha hecho nada para que este lugar prospere.

No hemos invertido en la residencia, tiene goteras y muchas ventanas rotas.

Desde que llegamos aquí no lo hemos pasado bien.

Necesita ser serio con las cuentas y encargarse de sus arrendatarios.

Le darán más dinero si pueden hacer sus tareas en paz y sin tener que venir en turbas con tridentes y antorchas para quemarnos.

—Siempre tan exagerado. Te despediré, aunque lo único que temo al hacerlo es quedarme en este lugar olvidado por Dios. Eres mi único compañero aquí; estaría más solo que una ostra oyendo cómo me buscaban los demonios para pedirme cuentas. La vida es difícil, Andrew.

—No puede despedirme, la princesa es quien me paga para que usted no haga alguna locura.

—Ah, es cierto. ¿Ya llegó nuestra paga?

—¡Alteza! Es mi dinero.

—Estás equivocado, es nuestro dinero. Gracias a quién lo ganas, ¿eh? Estamos juntos en este páramo. Solo dejo que lo administres o yo lo hubiese bebido en una semana.

—Al menos admite que es irresponsable. Debería cambiar…

—Eso no me interesa. ¿De qué me sirve? Esto es mejor que estar entre los estirados de la élite.

—Cada vez que le falta dinero recuerda con añoranza a la élite. Cuando la comida escasea, recuerda aquellos banquetes.

—Sí, es cierto, los recuerdo con cariño, pero no la gente, sino por la comida abundante y la bebida que iba y venía de un lado al otro como si no tuviese límite.

Aquí un pan debe durar al menos tres días.

Estoy delgado, demacrado y con cara de fruta.

Si no hay mucho para comer, las bayas silvestres no están nada mal.

—Una vez confundió un fruto…

—No lo recuerdes. Dormí junto a la letrina.

—Regrese a la residencia. Tiene una carta de su madre…

—¿Qué barbaridad debe estar tramando?

—Quizá solo quiere saber si sigue con vida…

—Ja, ja, ja… No me hagas reír. Ni una hiena es tan cruel con sus hijos para enviarlos a este infierno y degradarlos frente a toda la sociedad.

—No hablemos de eso, su alteza, terminará perdiendo. Usted se equivocó.

—Tal vez, pero ¿no es de sabios perdonar?

Las personas de la realeza son como bestias salvajes que se devoran unas a otras.

Ni mi padre de un título inferior pudo interferir.

Imagino que quería salvar su pellejo y decidió sacrificar al eslabón más débil de la cadena.

No merecen mi atención. No acataré ninguna orden que pueda venir en ese papel; de hecho, puedo darles mucha utilidad a sus palabras en la letrina.

Andrew negó con la cabeza. Ese hombre no pensaba en nada más que en la rabia de haber sido despojado de sus títulos y privilegios. No aprendió nada en esos años. Esperar que hiciera algo sería un milagro.

El joven conde se quedó más tiempo a disfrutar de la naturaleza.

Era el único entretenimiento. Ese lugar era tan aburrido que dormía tantas horas como un gato.

No había nada que hacer, incluso se le habían quitado las ganas de estar con mujeres, no estaba de humor.

Escasamente bebía demasiado y terminaba arrastrando a algún lugar a alguna campesina dispuesta a deleitarse con su atractivo, ya que carecía de dinero y lo único que le quedaba era usar su cara bonita como moneda de cambio.

Cuando fue a la residencia, se sentó en el sillón frente al escritorio con la carta de su madre frente a él.

La ignoró y prefirió leer otras cosas. No le importaba lo que su familia tuviese que decirle.

En esos años no le habían hecho una sola visita, sería obvio que las cortesías estaban de más y Reginald consideraba que no le debía nada a nadie.

Lo único que le quedaba era sobrevivir a los arrendatarios y los bandidos que acechaban sus tierras.

Durante al menos dos días dejó la carta para que fuera una casa para arañas; su interés era nulo; no obstante, Andrew sentía cargo de conciencia, por lo que cogió la carta y la abrió. Al leerla palideció.

—¡Su alteza! ¡Su alteza! —gritó corriendo por cada rincón de la residencia, pero el conde se encontraba lejos; aquel había salido a caminar sabiendo los peligros que existían.

Eso alertó aún más a su sirviente, pues él no era solo un ayuda de cámara, sino que era su guardaespaldas.

Si algo le ocurría, la familia real buscaría la forma de ejecutarlo.

Desde que llegaron a esa propiedad, él había intentado quitarse la vida al menos tres veces, sin éxito, aunque en una oportunidad Andrew compró un ataúd para asustar al conde y que dejara de atentar contra sí mismo.

—¡Necesita saber algo importante! ¡No se esconda de mí!

—¡Silencio! Estoy a punto de coger unos huevos de un nido —murmuró Reginald con una sonrisa maliciosa en el rostro.

—Tenemos un gallinero; yo me encargo de los huevos y de la carne. No necesita subir a un árbol y arriesgar su vida.

—Necesito hacer algo distinto y, si no tengo un poco de acción, es mejor que me entierres en el patio de la residencia. Estoy aburrido.

—Su alteza, trate de ser razonable. Puede morir, pero después de que la princesa me despida. Hágalo por mí si no quiere hacerlo por usted.

—Haces que me sienta culpable. ¿Qué es tan urgente? —cuestionó con desinterés.

—Su madre dice que le buscará una esposa y que la candidata es la hija de un gran general…

—¿Esposa? ¡Qué se cree esa malvada que me parió! ¡La hija de un general! ¿Cree que la autoridad se hereda? Es ridículo.

—Mmm… Trate de hacer memoria, alteza. ¿Conoce a la hija de algún general?

Él entrecerró los ojos intentando recordar hasta que los abrió y casi le salieron de sus cuencas. Del susto cayó al suelo y quedó inconsciente.

—¡Le dije que no trepara! ¡Ay, alteza! —se quejó el sirviente que debía cogerlo en brazos para llevarlo hasta la residencia y curar la herida de su frente.

Con dificultad llegó hasta la segunda planta, lo limpió y curó. Cuando despertó, se quedó un minuto sin decir una palabra.

—¿Está bien, alteza?

—No. Estoy enfadado porque te recuerdo. No soy tan afortunado para perder la memoria y olvidarme de todos —replicó con sorna.

—¿Por qué se cayó?

—Porque me temo que una serpiente tiene más sentimientos que mi madre. Solo ella pensaría en lady Sybil Whitecombe como una esposa para mí. ¿Te das cuenta de que me odia? ¿Por qué mejor no me mata o me vende al diablo? Eso sería mejor que casarme con ella.

—¿No estará siendo ave de mal agüero?

—¿Crees que mi madre me casaría con la hija de cualquier general? No tengo tanta suerte. Sybil es sinónimo de demonio. Es peor que un guerrero poseído. El mismo diablo debe tenerle miedo.

—He oído cosas sobre milady, pero no creo que todo sea cierto. Considero que son exageraciones de las personas gracias a la reputación de su padre.

—Experta en lanza, lucha cuerpo a cuerpo; el esgrima es como jugar con una aguja para ella, profesional en tiro al blanco con armas y flechas. Si ella llegara a venir aquí, considérame muerto.

—No piense en eso. Sea optimista y diga en su mente que quiere que sea otra dama.

—Lo he dicho, no tengo tanta suerte. ¿Por qué soy tan saludable?

Al menos quisiera que una enfermedad me librara de un matrimonio.

Responde a la bruja preguntando si es Sybil.

Si te responde que sí, haremos un enorme hoyo en el patio y me enterrarás con vida.

Di que me morí de la impresión. —El conde suspiró—.

No tengo mucho más que hacer en este mundo.

Aparte de estar aburrido y lleno de problemas como un libro de matemáticas, me traerán a un demonio y convertirán este paraíso en un verdadero infierno.

Nada vale la pena. Si antes no quería vivir, ahora tengo menos ganas.

—La fatalidad lo ronda. Debería ocupar su mente en otras cosas, por ejemplo, pulir sus habilidades de pelea. Sabe que este lugar es peligroso.

—Ni siquiera me enviaron a un lugar seguro.

¿Te das cuenta de que no me aprecian en lo más mínimo?

Podrían haberme castigado enviándome lejos, pero pudieron encontrar un sitio con menos delincuencia.

Aquí los bandidos son de toda clase, desde salteadores hasta asesinos. Simplemente, esta vida me cansa.

—No piense en eso, tiene veinticinco años. Le queda mucha vida por delante.

—¿Tratas de animarme o deprimirme? Cuanto más lo pienso, mi depresión se acrecienta.

Prepara té para mí; iré a dormir. Haz uno que no me haga despertar en tres días.

Debo practicar el arte del ataúd por si hace falta escapar.

El patio es un mejor lugar que encerrado con una fiera que, como poco, me empalará con su lanza.

El sirviente no creía que lady Sybil fuese tan salvaje.

La imaginación de su amo era prodigiosa.

Sabía que esa dama gozaba de mucha fama en la corte; todos la adoraban porque era bella e inteligente, pero era demasiado capaz para que un hombre cualquiera la tolerara.

Quizá ese era el miedo del conde. Algunos dijeron que cuando apenas tenía doce años fue a un campamento militar y exterminó a un par de enemigos que los asediaban; sin embargo, eran mitos, y de ahí había surgido su reputación de inalcanzable para un caballero convencional, y la elevaron hasta un estatus imposible para cualquiera que se atreviese a desearla.

Estaba seguro de que las próximas noticias no serían tan nefastas.

Confiaba en que la princesa acabaría pronto con la tortura de su hijo y lo llamaría a la capital para devolverle todo lo que le había quitado y él podría volver a ser parte de la guardia del palacio.

Estaba cansado de cochero, cocinero, paño de lágrimas, médico y amuleto de la suerte para que no terminara muerto por sus diferentes ocurrencias.