El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 24 · El madero
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CAPÍTULO 24 · El madero

El madero

· del rollo de Eliav ·

Lo crucificaron fuera de las murallas, en un alto pelado y feo al que la gente llamaba el lugar de la calavera, junto al camino por donde entraba y salía todo el mundo, y lo pusieron junto al camino a propósito, porque ese era el sentido entero de la cruz: que pasaras, y lo vieras, y aprendieras de una vez quién mandaba y qué le pasaba al que lo olvidaba.

Voy a escribir esto despacio, aunque la mano me pida correr para acabar antes con el dolor de escribirlo, porque es lo que más se va a torcer cuando yo falte, lo que más oro le van a echar encima, y quiero dejarlo recto al menos en esta piel, aunque en todas las demás lo doren.

No tuvo nada de glorioso.

Lo escribo así de duro porque fue así de duro y mentiría de la peor manera si lo adornara.

La cruz de Roma no es un altar, no es un trono, no es un signo hermoso; es un suplicio para esclavos y para rebeldes, lo más bajo de lo bajo, lo más vergonzoso que un hombre podía padecer, una manera de matar pensada con frialdad para que el que muere muera despacio, desnudo, ahogándose en su propio peso, humillado, a la vista de su madre y de su pueblo y de cualquiera que pase.

Lo azotaron antes, que era la costumbre, hasta dejarle la espalda en carne viva.

Le echaron encima el madero y le hicieron cargarlo por las calles de la ciudad llena de peregrinos, para que lo vieran bien.

Le clavaron sobre la cabeza, en burla, escrito para que se leyera de lejos, el motivo de su condena: rey de los judíos.

Así se reía Roma de los que en aquella tierra se atrevían a soñar con otro rey que el César.

Y lo clavaron entre otros dos, dos a los que llamaban malhechores o bandidos, que igual eran ladrones que igual eran de los del monte, para que quedara del todo claro de qué clase era aquella muerte: una muerte de los de abajo, una más, sin ningún honor.

Yo estaba lejos.

Lo confieso una vez más, y ya van tantas que la confesión se me ha hecho la columna vertebral de todo lo que escribo: no tuve el valor de acercarme.

Miraba desde donde miraba el gentío, a distancia prudente, y aun de tan lejos era insoportable de mirar y no podía dejar de mirarlo.

Duró horas.

Las cruces matan despacio, ese es su propósito.

La gente que pasaba por el camino unos se burlaban, meneando la cabeza, y otros callaban y seguían, que el callar y seguir es lo que hacemos casi todos ante el dolor que no es el nuestro.

Los soldados, al pie, mataban el tiempo echando a suertes su ropa, porque a un crucificado se le quita todo, hasta el último trapo, hasta la última brizna de dignidad, y aquellos hombres se jugaban a los dados la túnica de un moribundo como quien se juega cualquier cosa una tarde aburrida de guardia.

Su madre estaba más cerca que yo.

Lo dejo escrito porque es vergonzoso para mí pero es la pura verdad.

Su madre, la que se había vuelto sola por el camino aquel día de Galilea, estaba ahora al pie del madero, mirando morir a su hijo, sin poder hacer nada, que es la peor cosa que puede tocarle a una madre y le tocó entera.

Y las mujeres con ella, María la de Magdala entre ellas, firmes, de pie, lo bastante cerca para que él, si abría los ojos, las viera.

Los hombres no.

Los hombres ya habíamos corrido.

Ya estábamos escondidos en cuartos cerrados, o lejos, o como yo, mirando de tan lejos que apenas se distinguía.

Que conste: al final, junto al madero, estaban las mujeres. Nosotros no.

Gritó algo al final, antes de morir.

Sobre qué fue lo que gritó tampoco se ponen de acuerdo los que dicen que lo oyeron, unos dicen una cosa y otros otra muy distinta, y como yo estaba demasiado lejos para oírlo, no lo invento, que ya hay quien lo inventa de sobra.

Sé que murió antes de lo que solían tardar en morir los crucificados, tan pronto que sorprendió hasta a los soldados, y que uno se aseguró de que estaba muerto a su manera, y que ya estaba.

Eso fue todo.

Y aquí dejo escrito lo que no pasó, porque el no decir lo falso es también decir verdad: no tembló la tierra para mí.

No se hizo de noche en pleno día más de lo que se oscurece una tarde cualquiera de nubes de primavera.

Esas cosas las he oído contar después, y cada año que pasa las cuentan más grandes, el sol que se apaga, las rocas que se parten, los muertos que salen de las tumbas, y no las escribo, primero porque no las vi, y segundo porque he entendido para qué se añaden: se añaden para que la muerte signifique algo, para que el cielo parezca que se enteró.

A mí, aquella tarde, la muerte no me significó nada salvo lo que era: que habían matado, despacio y en burla, al hombre del que yo había aprendido lo poco bueno que sé.

El cielo siguió azul con sus nubes.

Lo bajó del madero, ya al caer la tarde, un hombre con medios y con miedo, un tal José, del pueblo de Arimatea, de los que lo apreciaban en secreto sin atreverse a seguirlo en público, que de esos había más de los que se cree.

Hizo una cosa valiente, la única valentía de hombre que vi aquel día: fue a Pilato y le pidió el cuerpo.

El del Maestro, no el cuerpo de los otros dos crucificados.

Y eso era raro, muy raro, porque a los crucificados Roma solía dejarlos en el palo hasta que los pudrían los pájaros y el sol, como último escarmiento, o los echaba a una fosa común sin nombre.

Pero José consiguió el cuerpo, no sé con qué favores o con qué monedas, y lo bajó, y lo envolvió deprisa en una sábana de lino, sin tiempo para lavarlo ni ungirlo como Dios manda, porque ya caía el sol y con el sol entraba el sábado y con el sábado se acababa el tiempo de tocar a un muerto.

Lo metió en un sepulcro nuevo, excavado en la roca, allí cerca, suyo según dicen.

Y cerraron la boca con una piedra grande, rodándola.

Las mujeres se fijaron bien en dónde lo ponían y cómo, para poder volver pasado el sábado a terminar lo que la prisa no dejó hacer.

Y se hizo de noche del todo, y era sábado, y el sábado no se hace nada, y cada cual se quedó en su agujero esperando a que pasara aquel día de descanso que fue el más largo de mi vida.

Yo no dormí. Lo escribo.

Y no dormí no por lo que iba a venir, que yo no sabía que fuera a venir nada, ninguno lo sabíamos, lo habíamos enterrado y para nosotros se había acabado la historia del peor modo.

No dormí porque había muerto, sin más, porque yo había corrido en vez de estar lo más cerca del pie posible, como estuvieron ellas, y porque al asomarme a la noche el mundo seguía exactamente igual de quieto y de indiferente que siempre, las mismas estrellas, el mismo frío, los perros ladrando lejos, como si no hubiera pasado absolutamente nada.

Y esa, he aprendido con los años, es la cosa más cruel que tiene la muerte, más cruel que el madero y que los clavos: que después el mundo sigue, tan tranquilo, y te obliga a seguir con él.