El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 20 · La subida a Jerusalén
62%

CAPÍTULO 20 · La subida a Jerusalén

La subida a Jerusalén

· del rollo de Eliav ·

Subimos a Jerusalén para la Pascua, y yo, que para entonces conocía sus silencios mejor que sus palabras, supe en el camino que algo había cambiado en él, y que cambiaba hacia un sitio del que no se vuelve.

Hasta aquel día nos habíamos movido por Galilea, que era nuestra tierra y nuestra gente, lejos del centro del mundo, por aldeas pequeñas donde lo peor que podía pasarte era un fariseo escandalizado o un recaudador con rencor.

Allí, si las cosas se ponían feas, siempre había un monte cerca, un camino, una casa amiga.

Jerusalén era otra cosa, y todos lo sabíamos, aunque nadie lo dijera en voz alta para no agriar el viaje.

Jerusalén era el Templo enorme, deslumbrante, recién terminado de engrandecer, con sus piedras blancas que cegaban al sol; era la casta de los sacerdotes, ricos y arreglados con el poder; era la guarnición romana vigilando desde lo alto de la fortaleza, asomada al atrio como un ave de presa; era el sumo sacerdote que Roma nombraba y quitaba a su antojo, como se cambia a un capataz.

Subir allí, en Pascua, a hablar del Reino de Dios y a decir que el dueño verdadero de la casa no era el César ni el Templo, era como entrar en la casa del fuerte a decirle, en su propia mesa, que la casa no es suya.

Él lo sabía.

Iba serio, más callado que de costumbre, con una gravedad que nos contagiaba el miedo sin que entendiéramos del todo por qué.

A los que le preguntábamos qué íbamos a hacer allá arriba no nos contestaba claro; decía cosas oscuras sobre lo que le esperaba, sobre un cáliz que habría de beber, sobre el grano que tiene que morir para dar fruto, y nosotros, que no queríamos oír lo que decían aquellas palabras, las torcíamos para que dijeran otra cosa más cómoda.

Cefas, me acuerdo bien, no lo aguantó: le dijo que de eso nada, que a él no iba a pasarle nada malo, que nosotros no lo permitiríamos.

Y se llevó una respuesta tan dura, tan cortante, que se quedó blanco y no habló en todo el día.

Yo iba detrás, como siempre, con la tablilla bajo el manto, con un nudo en el estómago que no era de hambre y que no se me soltó hasta que todo terminó, y aún hoy, de viejo, vuelve a apretarse cuando lo recuerdo.

Entró en la ciudad y la gente lo recibió como a alguien. Salieron a su paso, tendieron mantos y ramas en el camino, gritaron cosas, bendiciones, el nombre de David, vivas a uno que venía en nombre del Señor.

A mí, que iba detrás, aquello en vez de alegrarme me heló la sangre, porque comprendí en el acto que aquella bienvenida era ya media sentencia.

A Roma y al Templo no hay nada que les quite más el sueño que un galileo desconocido al que el pueblo recibe con vivas en plena Pascua, justo cuando la ciudad se hincha de peregrinos venidos de todas partes, cuando el aire está cargado de fervor y de viejas memorias de liberación, cuando cualquier chispa puede prender el incendio que Roma lleva años temiendo.

Aclamarlo así fue, sin que la gente lo supiera, señalarlo con el dedo ante los que tenían el poder de matarlo.

Y entonces hizo lo del Templo.

Esto lo vi con estos ojos y lo escribo aunque todavía, después de tantos años, no acabe de entenderlo.

En el atrio grande, el de los gentiles, donde se apretaban los puestos de los que cambiaban la moneda de los peregrinos por la moneda buena del Templo, y los que vendían los corderos y las palomas para los sacrificios, sacando su tajada de la piedad de los pobres, la emprendió de pronto a gritos y a golpes.

Volcó las mesas de los cambistas, y las monedas rodaron por las losas, y la gente se agachaba a recogerlas; soltó los animales de las jaulas; echó a empujones a los vendedores; y gritaba, fuera de sí como yo no lo había visto nunca, que estaba escrito que aquella casa sería casa de oración para todos los pueblos y que ellos la habían convertido en una cueva de ladrones.

Fue un escándalo descomunal.

Duró poco, lo que tardó en organizarse la guardia del Templo, y nos retiramos antes de que llegara.

Pero fue bastante.

Un hombre que monta eso en el Templo, en Pascua, a la vista de todos y de la guardia y de los espías, firma algo con su propia mano.

No sé si él sabía del todo lo que firmaba. Yo creo que sí.

Creo que llevaba semanas sabiéndolo, desde Galilea, desde que dijo aquello de subir, y que por eso subía tan callado y serio, como el que carga una cosa pesada y no quiere que le pregunten qué es.

Desde aquel día cambió el aire.

Los hombres del sumo sacerdote ya no mandaban espías a oírlo a ver si lo cazaban en una palabra mal dicha; ya no les hacía falta una palabra.

Tenían el Templo volcado, tenían a las multitudes alborotadas, tenían de sobra.

Lo que buscaban ahora era la ocasión: prenderlo sin ruido, lejos del gentío que durante el día podía defenderlo a pedradas, de noche mejor, en algún huerto, en algún rincón, con un soplo de alguien de dentro si lo había, que lo hubo.

Yo lo notaba en el aire, en los desconocidos que rondaban los sitios donde parábamos, en las preguntas demasiado amables de gente que no volvíamos a ver, en el modo en que la ciudad entera parecía haberse vuelto un cepo a punto de saltar.

El cerco se cerraba, despacio, día a día, y se notaba como se nota que va a haber tormenta, aunque el cielo todavía esté azul.

Y él, en lugar de huir, que habría sido lo cuerdo, lo que habría hecho yo, lo que le suplicábamos con los ojos sin atrevernos con la boca, se quedó.

Podía haberse vuelto a Galilea, perderse en las aldeas, esperar a que pasara la fiesta y se calmaran los ánimos.

No lo hizo.

Se quedó en Jerusalén, en la boca misma del lobo, enseñando cada día en el Templo como si nada, durmiendo cada noche fuera de los muros, en el monte de los Olivos, en un huerto de olivos viejos.

Como si hubiera decidido, mucho antes que nosotros, que aquello tenía que pasar, y que huir de ello habría sido traicionar no sé qué cosa que solo él veía.

No me lo explicó. A mí nunca me explicaba nada.

Solo me dejaba estar cerca, y mirar, y recordar.

Que es, ahora lo sé, la tarea que me había tocado sin que ninguno de los dos lo dijéramos: él, padecerlo; yo, recordarlo.

Cada uno con su parte.