El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 29 · Refundación
88%

CAPÍTULO 29 · Refundación

Refundación

La decisión de publicar no la tomó por desafío, ni por rabia contra Amor, ni por orgullo de filólogo con un tesoro entre las manos.

La tomó, sencillamente, porque llegó un punto en que ya no podía no tomarla, que es como se toman las decisiones de verdad: no se eligen, se reconocen.

Lo entendió una mañana, afeitándose —y esta vez terminó de afeitarse, las dos mejillas, con cuidado, mirándose a los ojos en el espejo manchado del baño común—, reconociendo en el cristal a un hombre que se le parecía más que el de unas semanas atrás, aunque hubiera ido perdiendo por el camino casi todo lo que creía ser.

Lo vio con la nitidez de las cosas obvias: si callaba el manuscrito, si dejaba que se lo llevaran a la cámara y lo enterraran en el olvido administrativo, estaba repitiendo punto por punto la operación contra la que Eliav había escrito, solo que ahora desde el lado de los que ganan.

Dejaba que el vencedor enterrara una segunda vez al testigo.

Se ponía, él, Rafael, del lado de Pablo contra el hermano; del lado del oro contra la voz; del lado del padre Amor y su pastoral impecable contra el viejo Eliav y su «no sé» honrado.

Y eso —ahora lo sabía con todo el cuerpo, no solo con la cabeza— era exactamente lo contrario de lo único que había sobrevivido a la demolición de su fe.

El Reino del que sentaba a su mesa al descartado no se defiende enterrando al testigo incómodo en una cámara con clima controlado.

Se defiende dándole la palabra.

Sentándolo a la mesa.

También a Eliav, sobre todo a Eliav, el que corrió, el que miró desde el escondite, el que no entendió y aun así no mintió.

No iba a publicar para destruir la Iglesia.

Lo pensó con cuidado, despacio, dándole vueltas muchas noches, porque la frase de Amor sobre la mujer que ha enterrado a un hijo seguía doliéndole y, lo presentía, le dolería ya siempre, como esas heridas viejas que avisan del cambio de tiempo.

No tenía nada contra aquella mujer ni contra su esperanza.

Publicaba porque la verdad es la verdad, y porque la fe nueva, pobre y a la intemperie que había encontrado debajo de los escombros de la antigua no necesitaba el silencio para sostenerse en pie.

Más aún: había comprendido que una fe que necesita que se entierren las pruebas para sobrevivir no es fe, es miedo con incienso, superstición bien vestida, una casa tan endeble que hay que prohibir que nadie mire los cimientos.

Y la fe que a él le quedaba no era de esas.

Si lo que quedaba de Jesús cuando se le retiraba todo lo añadido era el amor al prójimo y el Reino de los últimos y aquella manera suya de tratar a la gente, entonces ese Jesús no le tenía ningún miedo a Eliav.

Lo abrazaba.

Eliav era su testigo, el primero, el más fiel a su manera tartamuda, no su enemigo.

Enterrarlo para «proteger la fe» era no haber entendido nada de aquella fe.

Y por primera vez en su vida, el filólogo y el creyente que habían convivido siempre dentro de él, a menudo a regañadientes, dejaron de reñir.

Durante quince años habían sido dos hombres en uno, y malos compañeros de piso: el que se fía solo del texto y desconfía por sistema del sentimiento, y el que se arrodilla y cree.

Cuando los dos chocaban, y chocaban a menudo, Rafael se quedaba sin herramientas para servir a ambos a la vez, partido.

Ahora, afeitado y entero frente al espejo, veía por fin de dónde venía el choque: de un error suyo, de raíz, que había arrastrado desde el seminario.

Había creído que la fe dependía de los hechos, que se apoyaba en ellos como un dintel sobre dos columnas, y por eso cada hecho nuevo, cada dato, cada prueba, era una amenaza potencial, una columna que podía ceder.

Vivía su fe con el miedo permanente del que ha construido sobre un terreno que sospecha inestable.

Pero la fe que le quedaba después de la noche oscura no dependía ya de ningún hecho que un laboratorio pudiera confirmar o desmentir.

Dependía de una manera de vivir que un hombre había mostrado en las aldeas de Galilea y que otro hombre, agazapado detrás, había anotado en cera y luego en piel sin llegar a entenderla.

Esa fe no le tenía el menor miedo a la filología. Al contrario: la necesitaba.

Necesitaba que se leyera bien el texto, todo el texto, con todo el rigor, también —sobre todo— las cuatro ausencias, porque en lo que faltaba estaba media verdad.

Llamó a Tamar.

La encontró en la sala de conservación, midiendo por enésima y última vez la humedad de la vitrina, porque en pocos días llegarían los técnicos del Museo a llevarse el rollo a su cámara y a su silencio bien refrigerado.

—Voy a publicarlo —dijo Rafael, sin preámbulo, desde la puerta—.

La traducción completa. Las dieciséis columnas, de la primera a la última, incluida la que se corta en «ni para que».

Las tres dataciones, con sus laboratorios y sus márgenes.

El estudio paleográfico. La lista de lo que falta.

Todo, tal como es, sin matizar nada, sin contextualizar nada para que duela menos.

Antes de que vengan a llevárselo y lo entierren por segunda vez.

Y voy a hacerlo, aunque me cueste lo que tenga que costarme, que sé de sobra que va a ser caro.

Tamar dejó muy despacio el medidor sobre la mesa de acero.

Lo miró un rato largo, sin decir nada, escrutándolo como escrutaba un fragmento dudoso para decidir si era auténtico. No sonrió, ella casi nunca sonreía.

Pero algo se le destensó en la cara, alrededor de los ojos, lo más parecido al orgullo que aquella mujer se permitía mostrar.

—Sabía que el que se afeitaba a medias seguía vivo ahí dentro —dijo—.

Me alegro de que haya vuelto. —Cogió el teléfono de la mesa y se lo guardó en el bolsillo con un gesto decidido—.

Pero óyeme bien, porque a partir de este minuto esto deja de ser teología tuya y pasa a ser un operativo mío, que de esto sé yo y no tú.

Si vamos a hacerlo, vamos a tener que ser más listos que todos ellos juntos, Roma, el Museo, los catedráticos con ganas de tu cabeza, todos.

Y mucho más rápidos, porque ellos tienen los plazos y nosotros tenemos los días contados antes de que se lo lleven.

—Echó a andar hacia el cuarto del fondo, y al pasar a su lado bajó la voz—.

Yo sé cómo se filtra un texto en este país, padre.

Lo he visto hacer mil veces, sucio, por interés, por venganza, por dinero.

Por una vez en mi vida lo voy a hacer yo, a propósito, a la luz, y bien hecho, por la única razón decente por la que merece la pena filtrar nada: para que algo que alguien quiere enterrar no se entierre.

Ven. Tenemos trabajo y no tenemos tiempo.