Capítulo 41. Cuando Roma llama
E l eco de las campanas de San Marcos apenas se deslizaba por la ciudad.
Era una llamada tenue, como si Venecia misma estuviera conteniendo la respiración antes de un movimiento fatal.
La luna, pálida y vigilante, trazaba sobre los canales reflejos de plata inquieta.
Gabriel avanzaba rápido por las estrechas callejuelas junto a Isabel.
Ella, a pesar de las heridas que semanas atrás la habían postrado, caminaba ahora con resolución.
Su paso aún era prudente, pero sus ojos tenían la fuerza de quien ha vuelto de la oscuridad para reclamar su destino.
El sacerdote mantenía la mirada fija hacia el horizonte, sabía que los hombres de Romero se habían infiltrado ya en la ciudad, que los canales estaban vigilados, que cada sombra podía esconder la muerte.
—Debemos movernos antes del alba —dijo con voz comprometida—Venecia ya no nos protege.
Isabel asintió sin vacilar. El dolor ya no era su carga principal; ahora lo era la conciencia de que el tiempo corría contra ellos.
Había escuchado al sacerdote revelar lo que había visto: Romero inclinándose sobre el cáliz del Papa, derramando en él el veneno de la ambición.
Esa verdad ardía en sus entrañas, y aunque hasta entonces había permanecido frágil, ahora se alzaba con la firmeza de quien entiende que su vida se ha entrelazado con un destino mayor.
Al doblar una esquina, Isabel detuvo a Gabriel con una mano firme en el brazo. —Escúchame —susurró—. Ya no quiero ser la que observa desde un lecho. He sentido la muerte demasiado cerca como para desperdiciar lo que me queda. Roma nos espera, pero no como fugitivos, vamos a entrar como cazadores.
Gabriel la miró sorprendido. Reconocía en ella un brillo distinto, el mismo que había visto en el campo de batalla en los ojos de soldados que ya habían aceptado su destino.
El sacerdote los urgió a continuar, pero la semilla estaba plantada: Isabel había recuperado su papel, no como lastre, sino como fuerza.
Todos llegaron al embarcadero donde una góndola aguardaba, oscura y discreta.
El gondolero no pronunció palabra, pero Gabriel notó la tensión en sus manos al asir la pértiga.
Los canales, normalmente llenos de voces y risas nocturnas, estaban desiertos.
De pronto, un sonido cortó el silencio: el chapoteo de remos acercándose, demasiado rápido, demasiado firme.
Isabel tensó la mano sobre la daga que llevaba oculta bajo el manto. Gabriel se inclinó hacia el sacerdote.
—¿Cuántos hombres crees que Romero habrá enviado? —Los suficientes para asegurarse de que nadie llegue a Roma —respondió este sin apartar la mirada del agua.
Tres góndolas emergieron de la penumbra.
Hombres armados, rostros ocultos por máscaras negras, los rodeaban.
El gondolero, en un gesto desesperado, trató de girar la barca, pero era tarde.
Gabriel se levantó de un salto. Isabel lo imitó, con menos agilidad, pero con un arrojo feroz.
El choque fue brutal. El acero vibró bajo la luna, las aguas se tiñeron con destellos rojos.
Isabel, ágil pese a la debilidad que aún arrastraba, sorprendió a uno de los atacantes al clavarle la daga con una fiereza inesperada.
Gabriel y Ricaccio, como lobos acosados, repelían con sus puños a dos enemigos.
El sacerdote, aunque no era hombre de armas, se defendía también con un pequeño puñal que brillaba como un rayo en la oscuridad; mientras Eufemia y la criptógrafa se mantenían en un rincón de la góndola acurrucadas.
Finalmente, tras minutos que parecieron eternos, los atacantes se replegaron. Uno de ellos, antes de hundirse en el agua, lanzó un grito:—¡Roma os espera, pero no como salvadores, sino como condenados!El eco de sus palabras retumbó en la laguna mientras su cuerpo desaparecía bajo las aguas negras.
Cuando la calma volvió, Isabel respiraba agitada, con sangre ajena en sus manos.
Se miró los dedos y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo, sino claridad.
—No podemos esperar más —dijo con voz firme—.
Roma es el corazón de todo esto; allí está Romero, allí agoniza el Papa, y allí se decidirá el futuro. El sacerdote asintió.
—Tendremos aliados, pero también enemigos invisibles y cada paso que demos será vigilado.
Gabriel levantó la vista hacia la luna y murmuró: —Entonces que Roma arda en su propia verdad.
Romero y el Vaticano
Mientras tanto, en el Vaticano, Romero avanzaba por los pasillos del Palacio Apostólico con el sigilo de una sombra.
La enfermedad del Papa se extendía cada día más, y los médicos, desconcertados, no encontraban cura.
Romero sabía por qué: el veneno que había introducido era lento, diseñado para consumir al Pontífice desde dentro, sin dejar huellas claras.
En su cámara secreta, Romero desplegó un mapa de Europa.
Venecia, Roma, París… cada ciudad era un punto en la telaraña de su ambición.
—El Papa caerá —susurró para sí mismo—. Y cuando lo haga, el mundo buscará un guía fuerte, uno que no tiemble ante el caos.
Yo seré ese hombre. Pero no estaba solo, una figura emergió de las sombras; era un cardenal de mirada astuta, que inclinó la cabeza con frialdad.
—¿Y si la verdad llega a oídos de los demás?
Romero sonrió con calma. —La verdad es un cuchillo sin filo si nadie se atreve a blandirlo y los únicos que la sostienen ya están marcados para morir en Roma. El cardenal lo observó, sin convencimiento, pero Romero sabía que el miedo era un arma más poderosa que la espada.
La partida hacia Roma
En Venecia, Gabriel, Isabel y los demás habían encontrado refugio temporal en una residencia en ruinas, propiedad de una antigua familia que aun, les era leal.
Allí, con las velas titilando contra las paredes agrietadas, hicieron su juramento: al alba partirían hacia Roma.
Isabel, de pie, con el rostro iluminado por la llama, levantó la daga que aún conservaba manchas de la lucha en el canal.
—No somos ya perseguidos, somos los heraldos de lo que debe revelarse y si Roma nos devora, será después de haber gritado la verdad desde lo más alto. Gabriel la miró con una mezcla de orgullo y recelo, sabía que el camino sería más sangriento todavía.
El sacerdote, con voz baja, añadió: —Recordad: no hay mayor arma que la fe en que la justicia prevalece, pero no seamos ingenuos; Romero no solo tiene espías, sino también aliados dentro del mismo Vaticano.
La vela se apagó de pronto, como si un soplo invisible hubiese cruzado la sala.
Un silencio helado se adueñó del lugar; nadie habló, pero todos comprendieron que las sombras ya los rodeaban, incluso antes de salir de Venecia.
Horas después, cuando el amanecer comenzaba a teñir el horizonte, una pequeña embarcación esperaba en la laguna.
Gabriel ayudó a Isabel a subir, aunque ella, con un gesto desafiante, lo hizo por sí sola.
El sacerdote y los demás se acomodaron en silencio, con los ojos fijos en la cúpula lejana de San Marcos que se desdibujaba en la bruma.
El patrón que los llevaría hacia mar abierto pronunció apenas unas palabras: —Roma no duerme, Roma os reclama.
Mientras se alejaban, las campanas resonaron de nuevo, embarazosas, como un presagio. Venecia quedaba atrás, con sus secretos hundidos en el agua. Delante, Roma esperaba, no como refugio, sino como campo de batalla final.
Y en el Vaticano, Romero, frente al Papa moribundo, se inclinó y murmuró: —Cuando abras los ojos por última vez, yo seré la única luz que quede en esta sala.