CAPÍTULO 27 · La noche oscura
La noche oscura
Tocó fondo un jueves, y el fondo resultó ser mucho más silencioso de lo que él había imaginado en sus lecturas de los místicos.
Había estudiado en Salamanca la noche oscura de san Juan de la Cruz, la había comentado en clase, había sabido recitar de memoria aquello del alma que sale de su casa sosegada estando ya en calma.
Siempre se la había figurado con cierto dramatismo, con tormento y verso.
La suya no tuvo verso ninguno.
No hubo gritos, ni llanto, ni una crisis vistosa como las que pintan los conversos contadas al revés.
Hubo solo un hombre joven sentado en el borde de un catre, en un cuarto encalado del desierto de Judea, a las cuatro de la madrugada, mirando una pared blanca a la que la luna sacaba un gris sucio, incapaz de rezar y a la vez incapaz de dejar de querer rezar, que es el peor lugar donde puede estar un alma: ni dentro ni fuera, en el umbral, con la llave en la mano y la cerradura cambiada.
Lo intentó.
Empezó el padrenuestro por pura inercia de la mano y de los labios, y esta vez no se atascó en el Reino, como otras noches; se atascó antes, en la primera palabra, en «Padre».
Porque le vino a la memoria, con una nitidez de pesadilla, Eliav escribiendo que aquel hombre llamaba a Dios con una palabra de casa, una palabra de niño pequeño, abbā, papá, la que un crío balbucea agarrado a una pierna.
Y la ternura de aquella imagen, que semanas atrás lo había emocionado hasta las lágrimas en el scriptorium, se le volvió ahora insoportable puesta al lado de la piedra corrida y del cuerpo que no estaba.
Un padre que llama con esa ternura y que luego deja morir así al hijo, despacio, en un madero, bajo un cielo que sigue azul.
Un padre al que hay que rezar desde el fondo del hueco que él mismo ha abierto.
No pudo pasar de la primera palabra.
Se quedó con «Padre» en la boca como con una piedra.
Releyó el manuscrito entero aquella noche, de principio a fin, en su propia traducción, las hojas impresas extendidas sobre el catre y por el suelo, y lo releyó como quien examina un cadáver buscando una herida que se le hubiera pasado por alto en la primera autopsia, una causa de muerte distinta, una salida.
Y al terminar, ya con el primer gris en la ventana, se hizo la pregunta más desnuda que se había hecho en su vida, sin retórica, sin el almohadillado de la teología, a pelo: si en el testigo más antiguo no hay prueba de nada, si no hay resurrección, si no hay sacrificio que redima, si no hay divinidad, si no hay absolutamente nada de todo eso que sostiene el edificio inmenso dentro del cual he vivido y por el cual lo he dejado todo, entonces ¿qué queda?
¿Qué queda de Cristo cuando se le quita encima todo lo que Pablo le cosió y los concilios le esculpieron y veinte siglos le doraron?
¿Un cadáver y una confusión? ¿Una mentira hermosa que ha consolado a millones?
¿El malentendido más fértil y colosal de la historia de los hombres?
Pensó en colgar los hábitos. Lo pensó en serio, no como una tentación a la que resistirse, sino como una opción razonable que sopesar, con la frialdad lúcida con que se piensan las cosas a las cuatro y media de la mañana, cuando no quedan defensas ni testigos.
Se vio escribiendo la carta. Se vio pidiendo la dispensa, redactándola incluso con buen latín.
Se vio volviendo a Salamanca convertido en otra cosa, en un filólogo y nada más, un experto en arameo qumránico, un hombre respetado que un día miró dentro del pozo de su fe y descubrió, con honradez, que el pozo no tenía fondo de roca, que era pozo sin fin, y que lo decente era reconocerlo y salir.
Sería honesto. Sería coherente con todo lo que él mismo había defendido sobre el hecho y la prueba.
Sería, a su modo árido, hasta valiente.
Su madre lloraría. Lo superaría.
La gente lo supera todo.
Y sin embargo.
Toda la noche oscura de Rafael cabe en ese «y sin embargo», y él lo supo en el momento en que lo pensó.
Porque releyendo por enésima vez, ya sin buscar nada, casi por despedirse de ellos, los pasajes de Galilea —el sembrador manirroto que tira el grano hasta en las piedras, la mujer que pone la casa patas arriba y enciende la lámpara por una sola moneda y llama a las vecinas a celebrar cuando la encuentra, los jornaleros de la última hora pagados igual que los de la primera contra toda justicia y contra toda economía, el médico que no es para los sanos sino para los enfermos, las mesas compartidas sin asco con publicanos y con impuros y con mujeres de mala fama, María de Magdala llevando las cuentas y entendiéndolo todo antes y mejor que los hombres, y aquel «tu fe te ha salvado» dicho a la enferma en vez de un «yo te he salvado», devolviéndole a ella su propia curación—, releyendo todo eso, Rafael notó una cosa que lo dejó muy quieto: que aquello no se le había caído.
Podía quitarle al edificio la resurrección, y el sacrificio, y la divinidad, y la Trinidad, y los concilios enteros, podía retirar viga tras viga toda la bóveda dogmática que crujía y se desplomaba sobre su cabeza desde hacía semanas, y que aquello otro, lo del fondo, lo más pequeño y lo más terco —un Reino que es de los últimos, un Dios al que se llama papá, un amor al prójimo que se sienta a comer con cualquiera—, aquello seguía en pie en medio del derrumbe, sin una grieta, como esas chimeneas que quedan solas y enteras y humeantes en mitad del solar de una casa que se ha venido abajo entera.
El manuscrito no había demolido aquello.
Al contrario.
Al quitarle de encima la bóveda de oro, lo había dejado más limpio, más desnudo, más a la intemperie, expuesto al frío y a la lluvia, sí, pero entero, y por primera vez visible tal como era, sin el oro que durante veinte siglos lo había a la vez glorificado y tapado.
No era una prueba.
No le devolvía el suelo que había perdido.
Pero no era nada.
Era, quizá, lo único que de verdad había estado allí desde el principio, antes que Pablo, antes que la cruz hecha altar, antes que el hueco del sepulcro: un modo de estar en el mundo y con los demás, dicho por un hombre al que mataron por decirlo.
No supo todavía qué iba a hacer con eso.
Era aún demasiada noche, y un hallazgo así, a las cinco de la mañana, no decide nada por sí solo; solo abre una rendija.
Pero por primera vez en muchas semanas, cuando ya clareaba del todo y los pájaros del wadi empezaban su escándalo, Rafael se tumbó y se durmió.
Y no soñó con la piedra corrida ni con el hueco.
Soñó, sin saber por qué ni venir a cuento, con una barca de pesca varada en la arena de una orilla, y un hombre sentado en ella de espaldas, mirando el agua, hablando tan bajo, tan bajo, que para poder oír lo que decía había que callarse del todo y acercarse mucho.
En el sueño, Rafael se callaba.
Y se acercaba.
Y no llegaba a oír las palabras, pero le bastaba con el tono.
Se despertó al mediodía, con la cara mojada, y no supo si de sudor o de qué.