El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 21 · Jurisdicción
65%

CAPÍTULO 21 · Jurisdicción

Jurisdicción

La Autoridad de Antigüedades de Israel reclamó formalmente el control del hallazgo un martes por la mañana, mediante un documento de tres páginas que aterrizó en la Casa de Santiago con membrete oficial, sellos y la frialdad neutra de la ley, que es la frialdad de las cosas que ya están decididas antes de comunicarse.

El rollo, decía el documento en un hebreo administrativo impecable, había sido extraído de un yacimiento sometido a la jurisdicción del Estado de Israel. Su conservación, su estudio y su eventual publicación quedaban en adelante bajo la supervisión directa de la Autoridad.

El Pontificio Instituto Bíblico podía seguir colaborando —el viejo convenio se respetaba, faltaría más, con la cortesía con que se respeta a un socio al que se acaba de quitar el mando—, pero la última palabra sobre qué se publicaba, y cuándo, y de qué modo, y con qué cautelas, ya no estaba en Roma.

Tamar le llevó el papel a Rafael en persona, y lo dejó sobre la mesa de conservación sin la menor sombra de triunfo en la cara; más bien al contrario.

—No lo he pedido yo —dijo, antes de que él alcanzara a reprochárselo—.

Que quede claro. Esto viene de muy arriba, de despachos donde yo no entro, y no te confundas pensando que es para protegerte a ti ni para proteger el texto.

—Cruzó los brazos—. Hay un sector en la Autoridad, y no pequeño, que preferiría que esto no se publicara jamás.

Y sus motivos no tienen nada que ver con los de tu maestro, fíjate lo que te digo.

Para Amor esto es teología, almas, la fe de las viudas.

Para esta gente es pura geopolítica. Piénsalo bien, padre, porque tú vives en tus columnas de arameo y no levantas la cabeza: un texto que devuelve a Jesús al corazón del judaísmo del siglo primero, escrito en arameo, hallado en suelo que el Estado considera suyo.

.. ¿tú sabes lo que eso significa, y para cuánta gente distinta, y qué incómodo le resulta a cada una por una razón opuesta?

—Resopló—. Unos lo querrán enterrar para no tensar la cuerda con el Vaticano, que pesa.

Otros lo querrán blandir como una bandera contra los cristianos, lo cual sería repugnante y pasaría.

Y en medio estás tú, que lo único que quieres es leerlo bien y rendirle cuentas a un muerto.

Eres lo único limpio que hay en todo este lío.

Y por eso, justamente por eso, vas a ser el primero al que aplasten. Lo limpio estorba a todos los bandos.

Las semanas siguientes fueron una guerra de despachos, de correos, de filtraciones medidas.

Aparecieron los rivales, que en el gremio huelen la sangre antes que los tiburones: dos catedráticos de renombre que solicitaron acceso al material y que, al topar con la maraña de permisos que ahora lo blindaba, hicieron lo que hace el académico despechado, que es envenenar desde la barrera.

Empezaron a deslizar, en notas de revista y en hilos de redes y en conversaciones de pasillo de congreso, la sospecha amable y demoledora de que todo aquello no era sino una nueva edición del viejo ridículo: una autenticación precipitada, un entusiasmo de provincias, una datación de aficionados, una bomba que estallaría en las manos del incauto que se atreviera a sostenerla en público.

Volvió a planear sobre el desierto la sombra del 7Q5, invocada ahora no por prudencia, como la invocaba Amor, sino como arma arrojadiza.

El nombre de Rafael, que hasta entonces solo figuraba en notas a pie de página de su especialidad, empezó a aparecer en sitios donde no quería aparecer, asociado a adjetivos que dolían.

Recibía correos venenosos cuidadosamente disfrazados de colegialidad.

Aprendió, deprisa y mal, que en aquel mundo la cortesía es la forma educada del cuchillo.

Y, sobre todo, empezó a circular la palabra que más miedo le daba de todas, más que ridículo, más que error: confiscación.

Si las partes no se avenían, si Roma y la Autoridad no encontraban un modo de repartirse el control y el relato, el rollo podía terminar en una cámara acorazada con clima controlado del Museo de Israel, retirado del estudio durante años, durante décadas quizá, custodiado con todos los honores y mudo del todo, hasta que el ruido se apagara y la gente se cansara y olvidara que existió.

Enterrado por segunda vez.

Y esta vez no por un anciano que huía de las legiones romanas envolviendo su tesoro en lino y brea para salvarlo, sino por una burocracia bien intencionada que no huía de las legiones sino del problema, que es de lo que huyen siempre las burocracias.

La misma cueva, dos mil años después, dispuesta otra vez a tragarse la voz de Eliav.

Rafael no podía dormir pensando en ello.

Hubo, en medio de aquel acoso, una sola noticia que le interesó por razones puramente científicas y que más tarde, mucho más tarde, recordaría con un estremecimiento de otra clase.

El equipo de campo de Tamar seguía documentando la cueva Q-17 con la minucia de costumbre, y al levantar el plano fino del depósito descubrieron algo que no encajaba.

Las tinajas y los nichos no se habían sellado todos en el mismo momento.

Había dos fases distintas, separadas por el polvo y por el estilo.

Una primera, antigua, ordenada, era la de la comunidad que había habitado el lugar, los del rollo de la guerra de la luz y las tres abluciones diarias.

Pero había una segunda intervención, posterior, distinta, más apresurada, obra de una sola persona y no de una comunidad: alguien había entrado en aquella cueva en un momento tardío, hacia el final de todo, y había escondido material con prisa.

Rafael se quedó pensativo. Pasó durante un tiempo que después le pareció como perdido, sin tener claro si habían pasado dos o diez minutos.

Y volvió a la traducción, porque tenía algo más urgente que un misterio: tenía una carrera contra el reloj.

Tenía que llegar al final del rollo antes de que se lo arrancaran de las manos.

Y el final, lo sabía desde hacía semanas, lo había estado esquivando como se esquiva una mala noticia, era la pasión.

El madero.

La parte que ya no iba a poder leer como filólogo, porque la iba a leer como sacerdote, y temía que el sacerdote no sobreviviera a la lectura.