CAPÍTULO 22 · La noche
La noche
· del rollo de Eliav ·
Lo prendieron de noche, fuera de los muros, en un huerto de olivos viejos al pie del monte, a la hora en que la multitud que durante el día podía haberlo defendido a gritos y a piedras dormía en sus casas o roncaba en las laderas con el vientre lleno de la cena de Pascua.
De noche y a las afueras: así se hace lo que no se quiere que se vea.
Los que mandan han sabido siempre que la justicia que teme a la luz se administra a oscuras.
No lo vi todo.
Lo escribo así, sin inflarlo ni una pulgada, porque el que diga que aquella noche lo vio todo miente o presume: fue de noche, hubo antorchas que encandilan más que alumbran, hubo gritos, hubo confusión, y los que estábamos cerca echamos a correr en cuanto entendimos lo que pasaba.
Yo corrí.
Lo dejo escrito con todas sus letras para mi vergüenza, que ya que confieso las ajenas justo es que confiese la mía: corrí como un conejo, como corrieron los demás, y me escondí entre los olivos en lo oscuro, y desde allí oí más que vi.
Oí el chocar de los hierros, las voces de mando, el tropel de los hombres armados, la guardia del Templo con su gente y con algún soldado, y supe, por el ruido, que se lo llevaban, y no salí.
El que recuerda lo hace también todo desde el escondite.
Esa es mi verdad y no tengo otra mejor.
Uno de los nuestros, dicen, lo señaló en la oscuridad para que los hombres supieran a cuál de todos prender, porque de noche un galileo se parece a otro.
No escribo su nombre.
No lo vi hacerlo con mis propios ojos, y aunque sea verdad, que parece que lo fue, hay cosas que, aun siendo ciertas, no es de hombres decentes repetir, y bastante carga lleva ya ese desgraciado, esté donde esté, sin que yo le añada la mía.
Otro de los nuestros, en cambio, sacó un cuchillo y de un tajo a ciegas hirió a uno de los que venían, y hubo un instante de pelea, de empujones y de sangre.
Y luego ya no hubo pelea.
Porque él mismo, según me contaron después los que estaban más cerca que yo, mandó parar.
Dijo que guardaran el hierro.
Que el que a hierro mata a hierro muere.
Y se dejó prender, con las manos quietas.
Eso es lo que más me ha costado entender en toda mi vida, y todavía lo estoy masticando aquí, de viejo.
Pudo correr.
Como corrí yo, como corrieron todos.
Era de noche, era suya la noche, conocía cada barranco y cada cueva de aquellos montes mejor que la guardia del Templo.
Podía haberse perdido en lo oscuro y al amanecer estar ya camino de Galilea.
No lo hizo.
Se quedó quieto y dejó que le ataran las manos.
No por cobardía, que de eso no tenía; por lo contrario, por una decisión tomada hacía tiempo y que yo no alcanzo.
Como si huir hubiera sido, para él, traicionar la única cosa que no estaba dispuesto a traicionar, fuera la que fuese.
Se entregó.
No lo cogieron: se entregó, y dejó que pareciera que lo cogían.
Lo llevaron aquella misma noche a casa del sumo sacerdote, y allí hubo una especie de juicio del que no fui testigo y del que solo sé lo que otros contaron, y lo que contaron no concuerda de una boca a otra, así que no lo pongo, que ya hay bastante inventado sin que yo añada lo mío.
Solo sé lo seguro: que lo interrogaron buscando una acusación que se sostuviera, y que la que les valió al final no fue cosa de Dios ni de Templo, que esas a Roma le daban igual, sino cosa de César.
Lo presentaron como uno que se hacía rey, un rey de los judíos, un alborotador, un peligro para el orden de Roma.
Eso sí lo entendía Roma.
Eso lo castigaba Roma sin pestañear y sin preguntar, porque rey en aquella tierra no había más que el César y su perro Herodes, y el que se dijera otra cosa estaba muerto antes de decirla.
Da igual lo que él hubiera querido decir con su Reino, que era otra cosa, ya lo he contado.
Para matarlo bastaba con traducir su Reino al idioma del miedo de Roma.
Y eso hicieron.
De Cefas tengo que escribir una cosa, y la escribo porque él mismo, años después, llorando todavía como lloraba siempre, me pidió que la escribiera, para su vergüenza y para que se supiera.
Aquella noche, Cefas, el valiente, el de la espada, el que había jurado morir con él, se coló en el patio de la casa del sumo sacerdote para ver de lejos qué pasaba, mezclado con los criados, calentándose en el fuego.
Y una criada lo miró y dijo: tú eras de los que iban con el galileo.
Y él dijo que no. Y otra vez lo señalaron, y otra vez dijo que no.
Y a la tercera, porque se le notaba el habla de Galilea, lo apretaron, y juró que no conocía de nada a aquel hombre.
Tres veces. Y entonces, dicen, cantó un gallo, y él se acordó de algo que el maestro le había anunciado, y salió de allí y lloró desconsoladamente.
Si el primero de todos negó con la boca lo que yo negué con los pies, entonces no soy el peor, soy solo uno más de los que aquella noche descubrimos que el valor es más fácil de jurar a la luz que de tener en lo oscuro.
Al rayar el alba lo entregaron a Pilato, el gobernador, el romano, en su residencia.
Y a partir de ahí ya no fue cosa nuestra, ni de Templo, ni de Ley, ni de Dios.
Fue cosa de Roma.
Y Roma, con los que le estorbaban en una provincia revuelta y en plena fiesta, tenía una sola respuesta desde hacía siglos, una respuesta de madera y de clavos que se veía a la entrada de todos los caminos, que conocíamos todos, y que a todos nos helaba la sangre solo de nombrarla.
No la nombro todavía.
Mañana, si la mano me aguanta, escribiré lo que vi en la colina.
Esta noche no puedo.
He vuelto a correr, escribiéndolo.
He vuelto a esconderme entre los olivos. Dejo la caña.