El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 23 · Un hombre ejecutado
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CAPÍTULO 23 · Un hombre ejecutado

Un hombre ejecutado

Habían pasado pocos meses.

Pero a él le parecían toda una vida.

No era una crisis intelectual. Las crisis intelectuales él sabía gestionarlas; para eso, exactamente para eso, se había formado durante quince años, para sostener una duda sin caerse, para discutir consigo mismo sin perderse.

Esto era otra cosa.

Era algo físico, se le había metido en el cuerpo como se le había metido el arameo en los sueños.

Una mañana se descubrió de pie frente al espejo del baño compartido, con la maquinilla en la mano y media cara enjabonada, incapaz de recordar por qué se afeitaba, para quién, para qué; se quedó mirándose el otro medio rostro, el sin afeitar, como se mira a un desconocido que pregunta algo en una lengua que no entiendes.

Otra noche se sorprendió rezando el padrenuestro de carrerilla, por costumbre, y se detuvo en seco en «venga a nosotros tu Reino», atascado, porque la palabra Reino había dejado de sonarle a lo que le había sonado toda la vida —el cielo, la gloria, la vida eterna— y le sonaba ahora, irremediablemente, a un galileo descalzo sentado en una barca varada, hablando tan bajo que la gente tenía que callarse para oírlo.

El Reino se le había mudado de sitio dentro de la cabeza, se le había bajado del cielo a una orilla del lago, y sin el Reino en su sitio de siempre el resto del edificio entero crujía de arriba abajo, como cruje una casa cuando le tocan un muro maestro creyendo que tocaban un tabique.

Lo que el manuscrito le estaba haciendo era a la vez muy sencillo de enunciar y demoledor de soportar: le devolvía un hombre.

No el Cristo de los concilios, el consustancial al Padre, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo por quien todo fue hecho, el redentor del mundo entero.

Un hombre.

Un maestro de Galilea, magnético y opaco, tierno con los descartados y duro con los hipócritas, que predicó un Reino que no era de este mundo pero se jugaba en este mundo, que amó al prójimo hasta el escándalo, que sanó a unos cuantos sin explicar cómo, que perdió los nervios en el Templo y volcó unas mesas, que fue vendido por uno de los suyos, negado por otro, abandonado por todos —incluido un tal Eliav que corrió a esconderse entre los olivos—, y que terminó detenido de noche y ejecutado por el poder de Roma como un sedicioso más, uno entre los muchos miles que la cruz romana se tragó sin contarlos en aquel siglo de hierro.

Sin cojín teológico debajo.

Sin el «murió por nuestros pecados según las Escrituras» que Pablo cosería encima veinte años después.

Sin la bóveda de sentido que dos mil años de Iglesia habían levantado sobre aquellos muros desnudos.

Eliav no narraba un misterio salvífico.

Narraba una desgracia.

La ejecución de un hombre bueno por los poderes de este mundo, contada por uno que lo quería y que no entendía por qué pasaba ni para qué servía, si es que servía para algo.

—Tienes mala cara —le dijo Tamar una noche.

Habían dejado de tomar la cerveza en el porche, bajo las estrellas; ahora hablaban dentro, en el cuarto del fondo, entre las pantallas encendidas, en voz baja, casi como conspiradores, porque desde que todo pasaba por las manos de Amor cualquier conversación franca tenía algo de clandestino.

—Mala de verdad —insistió ella—. No la de cansancio, que esa ya la traías. La otra.

—¿Cuál es la otra?

—La de los que están perdiendo algo grande y todavía no se atreven a llamarlo por su nombre.

—Se sentó frente a él, al otro lado de la mesa llena de léxicos—.

La he visto. En gente que se pasa la vida excavando para confirmar un relato y un día desentierra, con sus propias manos, la prueba de que el relato era falso.

Es una cara concreta. Yo la tuve una vez, hace años, con otra cosa que no viene al caso.

Sé cómo es por dentro. Duele en sitios que no sabías que tenías.

Rafael la miró. Y descubrió, con una sorpresa que ya casi no le sorprendía, que tenía unas ganas enormes de contárselo todo precisamente a ella, a la laica seca, a la empírica, a la que de fe no quería saber nada; que de todas las personas del mundo era ella, y no Amor, y no su director espiritual, y no su obispo, la única ante la que podía decir la verdad sin que la verdad fuera de inmediato un problema a gestionar.

—Me ordené sacerdote sobre una idea —dijo, despacio, eligiendo las palabras como quien cruza un río pisando piedras—.

Una sola, en el fondo. Que detrás de todo había un hecho.

Que el cristianismo no era una hermosa historia que nos contamos para no tener miedo a la muerte, sino una cosa que pasó.

Que pasó de verdad, en el tiempo, en un sitio que se puede pisar, con testigos que estuvieron.

Yo no creía por consuelo. Creía por realidad.

Esa era mi soberbia y mi fuerza: los demás creían con el corazón, yo creía con los documentos.

—Señaló las pantallas, la escritura de Eliav brillando en lo oscuro—.

Y ahora tengo delante al testigo más antiguo que existe.

El que de verdad estuvo, el que corrió y se escondió y lo vio todo desde el escondite.

El hecho que yo quería. Por fin el hecho.

Y el hecho me está contando que pasó otra cosa.

Una cosa más pequeña. Más humana. Más —buscó la palabra y le costó encontrarla, y cuando la encontró le dolió decirla— más sin sentido.

Un hombre bueno al que mataron. Y punto.

Sin segunda parte gloriosa. O eso temo en este momento.

—¿Y eso te quita la fe? —preguntó Tamar, sin asomo de crueldad, con una curiosidad casi tierna.

—Eso me quita el suelo —dijo Rafael—. Que no es exactamente lo mismo, aunque desde fuera lo parezca.

La fe no sé si me la quita. El suelo, seguro.

Llevaba el suelo bajo los pies y resulta que era la tapa de algo.

Lo que no sé todavía, lo que no consigo saber por más que lo pienso, es si se puede tener una cosa sin la otra.

Si se puede creer en pie, sin suelo. Nunca me enseñaron eso.

Me enseñaron a creer sobre cimientos. Nadie me enseñó a creer en el aire.

Tamar no le ofreció consuelo. No le dijo que todo se arreglaría, ni que quizá la pasión cambiara las cosas, ni ninguna de las mentiras piadosas que se le dicen a un hombre que se hunde.

Lo respetaba demasiado para mentirle, o no creía en el consuelo, o las dos cosas a la vez, que en ella solían ir juntas.

—Termina de traducirlo —dijo, y fue lo único que dijo, y fue lo mejor que podía decir—.

Lo que viene después del juicio ya sabes lo que es.

No te hace falta que te lo diga yo. Pero termínalo igual, hasta el final, hasta la última columna.

No te quedes a vivir en mitad de la frase, Rafael.

Es el peor sitio del mundo para instalarse, la mitad de una frase.

He visto a gente envejecer ahí, en una coma, esperando un verbo que no llega.

Llega tú hasta el punto final. Después ya verás si puedes ponerte de pie. Pero llega.