Capítulo 43. La puerta de San Anselmo
E l amanecer sobre Roma no trajo consuelo alguno.
Una neblina baja cubría los tejados, como si la ciudad entera se negara a abrir los ojos ante lo que estaba por suceder.
Las campanas de San Pietro comenzaron a doblar a un ritmo fúnebre, su resonancia se extendía por las calles estrechas y los muros húmedos del Trastevere, hasta llegar a los confines del Tíber. Era un sonido que helaba el alma.
El Papa había muerto. Y fue Romero quien lo anunció al mundo.La transmisión fue breve, medida, sin una sola palabra fuera de lugar.
En la Sala Clementina, ante un conjunto reducido de cámaras, el cardenal se erguía como una figura de mármol, revestido con una sotana púrpura que parecía absorber la luz.
Su voz, embarazosa y contenida, resonó en todos los televisores, en las pantallas de las plazas, en los altavoces de las iglesias.
“Con profundo pesar… la Santa Sede comunica que Su Santidad ha partido a la Casa del Padre. El Santo Padre entregó su alma en la madrugada, tras una breve agonía, en paz, rodeado de oración. Roma llora, el mundo llora, pero el Reino de Dios no muere, sino que renace.” Una pausa.
Y entonces, el matiz que heló la sangre de quienes escuchaban: “El Espíritu Santo no abandona a su Iglesia. La misión continúa. La verdad será revelada en su momento.” El rostro de Romero no tembló ni un instante, pero en sus ojos había un brillo —una chispa de victoria apenas contenida— que a Gabriel le resultó insoportable cuando lo vio en la pantalla de un bar tomando un café.
Acababan de llegar a Roma hacía horas y la noticia los recibía como una bofetada. El sacerdote, de pie junto al mostrador, se llevó la mano al pecho. —Ha muerto… —susurró, incapaz de decir más. Isabel, aún con el rostro pálido por el cansancio del viaje, apretó la mano de Gabriel.
—No puede ser, no tan pronto.
—Lo envenenó —dijo Gabriel con voz baja y ronca—. Lo sabíamos… y aun así no llegamos a tiempo.
El silencio se hizo tan denso que ni el rumor de las personas en el recinto pudieron romperlo. Fuera, Roma ardía en inciertas campanas. Dentro, el alma de cada uno se consumía lentamente.
El coche que los esperaba los llevó por calles que parecían de otra era.
Roma no lloraba abiertamente, pero su respiración era otra.
Los rostros de los transeúntes estaban marcados por la incredulidad, por una mezcla de fe y miedo que hacía estremecer los cimientos mismos de la ciudad.
Grupos de fieles rezaban en las aceras; monjas con velas encendidas murmuraban letanías; soldados patrullaban los cruces.
Isabel miraba por la ventanilla, con los ojos enrojecidos, mientras el reflejo de los puentes cruzaba su rostro como relámpagos de memoria.—Todo esto —murmuró— lo hemos visto antes, en los sueños, en los símbolos… El sacerdote asintió lentamente.
—El círculo se cierra, hija. Lo que fue anunciado, ahora se cumple, pero aun no hemos llegado al final.
Gabriel, en silencio, observaba los muros antiguos del Vaticano al fondo, envueltos en sombras. La basílica parecía más oscura que nunca, como si la muerte del Santo Padre hubiera apagado parte del cielo. —Romero no esperará mucho —dijo—. Dará su siguiente paso enseguida.
—¿Crees que él... se proclamará? —preguntó Ricaccio desde el asiento trasero.
—No todavía —respondió Gabriel—. Pero su mensaje ya ha calado. Lo vi en su mirada: cree que el mundo está preparado para su “revelación”.
El sacerdote bajó la vista. —Si lo que sospechamos es cierto… su revelación podría significar el fin de todo lo sagrado.
En otro punto de Roma, dentro del Palacio Apostólico, Romero cerraba las puertas tras la ceremonia.
El cadáver del Papa reposaba en su lecho, bajo un sudario blanco, custodiado por monseñores que lloraban en silencio.
Romero se acercó, inclinó la cabeza con solemnidad fingida y, cuando nadie lo miraba, deslizó un pequeño anillo bajo la almohada: el sello que había pertenecido a Leone.
—El sello está completo —susurró—. Y el mundo creerá lo que yo diga.
Un golpe en la puerta lo interrumpió. —Eminencia, la criptógrafa ha sido localizada —informó un guardia.
Romero giró despacio. —¿En Venecia?
—No, señor. Ha huido con los demás.
—Entonces saben demasiado —dijo él, cerrando los ojos un instante—. No importa. Roma los devorará antes del amanecer.
El coche se detuvo frente al barrio de Aventino. Allí, las calles eran más silenciosas, las sombras más densas. El sacerdote indicó una pequeña escalinata que descendía entre muros cubiertos de hiedra.
—Por aquí —dijo—. Esta vía conduce al convento de San Anselmo. Allí podremos refugiarnos antes de avanzar.
Bajaron con cautela, el sonido de sus pasos amortiguado por la piedra húmeda. Isabel caminaba con firmeza. Sus movimientos ya no delataban dolor, sino resolución.
—¿Por qué este lugar? —preguntó ella.
—Porque bajo el convento hay un pasadizo que conecta con el Tíber —explicó el sacerdote—. Los antiguos monjes lo usaban para huir durante las invasiones y más tarde… los custodios de la Orden lo convirtieron en ruta sagrada.
Gabriel lo miró con un gesto comprometido. —¿Ruta sagrada hacia dónde?
El sacerdote sonrió apenas. —Hacia la verdad.
Al entrar, el silencio era tan puro que parecía otro mundo.
El claustro, iluminado por la luz temblorosa de unas velas, conservaba el aroma a olor antiguo y piedra mojada.
Una monja anciana los recibió sin una palabra.
Sólo hizo una leve inclinación de cabeza y les abrió una puerta oculta tras un tapiz.
Descendieron. El túnel era angosto, pero el aire fresco y el murmullo del agua los guiaban.
—Esto es más antiguo que la propia Roma —susurró Isabel.
—Más antiguo —dijeron Eufemia y el sacerdote— y más sabio.
Mientras avanzaban, las paredes comenzaron a mostrar inscripciones, símbolos tallados que parecían vivos bajo la luz de las linternas. La criptógrafa rozó uno con los dedos: una cruz entrelazada con un círculo. —El signo de la unidad —murmuró—. La fusión de lo divino y lo humano. Eufemia asintió.
—Y también el sello que León el Grande mandó ocultar cuando temió que el poder se corrompiera. Las palabras resonaron en el aire como un presagio.
A medida que se acercaban al Tíber, el rumor del agua se hacía más fuerte, más profundo.
Por una grieta del muro, se filtraba una tenue luz azulada: el reflejo del río.
Salieron por una compuerta medio oculta tras una bóveda y emergieron al borde del agua.
Roma se extendía ante ellos, imponente y herida, bajo un cielo teñido de púrpura.
De pronto, el sonido de sirenas los sobresaltó. Luces rojas cruzaban el puente de los Ángeles. —Han cerrado los accesos al Vaticano —dijo Gabriel—. Romero no quiere testigos.
El sacerdote se adelantó.—Entonces iremos por el camino que él no puede ver.
Cruzaron el río en silencio, a bordo de una pequeña embarcación que Ricaccio había conseguido gracias a contactos antiguos.
El agua golpeaba los costados con un ritmo fúnebre.
Isabel, envuelta en su abrigo, miraba las luces del Vaticano reflejadas en la corriente. —Mira —dijo—, parece que el río sangra.
Eufemia hizo la señal de la cruz. —Roma llora a su pastor, pero también se purifica —susurró—.
El mal no podrá sostenerse sobre mentiras.
Los demás guardaron silencio, pero en sus pechos ardía la certeza de que las mentiras de Romero se extendían como veneno, y que el mundo entero pronto bebería de ellas.
Al otro lado del Tíber, el grupo llegó a la muralla lateral del Vaticano. El aire olía a hierro, a tormenta inminente. Un resplandor rojizo iluminaba las torres del Palacio.
—Es humo… —dijo Isabel —. No es incienso.
—No —respondió el sacerdote—. Son los archivos. Romero está quemando las pruebas. Gabriel apretó los puños.
—Entonces debemos entrar antes de que lo destruya todo.
—No —lo detuvo el sacerdote—. Primero debemos llegar a la Puerta de San Anselmo, allí encontraremos la llave.
Gabriel lo miró con extrañeza. —¿Qué llave? El sacerdote le mostró un pequeño fragmento de metal, envuelto en un pañuelo.
—La que encontré en el relicario de Leone. Está marcada con el mismo símbolo que las paredes del túnel. Gabriel lo observó, y en sus ojos brilló algo parecido al temor.
—Esa llave abre algo que ni siquiera Roma debería volver a ver.
La lluvia comenzó a caer cuando alcanzaron la colina. Las gotas resbalaban por los mármoles antiguos, por los cipreses, por las estatuas que parecían observarlos desde otro siglo. Desde lo alto, el Vaticano se veía como un corazón en tinieblas, latiendo entre truenos.
El sacerdote se detuvo ante una puerta de hierro ennegrecido.
—Aquí es —dijo. Sobre el arco, apenas visible, se leía: “ Porta Sancti Anselmi” .
Gabriel introdujo la llave. Un clic. El sonido seco del metal resonó como un disparo en la noche.
La puerta se abrió. Dentro, una escalera descendía en espiral hacia una cámara envuelta en penumbra.
El aire olía a pergamino, a siglos de secretos.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Isabel, mientras las sombras se alargaban sobre el suelo.
—El último refugio de la verdad —respondió el sacerdote con voz temblorosa—. Aquí guardaron los primeros guardianes los textos prohibidos… y los nombres de aquellos que intentaron corromper la palabra de Dios.
La criptógrafa se acercó a una mesa de piedra, donde reposaban varios sellos antiguos y un libro cubierto de polvo.
—“ Liber Signorum ” —leyó—. “El Libro de los Sellos”.
Abrió una página al azar y un viento helado recorrió la sala.
Allí, grabado con precisión milenaria, estaba el mismo emblema que Romero había mostrado al anunciar la muerte del Papa.
—¡Dios mío! —exclamó Eufemia—. Romero ha usado el sello sagrado como símbolo de sucesión…
La criptógrafa cerró el libro con fuerza. —No sólo eso. Está usando la propia herencia espiritual del Vaticano para legitimar su ascenso.
El sacerdote se arrodilló, abrumado. —El último signo… se ha cumplido.
Fuera, las campanas de Roma sonaban sin cesar.
Esa noche, mientras descansaban en la cripta, Gabriel permaneció despierto, mirando el resplandor lejano del Vaticano a través de una rendija.
El aire olía a humo y escoria. Isabel dormía a su lado, apoyada en una manta junto a la criptógrafa.
Ricaccio siempre vigilante. El sacerdote y Eufemia rezaban en silencio, moviendo los labios sin voz.
Gabriel recordó entonces las palabras de su mentor, el padre Bertrand, muchos años atrás, en un monasterio perdido de Provenza: “Cuando la fe sea usada como arma, hijo, busca en el silencio. Allí donde todos gritan, la verdad se esconde.” Miró al cielo invisible tras los muros y comprendió que el final estaba cerca, pero no el final del viaje; el final del mundo que conocían.
Al amanecer, cuando salieron de la cripta, la ciudad parecía arder por dentro.
Los noticieros mostraban imágenes del Vaticano cercado, columnas de humo, y un Romero solemne recibiendo a los cardenales.
“El Cónclave será convocado en tres días” —decía su voz—.
“Y la luz volverá a brillar sobre la Santa Sede.”
Gabriel con un arrebato de cólera. —Tres días —repitió—.
Eso es lo que nos queda. Los demás lo miraron con seriedad.
—Tres días… o tres siglos de oscuridad. Y mientras el sol se alzaba sobre las cúpulas, cruzaron la plaza silenciosa, con el Tíber rugiendo tras ellos, camino del corazón del Vaticano.
El destino los esperaba y Roma ardía por dentro.