El evangelio silenciado Capítulo 42. Roma arde de dentro
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Capítulo 42. Roma arde de dentro

E l mar se abría ante ellos como una lámina oscura, pulida por la luna.

La embarcación, transformada casi en un espectro, avanzaba en silencio, impulsada por un motor discreto que apenas dejaba tras sí una estela de plata líquida.

El viento del Adriático soplaba leve, y el reflejo de las estrellas se fragmentaba en la superficie como un espejo que no quería guardar secretos.

Gabriel observaba la línea del horizonte con los ojos entrecerrados.

A su lado, Isabel, más erguida ya, respiraba con serenidad.

Su rostro había recuperado el color; la fiebre era un recuerdo, y en sus manos, por primera vez en semanas, no había temblores.

La luz lunar le daba un aire de santidad, o quizá de despedida.

Detrás de ellos, el sacerdote permanecía en silencio, aferrando un pequeño rosario.

Ricaccio, la criptógrafa y Eufemia completaban el grupo.

Nadie hablaba. Todos sabían que el silencio era la única armadura que les quedaba.

El viaje fue largo. Cuando el sol asomó por el este, el perfil de Roma se dibujó como un presagio.

Las cúpulas y torres se adivinaban en la distancia, emergiendo entre la bruma.

Isabel apretó la mano de Gabriel —Roma —susurró—.

—Sí. Pero no es la misma Roma que dejamos atrás —respondió él con voz profunda—. Esta vez arde desde dentro.

El avión despegó poco después del amanecer. En el interior, el zumbido constante de los motores parecía acompañar los pensamientos de todos.

Isabel, junto a la ventanilla, observaba las nubes como si fueran memorias flotando sobre el tiempo.

La criptógrafa, dos filas más atrás, repasaba las últimas líneas del códice que había logrado descifrar: un mapa, un sello y una advertencia.

En la página final, una frase en latín, escrita con tinta roja: “Sanguis non semper lavat.”   “ La sangre no siempre limpia”.

El sacerdote inclinó la cabeza hacia Gabriel. —Esa frase… la escribió Leone antes de morir —dijo en voz baja—.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Gabriel.

—Porque lo vi en sus notas, en el monasterio, era su advertencia final y ahora entiendo por qué.

Gabriel lo miró con inquietud.—Romero.

El sacerdote asintió. —Romero y algo más grande que él.

El avión vibró con una turbulencia leve. Isabel despertó del letargo, mirándolos. —¿Qué pasa? —susurró.

—Nada, cielo. Solo el aire —dijo Gabriel, intentando sonreír, pero su gesto cedió pronto.

A esa misma hora, en el Vaticano, las campanas de San Pedro sonaban con una cadencia extraña.

El sonido, grave y opaco, resonaba en los pasillos como un lamento.

En una sala profunda del Palacio Apostólico, Romero firmaba documentos con mano firme.

Frente a él, varios secretarios esperaban instrucciones.

—Quiero que los archivos del sótano oriental sean trasladados y sellados. Nadie debe tener acceso —ordenó.

—Excelencia… —murmuró un monseñor de cabello gris—, allí hay registros de la antigua comisión, incluso sellos del Concilio.

Romero lo miró con dureza. —Precisamente por eso, no me obligue a repetirlo.

Cuando el resto salió, Romero permaneció solo.

Cerró los ojos. En su mente, el recuerdo del Papa se mezcló con el olor del incienso y del vino derramado.

Había querido salvar a la Iglesia, se repetía.

Había querido limpiarla de los escépticos, pero cada vez que pronunciaba esas palabras, sentía el rumor de algo más profundo, una voz que le recordaba que todo había comenzado con un cáliz y una traición.

Abrió un cajón. Dentro, una pequeña ampolla de cristal contenía un resto oscuro, seco. Sangre. —Tu sangre, Santidad —susurró—. Y por un instante, la duda lo atravesó como una daga. Pero enseguida la espantó, con la frialdad de quien se ha convencido de que el mal es solo una herramienta del bien.

El avión aterrizó entre ráfagas de viento cálido.

Roma los recibió con un olor denso: gasolina, piedra vieja y flores.

En el aeropuerto, la multitud era un río de voces.

Gabriel avanzaba entre la gente como quien cruza un campo de batalla.

A su lado, Isabel caminaba sin ayuda. —¿Dónde iremos ahora? —preguntó ella.

—A un lugar que Leone mencionó en su última carta —respondió el sacerdote—. Una casa en la colina del Gianicolo. Allí, dijo, el aire aún no está corrompido.

La criptógrafa cerró su cuaderno. —¿Y si ya nos están esperando?

—Entonces significará que estamos en el camino correcto —dijo Gabriel.

Salieron al exterior. El sol caía sobre ellos con un brillo casi dorado. Isabel se detuvo un momento y miró hacia el horizonte, hacia la cúpula de San Pedro que se divisaba a lo lejos.—Algo va a pasar —dijo en voz baja.

—Ya está pasando —replicó el sacerdote.

Mientras tanto, en el Vaticano, un joven monseñor, el mismo que había titubeado antes ante Romero, descendía por las escaleras hacia los archivos sellados.

Tenía el rostro pálido y las manos temblorosas.

En su sotana llevaba escondido un sobre: un informe con la letra del Papa, escrito el día anterior.

Lo leyó una vez más: “Si lees esto, significa que mi voz ha sido silenciada. No temas a la verdad. Ella arderá, pero su fuego purifica.” El monseñor cerró el sobre, lo metió bajo su pecho y susurró: —Santidad, que su fuego me guíe.

Al caer la tarde, el grupo llegó a la colina del Gianicolo. La casa, antigua y silenciosa, los esperaba como si supiera de su llegada. Dentro olía a madera y humedad. Había velas encendidas, y sobre una mesa, un crucifijo tallado en hierro.

Gabriel se asomó por la ventana. Desde allí, Roma se extendía en una panorámica de sombras y luces, como un cuerpo vivo que respiraba pecado y gloria.

—Aquí descansaremos unas horas —dijo el sacerdote—. Pero esta noche debemos entrar en el Vaticano.

Isabel se volvió hacia él. —¿Entrar? ¿Ahora?

—No hay tiempo. Romero sabe que hemos venido, si no actuamos  antes del amanecer, el fuego que arde dentro lo consumirá todo.

La criptógrafa levantó la mirada de sus papeles.—He terminado de traducir la última línea —dijo.

—¿Y qué dice? —preguntó Gabriel.

Ella lo miró con un temblor en la voz: —Dice: “El sello no protege, revela”. Todos guardaron silencio, incluso el sacerdote. Afuera, el viento traía el eco distante de sirenas. Roma se agitaba, algo estaba rompiéndose.

En la Ciudad del Vaticano, Romero salió al balcón privado que daba a los jardines. Miró la cruz que coronaba la cúpula. Su respiración era pesada. —No entenderán lo que he hecho… —murmuró—. Pero algún día sabrán que era necesario.

Detrás de él, una figura emergió de la penumbra: el cardenal Armenti. —¿Necesario? ¿Matar al Santo Padre? ¿Ocultar los secretos del Códice Leone?

Romero se giró con furia. —¡No hables de lo que no comprendes! —chilló—.

—Lo entiendo mejor que tú —respondió el cardenal—. Has confundido la fe con el poder.

Romero se acercó, su voz temblaba.—No me juzgues, Armenti. Ninguno de nosotros es inocente.

El cardenal dio un paso atrás. —Quizá no. Pero tú… tú llevas la sangre del Papa en tus manos.

Romero se quedó inmóvil.—¿Y tú crees que esa sangre no fue derramada antes? —susurró—. Roma siempre ha ardido. Yo solo he avivado su llama.

Esa noche, desde la colina, Gabriel observaba la ciudad. El resplandor de las luces era inquietante, casi febril.

Isabel se acercó despacio. —¿Piensas en él? —preguntó.

—En todos —respondió—. En Leone, en Bertrand…. Todos murieron por algo que aún no comprendemos del todo. No puedo dejar de pensar en el anciano pontífice. Si Romero ha llegado tan lejos como pensamos… tal vez será demasiado tarde. Ella le cogió la mano.

—Tal vez no tengamos que comprenderlo, sino impedir que vuelva a repetirse.

Gabriel la miró; en sus ojos vio una fuerza que no recordaba. —Has cambiado.

—He renacido —dijo ella con una sonrisa leve—. Como Roma lo hará… si no la devoran antes.

A medianoche, el grupo descendió hacia el corazón de la ciudad. Las calles estaban casi vacías, pero en el aire se respiraba una electricidad extraña. Desde un edificio cercano, una columna de humo ascendía silenciosa.

—El fuego —dijo el sacerdote—. Empieza dentro.

Cruzaron el puente sobre el Tíber. A lo lejos, el Vaticano resplandecía, majestuoso y amenazante. La cúpula parecía un ojo encendido en la oscuridad.

—Allí —dijo Gabriel—.

Isabel apretó su mano.—Entonces, que arda Roma. Pero que arda con verdad. Y caminaron hacia el fuego.