CAPÍTULO 28 · Lo que sobrevive
Lo que sobrevive
—Te voy a contar una cosa que no le he contado nunca a nadie de tu mundo —dijo Tamar—. Y cuando la termine, no volvemos a hablar de ella. ¿De acuerdo? Una vez y se acabó.
Estaban en el porche otra vez, como al principio, en las mismas dos sillas de plástico desde las que meses atrás habían discutido sobre la fe y la evidencia con la suficiencia de dos desconocidos.
Pero ya no era el principio de nada.
Era una madrugada de octubre, había refrescado de golpe como refresca el desierto, y Tamar sostenía entre las manos una taza de té en lugar de la lata de cerveza tibia de costumbre, lo cual, en ella, era casi una declaración de solemnidad, un modo de avisar de que lo que iba a decir no era de los temas que se tratan con una cerveza.
—Mi abuela materna sobrevivió a un sitio del que no se sobrevive —dijo, mirando al frente, a la mancha negra de los montes de Moab al otro lado del mar—.
No hace falta que te diga cuál; tú sabes leer entre líneas mejor que nadie.
Llegó a esta tierra con lo puesto. Sin familia, porque no quedó ninguno.
Sin papeles, sin una mísera fotografía de los que había perdido, sin nada material que dijera que esa gente había existido.
Nada. Empezó de cero a una edad en que nadie debería empezar de cero.
—Bebió un sorbo—. Yo, de cría, era insoportable, ya me conoces, preguntaba todo.
Y le preguntaba: abuela, ¿qué te quedó? De tu casa, de tu madre, de tus hermanos, de todo aquello, ¿qué te quedó?
Y ella, que casi nunca hablaba de eso, me daba siempre la misma respuesta, palabra por palabra, como una fórmula que se hubiera fabricado para poder seguir viviendo.
—Hizo una pausa—. Me decía: «Me quedó cómo me trataban.
» Así, tal cual. No los nombres, que con los años se le fueron borrando hasta a ella, y le daba una vergüenza terrible olvidarlos.
No las caras, que ya no recordaba bien, y mezclaba.
Le quedó cómo la querían. La manera. Un gesto de su madre por las mañanas, no me sabía decir cuál, pero lo sentía.
El modo en que su padre decía su nombre.
Eso. Y eso, fíjate, fue lo único que no le pudieron quitar los que le quitaron literalmente todo lo demás, hasta el pelo, hasta el nombre, hasta el derecho a existir.
Le robaron el mundo entero y no pudieron entrar en esa habitación.
Rafael la escuchaba sin moverse, casi sin respirar, porque entendía que aquello era un regalo y que los regalos así se reciben quietos.
—Llevo semanas viéndote excavar tu propia tumba con las manos, padre —siguió Tamar, y ahora sí lo miró—.
Buscando en ese rollo la prueba de todo lo que creías, y encontrando, columna tras columna, que no está.
Y tienes toda la razón: no está. No hay resurrección.
No hay sacrificio redentor. Te lo han quitado, y no te lo van a devolver nunca, porque la tierra no devuelve lo que no le metieron, y a esa cueva nadie metió esas cosas.
Eso se acabó para ti. —Dejó la taza en el suelo, entre los pies—.
Pero contéstame a una pregunta, y contéstatela bien, porque te va la vida en ella.
Cuando le quitas a ese hombre tuyo todo lo que otros le pusieron encima a lo largo de los siglos, todo lo que no resiste la prueba, todo el oro, ¿qué es lo que no se cae?
¿Qué queda en el fondo del rollo cuando lo limpias de todo lo que tú deseabas que dijera y no dice?
Rafael lo sabía.
Lo había visto la noche anterior, en duermevela, en aquel sueño de la barca varada y el hombre que hablaba bajo.
Solo que hasta ese momento no había tenido el valor de decirlo en voz alta.
—Queda cómo trataba a la gente —dijo, despacio, como quien deletrea—.
Queda el Reino. Queda el amor al prójimo dicho en serio, hasta el escándalo.
Queda que sentaba a su mesa al que nadie quería sentar, a la mujer de mala fama, al colaboracionista, al leproso, al último.
—Tragó saliva—. Queda lo que Eliav vio y no supo explicar y escribió de todas formas porque le pareció que era lo importante.
Lo único de todo el rollo que no necesita prueba ninguna.
Porque no es un hecho que pasara una mañana y haya que datar con carbono.
Es una manera de estar en el mundo y con los demás.
Y eso no se data. Eso se hace o no se hace.
—Ahí lo tienes. —Tamar asintió despacio—.
Mi abuela también sobrevivió a una demolición total, a la peor.
Y lo que le quedó al final no fue lo grande, ni lo solemne, ni lo que se pone en los monumentos.
Fue lo pequeño, lo de andar por casa, cómo la trataban.
Y resultó que lo pequeño era lo único que de verdad importaba, lo único que aguantó cuando se quemó el resto.
—Se levantó, y al pasar por detrás de él le apretó el hombro un instante con la mano, un gesto tan raro en ella que a Rafael le sobresaltó como una caricia de un gato montés—.
Tu fe no se ha muerto, padre. Métete eso en la cabeza de una vez y deja de velarla.
Se ha quedado sin la casa que le habían edificado encima a lo largo de veinte siglos, que no es lo mismo, ni de lejos.
Una cosa es quedarse viuda y otra muy distinta quedarse sin tejado.
Tú te has quedado sin tejado. A lo mejor ahora, a los treinta y un años, te toca aprender lo que no te enseñaron en Salamanca: a creer a la intemperie.
Sin bóveda. Como Eliav, que vio, no entendió nada de nada, y aun así lo escribió, y aun así no mintió para taparse del frío.
Se fue a dormir y lo dejó solo con el primer gris del amanecer subiendo por detrás de los montes.
Y Rafael, por primera vez en muchísimo tiempo, en semanas que le habían parecido años, rezó.
No el padrenuestro entero, que aún se le atascaba.
No el credo, con todas sus cláusulas de las que ya no podía firmar la mitad.
Nada que tuviera bóveda ni estructura ni dogma.
Rezó como se le habla a alguien por cómo lo trató a uno una vez, hace mucho, sin exigirle credenciales, sin pedirle pruebas de que merecía el cariño.
Le habló a aquel hombre de la barca por cómo trataba a la gente.
Solo eso.
Y le bastó.
Por primera vez desde la cueva, le bastó.
No era el suelo de roca que había perdido.
Era otra cosa, más pobre y cierta: era el aire, y descubrió que en el aire, si uno aprendía, también se podía, mal que bien, sostener el peso.